Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

jueves, 27 de febrero de 2014

El colegio




    Mis primeros años escolares los cursé en la etapa de Preescolar, en unas aulas que había en el barrio inglés de Bellavista en Riotinto, en las cuales mi tía Lucía era maestra.
    Recuerdo que en aquellas aulas aprendíamos pronto a leer, de forma que, cuando entrábamos en primero de EGB (Educación General Básica), ya podíamos entender textos completos al tiempo que los leíamos en voz alta. No recuerdo el nombre de aquellas maestras tan amables que nos guiaron por el mundo de las letras y los números, pero les agradezco enormemente su labor de entrega.
    De aquellos años tengo varios recuerdos. Uno de ellos es el siguiente: para ir hasta Bellavista mis padres me montaban en un autobús con el que aún sueño de vez en cuando. Al bajarme de él una mañana, me caí y me golpeé en la cabeza, pero no le di importancia. Mis padres me castigaron aquella tarde por alguna trastada obligándome a dormir la siesta. Entonces empecé a llorar porque me toqué la cabeza y descubrí una pitera con sangre ya seca. Me llevaron al hospital y tuvieron que curarme la herida varias horas después de la caída.
    Otra vez, de vuelta de las clases, me quedé dormido en el autobús. Mis padres me recogían siempre al lado de la capilla del viejo hospital de la Compañía (actualmente Museo Minero). Aquel día no me bajé del autobús porque estaba rendido y mis padres no comprobaron si estaba o no en algún asiento. Cuando desperté, me hallaba en mitad de la mina al lado de un trabajador que le decía al chófer que en un asiento estaba yo dormido. Aquel autobús hacía una ruta de recogida de los mineros, por lo que mis padres tuvieron que esperar a que el chófer volviera a dejarme en la capilla bastante tiempo después del previsto. El susto fue tremendo.
    De aquella época preescolar recuerdo que las maestras nos asustaban contándonos historias de una bruja que rondaba por los alrededores, con la idea de que no nos alejásemos de las aulas.
    Con cinco años entré en primero de EGB en el colegio “Francisco Franco” de Riotinto. A él fuimos mi hermano y yo, mientras que mis hermanas fueron al colegio “Virgen del Rosario”. Mi primer maestro de EGB se llamaba Don Manuel. Recuerdo también su apellido, pero no lo diré porque no tengo buen recuerdo de él.
    Era de los maestros de la escuela antigua. Recuerdo que el primer día de clase se presentó así: “Me llamo Don Manuel *** y les voy a presentar también una cosa para quien se porte mal o no trabaje”. Sacó de un cajón de la mesa una palmeta de madera con la que nos daba con fuerza en la palma de la mano por sólo el hecho de equivocarnos al escribir.
    Con él se cumplía el dicho de “la letra con sangre entra”. Gracias a su palmeta no se me olvidará nunca, por ejemplo, que delante de p y b hay que escribir siempre m y no n, pero a costa de sufrir auténtico miedo de sus reacciones.
    Años más tarde tuve como maestro al llorado Don Emilio Santos, que era mucho más afectuoso y nunca nos tocó un pelo. Aún recuerdo su paciencia infinita con nosotros, así como su preciosa letra de imprenta que tanto quería yo imitar.
    En años posteriores tuve como maestros a Don Javier Márquez, Don José Caballero, Paco Gomera, Fernando Espinosa, José María del Rosal..., todos ellos excelentes profesionales de quienes guardo gratísima memoria.
    En aquella época los alumnos teníamos un respeto reverencial, casi sagrado, a la palabra del maestro. No se nos ocurría, por ejemplo, ponernos a charlar en clase. Por ello, nos cundían mucho las mañanas y por las tardes apenas teníamos deberes, por lo que las dedicábamos a jugar con los amigos en la calle.
    En mis recuerdos hay una confusión entre el colegio y el instituto, ya que cursé ambas etapas en el mismo centro (salvo primero de BUP y parte de segundo de BUP, cuando recibí clases en el antiguo edificio del instituto detrás de la iglesia, al lado del depósito de agua). Por esa confusión no sé muchas veces qué anécdotas pertenecen al colegio y cuáles a mi etapa de enseñanza secundaria.
    A pesar del respeto que teníamos a los maestros, motivado también por el hecho de que nuestros padres estaban muy implicados en nuestra educación, la enseñanza de antes se basaba en un contacto más humano, menos artificial, entre maestros y alumnos. Había menos cinismo y casi todos íbamos con la verdad por delante.
    En mi colegio se hicieron experimentos pedagógicos curiosos: por ejemplo, se mezclaban alumnos de diferentes cursos dentro de una misma clase. Recuerdo que, estando yo en octavo de EGB, compartí aula un tiempo con mi hermano Cayetano, que estaba en sexto.
    Los maestros fomentaban muchísimo en nosotros la creatividad. Recuerdo haber participado, como muchos de mis compañeros, en excursiones, teatros, el periódico del colegio, en las Olimpiadas Escolares, en galas de final de curso... En una gala los compañeros montamos una murga (o chirigota de carnaval) en la que imitábamos a nuestros maestros. En otra gala de distinto año imité a Felipe González tal y como entonces lo hacía Pedro Ruiz en televisión. Mi propósito era el de hacerlo entre bastidores, pero el micrófono no me llegaba y al final tuve que dar la cara ante el público, con mi consiguiente vergüenza.
    También había concursos de disfraces en Carnaval. Un año gané por sorteo un premio en aquel concurso, a pesar de que mi disfraz de vaquero no estaba muy logrado.
    Los maestros nos mandaban trabajos que teníamos que realizar con ayuda de las enciclopedias de casa o las de la biblioteca del pueblo, ya que los ordenadores brillaban por su inexistencia.
    Cuando llegaron los primeros ordenadores, estos se usaban sobre todo para jugar, no para estudiar.
    En clase se le daba mucha importancia a la caligrafía, a la ortografía y también a la memoria. Recuerdo aún partes completas de la tabla periódica de elementos, que teníamos que memorizar íntegra junto con la valencia de cada elemento en la época del instituto.
    Teníamos un pequeño libro verde de formulación química que estaba plagado de errores y cómo nos entretenía encontrar los fallos. Y es que aprendíamos a entretenernos estudiando porque no nos quedaba otra. No existía la posibilidad de dejar de estudiar. O estudiabas o trabajabas: no había situaciones intermedias.
    En las clases de Lengua leíamos en voz alta. Recuerdo la lectura, en las claras tardes de primavera (porque había colegio por la tarde), de Platero y yo. Los alumnos teníamos diferentes ediciones de dicho libro de Juan Ramón Jiménez y a veces los textos leídos tenían variantes, hecho que no terminábamos de comprender.
    A mí no es que me entusiasmase precisamente levantarme temprano para ir al colegio, sobre todo en las frías amanecidas de invierno. Una vez llegué a soltarle una torta a mi madre cuando me despertaba y ella me correspondió con otro sopapo.
    Sin embargo, había que hacerlo. Era nuestra obligación y no se discutía.
    De aquella etapa recuerdo un dictado que tuvimos que estudiar referido a la historia de los reinos de taifas, los almorávides y los almohades. Quizá no me sirviese para nada útil en mi vida memorizar aquella información, pero sí para enriquecerme con el conocimiento de otras realidades. El buen estudiante es el que de la obligación de estudiar extrae la curiosidad de aprender.
    No sé si del colegio o del instituto recuerdo la siguiente historia: una vez apareció en clase un viejo caballero trajeado elegantemente que recitó poemas de memoria de una forma magistral. Se me quedaron grabados en el alma versos de uno de aquellos poemas y pasó mucho tiempo hasta que, gracias a Internet, pude rescatarlos. El poema se titula “El perro cojo” y su autor es Manuel Benítez Carrasco. Creo que aquella hora de poesía justificó muchas horas de hastío en el colegio.
    Al final de octavo de EGB los alumnos teníamos que presentar un trabajo al que llamábamos el trabajo de Graduado, que era una especie de proyecto de fin de etapa. En una ceremonia de clausura del curso se nos agradecía aquel esfuerzo con la entrega de unos diplomas. Yo elegí para mi trabajo el tema de la historia de los grandes descubrimientos. Con la ayuda mecanográfica de mi padre copié la información de una enciclopedia, acompañándola de fotocopias de ilustraciones.
    Aquel mismo curso, el último de la enseñanza obligatoria, hicimos un viaje de fin de etapa por España con dos maestros, uno de ellos Don Emilio. Fue una especie de despedida de un ciclo, uno de los más importantes en la vida de una persona: la etapa del colegio. Visitamos Cáceres, Madrid, Granada y Córdoba. A algunos de mis compañeros de entonces no los he vuelto a ver desde aquel año.
    Aquella etapa escolar ha dejado una profunda impronta en mi vida. Hoy soy profesor de instituto y cada día lectivo intento inculcar a mis alumnos la pasión por el conocimiento, la ilusión por aprender, la sana curiosidad, la creatividad, el gusto por la belleza y por las palabras..., ni más ni menos que lo que mis maestros intentaron enseñarme hace ya tanto tiempo.

