Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

viernes, 30 de mayo de 2014

FOTOGRAFÍAS DE TABERNAS ANTIGUAS DE SEVILLA




    Desde hace tiempo, cada vez que entro en esta mi bitácora, me quedo observando la fotografía de portada y preguntándome quiénes son las personas que en ella aparecen.
    Apenas tengo datos sobre esta imagen: parece ser que fue realizada entre 1915 y 1936 por el francés Charles Alberty López (Loty) o por Antonio Carreta Passaporte, un fotógrafo portugués que trabajaba para la firma de Loty, AFUSA (Archivo Fotográfico Universal). En ella aparece el interior de una desconocida taberna de Sevilla, en la cual sus parroquianos posan con gesto amable.
    La imagen forma parte del catálogo de una exposición titulada La imagen de Andalucía (1915-1936), que tuvo lugar en el Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla entre 2002 y 2003. El cederrón del que la he extraído incluye un amplísimo repertorio de 2348 imágenes digitalizadas de las placas originales de Loty-Passaporte, tomadas, aparte de en Sevilla, en Linares, La Carolina, Sierra Morena, Ronda, Benaoján, Santiponce, Alcalá de Guadaíra, Carmona, Marchena, Utrera, Écija, Tetuán, Cádiz, Jerez, Arcos de la Frontera y El Puerto de Santa María.
    Y poco más sé de esta foto, aparte de que está movida, debido a la cuestión técnica del tiempo de exposición, la cual me resulta totalmente desconocida.
    La mayoría de las fotografías de Sevilla de dicho repertorio son bellas, técnicamente perfectas, pero también frías, distantes, sin calor humano, pues apenas aparecen personas en ellas, excepto en varias series: las fábricas, las tiendas, los talleres y las tabernas.

    Al contemplar las fotografías de las tabernas (las cuales incluyo aquí), que son más cálidas porque en ellas la arquitectura de los espacios cobra sentido por la presencia en ellos de seres humanos, me vienen a la cabeza varias reflexiones:

    La primera, el valor de testimonio histórico del arte fotográfico, el cual perpetúa en el tiempo instantes definitivamente borrados del discurrir eterno.
    En segundo lugar, me pregunto por los nombres y las vidas de aquellos camareros, soldados, señores con capa... ¿Qué fue de ellos, por ejemplo, en la guerra civil, la cual se inició pocos años después de esas instantáneas? ¿Vive aún alguno de sus descendientes? La respuesta es el silencio.
    Siempre queremos saber más, pero olvidamos que la vida es puro misterio. Una fotografía antigua es sólo reflejo de un instante igual a otro cualquiera de nuestras vidas o de las ajenas, del cual apenas conocemos lo sustancial y a veces casi nada.
    En una escena de la magnífica película El club de los poetas muertos, basada en el libro del mismo título, se refleja perfectamente el tópico latino del Carpe diem, la exhortación a disfrutar del presente: en ella, un profesor de Literatura de una estricta institución académica norteamericana, papel encarnado magistralmente por Robin Williams, lleva a sus alumnos a la entrada del colegio para enseñarles fotografías de antiguas promociones del mismo. Él pone a sus alumnos en situación explicándoles el antiguo tópico del poeta latino Horacio y luego les hace aproximarse a aquellas viejas fotografías en sepia para que escuchen la lección (Carpe diem, “toma el día”) que transmiten aquellos antiguos rostros que ya han sido borrados por el tiempo pero que perduran milagrosamente en el papel fotográfico.
    Disfrutemos, pues, del día, del presente, del instante, sin olvidarnos nunca del pasado, el cual nos sigue transmitiendo sus lecciones desde hermosas y viejas fotografías de mundos casi olvidados.




