Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

domingo, 30 de marzo de 2014

ZOMBIS CAMINANTES


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    Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David: ¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!

   Gustavo Adolfo Bécquer: El Miserere (1862).


    Me dijo hace unos días una alumna buenecita que ella veía una serie de televisión en la que salen zombis. La verdad es que me quedé un tanto perplejo, ya que me extrañó que aquella cándida criatura se dedicase a contemplar esa serie, llena de imágenes truculentas, dantescas y sangrientas (cabezas cortadas, sesos esparcidos, tripas al aire y demás exquisiteces del género gore).
    Aquel hecho me hizo pensar que en la actualidad vemos demasiadas imágenes violentas. Hace poco he visionado (como ahora se dice) la excelente película 300 (basada en la guerra de las Termópilas, en la que trescientos guerreros espartanos se sacrificaron al hacer frente al innumerable ejército persa) y llegué a esa misma conclusión, ya conocida sobradamente por el lector.
    Si algo caracteriza al cine de hoy es la mostración descarnada de la violencia y del sexo. ¿Dónde quedó el estilo del cine clásico, el cual omitía de forma elegante cualquier escena que pudiese alterar emocionalmente al espectador? Quizás la experiencia de las guerras mundiales del siglo XX nos hizo cambiar nuestra visión de la violencia hasta convertirla en experiencia cotidiana.
    Hay algo en la violencia que nos fascina; hay en ella algo telúrico, mágico, irracional que nos lleva a contemplar con cierta delectación morbosa imágenes de violencia verbal o física (los discursos de Hitler o la caída de las torres gemelas de Nueva York).
    Pero también esa contemplación tiene efectos negativos. Por ejemplo, muchos espectadores confunden realidad y ficción al no ser capaces muchas veces de discriminar una imagen auténtica de una artificialmente creada. Por ejemplo, los telediarios se convierten en foco de irradiación de muchos vídeos (muchos de ellos sacados de Internet), y lo hacen mezclando información y espectáculo, realidad y ficción en definitiva.
    En determinadas personas (como por ejemplo los adolescentes) esa confusión creo que propicia un adormecimiento de la conciencia.
    Hartos de ver esas imágenes de muerte y destrucción (como sucede también en muchos videojuegos), el espectador recibe la idea de que el hecho de matar o el de morir son un juego, una representación, un teatro que no es en absoluto real.
    Esa conciencia insensibilizada de las nuevas generaciones es origen de muchos conflictos, como la falta de empatía con los demás.
    Si se termina viendo como algo normal matar (aunque sea en la ficción) a un zombi destrozando su cabeza, podrá verse también como algo normal ver una imagen real similar en un telediario (por ejemplo, en un reportaje de guerra).
    Entonces se habrá perdido una de las virtudes de nuestra especie, la que nos hace ser más humanos: la compasión. De ahí al delito o a la falta hay una delgadísima línea roja.
    Como siempre, a los padres corresponde el ingrato papel de tener que señalar esa línea a sus queridos hijos y el de evitar que se conviertan en zombis caminantes y descuidados al que el primer chalado que pase les destroce la crisma.


jueves, 27 de marzo de 2014

¿POR QUÉ LA GENTE ANDA POR LA IZQUIERDA?



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    El niño bien educado irá siempre por el lado derecho de la calle y no por la acera izquierda.

    Cartilla moderna de urbanidad (Niños); Barcelona, Editorial F.T.D., 1929. Página 8.

