Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

viernes, 20 de junio de 2014

"LaCayejera"

 LaCayejera en Torre Triana


 A mi hermano Cayetano, a quien le deseo 
la mejor de las suertes en su nueva singladura.


   Hoy quiero traer a esta bitácora el ejemplo de un empresario del gremio hostelero residente en Sevilla. Me refiero a mi hermano Cayetano, riotinteño de pro que para ser feliz quería un camión y que acaba de inaugurar algo inaudito en esta ciudad: un restaurante ambulante.
   Sí, como lo oyen. Se trata de un camión con cocina que va cambiando de ubicación según el día de la semana. La empresa se llama LaCayejera (juego de palabras con el nombre familiar de mi hermano, Caye, y con la palabra "calle", pues se trata de un negocio de comida callejera).
   Lo curioso es que pueden Vds. saber dónde está cada día el camión (cuyo nombre es el de mi madre, "Manuela") a través del perfil de LaCayejera en Facebook o a través de una aplicación para móviles que pronto estará disponible.
   LaCayejera vende comida de calidad para llevar o para tomar al lado del camión, igual que sucede en muchas otras ciudades del mundo.
   Son dignos de admirar, en estos tiempos de incertidumbres, ejemplos de emprendimiento como el que les cuento.
   El empresario se parece mucho al artista, al creador: ambos vislumbran ideas que están en el aire y terminan dándoles forma.
   En un país como el nuestro, en el que tantos vivimos de la teta de la Administración, la voluntad empresarial, que sortea trabas burocráticas y económicas, así como resistencias iniciales de todo tipo, debe ser alabada, pues gracias a ella se crea riqueza y, en suma, felicidad.
   Gracias, hermano. Estoy deseando probar la comida de tu camión.

domingo, 8 de junio de 2014

CONTRATO DE APRENDIZAJE DE 1926


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A Rafa Nadal, por su maravilloso pundonor.

    Gracias a mi tío Antonio Fernández, el hermano de mi madre, he podido conocer el documento reproducido al principio de estas líneas.
    Es el contrato de aprendizaje de mi abuelo materno, Manuel Fernández Pérez, para la enseñanza del oficio de tornero en Talleres Mina, que eran los talleres de reparación de los trenes de la compañía anglosajona de minas de Río Tinto (la Rio Tinto Company Limited) en 1926.
    Me llaman la atención varias cuestiones al leer detenidamente el documento: el formato de la página (posiblemente con una medida en pulgadas), la mención a la edad de mi abuelo (14¾ años, con ese símbolo de ¾ quizás producido por una máquina de escribir inglesa), así como la desmañada firma del padre de mi abuelo (y por tanto bisabuelo mío), Antonio Fernández Alonso, cargador de barrenos, la cual es la firma de alguien que no sabía escribir bien.
    Incluso aparecen dos firmas de testigos, cuyos nombres no están registrados, que fueron precisos para “avalar” la legitimidad de la firma de mi bisabuelo, según lo que aparece en la nota (2) del pie de página.
    En ésta se dice “Si no supieren firmar las partes contratantes o alguna de ellas...”, lo cual da idea del alto porcentaje de analfabetismo en la sociedad española de aquella época.
    Otra curiosidad es la gran duración del contrato de aprendizaje: ni más ni menos que cuatro años, es decir, hasta que mi abuelo cumpliese los dieciocho años.
    En la cláusula 6ª, en la que se habla del tiempo que el aprendiz deberá dedicar a su instrucción, se aclara que éste “ya sabe leer y escribir” y sin duda la firma de mi abuelo es más limpia y clara que la de mi bisabuelo.
    En una época como la actual en la que muchos contratos de trabajo tienen la duración de una semana y en la que se ha perdido la importancia del aprendizaje de un oficio desde temprana edad, merece la pena conocer documentos como éste que arrojan luz sobre épocas pretéritas en las que tan importante era saber leer y escribir como aprender un oficio que era para toda la vida.
    En España actualmente la mitad de los jóvenes en edad de trabajar está en paro (en Andalucía la cifra es escandalosa: el sesenta por ciento no tiene trabajo). Se habla de la generación ni-ni (ni quieren trabajar ni quieren estudiar).
    No quiero detenerme en las muchas causas que nos han llevado a esta dramática situación. Sólo quería recordar que antes, en 1926 por ejemplo, con catorce años el sistema no te ofrecía la posibilidad de ser un ni-ni, teniendo en cuenta también que las familias eran muy numerosas y que por ello los padres se veían obligados a poner a trabajar a su prole muy pronto.
    Todos los días, cuando vuelvo a mi casa, paso por varias plazas y contemplo a jóvenes porretas ociosos y talludos que no han dado un palo al agua en sus tiernas dos décadas de vida y que malviven con las subvenciones de sus padres o abuelos.
    Cuando paso al lado de ellos, cansado de mi lucha diaria, y escucho sus sempiternas conversaciones de fútbol, siempre pienso lo mismo: ¿es que el sistema no puede ofrecerles nada a estos jóvenes?
    A partir de ahora, cuando pase junto a ellos, me haré una segunda pregunta: ¿alguna vez tendré el valor de pararme a contarles que mi abuelo Manuel con catorce años empezó a aprender el oficio de tornero en unos talleres que pasaron a la historia hace ya una eternidad?

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