Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

domingo, 23 de noviembre de 2014

DEJARSE LLEVAR (UNA GUÍA NECESARIAMENTE ABREVIADA Y HUMILDE DE LA TÉCNICA DE LA MEDITACIÓN, DEDICADA A LOS ANSIOSOS DE ESTE MUNDO DE PRISAS Y AGOBIOS)







   El deseo de meditar, la complacencia en el meditar, van ganándome a mí por grados; conforme avanzo en la vida leo menos y medito más; en realidad, el fruto de la lectura no es menor ahora -cuando leo menos libros- que antes; leía antes más libros, leía sin cesar libros y libros, y de todos ellos sólo quedaba en mí una porción pequeña, acaso lo esencial; lo esencial de entonces ha variado tal vez ahora para mí; los pocos libros que ahora leo los aprecio en todos sus matices y encuentro en ellos accidentes y circunstancias en que antes no reparaba. Todo ello, naturalmente, es resultado de la meditación.

    José Martínez Ruiz, “Azorín”: El escritor.


    Deseche esos pensamientos infantiles de queja permanente que siguen acuciándolo una y otra vez, porque meditar es un acto reservado sólo a las personas que han dejado atrás el es que, la queja constante. Sólo quien haya dejado de quejarse de la vida puede acceder al caudal sin fondo de la meditación.
    Busque un rincón grato y silencioso, en el que la temperatura sea agradable, un rincón en el que usted sepa que nadie lo va a molestar durante un buen rato. Si es necesario, cuelgue un cartel en la puerta: ESTOY MEDITANDO. POR FAVOR, NO ME MOLESTEN.
    Procure antes que nada crear en la casa un ambiente de silencio. Lo ideal es, por supuesto, meditar cuando uno está solo en su casa, pero, si no es posible, cuelgue el cartel y avise de su intención.
    Póngase una ropa cómoda, como por ejemplo un pijama. La ropa debe ser holgada y debe hacer que la temperatura del cuerpo sea agradable.
    Si tiene gafas, quíteselas.
    Siéntese en una silla con respaldo, con la espalda bien apoyada contra éste.
    Busque una postura natural, no forzada. Los pies, por ejemplo, no deben estar demasiado delante ni demasiado detrás.
    Las manos deben caer sobre el cuerpo, sobre los muslos. Una buena postura es dejarlas caer sobre la parte alta de las piernas y unirlas sólo en las puntas de los dedos, como protegiendo la parte interior de los muslos.
    No se trata de que el acto de la meditación deba realizarse siempre atendiendo a un excesivo ritualismo. No debemos estar atentos, una vez que estamos meditando, a si dicho rito diario se ha cumplido en todos sus puntos o no. Debemos, pues, ser flexibles y meditar igual en casa que en un hotel o en el baño de una casa distinta de la nuestra. Esa flexibilidad es importante y hace que nos acostumbremos a meditar en cualquier lugar y en cualquier ocasión.
    Finalmente, una vez colocado, cierre Vd. los ojos.