    Definitivamente, los peatones no andan ya por la derecha, la cual era hasta hace poco la dirección que todo el mundo seguía en su paso por las aceras.
   No, los viandantes ya no van por su derecha. Y no sólo eso, sino que además -en sitios de cruce estrechos- no se giran de lado para presentar un perfil menos ancho al peatón que viene de frente. Lo que la gente hace es avanzar de frente igual que un soldado en una formación militar, ofreciendo toda su envergadura de pecho y brazos, a veces con mirada desafiante que se puede interpretar como “Aquí estoy yo”.
    Y si encima te pisan o se rozan excesivamente contra ti, no esperes una disculpa, porque ni siquiera se volverán para ver cómo has quedado después del encontronazo.
    Puede parecer un asunto baladí, pero yo creo que un pueblo que no sabe andar por las aceras de la calle no puede estar llamado a grandes empresas.
    Me he devanado los sesos intentando encontrar una explicación a la nueva moda de andar por la izquierda, pero no he conseguido hallarla. ¿Demasiado alcohol en los estómagos?, ¿quizás un abuso de series de televisión de Inglaterra, país que, como es sabido, conduce de la forma equivocada?...
    En realidad, yo creo que el personal no anda por la izquierda, sino por donde le sale de las narices, ya que quizás no se le haya indicado nunca por dónde tiene que ir.
    Aquellos antiguos manuales de urbanidad pasaron a la historia, pero se echa de menos de vez en cuando que a la gente se le lea la cartilla, concretamente el apartado dedicado a por dónde se debe andar por la acera.
    Y si encima de todo llueve, el asunto pasa a complicarse, ya que te pueden clavar en el ojo la varilla de un paraguas antes de que te des cuenta.
    Propongo a los señores políticos que fomenten las normas de urbanidad en sus leyes. Podrían enseñarse buenas normas de protocolo en las escuelas o en alguna de las miles de cadenas de televisión de que disponemos hoy.
    Incluso ofrezco posibles títulos para los diferentes temas: “Andar por la calle”, “El volumen de voz al hablar en los sitios”, “El decoro en el lenguaje”, “Comportamientos en el coche”, “Cómo vestir en cada ocasión”...
    Parece que el civismo y la buena educación tienen sus horas más bajas hoy, quizás porque su cultivo se vea como un asunto del pasado, algo ya superado que tiene connotaciones retrógradas y carcas.
    Por desgracia, los manuales de urbanidad han desaparecido cuando más falta hacen y, por ello, ancha es Castilla. Se ha abierto la veda: la norma es la ausencia de norma, o sea, que cada uno haga lo que le salga de las narices.
    ¡Dios nos coja confesados!

miércoles, 26 de marzo de 2014

IMPRESIONES SOBRE LA PRIMAVERA EN SEVILLA




    No sé si la misma clima de la tierra, que he oído siempre decir los demonios tienen más mano allí para tentar, que se la debe de dar Dios, y en esto me apretaron a mí, que nunca me vi más pusilánime y cobarde en mi vida que allí me hallé: yo, cierto, a mí mesma no me conocía.

Santa Teresa de Jesús, Libro de las Fundaciones.


    Unas palabras me manda hacer mi amante (en mi vida me he visto en tal aprieto) que hablen de Sevilla, ciudad fascinante, que me acogió hace ya tanto tiempo.
    Es difícil en Sevilla, sobre todo en primavera, ser escritor y más aún escribir de esta ciudad, así como hacerlo sin caer en el tópico o en la rima fácil de “Sevilla” con “maravilla”.
    Es ésta una ciudad que tiene múltiples facetas. Seducidos por la belleza de sus calles, deambulamos por ellas estos días luminosos extasiados por el aroma del azahar en los naranjos, preñados de estas blancas florecillas; por las notas de color amarillo y verde de los jaramagos en los solares; por este cielo de Sevilla, de un azul refulgente, que es telón para un teatro de voces y silencio, de éxtasis y calma, de clasicismo y barroco, de alegría y pena..., para ese teatro que es el alma de esta ciudad dual en la que nos perdemos gratamente.
    Las plazas se llenan, en estos claros días de primavera, de vida, de gentes que se deleitan con vasos de cerveza fría en las manos, en la conversación pausada, sin tiempo, en el arte por el arte del hablar por hablar en el que los relojes de pulsera desaparecen como por ensalmo de las muñecas. Las palabras se vuelven musicales, cantarinas, y hablan de belleza, de armonía, de arte, amistad y amor.
    En un paseo por esta Sevilla inundada de luz uno descubre también la misteriosa vida de sus umbrías: los restos de viejas civilizaciones que encontraron aquí su acomodo, las capillas de iglesias medievales donde viejos sacristanes cuidan de vírgenes y cristos seculares que siguen sobrecogiendo el corazón de quienes les rezan...
    Es ésta una tierra de luces y de sombras, en la que el goce de vivir se enseñorea en primavera de las horas. Es tierra apasionada que enamora a quien por ella pasa, a quien definitivamente en ella se queda.
    Sevilla..., ¡qué difícil es escribir de ti sin pronunciar la palabra “maravilla”!
 