sábado, 22 de febrero de 2014

Mis abuelos


-->

A la memoria de mi tía Alicia.

    Raro es el día en el que no me acuerdo de ellos, a pesar de que hace tiempo que murieron.
    Mis abuelos paternos se llamaban José y Soledad. A él no llegué a conocerlo, ya que murió cuando mi padre era joven, mucho antes de que se casase con mi madre. Sin embargo, intuyo que en mí hay rasgos de personalidad de mi abuelo José, transmitidos a través de mi padre. Por eso, creo que las personas fallecidas no terminan de morir del todo, pues en nosotros queda parte de su esencia.
    Mi abuela Soledad era la bondad personificada. Vivió con mi tía Lucía, hermana de mi padre, en Riotinto y más tarde en Sevilla. La recuerdo siempre con su risa que contagiaba alegría a los demás, a pesar de los tiempos tan difíciles que tuvo que vivir en la época posterior a la guerra civil y a pesar de su vejez llena de dolores.
    Se nos fue hace ya unos años, un día de invierno lluvioso y gris, mientras dormía. A ella le dediqué un poema, titulado “Polvo de estrellas”, escrito pocas horas después de su muerte:

Dios preparó un lecho de ramas

sobre las brasas del día pasado.
Prendió un tímido fuego de estrella
que hizo crepitar la tierra,
bullir la naturaleza en reposo
otro día más, como desde antiguo.
Las brasas en el hogar saltaban:
almas que nacían inocentes,
al calor de los troncos prendidas,
para morir al instante en ceniza
del fuego eterno alejadas.
Dios contemplaba sin complacencia,
con indiferencia acostumbrada,
el crepitar de las vidas en llama,
el final de las ascuas vencidas.
Por el ventanal abierto al norte
miraba al general Invierno,
que con su ejército instalaba
sus líquidos cuarteles de hielo,
paisaje de nubes airadas
que viese antaño el hombre primero.

