Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

domingo, 31 de mayo de 2009



Madrid, 11-3-2004

La muerte tuvo un son metálico

de polvo y de sangres, de quiebra

de largos trenes desvencijados.

No conoció odios ni caricias últimas,

ni afán mundano alguno.

La muerte, cuando llega,

debiera ser sonido de jarcias

de barcos de piratas enmohecidos,

descanso de guerreros durmientes

con familia al pie del sepulcro,

rumor sin sonido de mar de fondo

y de cementerio de nombres que fueron.

¿Conoce ella de los sueños

de los hombres, de los muertos futuros

que nos oxidamos miserablemente?

La muerte, cuando llega, debe ser óxido,

crujido final de cama avejentada,

lenta corrosión del ser en el tiempo,

y nunca fruto amargo del odio impío,

de la locura, de lo inhumano.

Madrid, once de marzo de dos mil cuatro:

Nunca olvidaremos

la vida que nos quitaron,

la vida perdida para siempre

en esa fecha.

Dos cometas

Somos, últimamente, cometas eléctricas

que atraen los rayos de la discordia,

maletas cargadas de truenos

que a las aves espantan.

Desplace al trueno la suave brisa

y construyamos un mejor verso,

“maletas cargadas de viento”,

para poder volar lejos, muy lejos,

hacia la cuna azul del aire,

donde nos miremos como recién amados,

donde el trueno no nos atosigue

con su ruido de mudanzas intempestivas,

donde las almas nobles hallen su hueco

y las cometas luz no consuman.


(Sin título)


Atravesé un millón de gentes

presurosas, de mirada atrevida,

para llegar a tu lado.

Ni siquiera miré sus miradas,

pues te miraba a ti solamente

con los ojos del pensamiento,

alta esfera que en el cielo brilla.

Y llego a ti cansado, adormecido,

vencida la furia que me hizo andar

y buscarte, sin quererlo,

entre un millón de gentes

de mirada atrevida y presurosa,

que no pueden mirarnos por dentro.

Polvo de estrellas
A mi abuela Soledad

Dios preparó un lecho de ramas

sobre las brasas del día pasado.

Prendió un tímido fuego de estrella

que hizo crepitar la tierra,

bullir la naturaleza en reposo

otro día más, como desde antiguo.

Las brasas en el hogar saltaban:

almas que nacían inocentes,

al calor de los troncos prendidas,

para morir al instante en ceniza

del fuego eterno alejadas.

Dios contemplaba sin complacencia,

con indiferencia acostumbrada,

el crepitar de las vidas en llama,

el final de las ascuas vencidas.

Por el ventanal abierto al norte

miraba al general Invierno,

que con su ejército instalaba

sus líquidos cuarteles de hielo,

paisaje de nubes airadas

que viese antaño el hombre primero.

*

Y tú, ascua unida al tronco brillante,

el mejor brillo del fulgor divino,

caíste al fin, vencida del peso de las horas,

un día de lluvia ingrato y frío.

*

Soledad, ¡qué solos nos has dejado!

Que la tierra te sea leve,

que el dolor y la erosión del tiempo

dejen recordar tu alma en llama;

que tu nombre tarde en perderse,

que no estés sola allá donde vayas,

y que nos sea concedido el don de tu huida.

*

Porque eres más que letras sobre frío yeso,

más que la palabra perdida de un poema de viento,

porque ahora luces más que en vida

y lloró el cielo al recibirte,

aún seguirás mucho tiempo en nosotros

mientras tengamos memoria para amarte.

Nerva, Riotinto y Sevilla, 5-12-2003.

SMS

Tú y yo somos uno,

alma bicéfala caminante,

un mismo afán, un mismo anhelo.

La misma brasa encendida

de un único corazón latiente

en dos cuerpos que son el mismo.


Yo soy si estoy en ti, por ti,

y viceversa en este verso.

Yo te abrazo en cada paso

y nunca te tengo lejos,

y aunque a veces no te alcance,

vivo de recordar tus besos

y eso me hace tenerte,

a cada instante,

desde lejos.


La ciudad invadida

De una inmensa sabana,

herida por el viento,

y de una inmensa selva,

llena de lianas y gritos salvajes,

tuve aquel sueño agitado.

El despertador (infame aparato)

me sorprendió aterido, gritando,

huyendo de la estampida de las gacelas

que llenaban las avenidas.

Una leona inmensa todavía me miraba,

tras un semáforo en permanente rojo,

como a un plato exquisito

que llevarse a las mandíbulas.

Cuarto de baño... Reloj... Televisor... Cocina.

Camino cansado por la calle:

un día más (o menos) que vivir,

quizá San Viernes.