sábado, 22 de marzo de 2014

UNA HISTORIA PERIPATÉTICA




    Ha sido muy comentada estos días atrás la eliminatoria futbolística de la Liga Europa que ha enfrentado a los dos equipos sevillanos de Primera División, Sevilla y Betis, con el resultado ya conocido del pase a cuartos de final del primer equipo.
    Sin embargo, hoy quiero referirme a la eliminatoria que enfrentó al Betis contra el equipo croata del Rijeka en la liga previa de dicha competición el pasado doce de diciembre de dos mil trece.
    Ese día me había comentado un compañero de tren que en una poco conocida librería del centro de Sevilla (la librería Al Ándalus) estaban ofreciendo descuentos del cincuenta por ciento, así que hasta allí me encaminé.
    Primero pasé por la antigua calle Capitán Vigueras (aún no sé cuál es su nombre nuevo). Mientras andaba hacia mi destino libresco, iba pensando en iniciar un proyecto literario (al que llegué a dar nombre incluso: “Historias peripatéticas”) que consistiría en ir publicando mis pensamientos acerca de las situaciones que viviese durante mis paseos vespertinos por la ciudad, al mismo tiempo que anotaba por dónde había paseado.
    Ese proyecto literario lo abandoné más adelante, pero aquella tarde hubo dos hechos totalmente diversos que me han llevado a escribirlos hoy aquí.
    Al pasar por la calle San Fernando, empecé a oír unos gritos de una multitud que venía hacia mí desde la Puerta de Jerez.
    Conforme me iba acercando a aquella multitud, empecé a caer en la cuenta de qué era lo que estaba contemplando: eran cientos de hinchas del Rijeka, escoltados por varios furgones de la Policía Nacional, que iban gritando sus cantos guerreros eslavos.
    Daba miedo, en la penumbra de la calle, oír en la fría y húmeda tarde de finales de otoño aquellos gritos y ver a aquellos individuos con vestimentas paramilitares.
    De pronto tuve la sensación de haber sido transportado décadas atrás y estar viviendo la violencia política propia de los años treinta. No entendía nada de lo que cantaban, pero sus gestos sólo transmitían odio, deseo de aniquilación del enemigo.
    Me di cuenta de forma palpable (una vez más) de cómo el fútbol se ha convertido en válvula de escape de las tensiones sociales, así como del gregarismo de todas aquellas sombras aullantes, ajenas en ese momento a toda contención de la civilidad.
    Se cruzaron conmigo y pronto me alejé de ellos en dirección opuesta. Seguí mi camino hasta la librería. 
   Yo andaba buscando algún libro de Eduardo Zamacois, autor muerto en 1971 y apenas conocido en la actualidad. Hace tiempo descubrí un magnífico cuento de él titulado “Noche” y quería saber si aparece incluido en algún libro suyo.
    Aquella tarde el librero, muy amable, me aseguró que Zamacois era un escritor raro y malo, pero aún sigo buscando su mejor obra.
    No obstante, no me fui de vacío de aquella librería, pues compré a mitad de precio la Vida de Diego de Torres Villarroel (aún no la he leído).
    Seguí mi paseo a los pies de la Giralda, continué por la avenida Eduardo Dato y finalmente enfilé la calle Juan de Mata Carriazo para llegar a mi casa.
   “¡Qué curioso es el mundo!”, pensé. Uno buscando las palabras perdidas de un escritor desconocido y otros gritando como monos gregarios, espeluznando a todos los que escuchaban sus arengas de odio y de batalla. Y todos reunidos en el mismo espacio bajo la humedad de una fría tarde de otoño hace ya unos meses.



viernes, 21 de marzo de 2014

DE PALABRAS Y LUCES




    Las palabras llegaron a ti desde muy lejos, por océanos, por tierras remotas, por ríos profundos, a través de rutas antiguas o de cables submarinos, a caballo, en barco, en camello, en aviones...
    Las palabras llegaban en paquetes y tú abrías con delectación tus puertas a ellas, adornado con el mejor de tus brillantes vestidos de fiesta.
    Pero todo aquello se convirtió en humo. Saliste ardiendo una tarde en que un actor declamaba en tu interior antiguos versos de origen griego. Todos huyeron.
   De ti sólo quedó una placa ennegrecida (TEATRO...) y una lámpara de araña gigantesca que terminó en manos de un buhonero.
    Pero la vida es curiosa y en cada vuelta al sol la Tierra vuelve a nacer: el hijo del buhonero conservó la historia de tu vida, querido teatro, la engrandeció, añadió páginas de su invención y, pasados los años, concibió la idea de fundar un nuevo escenario que acogiese de nuevo las palabras, errantes palabras, que acudieron de nuevo a ti, presurosas, a plantar su verdad en el camino.
    Y por fin aquella vieja placa vuelve a brillar de nuevo en la entrada al TEATRO DE LOS SUEÑOS.


sábado, 15 de marzo de 2014

Recuerdos del niño que fui (Epílogo)




La verdadera patria del hombre es la infancia.

Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta.


    Quisiste meses atrás hacer un ejercicio de estilo: narrar por primera vez en tu vida en primera persona. Pero contar historias desde un yo es muy difícil, especialmente si aquello que cuentas es tu propia existencia.
    Quisiste contar tu infancia, fijarla con palabras, perseguir con la tinta imágenes perdidas en el velo de tu memoria.
    Te diste cuenta inmediatamente de que los recuerdos fluían fácilmente, de que el papel absorbía la tinta de aquellas situaciones pasadas como si fuesen aún frescas, de ayer por la mañana.
    Pero también notaste que la primera persona te daba un protagonismo que apenas nunca has buscado en tus escritos. Y te volviste pudoroso, como desnudo ante los demás.
    Iniciaste un rastreo de olores, de vivencias, de visiones de cuartos de casas antiguas, de libros perdidos, de personas que ya no están... Todo ello con el deseo de profundizar en aquella etapa de tu vida en la que fuiste dolorosamente feliz.
    Y ahora que quieres terminar esa busca sientes que te has dejado muchas cosas atrás: las clases particulares de inglés de Mister Pilgrim; el juego de la lima sobre el terreno embarrado en días de luz hiriente después de las lluvias; la forma y el color de los interruptores de la luz con forma de perillas de la casa de tus abuelos; el castigo que sufristeis tu hermano y tú de no poder ver el histórico partido España-Malta (del cual sólo pudisteis contemplar las repeticiones de los trece goles); las bombas de peste con que atufabais a los enemigos eventuales; los sencillos cumpleaños de antes; el teléfono que mandó una fría madrugada de octubre las notas melancólicas de la Esquila desde el salón de tu casa hasta el lugar de Alemania en que vivía tu tío Antonio; tus ilustres despistes (como el de perderte en un ascensor de El Corte Inglés de la plaza del Duque de Sevilla); tus peleas con compañeros del colegio o con tu hermano; la curiosidad tuya de querer saber qué sucedería si metías unas pinzas en un enchufe; los aromas de las plantas aromáticas que recolectaste con tu abuelo en Fuenteheridos; el Riotinto del ayer (sus calles, sus gentes, el colegio, las casas de tus familiares..., espacios ya sin tu presencia); la Empresa, en la que trabajaron tu abuelo y tu padre; tus miedos y manías de entonces; el cumplimiento de una promesa de tu madre de subir andando contigo hasta la ermita de la Reina de los Ángeles en Alájar...
    Y comprendes entonces que no puedes fijar toda tu infancia con palabras, porque muchos recuerdos se te han ido para siempre; que, a pesar de que la escritura es una antorcha que ilumina las sombras, no puedes con ella retener todas aquellas vivencias de tu pasado. Tu bolígrafo no siempre escribe bien o no siempre escribe lo que tú quisieras.
    Te asombra darte cuenta de cómo pasa el tiempo, raudo y veloz como un río, y de cómo, en su voraz transcurso, va haciendo desaparecer a personas, lugares, épocas, situaciones... que van quedando atrás irremediablemente, aunque forman parte indisoluble de tu conciencia.
    ¿O es que acaso pensabas que al evocar a tus abuelos no ibas a llorar del modo en que lo hiciste el otro día, mientras te mirabas en el espejo intentando encontrar aún algún resto de aquel niño que fuiste? ¿Creías quizás que ibas a quedar indemne de este paseo por tu pasado?
    Pero la memoria es también engañosa. Puede hacerte creer que el pasado fue siempre feliz, que no hubo en él disgustos ni peleas, que el mundo era pura armonía y belleza en todo momento.
    No, la memoria es selectiva y, por tanto, mentirosa, especialmente cuando con ella nos forjamos la imagen de cómo éramos antes. Tan selectiva es que muchas veces preferimos engañarnos a nosotros mismos dulcemente, olvidando los pesares del ayer, pensando que jamás existieron.
    No obstante, a pesar de que conoces esas trampas del recuerdo, te quedas con lo mejor de ti y lo mejor de la familia en la que te criaste, la bondad de tus abuelos, de tus padres, de tus hermanos, de tus amigos, de tus familiares, de tus compañeros de clase... y prefieres olvidar momentos de desánimo y angustia o las heridas que te infligieron hace ya una eternidad.
    Pides perdón a quienes se hayan podido sentir ofendidos por haber sido citados en estos recuerdos.
    Tus propósitos eran también, aparte de los ya dichos, el de pasar buenos momentos recordando tu infancia y hacérselo pasar bien a tus lectores (después de tanto tiempo sin escribir en esta bitácora, has descubierto gratamente que aún sigues teniéndolos).
    Pero has de cerrar esta obra de una vez, ya que la Literatura te marca nuevas metas.
    Y terminas de escribir con unas últimas ideas (aún tu bolígrafo tiene tinta para ellas): has descubierto que en la infancia está lo más profundo de uno mismo. Al recordar la niñez con emoción vuelves, en cierta manera, a vivirla y a encontrarte con la versión más noble de tu persona.
    Al evocarla en su conjunto, te quedas con la sensación de que la curiosidad, la ilusión y la vivencia de las horas sin la angustia del tiempo siguen siendo, igual que entonces, tu brújula, el faro que ha de alumbrar tu navegar de cada día y finalmente notas que, en el fondo, nunca has dejado de ser aquel niño que tanto has estado evocando en estos emocionados recuerdos. Y tus últimas palabras son para todos aquellos que no pudieron ser felices en su niñez, con el deseo de que al menos hayan podido serlo en otros momentos de su vida.