Y tú, ascua unida al tronco brillante,
el mejor brillo del fulgor divino,
caíste al fin, vencida del peso de las horas,
un día de lluvia ingrato y frío.

Soledad, ¡qué solos nos has dejado!

Que la tierra te sea leve,
que el dolor y la erosión del tiempo
dejen recordar tu alma en llama;
que tu nombre tarde en perderse,
que no estés sola allá donde vayas,
y que nos sea concedido el don de tu huida.

Porque eres más que letras sobre frío yeso,
más que la palabra perdida de un poema de viento,
porque ahora luces más que en vida
y lloró el cielo al recibirte,
aún seguirás mucho tiempo en nosotros
mientras tengamos memoria para amarte.


    Mi abuelo materno se llamaba Manuel. Fue una de las más bellas personas que he conocido en toda mi vida. Se hacía querer con sus chistes horriblemente malos y con sus gestos de caballero antiguo.
    En el piso de la playa era el primero que se levantaba y, después de beberse su café hirviendo, empezaba a hacer tostadas para un regimiento. En el duermevela del alba, escuchaba uno el rasgueo de su operación de untar mantequilla en los panes. Cuando, ya tarde, nos levantábamos, nos estaba esperando una gran fuente de cristal marrón con una montaña de tostadas más duras que una piedra.
    En la arena de la playa nos ponía en formación militar a los nietos y hacíamos con él gimnasia sueca.
    Mi abuelo Manuel o Manolito (alias “el Gordito”) siempre se ofrecía a ayudar en casa. Hasta poco antes de su muerte demostró una gran fuerza. Iba a la plaza de abastos de Riotinto y volvía con las bolsas de la compra, que pesaban bastante, en las dos manos, renqueando por causa de sus piernas arqueadas.
-->
    Había sido mecánico de locomotoras en las viejas cocheras de la mina, donde -curiosamente- mi padre y él fueron compañeros de trabajo antes de que mi padre conociese a mi madre.
     En un accidente de trabajo había perdido de raíz un dedo de una mano. Siempre jugaba con los niños a contar sus dedos. Quien no conocía la historia, se asombraba al descubrir que sólo tenía nueve falanges.
   “El Gordito” era un mote que le pusieron cuando jugaba de defensa en el Riotinto Balompié. Parece ser que se parecía mucho a un jugador de otro equipo que tenía tal sobrenombre.
    El fútbol era su pasión. Una vez en la playa lo llegué a ver sentado delante de la televisión y pendiente de un partido. Al mismo tiempo, con una mano agarraba su transistor, del cual salían las voces de los periodistas que retransmitían el mismo partido que estaba viendo, y con la otra no soltaba el diario deportivo Marca.
    Al campo de fútbol de Riotinto fui muchas veces con él. Curiosamente, con todo lo calmado que era fuera del campo, en las gradas se volvía un aficionado vociferante y exaltado. Cuando yo ya estaba en el instituto, dejé de acudir al campo, pero los compañeros que seguían yendo a los partidos me comentaban los lunes “¡Vaya follón que le montó ayer al árbitro tu abuelo!”.
    También le gustaban los toros. De él me viene la afición taurina, ya que se sentaba conmigo delante del televisor y me explicaba todas las fases de la lidia.
    La casa de mis abuelos Manuel y Antonia tenía dos plantas. Había que subir unos escalones para entrar y, una vez dentro, te encontrabas con un recibidor a la derecha, una especie de continuación del salón de arriba en la que había unos sillones. A la izquierda estaba el dormitorio de mis abuelos, con un gran armario y una esquina con estanterías tapada por una cortinilla.
    Se subían otros escalones y pasabas entonces al salón de arriba, con su mesa con brasero cubierta con un paño de croché encima de la nagüilla, el mueble de la televisión a la derecha, un cenicero en el que unas flores de jazmín llenaban la casa de un aroma embriagador...
    En esa misma planta, que era la principal, estaban la cocina, un pasillo con una alacena y el viejo cuarto de baño al fondo. Aún recuerdo aquel olor a pastillas de jabón antiguas.
    También había en aquel nivel un patio, lleno de macetas con flores, y el cuartillo de trabajo de mi abuelo.
    En la planta de arriba, a la que llegabas subiendo unas escaleras que estaban detrás de la alacena, había dos cuartos que tenían poco uso en los que había varias camas. En el altillo de un armario empotrado, se guardaban, entre otros libros viejos, cientos de novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía, a las que mi abuelo era muy aficionado. 
   En una mesita de noche, una caja con viejos objetos: entradas de un partido de fútbol en Alemania, gafas antiguas, viejos documentos de la guerra...
    En el cuartillo del patio mi abuelo se entregaba a componer o reparar todo tipo de chismes (paraguas, gafas...) de los vecinos, amigos y familiares. Lo hacía por amor al arte, ya que nunca cobraba nada a nadie. Sus conocimientos de antiguo mecánico los empleaba en ayudar a los demás, sin esperar nada a cambio por ello.
    A aquel cuartillo los nietos íbamos a realizar las labores de manualidades que nos mandaban en el colegio. Por ejemplo, en el banco de madera con su tornillo cortábamos con la segueta los paneles de marquetería.
    Cuando leí Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, me asombró la historia de los pescaditos de oro que fabricaba el coronel Aureliano Buendía en un cuartillo muy similar al de mi abuelo Manuel.
    Con mi abuelo, igual que con mi padre, aprendí el gusto por el trabajo bien hecho y la necesidad de tener siempre a mano unas buenas herramientas para cualquier labor.
   Mi abuela Antonia (“la Gambera”) se peleaba constantemente con él por la falta de orden y de limpieza de aquel cuartillo del patio, que tenía algo de taller de alquimista.
   Ella era una mujer sufrida, acostumbrada toda su vida a sacar adelante a su familia en circunstancias difíciles.
    Recuerdo que cuando yo era muy chico me contaba unos espeluznantes cuentos de lobos que me producían un terror espantoso y que al mismo tiempo me encantaban.
    Mis hermanos y yo los queríamos muchísimo a los dos. Muchos días venían a nuestra casa a estar con nosotros y a ayudar a mi madre en su tarea diaria.
    A veces mis padres nos dejaban con ellos. Entonces, libres de la disciplina paterna, nos entregábamos a unos juegos un tanto violentos que desesperaban a mi abuela. “Me vais a matar, me vais a matar...”, se quejaba ella casi llorando.
    Por la época en que empecé a dejar atrás la infancia, estando de vacaciones en la playa, recuerdo que una tarde fui a pasear con mis abuelos. Yo los miraba y al mismo tiempo pensaba si me sería posible soportar que un día ya no estuviesen en el mundo.
    El tiempo me ofreció la respuesta: es posible seguir viviendo sin las personas queridas que se quedan en el camino, pero no es posible dejar de olvidarlas porque, entre otras cosas, siguen vivas no sólo en nuestra memoria, sino también en nuestros actos de cada día.
    Queridos abuelos, Dios os tenga en su gloria.