De pronto, me paro. Miro alrededor:

no hay nadie. Soy un hombre solo,

de repente, en una ciudad inmensa,

extrañamente solitaria,

invadida, ocupada,

por una inmensa selva,

llena de lianas y gritos salvajes.

Y yo soy una gacela...

Y el semáforo se ha puesto en verde...

viernes, 22 de mayo de 2009


Las tristes piscinas del otoño

Las tristes piscinas del otoño

cubren sus vasos de verdes algas

y de la ausencia de risas de niños.

El mar entona su eterna cantinela

cubierto de nubes y de un azul extraño.

La playa es un gran reloj de arena

al que el tiempo le roba, uno a uno,

millones de granos y cigarros que fueron.

Al fondo, un gran carguero rompe la línea

que separa el océano del azul cielo.

Ella me mira y creo ver en sus ojos de lluvia

las risas y juegos de otros tiempos,

los cuales sólo el mar guarda en su seno.

En su vientre, la promesa de nuevos ojos

que habrán de vernos envejecer

juntos, siempre juntos,

a la vera de este mar que ahora nos mira,

de este rugiente mar que en verano tanto añoro.

Ella se acerca a mis manos;

su mirada, antes huidiza,

se funde con la mía en una ola,

vivificante ola de risas,

abrazos y juegos de antaño.

Al marcharnos, las crestas del agua

nos despiden bruñidas por el sol cansino.

Ya en la autovía de dos carriles,

de vuelta a lo civilizado,

la observo mientras conduce,

ángel de luz por los caminos del otoño.

En casa, tras llegar del corto viaje,

la sorprendo en el baño llorando:

-¿Qué te ocurre?

-Creo que esta vez he logrado

traerme el mar conmigo.

lunes, 18 de mayo de 2009



Dolor de ser hombres


Nos hermanamos con los dioses entonces,
bellas estatuas de sol
hechas de su misma sustancia.
La sangre corre como fuego
por nuestras venas jóvenes
y el mundo parece respirar con nosotros.
Un límpido azul de cielo eterno
llena nuestros ojos abiertos al mar,
crisoles del fulgor divino de la carne,
y el amor cálidamente nos envuelve
con un tierno palpitar de brasas nocturnas.

Hasta que una mañana de sol cansino
despertamos con un olor de estatuas quemadas.
La imagen del espejo del baño
se ha vuelto de repente extraña:
nos indaga con mirada de dudas,
de interrogaciones que llenan el aire hueco
de esta mañana vacía de soles y dioses.
Incómodos, volvemos a la desnuda cama,
despojada de anhelos y abrazos.
Sobre la almohada, fríos,
con esa frialdad de los electrodomésticos,
descubrimos el cincel y el martillo
con que forjamos la imagen de los dioses últimos.
Por la ventana abierta a un mar oscuro,
irreversiblemente oscuro,
nos llega un dolor de carne débil,
una tristeza gris de cementerio.
Mientras, el espejo sólo refleja
esa estúpida mirada de hombre solo,
esa inmensa soledad azul de los ahogados.

miércoles, 6 de mayo de 2009



Paradiso

Dolor de tus labios ausentes, lejanos,

vivos en mis tórridos sueños,

pero invisibles en la mañana eterna.

En la noche, un mismo cielo

cobija tus labios y los míos,

tan lejos, tan cerca,

en la negrura sin límites de la ausencia.

Las estrellas contemplan

el llanto de mis labios,

el anhelo de mis ojos,

y te invoco en la oscuridad

como a un faro en la tormenta,

como a una diosa del amor y el deseo.

Te amo, mujer de ojos tremendos,

criatura celeste y lúbrica,

destino último de mis pasos.

Mi barco busca en la noche

el amparo de tus playas desiertas,

la geografía de tus selvas ocultas,

en las que descubrir arcanos lenguajes:

palabras que no digan te quiero,

sino que ese te quiero sean;

palabras, amor, deseos...,

fundidas nuestras almas

en el límpido amanecer

de este dolor gozoso primero.

sábado, 2 de mayo de 2009



Rutina

Rutina de los días sin forma,

neblina acuosa que mezcla

sueño, vida y deseo.

Maldita rutina que me amartilla,

que me salva de caer de los relojes.

¡Oh!, rutina, a ti me encomiendo

y te dedico esta oda salvaje

para que te vistas de amaranto y oro

y torees el fiero animal del tiempo

con naturales y templados pases.

Mata al final el tiempo

o mátame a mí, rutina,

y corona tu faena con un saludo,

un eterno saludo altanero

a la bella tarde azul de primavera

y al delirio de los tendidos y a la arena

que tus pies alados besan.

Cuando des la vuelta al tiempo

al final de tu faena,

siempre estaré yo para aplaudirte,

rutina, desde lejos.

Buscar este blog

Archivo del blog