domingo, 25 de mayo de 2014

MONÓLOGO DEL TORERO DELANTE DEL TORO


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A Juan José Padilla

    No quisiera que tus cuernos penetraran en mi carne como puñales, pero aquí estoy, ya no te tengo miedo, toro.
    A pesar de mis antiguas heridas, a pesar de que llegué a temerte, aquí estoy, una vez más, preparado de nuevo para recibirte, para convertir tu cuerpo en aire, en sueño, en arte con el vuelo de mi muleta.
    Mis manos encallecidas agarran la tela, débil arma defensiva, para ahormar tus embestidas, que a veces fueron fieras, de una crueldad temible, y otras simples movimientos del aire que apenas llegaron a herir mi pobre alma.
    ¿Qué es el miedo? Me lo he preguntado muchas veces y creo tener la respuesta. El miedo es no saber, es la incertidumbre que nos corroe por dentro: ¿cuándo será el instante último que terminará tumbándome?, ¿será terrible mi fin?
    De esa incertidumbre sabemos mucho los toreros y llegamos a domarla a veces.
    Porque, ¿qué es la vida sino incertidumbre? Si finalmente hemos de morir a causa de nuestra condición mortal, ¿por qué no hacerlo mirándote cara a cara, toro, aguantando tus ojos de animal terrorífico hecho ya para la lidia en la creación del mundo?
    Cada tarde, cuando salgo al ruedo, pienso que quizás sea la última vez que me visto de luces, la última vez que mis ojos ven el cielo azul. Y entonces siento tantas ganas de vivir que no me pide cosa alguna mi espíritu que no sea dominarte, sojuzgarte, hacer que mi espada penetre en tu cuerpo para matar todo lo fiero que hay en ti y hacerte buscar la paz de los prados del Señor, siempre con la idea de que seas tú y no yo el primero que los contemple.
    Aquí estoy, toro. Éste es un asunto sólo entre tú y yo, entre fiera y hombre. Desde antiguo venimos luchando y, aunque yo caiga, otros mejores que yo habrán de seguir mis pasos igual que yo seguí los de mis antecesores, escritos en las antiguas reglas de la tauromaquia.
    Ven, ven a mi muleta, así, despacio, embebiéndote en ella.
    Fuera de nuestro círculo en el centro del ruedo oigo un murmullo de voces. Es el público, que ha pagado sus entradas y quiere espectáculo. Pero no toreo para ellos, sino para mí mismo. En último término, si surge la emoción, algo difícil muchas tardes, inmediatamente llegará a los tendidos. No me preocupan ellos, sólo tú, toro. Porque uno torea solo igual que uno, la mayor parte de las veces, está solo consigo mismo en la vida.
    Llega el instante final... Ambos estamos agotados. Debo cuadrarte para hundir en tu lomo el estoque.
    Quizás logre matarte o tú a mí. O quizás muramos los dos al mismo tiempo. No sería la primera vez. ¿Qué más da?
    La vida es incierta, toro. Ven, aquí estoy, ya no te tengo miedo. Hace tiempo dejé de preguntarme cuántas vueltas ha de dar el cielo antes de que finalmente hundas en mi cuerpo mortal tus cuernos de bellísimo animal.
    Ven, ven aquí, toro. No dejes de mirarme a los ojos.”

viernes, 16 de mayo de 2014

DESCANSE EN PAZ, ISABEL CARRASCO



   Me parece lamentable cuanto menos la "segunda muerte" de Isabel Carrasco. Por muy "bicho" que haya sido (cosa que ni conozco ni quiero conocer), creo que es necesario respetar su memoria al menos no ofendiendo su nombre y no pedir que les suceda lo mismo a políticos como ella. Eso es enaltecer el terrorismo, la locura, la violencia desmedida, la cultura de la muerte. Yo me he quedado de piedra estos días leyendo determinados comentarios en Internet. ¿Este es el país en el que vivo? Estoy pensando seriamente en emigrar a la Cochinchina.
   El otro día en Colombia le rompieron en las narices uno de sus libros al escritor Mario Vargas Llosa. Él, impertérrito, declaró que se empieza rompiendo los libros de una persona y se puede terminar matándola. 
   Esas actitudes se llaman totalitarias y ya sabemos por la Historia a dónde nos ha conducido el fanatismo totalitario tanto de izquierdas como de derechas. 
   ¿Y por qué, por otro lado, hablamos tan mal de alguien que apenas conocemos, salvo por dos o tres comentarios, anónimos muchas veces y por tanto cobardes, que se hacen en un periódico o en una red social? 
   Yo entiendo cada vez menos esta carga de fanatismo y de odio que está llevándonos por aguas embravecidas en este país. ¿Ya no nos acordamos de 1936? ¿Hay que hacer nuevas fosas cuando aún no se han desenterrado restos de las viejas?
   Hay que amar, amar, amar, viajar, viajar, viajar y leer, leer, leer. Lean a Stefan Zweig, por ejemplo. En El mundo de ayer (magnífico libro de memorias) retrata perfectamente cómo el fanatismo político terminó con un mundo de seguridad y de fe en el individuo en la Austria inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial. 
   ¿Cuánto cuesta un bote de pintura para pintar palabras de odio? ¿No es mejor gastar ese dinero en un buen libro o en una película que nos alimente y nos reconcilie con la vida? ¿O simplemente, gratuitamente, buscar una conversación que nos llene de amor y belleza?
   Por último, creo que a los políticos hay que exigirles que hagan bien su trabajo, y debemos todos hacerlo desde el conocimiento de causa, pero pensar que todos son unos ladrones y chupópteros no nos conduce a buen puerto, porque no es así además. 
   Si dejáramos a un lado la asquerosa programación de los canales de TDT y cultivásemos más el espíritu, las tornas cambiarían mucho, pero parece que hay muchos que no quieren aún una ciudadanía crítica, educada y exigente. Quizás haga falta aún -no lo sé, disculpen mi ignorancia- una ciudadanía gregaria, vocinglera y violenta que se deje llevar por la corriente dominante, que un día en la Red grita puta a una política y la llama asesina por el hecho de ser diputada y al día siguiente grita enardecida por los goles del as futbolístico de turno.
   El problema es que, cuando queramos evitarlo, las trincheras que hayamos ido construyendo tendrán que llenarse de carne de cañón y para entonces el mundo de seguridad se habrá desvanecido, y de ello sólo seremos culpables nosotros.



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