martes, 18 de febrero de 2014

Mis primeros escritos




    Como resultado de mi interés por la lectura surgió en mí el deseo de escribir, de intentar producir en otras personas con las palabras el mismo efecto maravilloso que en mí provocaban los libros.
    Mis primeros escritos fueron recopilaciones de citas y refranes. Empecé a coleccionarlos una tarde en que escuché en la radio de mi cuarto un proverbio chino que me pareció una revelación: “Quien no sepa sonreír que no vaya a abrir tienda”.
    Con un cuento un tanto melodramático y triste, titulado “Historia de dos jóvenes”, gané un premio de literatura que organizó el instituto de Nerva. Creo que quedé en tercer lugar. Me dieron cinco mil pesetas de premio, lo cual me hizo creer erróneamente durante un tiempo que podía realmente dedicarme a vivir de mi literatura.
    A aquel premio me presenté con un seudónimo (“Clavero Martínez”), ya que había descubierto recientemente el del escritor Leopoldo Alas (“Clarín”) y me parecía original esconderme detrás de aquel nombre supuesto.
    Mis primeras historias tenían mucha influencia de los tebeos, con sus constantes onomatopeyas, y de las películas de ciencia ficción que veía en televisión.
    En el colegio colaboré en la publicación del periódico del centro, en el cual apareció mi relato “Diálogo de venusinos”, que pude rescatar años después gracias a mi profesor de Literatura de COU, Josema Rico.
    ¡Ah! Aquellas horas dedicadas al periódico escolar... Aún me acuerdo de aquella vieja multicopista al lado de la sala de profesores que sacaba las copias de los originales mecanografiados. Había que darle vueltas con una manivela, procedimiento rudimentario y al mismo tiempo mágico.
    Entonces se celebraban anualmente las Olimpiadas Escolares, en las que participaban los colegios de toda la Cuenca Minera. Recuerdo que en Campofrío actué como periodista deportivo escribiendo las crónicas de los partidos de balonmano.
    También recuerdo que con el colegio hice una visita a la antigua imprenta de Chaparro en Riotinto, la cual me fascinó con sus cajones llenos de tipos y signos de metal.
    Empecé a tener claro que mi profesión tenía que estar vinculada a la comunicación en alguna de sus vertientes.
    Me atreví también con la escritura colectiva: con mis amigos “Rafi” y Ángel escribí varias obras de teatro en las que el protagonista era un tal Antonio, un periodista que iba siempre en busca de noticias frescas. Creo recordar que una de aquellas obras la llegamos a representar los compañeros de curso con ayuda de un misterioso monitor de teatro que apareció en el último momento, días antes de la actuación.
    Pienso que mi gusto por el teatro me viene de haber contemplado una representación de La casa de Bernarda Alba de Lorca en el salón de actos del colegio. Aquellos actores eran curiosamente presos de la cárcel de Huelva.
    En la época en que empecé a dejar atrás la infancia, mis textos se llenaron de alusiones melancólicas y tétricas, tanto que mi madre me repetía una y otra vez que yo sólo escribía sobre muertos.
    Ya en el primer curso del instituto (1º de BUP), la profesora de Historia, Carmen, le propuso a mi clase dos opciones: o estudiábamos el tema de la Revolución Francesa para un examen o montábamos una representación teatral sobre ella.
    La clase se decidió por hacer teatro, encomendándome a mí, ya que todos mis compañeros conocían mi gusto por la escritura, la tarea de escribir el texto.
    En las vacaciones de Semana Santa me empapé en una enciclopedia de la historia de aquella revolución y al volver al instituto le presenté el drama histórico, el cual aún conservo, a la profesora.
    A final de curso representamos la obra para todo el instituto.
    Yo pensaba que mi tarea en aquella función había concluido con la escritura del texto, pero resultó que el alumno que iba a hacer de Robespierre enfermó y, a mi pesar, tuve que reemplazarlo.
    Forma maravillosa de aprovechar el tiempo, medio magnífico para conocerse a uno mismo y para conocer la realidad (de igual modo que la lectura), la escritura se convirtió desde entonces para mí en un necesario desfogue, en una liberación de mis demonios o fantasmas interiores, así como en una entrega a los demás, los lectores, en un regalo de palabras ensartadas que encerraban lo mejor de mí mismo, plasmación purificadora de mis temas y obsesiones, catarsis que me hace huir del tiempo, atento sólo al discurrir de la tinta sobre el papel o al contacto de las yemas de los dedos con las teclas del ordenador.
    ¡La escritura, maravillosa pasión del alma!