martes, 11 de marzo de 2014

La fe







No desdeñéis la palabra;
el mundo es ruidoso y mudo,
poetas, sólo Dios habla.

Antonio Machado, Nuevas canciones.



    Al final de la infancia recibí, en un grupo en el que también estaba mi primo Waldi, la Primera Comunión en la iglesia de Riotinto de manos de Don Isidro (que en paz descanse).
    Mi familia lo celebró con un convite en las aulas de Preescolar de Bellavista. Parece que estoy viendo aún la tarta con forma de campo de fútbol y aquellos álbumes y libros religiosos que nos regalaron y que tenían aquel olor tan especial.
    La fe era entonces para mí un gran misterio. Yo procuraba tenerla, pero me costaba trabajo encontrarla en la repetición de la ceremonia de la misa, que para mí era un rito cansino del que uno no podía librarse cada domingo.
    Sin embargo, la trascendencia se nos presenta a todos alguna vez en medio del camino. Para mí estaba en el rito anual de la Esquila, en esas voces masculinas que, en las madrugadas frías de octubre, rompen el silencio de las noches riotinteñas cantando llamadas para acudir al Rosario del amanecer.
    Cuando yo de niño escuchaba aquellas oraciones cantadas destinadas a la Virgen del Rosario, cuyo origen se pierde en el misterio del tiempo, siempre pensaba en Dios, en un Dios cercano, amable, que nos protege a todos con su amor de padre, que vela nuestros sueños y nos ilumina con su luz en medio de los vendavales, que es manantial de agua fresca que calma nuestras ansias.
    Como niño que era, en aquella época me costaba asumir la idea del pecado y, sobre todo, la necesidad de confesar mis faltas al sacerdote.
    Una vez en el instituto, en la época en que me preparaba para la Confirmación, el padre Plaza pasó un cuestionario a mi clase. Había que responder a varias preguntas. Una de ellas era “¿Has pensado alguna vez ser sacerdote?” Yo marqué la equis en el SÍ, pues era verdad que lo había pensado, pero igual que había pensado también ser arqueólogo o médico.
   Aquella cruz hizo que dicho cura me convocase a una reunión con él en la parroquia. Allí me propuso la posibilidad de que yo estudiase COU, el último curso del bachillerato de entonces, en un colegio católico de Huelva, con idea de que me pudiese preparar también para el sacerdocio.
    Yo había estado pensando en aquella reunión los días previos y había conseguido encontrar, no sin dificultad, una palabra que sabía que existía, seglar (que significa 'laico, que no es eclesiástico ni religioso'), para poderla introducir en mi réplica: “No, padre, tengo claro que quiero formar parte de la Iglesia pero lo haré como seglar”.
    La Iglesia no encontró en mí a un sacerdote y años después estuve a punto de perder la fe.
    Cuando con diecisiete años me fui a estudiar a Sevilla, me fascinaron el dinamismo de la ciudad, sus grandes ofertas y proyectos. Me volví descreído. Incluso llegué a proclamar una vez en casa de mis padres, en Riotinto, que yo no creía en Dios. Sé que aquello le supuso a mi madre un gran disgusto.
    Pasaron los años. Varios sufrimientos jalonaron mi existencia. Maduré, dejé atrás la infancia y un buen día me di cuenta no sólo de que no era ateo, sino también de que nunca lo había sido del todo y de que nunca lo podría ser, ya que la búsqueda de Dios había sido una constante en mi vida desde pequeño.
    Me he preguntado muchas veces dónde estaba o qué era Dios: ¿el tiempo, el silencio, la vida del más allá, la Iglesia, la fe, la religión, la liturgia, la misa...? Eran preguntas sin respuesta que me llevaban a otras preguntas, en una cadena infinita de interrogaciones. Quizás esa interrogación constante, esa búsqueda permanente sea la fe, la cual sigue siendo para mí, como cuando yo era chico, un gran misterio, porque misterio es la propia vida.
    A veces queremos saber demasiado de Dios, saber, por ejemplo, si nos contempla desde lo alto como nosotros contemplamos las hileras de hormigas en el parque. Saber también si, desde la otra orilla, Él puede ver nuestro caminar por esta vida y si nos espera con los brazos abiertos al final de nuestros pasos en esta tierra.
    Queremos saber demasiado, pero apenas vislumbramos una parte ínfima del fulgor divino.
    Tan malo es huir del calor de Dios como acercarse demasiado a Él. La palabra de Dios, si nos arrimamos mucho a ella, nos abrasa en ocasiones. O nos ahoga, como al hombre sediento del calor del desierto el beber con mucha ansia el agua del anhelado oasis.
    Muchas veces busco a Dios en el silencio, que es la mejor de las oraciones. En el silencio es donde uno se encuentra consigo mismo, lejos del bullicio, aunque el silencio de Dios es también inadmisible para muchos. Hay quien no entiende cómo Dios permite el sufrimiento, el hambre, la muerte sin sentido.
    Yo pienso que el sufrimiento forma parte de nuestra condición mortal y que hemos de resignarnos a él, pero igualmente evitar que se convierta en un dolor permanente.
    La fe es un consuelo, pero hay que alimentarla en el niño desde que éste empieza a tener conciencia.
    La angustia hay que tenerla siempre a raya, y para ello ayuda mucho el amor a un Dios paternal que es consuelo, que es bondad, que no nos abandona nunca y que nos hace volver a tener la ilusión, las ganas de vivir, la fuerza y la confianza que teníamos cuando fuimos niños.