    Una vez cerrados, ha entrado usted en otro mundo, el de la conciencia interior.
    Puede que haya tenido un día complicado, así que lo más probable es que esté agitado interiormente.    
   Si es así, lo primero que surgirán serán sus obsesiones sobre el trabajo: la cara de su jefe, la discusión con aquel alumno, con aquella paciente...
    No juzgue ningún pensamiento. Limítese a observarlos, como quien observa los peces del interior de una pecera, como si fuesen los pensamientos de otro.
    Observe su respiración sin forzarla. Puede concentrar la atención en la expiración, la pausa intermedia y luego la inspiración; expiración, pausa, inspiración... así un buen rato, hasta que logre el objetivo de la meditación: el vaciamiento mental, el silencio de los pensamientos que nos hacen sufrir.
    Puede contar incluso los movimientos del vaivén respiratorio: uno, inspiramos; dos, expiramos; tres, inspiramos... y después del nueve empezamos con el cero y otra vez el uno, inspiramos...
    Meditar es focalizar en la conciencia el silencio y una actitud de no-acción, que son claves para encontrar la serenidad. Meditar es también dejarse llevar, sin apriorismos ni métodos estrictos, hacia nuestro centro más íntimo.
    Cada experiencia de meditación es única y hay que vivirla intensamente, observando la respiración, o las sensaciones del cuerpo, o imágenes de serenidad o hilos de palabras que consuelan.
    No se obsesione si no logra traspasar el muro del falso yo, de las obsesiones, del pensamiento continuo que lo hace infeliz. Incluso puede cambiar de postura o de respiración para provocar un cambio en el proceso.
    No tenga la obsesión de que la meditación salga perfecta y, por supuesto, no cuente los minutos. Meditar es detenerse sin el agobio del tiempo a observar el interior de nuestro ser, donde encontramos la versión más pura de nuestro verdadero yo, donde somos realmente nosotros mismos, sin las ataduras del tiempo ni las exigencias de las agendas.
    Procure también notar las sensaciones de su cuerpo, observar, por ejemplo, un picor en la cabeza o el peso de sus manos. Tenemos muchas veces olvidados nuestros cuerpos, ya que estamos todo el día haciendo cosas o pensando las que vamos a hacer a continuación. Meditar es también pararse a escuchar nuestro cuerpo.
    A veces, cuando medito, traigo a mi mente una imagen que me procure serenidad: un árbol, una hoja cubierta de gotas de lluvia, la imagen congelada de una gota que cae en el agua estancada...
    Y también intento a veces meditar, cuando me cuesta mucho separarme del pensamiento, evocando el significado de algunas palabras que me aportan consuelo: AMOR, HUMILDAD, PRESENTE, ALEGRÍA... Incluso las emparejo para ver qué alimento me procuran esas asociaciones.
    Meditar es buscar la serenidad focalizando la conciencia, atenuada por la paz, la oscuridad y el silencio, en la mejor versión de uno mismo. Algo sencillo en suma, pero para lo que hay que estar predispuesto día a día.
    Y no es más que esto la meditación: un reencuentro con nuestro yo más puro y esencial en medio del tráfago diario.
    Pero ha de ser una práctica contemplativa diaria, constante, para que podamos ver y disfrutar sus maravillosos efectos.


domingo, 16 de noviembre de 2014

¿MEDITAR ES ORAR?


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   Quedeme y olvideme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

San Juan de la Cruz: Noche oscura del alma.



    ¿Es la meditación una forma de oración? No necesariamente.
    Aunque la meditación está vinculada desde hace siglos a la práctica de la oración, cualquier persona -creyente o no creyente- puede acudir a los beneficios terapéuticos y enriquecedores del acto de meditar sin asociarlo al acto de rezar a Dios.
    Orar es, según el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española), hacer oración a Dios, vocal o mentalmente. La palabra oración tiene varias acepciones en dicho diccionario: una es súplica, deprecación, ruego que se hace a Dios o a los santos y otra, elevación de la mente a Dios para alabarlo o pedirle mercedes.
    Por tanto, el acto de rezar o de orar necesita de la palabra, ya sea dicha o pensada. La meditación, no obstante, es un acto en el que no predomina la palabra, sino el silencio.
    ¿Para qué rezamos los que creemos en Dios? Para dialogar con Él, para darle gracias, para alabarlo, escucharlo, pedirle perdón y suplicarle que se cumplan nuestros deseos. Rezar es una forma de estar con Dios a través de palabras aprendidas o espontáneas.
    La meditación es complementaria a la oración, pero estos son dos actos que no tienen por qué estar forzosamente ligados.
    Meditar es encontrar en el presente la paz, el instante sereno que nos centra, que nos hace encontrar nuestro medio (nuestro centro). No es una práctica necesariamente vinculada a la religión, aunque está muy próxima a ella.
    Así, por ejemplo, otra palabra sinónima de meditación es contemplación, que proviene de la palabra templo. Meditar es, pues, hacer un templo en el interior de uno (en medio del bullicio diario) a la conciencia de la respiración y de las sensaciones del cuerpo, a imágenes generadoras de paz, a hilos de palabras que confortan...
    En mi caso, yo suelo rezar, una vez hecha mi meditación, un padrenuestro y un avemaría. La oración es una forma para mí ideal de terminar ese rato de profunda atención al presente.
    Primero, pues, el silencio (la meditación); después, la palabra (la oración), el diálogo con Dios, con el misterio, con las fuerzas originarias... (como queramos llamar a la trascendencia).
    Lo que más trabajo me costó al principio de este camino de penetración en mi interior que he iniciado fue el desarrollar el hábito diario de sentarme para meditar. Sobre todo, lo más difícil fue convencerme durante meses de que me hacía mucho bien el conseguir dicho hábito.
    No obstante, una vez conseguido desde hace casi dos meses, estoy en condiciones de afirmar que ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mucho tiempo en mi vida.
    ¿Es difícil meditar? ¿Hay que subirse a un árbol o suspender el cuerpo en medio del aire? Ni mucho menos, es lo más fácil que se pueda imaginar. Simplemente, hay que cerrar los ojos y dejarse llevar...