domingo, 16 de febrero de 2014

Los libros




    Curiosamente, a pesar de que en mi infancia me convertí en lector empedernido, no recuerdo muchos libros de aquella etapa.
    Mi recuerdo más antiguo de un libro es el de uno que tenía unas ilustraciones preciosas en las que aparecían unos patitos. Seguramente era un libro de cuentos infantiles. Aquel libro no volví a verlo nunca más.
    Creo que mi afición a los libros se vio alimentada por el hecho de que yo era un niño ensimismado, muy atento a mi mundo interior pero terriblemente despistado.
    Los tebeos fueron para mí un aprendizaje de la lectura. En la escuela completábamos dicho aprendizaje con libros que poco a poco, conforme avanzábamos de curso en curso, iban teniendo más texto y menos ilustraciones.
    En mi casa recuerdo haber leído, por mandato de mis maestros, Tom Sawyer, el Lazarillo de Tormes, el Cantar de Mio Cid... Aún conservo algunos de esos libros y de vez en cuando releo las hojas amarillentas del Lazarillo. Éste es un libro que me sigue cautivando en cada relectura, debido a la frescura y sencillez de la historia, igual que cuando lo leí por vez primera.
    Tom Sawyer me encantó. Es una historia maravillosa que disfruté igualmente en su adaptación al cine.
    El Cantar de Mio Cid lo leímos en una edición que conservaba el texto en castellano medieval y que también traía una prosificación modernizada de la historia de Rodrigo Díaz de Vivar.
    Años después, cuando estaba en cursos superiores, leí la primera parte de El Quijote, libro de lectura obligatoria entonces.
    Por mi cuenta leía otros libros aparte de los que nos mandaban en el colegio o en el instituto.
    Así, recuerdo que disfruté mucho con la lectura de las aventuras de Los Siete Secretos, con las historias completas de Sherlock Holmes (que me fascinaron) y con Los viajes de Gulliver.
    También leí, en un volumen que estaba en casa de mis abuelos maternos y cuyo olor lo tengo grabado en la memoria, los cuentos de misterio de Edgar Allan Poe, que me produjeron un gustoso desasosiego, en especial el titulado “Los enterramientos prematuros”.
    Me gustaron también las aventuras de los primeros exploradores polares, las de los arqueólogos de leyenda y las de las Olimpiadas clásicas y modernas.
    El disfrute con la lectura me llevó también a escribir historias, pero ésa es harina de otro costal.
    Casi siempre leía en la cama, atento a cada palabra, dejando a veces que la emoción surgiera en forma de lágrimas que recorrían como surcos mis mejillas.
    De noche, ya acostado y con la luz apagada, buscaba entre las sábanas el Polo Norte o la tumba de Tutankamón, continuando las aventuras que había dejado aplazadas para el día siguiente en el libro de la mesita de noche.
    En casa de la vecina de abajo hojeé una enciclopedia de la historia de la Humanidad que me maravilló. Me sobresaltó leer aquellas páginas que hablaban de nuestros antepasados, las cuales se acompañaban de fotografías que intentaban reproducir el aspecto de aquellos homínidos del pasado.
    Aprendí en la lectura a vivir otras vidas distintas de la mía, a conocer mejor la realidad del mundo, a conocerme mejor a mí mismo, a emocionarme con las palabras, a disfrutar de su belleza, a satisfacer mi curiosidad, a mejorar mi expresión (la caligrafía, la ortografía...) y, en definitiva, a ser mejor persona.
    Desde entonces hasta hoy la lectura se convirtió para mí en una necesidad del alma equiparable a la de la comida diaria para el cuerpo, así como también en una forma maravillosa de aprovechar el tiempo.
    Cuando uno tiene hijos y piensa en cuál es la mejor herencia que puede dejarle, sin duda hay que subrayar el gusto por los libros y la cultura.
    Aquello lo aprendí hace bastantes años en Riotinto, cuando yo era un niño.