miércoles, 5 de marzo de 2014

La angustia





   Daba el reloj las doce... y eran doce
golpes de azada en tierra...

   ... ¡Mi hora! —grité— ... El silencio
me respondió: —No temas;
tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla.

   Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera.


Antonio Machado, Soledades.

            


    Un niño empieza a dejar de serlo cuando toma conciencia plenamente de que su vida se terminará extinguiendo.
    En mi caso, tengo bien asentados en mis recuerdos unos días aciagos, negros, en los que se me hizo presente la idea de la muerte de una manera horrenda.
    Fue un fin de semana. Recuerdo que estaba viendo en la televisión las noticias del Telediario. El periodista comentaba una información sobre una amenaza de guerra nuclear. Eran aquellos los años de la Guerra Fría.
    Ilustrando aquella noticia, unas imágenes de hongos nucleares me sobrecogieron.
    Aquellos dos días, sábado y domingo, fueron para mí terribles. Mi mente no hacía más que repetir una y otra vez, en una espiral sin fin, aquellas imágenes. Llegué a pensar realmente que el mundo iba a terminar en las horas siguientes.
    Creo que el lunes posterior fue uno de los más felices de mi vida, ya que la luz de un nuevo día iluminó mi cuarto y pude ir al colegio con la seguridad de seguir vivo.
    Aprendí de aquella experiencia no sólo que la muerte es un hecho inevitable, sino también que la vida es un bien precioso, un regalo que tenemos que conservar con empeño y, sobre todo, que uno ha de ser feliz consigo mismo y a la vez compartiendo con los demás sus experiencias.
    Al final siempre estará la muerte, pero mientras tanto deberemos evitar el miedo cultivando el amor, la amistad y el arte. De esa forma, nos llevaremos a la otra ribera (y dejaremos en ésta) una bonísima cosecha.

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