    (Continuará en la próxima entrega: DEJARSE LLEVAR).

miércoles, 5 de noviembre de 2014

LA SERENIDAD






   El Maestro contempla compasivo las partes
porque comprende la totalidad.

Lao Tse: Tao Te Ching.


   Queridos lectores:

   Algunos de ustedes me conocen en persona y no sé si han notado últimamente un cambio en mí. Sí, yo también lo noto: estoy últimamente muy alegre. No es que yo sea un ajo porro en condiciones normales, pero el caso es que ahora estoy reencontrándome con mi verdadero yo, que siempre se ha caracterizado por el buen humor.
   El que me conozca de cerca sabe que en el pasado he sufrido ciertos padecimientos derivados de un estrés desbocado, fruto de un excesivo perfeccionismo, de una autoexigencia brutal y de un deseo de estar siempre en todos los fregados.
   Pero he cambiado, o al menos estoy cambiando. ¿Y qué es lo que ha provocado en mí esta transformación tan apasionante? La meditación diaria.
   El caso es que por causa de mis problemas con la gestión del estrés, entré en contacto con el mundo de la meditación. 
   Primero me apunté hace ya unos años al curso "El aprendizaje de la serenidad" del padre Navarrete en Sevilla. Compré el libro del mismo título y unos discos de relajación de dicho sacerdote y empecé en casa a seguir los pasos que en estos últimos aparecen (concienciación de las sensaciones corporales, observación de la respiración...) pero el caso es que pronto, una vez que se me pasó el gusto por la novedad, los dejé arrumbados en una estantería del salón, aunque recurría a ellos en caso de que algún día hubiese tenido una jornada muy estresante en el trabajo del instituto. Fue el comienzo de mi camino de serenidad, aunque yo no prestara mucha atención al principio. Aún no había descubierto el goce de la no-acción.
   Sin embargo, yo sentía que tenía necesidad de meditar diariamente. De hecho, empecé por esa época a leer libros de autoayuda, lo cual nunca antes había hecho.
   Leí, por ejemplo, El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl, psiquiatra austriaco que sobrevivió a varios campos de exterminio nazis y que es un testimonio vital estremecedor al mismo tiempo que una reflexión impresionante sobre el sentido que diariamente hemos de encontrar a nuestra existencia.
   Últimamente he leído El monje que vendió su Ferrari. Una fábula espiritual, de Robin Sharma, un libro que aporta muchas claves sobre cómo vivir en medio de las exigencias y prisas de la sociedad de hoy.
   Me está impresionando el Tao Te Ching o Libro del Sendero de Lao Tse (siglo V antes de Cristo), que es un elogio de la no-acción como fuerza de nuestro espíritu.
   Estoy inmerso también en la lectura de Cómo la meditación cambió mi vida... ¡Y puede cambiar la tuya!, de Jeanne Siaud-Facchin, libro que nos aporta muchas técnicas valiosas de meditación.
   Pero el libro que me ha terminado empujando hacia el sendero de la meditación ha sido Biografía del silencio, de Pablo D'Ors. Es un ensayo breve y sincero en el que, en una prosa magnífica, D'Ors reflexiona sobre sus "sentadas", es decir, sobre el acto de meditar. Creo que ya se han publicado siete ediciones del libro y se está preparando una edición en italiano. Magnífico y aconsejable trabajo.
   En fin, el caso es que me encuentro ahora en una situación en la que no puedo ni quiero dejar de meditar diariamente, ya que es un auténtico placer encontrar unos momentos de silencio al día en los que uno rompe el muro del falso yo, del tengo que, y se abandona a encontrar, en lo más profundo del pozo de su alma, su verdadera esencia, su verdadera alma, la mejor versión de sí mismo.
   ¿Meditar es orar? Intentaremos responder a esa cuestión en la próxima entrega.
   Que pasen ustedes un feliz y alegre día.


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