sábado, 15 de febrero de 2014

La televisión de antes




    En mi infancia sólo había dos canales de televisión, los cuales emitían en dos bandas distintas (UHF y VHF), pero los programas eran de gran calidad.
    En aquella época las emisiones tenían una calificación por edades representada por unos rombos blancos: si aparecía un rombo, el programa era indicado para mayores de catorce años; si aparecían dos, sólo para mayores de dieciocho.
    La televisión sólo existía durante el día, ya que de noche no había señal.
    De chico me encantaban los dibujos animados, aunque no los echaban a todas horas como hoy en día. La sesión de dibujos semanal era la de los sábados por la mañana. Había muchos programas infantiles en aquella época: Sabadabadá, La bola de cristal...
    Más tarde empezaron a gustarme otros programas como, por ejemplo, las series: Superagente 86, Orzowei, Sandokán, Verano azul, Pippi Calzaslargas, Kojak...
    Un clásico de aquella época era el concurso Un, dos tres... responda otra vez de Chicho Ibáñez Serrador, aunque uno de los programas que más me gustaba era El hombre y la Tierra, de Félix Rodríguez de la Fuente.
    Recuerdo que mi padre no se decidía a comprar una tele en color que reemplazase nuestra vieja KOLSTER en blanco y negro. Como forma de protesta, mi madre y yo bajábamos todos los jueves después de la cena a casa de la vecina de abajo (Juanita) para ver en color las fascinantes aventuras de Félix por medio planeta en busca de los animales más sorprendentes.
    Justo después emitían el programa del doctor Jiménez del Oso, La puerta del misterio, con sus desconcertantes historias del mundo sobrenatural.
    Parece que la presión fue efectiva porque por fin un día mis padres se presentaron con el televisor en color, un TELEFUNKEN del que guardo grata memoria. La primera imagen que salió de aquel aparato fue la del insustituible Kiko Ledgard.
    También me gustaban mucho los concursos: El tiempo es oro, presentado por Constantino Romero, A la caza del tesoro, de Miguel de la Quadra-Salcedo, 3X4, de Julia Otero...
    Cuando ya era un niño grande podía negociar con mis padres si podía ver o no películas o programas de un rombo. Sin embargo, a veces el poder hacerlo traía consigo un problema: que al no ser aquellas emisiones recomendables para mi edad, me desasosegaban profundamente. Yo establecía con ellas una relación de amor y de odio porque, por un lado, quería convertirme en una persona mayor que presumiese de haberlas visto y, por otro lado, sabía que el verlas me provocaría un estado de nerviosismo que me dificultaría luego poder conciliar el sueño.
    Esto me sucedía, por ejemplo, con la serie de Ibéñez Serrador titulada Historias para no dormir o con las historias cortas de misterio de Hitchcock.
    Recuerdo haber visto La fuga de Logan y Fahrenheit 451, películas de ciencia ficción que me marcaron profundamente. ¡Qué difícil es que un chaval hoy tenga acceso fácil a un cine como ese!
    Algunas de aquellas películas introducían los sesudos debates del programa La clave, de José Luis Balbín. En uno de ellos, el cual trataba de la guerra nuclear, pusieron El increíble hombre menguante, maravilloso largometraje.
    Por supuesto, los debates posteriores no los veíamos, pero sí las películas previas, que dejaban en nosotros un poso de reflexión, una madurez, una imaginación y una visión crítica que hacían de aquellas películas un instrumento muy eficaz de propagación de la cultura y el aprendizaje.
    Otras veces veíamos ciclos de películas de determinados actores o directores y también a veces teatro, en el programa Estudio 1, en el cual se emitían magníficas adaptaciones televisivas de obras dramáticas.
    ¡Ay, aquella televisión de antes! Con tan sólo dos canales, ¡cuánta calidad!

martes, 11 de febrero de 2014

El bloque de vecinos





    Dos niños que eran hermanos en la tercera planta con quienes no nos llevábamos precisamente bien, un gallego que vivía en aquella misma planta, una vecina del primero que no nos dejaba a los de la pandilla jugar al baloncesto con unas vigas exteriores de su terraza que hicieron las veces de canastas, la entrañable viuda de debajo de nuestro piso con su carga de vástagos, las bellas mellizas y su hermana... Un conjunto de nueve familias, tres en cada planta, imitación del universo era el bloque de vecinos en el que viví de niño.
    El nuestro era el segundo bloque (de un total de cuatro) de los pisos Estrella, llamados así por su forma de estrellas de tres puntas.
    Tenía el bloque una entrada grande en la que mi hermano y yo jugábamos al fútbol con una pelota de tenis, utilizando como porterías los huecos de unos maceteros, con el consiguiente enfado de una vecina desesperanzada por nuestros gritos.
    En aquella entrada había un cuarto de la luz en el que los vecinos guardábamos las bicicletas y otros chismes.
    Había entonces en el bloque muy buenas relaciones entre los vecinos. Recuerdo que un sentimiento de compañía y solidaridad nos aglutinaba a todos en la conciencia de formar parte de un grupo unido.
    Así, por ejemplo, mi madre nos mandaba a los niños al colegio acompañados por la hija de unos vecinos de planta, mayor que nosotros.
    También recuerdo cómo, fruto de aquel sentimiento de comunidad, organizamos una vez, en la época de buen tiempo, una fiesta nocturna en los aparcamientos de los bajos del bloque.
    En aquella fiesta, el gallego de la última planta preparó una queimada. Aún tengo en la memoria la danza de las llamas en la oscuridad sobre el licor y las palabras del conxuro que nos protegía de las adversidades.
    Eran frecuentes entonces las veladas vespertinas en casa de los vecinos. Uno iba a echar la tarde a sus casas. Y es que antes los vecinos eran algo más: eran verdaderos amigos.
    En ningún momento te sentías molestado por ellos. Al contrario, en momentos de dificultad te echaban un cable si hacía falta.
    Por ejemplo, un día mi hermano y yo jugábamos al fútbol antes de almorzar usando como portería los pilares de los aparcamientos. Yo era el portero. A mi hermano se le fue el balón alto, entró por una ventana abierta y cayó encima de la mesa en la que estaban almorzando nuestros vecinos de abajo. Temimos una reprimenda terrible, pero el caso es que no recuerdo ninguna cara larga ni ninguna frase insultante. El balón nos fue devuelto con toda amabilidad.
    Cuando yo tenía quince años, mi familia dejó aquel “número trece de la Rue del Percebe” y nos mudamos a un chalé cercano al bloque. Seguimos manteniendo el contacto con algunos vecinos, pero ya no fue igual. Ganamos en independencia, pero perdimos la compañía de aquellos vecinos tan encantadores.
    En una época, como la actual, en la que, sobre todo en las ciudades, muchos vecinos ni te miran a la cara cuandos se cruzan en la escalera contigo, es grato conservar la memoria de otra época en la que la buena vecindad era fruto de la mejor cortesía. 
 

lunes, 10 de febrero de 2014

Sevilla



   Sevilla, la gran ciudad, era una referencia lejana para el niño que yo era. De allí venían a nuestras casas las novedades: los libros, la ropa en época de rebajas, los primeros ordenadores (el Commodore, el Amstrad, el Spectrum...). Estos últimos llegaron a casa de mis amigos, no a la mía, a mi pesar.
    A Sevilla había que viajar en caso de enfermedad, y como yo fui un niño con muchos problemas de salud tuve que ir con mis padres allí varias veces. Para mí el recuerdo de Sevilla en mi infancia está asociado al paso por diferentes salas de espera de distintos especialistas médicos.
    Pero también me acuerdo de una cara más amable de la ciudad. Mis tíos Waldemiro y Lucía se mudaron a Sevilla y recuerdo haber estado muchas veces con ellos y mis primos en su casa de Nervión. Llegué a quedarme alguna noche allí, lo cual me encantaba. Mi primo Waldi era de mi edad y para mí era una referncia importante: al vivir en la ciudad, estaba más fogueado que el niño de pueblo que era yo entonces.
    Una vez viajé con el colegio a Sevilla. Visitamos en la Universidad, antigua Fábrica de Tabacos, el Doctorado y la biblioteca de Manuales. Recuerdo que en aquella enorme sala descubrí asombrado la velocidad con que los universitarios copiaban textos de libros en sus apuntes.
    Para entonces yo quería ser arqueólogo, así que me quedé absorto contemplando los manuales de Historia que llenaban las estanterías.
    Ya en la Catedral, una gitana se ofreció a leerme la buenaventura por cien pesetas. Incauto de mí, una vez conocido mi futuro, le entregué una moneda de quinientas pesetas y todavía estoy esperando la vuelta.
    En aquella excursión me di cuenta de que las ciudades ofrecen múltiples vertientes: la cultura y el timo, por ejemplo, que se me habían presentado aquella misma mañana.
    Un día, en el bloque primero de los pisos Estrella, mi hermana Lucía estaba jugando con una amiga, la “Queca”. Ésta fue a darle una vuelta completa a mi hermana con la mala suerte de que se le resbaló de las manos y cayó al suelo, de resultas de lo cual perdió un diente.
    Debido al incidente, mi hermana tuvo que ponerse en manos de un dentista de Sevilla y, ya que estábamos, por aquella consulta terminamos desfilando el resto de hermanos.
    Recuerdo que un día de lluvia, yendo hacia Sevilla, en la carretera un coche se accidentó y dio varias vueltas de campana. Algunos camioneros rescataron al conductor y, como nosotros estábamos en el único coche que iba hacia la ciudad, mis padres tuvieron que hacer de conductores improvisados de ambulancia. Nos desalojaron a los niños y nos metieron en un coche que venía detrás. Mi hermano le dijo con astucia al conductor de dicho coche que nos llevase, en lugar de al dentista, a casa de mis tíos.
    Cuando mis padres llegaron a la consulta del dentista y no nos vieron, por poco se mueren del susto.
    Años después, vendrían mis estudios y mi trabajo en Sevilla, pero para ello quedaba aún mucho tiempo.

martes, 4 de febrero de 2014

Mis trastadas



   Creo que de chico no hice demasiadas trastadas. Posiblemente otros (sin señalar a nadie) me ganaron en ese terreno, lo cual no significa que yo fuese un santo varón.
    Pero alguna trastada que otra sí que hice.
    Por ejemplo, con un amigo cuyo nombre no diré (se dice el pecado pero no el pecador) me dediqué toda una mañana a tirar petardos por el pueblo. No obstante, él fue aún más lejos que yo: vio la puerta abierta de una casa, entró en ella y tiró un petardo que explotó en el salón al lado de la dueña de la casa, una ancianita. Espero que ella tuviese el corazón a prueba de sustos.
    Mi naturaleza no me inclinaba a la maldad, pero la influencia en mí de ciertas personas cercanas obró en mí el deseo de gastar pesadas bromas.
    Mi hermano y yo tomamos a mi hermana Lucía, la más pequeña de los cuatro, como diana de nuestros dardos. Cuando, por ejemplo, mi madre bajaba por las tardes al piso de la vecina de abajo y nos dejaba solos a los niños, él y yo nos íbamos al pasillo y cerrábamos todas las puertas que daban a éste. Nos tirábamos violentamente con las manos una pelota de tenis rodante. Una de las variantes del juego era apagar la luz del pasillo y otra era la de poner a Lucía en medio para que recibiese los pelotazos.
    A Lucía (pobrecita mía) la teníamos breada. Mi hermano la llegó a montar en un carrito de bebé y, atada como estaba, la llevó hasta el borde de un pequeño precipicio que estaba al lado de casa. La inclinó hacia delante sin, por supuesto, llegar a soltarla. Sus gritos se escucharon por todo el vecindario.
    Claro que yo no le fui a él a la zaga. Una tarde me quedé solo con Lucía y se me ocurrió una perversidad y, sin pensármelo mucho, la puse en práctica: ella llevaba ese día un pichi vaquero con tiras cruzadas en la espalda y lo que hice fue llevarla a la fuerza a un cuarto de baño, subirla a pulso hasta una percha atornillada a la pared y dejarla allí colgada. Para completar la faena, cerré la puerta del baño, apagué la luz y me fui.
    Sin embargo, tanto me corroía la mala conciencia que no tardé mucho en rescatarla de aquella terrible prisión.
    Y luego dicen algunos que los niños de antes éramos todos muy buenos...

sábado, 1 de febrero de 2014

Las enfermedades




    Asma, alergia, pies cavos, gafas, ortodoncia, pies de puntillas que requirieron una operación, descalcificación en un hueso del pie por la cual me tuvieron que escayolar...
    Fui, en definitiva, un niño imperfecto, con tantas debilidades que mi historia clínica parecía no tener fin.
    Lo peor, sin duda, fue el asma. Era terrible la sensación de no tener aire suficiente en los pulmones para poder respirar y no poder descansar bien por las noches.
    Recuerdo una vez, en la playa, en la que me desperté casi asfixiado, con pitos en el pecho. Mi madre se vino conmigo a la terraza y allí estuvimos viendo los barquitos del mar, pequeñas luces lejanas en la minúscula luz del alba.
    Me tuvieron incluso que llevar en dos ocasiones al antiguo hospital de Riotinto (hoy Museo Minero) para darme oxígeno.
    De niño yo quería ser médico, pero al ver una pequeña operación de cirugía plástica en la televisión me mareé y ello supuso el fin de aquella vocación.
    Me acuerdo de que una vez el médico me mandó unos análisis de las heces, así que tuvimos que ir a Huelva con Juanito, taxista de la Empresa (que en paz descanse).
    De vuelta de la ciudad, me entraron arcadas en el camino y vomité parte del desayuno en la reluciente tapicería de escay color crema de los asientos traseros del Mercedes de Juanito, quien quería a su coche como a un hijo.
    El ser un niño enfermizo te termina curtiendo. A pesar de que piensas en la imperfección de tu cuerpo, terminas aceptando tus deficiencias y debilidades.
    En Sevilla me operaron de los tendones de Aquiles en ambos pies. Una vez en casa, mis amigos “Rafi” y Ángel me llevaban a casa los apuntes de clase para que no perdiese el contacto con el colegio.
    Recuerdo que, en aquella larga convalecencia, tuve que hacer un dibujo a color de las partes de la célula para que mis amigos se lo llevasen al maestro. ¡Cómo se acuerda uno de cosas que sucedieron hace ya tanto!
    En mis largas estancias en cama, recuerdo el placer de la lectura, que me hacía soñar con otras vidas, con otras realidades.
    Podía estar incapacitado, pero mi imaginación volaba con las aventuras de los tebeos y los libros que devoraba con avidez.
    Aquellas aventuras obraban en mí el deseo de querer convertirme también en escritor, de combinar con emoción y belleza las palabras para que alguien disfrutara del mismo modo que yo lo hacía en mi cama en aquellas ocasiones.
    ¡Pobre niño enfermizo! ¿Te curaste de todos tus males?

Buscar este blog

Archivo del blog