Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

sábado, 20 de diciembre de 2014

LA LUZ DE LA NAVIDAD







 

A todos los que me enseñaron y
a todos los que me enseñan a amar la Navidad

    Resuenen con alegría
los cánticos de mi tierra
y viva el Niño de Dios
que nació en la Nochebuena.

    La Nochebuena se viene,
la Nochebuena se va
y nosotros nos iremos
y no volveremos más. 
 
Villancico popular.



    Querido lector:

    En estos días de Navidad que vamos a vivir la vista se recreará en el resplandor de las velas, en el brillo de las copas con las que brindaremos para desearnos el logro de felices propósitos, en los reflejos de hermosos vestidos en los espejos de los salones...
    Porque la Navidad es luz: resplandores, brillos, reflejos... Es una fiesta que conmemora algo misterioso perdido en los laberintos del tiempo: la creación de la luz, de la esperanza, en medio de la fría noche; el nacimiento del calor y de la lumbre en medio de la espesa niebla, la cual borra los contornos de las cosas.
   “Na(ti)vidad” significa “nacimiento”. Es la luz de Dios la que nace de nuevo, la luz de un Niño, nacido en un humilde pesebre en Belén hace más de dos milenios, que estaba destinado a cambiar el mundo.
    La Navidad es un misterio, una fiesta que celebra, a pesar de que en los últimos tiempos se le haya querido dar una pátina consumista, el misterio de la creación de la vida en medio de la nada, en medio de un oscuro y gélido universo que no era propicio al poder generador del nacimiento del sol invicto, del Natalis Solis Invicti de los antiguos romanos.
    Es ésta una época de reuniones con la familia en las que buscamos el calor de la conversación. Es también, sobre todo, la fiesta por excelencia de los niños, que aún contemplan el mundo sin contaminaciones, atentos a las verdades profundas de los gestos y de las palabras.
    Los adultos, que dejamos la inocencia atrás hace ya mucho tiempo, somos sensibles al lado amargo de estas fiestas: el recuerdo de nuestros amigos y familiares que están lejos o han muerto y también el lamento por quienes, por su miseria o fatalidad, no pueden celebrar como sería necesario estas entrañables fiestas.
    A pesar de todo ese componente melancólico, en la víspera de Navidad, en la noche de Nochebuena, en medio de las conversaciones en alta voz, de las risas estentóreas, del frufrú de los nuevos vestidos, del viejo vino en las copas, aún podemos quedarnos arrobados al contemplar en el silencio del alma el resplandor amarillo y cálido de una simple vela, reflejo a su vez del misterio navideño.
    Sabremos entonces en ese instante que todas las navidades son una sola, que la luz ha vencido y seguirá venciendo a la penumbra y que, en el fondo de nuestra alma, seguimos siendo aquella criatura que un día descubrió embelesada, de manos de quienes gozan ya de la presencia divina, la maravillosa fiesta del regalo de la luz.
    ¡Feliz Navidad a todos los hombres de buena voluntad!


jueves, 18 de diciembre de 2014

APOLOGÍA DE LOS BUSCADORES DE BELLEZA







A Belén, profesora de Dibujo, cazadora de nubes incendiadas




    Dícese de todo aquello que en sí tiene tal compostura y agrado que deleita con su visión, y lleva tras sí nuestro ánimo y voluntad.

    Definición de hermoso en el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias Orozco (Madrid, 1611).


    Querido lector:

    Estos días últimos del otoño ofrecen unas visiones espectaculares en el orto y en el ocaso del sol. Los primeros o los últimos rayos del astro rey crean imágenes hermosísimas sobre el lienzo de las nubes.
    Dios se esmera ahora en pintar los mejores cielos del año.
    Hace tres semanas, volviendo por la tarde a la estación de trenes de Utrera después de una larga jornada en el instituto, me quedé asombrado al contemplar la brasa viva y rojiza del ocaso al fondo de una calle adoquinada y de paredes encaladas, una de las muchas típicamente andaluzas de la localidad en la que trabajo.
    Fue sólo un momento, un instante fugaz en una larga jornada, pero suficiente para que en la mente, cámara oscura de la retina, quedase impresionada aquella hermosísima imagen.
    Hace también unos días me sucedió algo parecido llegando a Utrera en el tren. Unas nubes plomizas, apenas tocadas por el sol que emergía de la oscuridad, se llenaron de pronto de una luz rosácea que cambió pronto a un tono anaranjado.
    Las alturas de la sierra sur sevillana, casi siempre envueltas en bruma, se recortaban perfectamente en el horizonte, lejos, hacia el mediodía.
    La verdad es que siempre he sido una persona muy contemplativa, tanto que, de pequeño, me abstraía muchas veces de las conversaciones por perseguir las caprichosas formas de las nubes.
    Recuerdo que hace unos años, en mi pueblo natal, Minas de Riotinto, durante unas navidades, fui solo a dar un paseo al Puerto de los Embusteros, que es una pequeña altura al lado de la barriada de La Naya.
    En aquel atardecer de finales de diciembre, la contemplación de las nubes, tocadas por los últimos rayos del huidizo sol, me trajo, no sé por qué, extrañas conexiones mentales, el recuerdo de una antigua película mejicana en blanco y negro que no he vuelto a ver más desde que la emitieron en televisión hace ya siglos.
    Pensé entonces en América, continente desconocido para mí al que la luz del sol viajaba una vez más y del que había venido hasta mí, cuando era niño, aquella película.
    Y de aquel paseo decembrino por mi pueblo quedó aquel recuerdo, aquella impresión: la contemplación de una imagen hermosa que mi mente asoció a otras imágenes en movimiento que, muchos años atrás, me habían conmovido.
    Así funciona la mente de quien contempla y medita sobre lo contemplado: retiene en el recuerdo las imágenes, y lo que éstas evocan, en un archivo de emociones que son los tesoros que recogemos cada día, los cuales, en definitiva, dan sentido a nuestros afanes cotidianos.
    No soy adicto al arte fotográfico, pero en momentos así me gustaría tener a mano una buena cámara para poder fijar esos instantes de belleza que nos ofrece la naturaleza en su sencilla beldad.
    Porque sin duda los mejores instantes de contemplación, siempre accesibles para todos, son los que la naturaleza nos otorga cada día: la lluvia de hace unos días, el viento en las hojas, un día de invierno soleado, los primeros pájaros de la primavera...
    “Contemplar” forma parte de la misma familia de palabras que “templo”. Contemplar es, pues, construir un templo de belleza en nuestra alma con ayuda de las imágenes hermosas que nos rodean cada día.
    Todos, el que más y el que menos, somos buscadores de belleza.
    La belleza es la recompensa que cada día traemos a casa de vuelta de nuestras labores: la de una preciosa imagen natural, la de un bello rostro o la del alma generosa de otra persona.
    Contemplar es vivir con intensidad la vida. Dediquémonos entonces con delectación a la contemplación de la hermosura.
            

sábado, 13 de diciembre de 2014

DE LA BREVEDAD


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A Rafael de Cózar “Fito”, in memóriam


    No cansar. Suele ser pessado el hombre de un negocio, y el de un verbo. La brevedad es lisongera, y más negociante; gana por lo cortés lo que pierde por lo corto. Lo bueno, si breve, dos vezes bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintas essencias que fárragos; y es verdad común que hombre largo raras vezes entendido, no tanto en lo material de la disposición quanto en lo formal del discurso. Ai hombres que sirven más de embaraço que de adorno del universo, alajas perdidas que todos las desvían. Escuse el discreto el embaraçar, y mucho menos a grandes personajes, que viven mui ocupados, y sería peor desazonar uno dellos que todo lo restante del mundo. Lo bien dicho se dize presto.

    Baltasar Gracián: aforismo 105 del Oráculo manual y arte de prudencia (Huesca, 1647). Me pregunto por qué Gracián, si tanto defendía la brevedad, no escribió sólo la famosa frase que destaco en negrita.



    Me dijo un amigo poeta hace ya tiempo que mis textos publicados en esta bitácora le parecían muy interesantes pero también demasiado largos.
    Aquella reflexión suya me llevó a pensar que debía quizás moderarme un poco y quitar mucha paja de mis textos para, de ese modo, buscar la brevedad. Por aquel tiempo una de mis entradas tuvo un número de visitas muy alto, y lo curioso del caso es que en dicha entrada de lo que yo hablaba era del silencio.
    La brevedad se ha convertido en objeto de deseo en estos tiempos de prisas y de exceso de información.
    Es indudable que un mensaje es muy efectivo cuanto más breve es, porque en su brevedad lleva aparejada la sencillez.
    Verbigracia, hoy mucha gente prefiere leer textos sencillos (en el móvil, sin ir más lejos) antes que largas narraciones en prosa propias de épocas pretéritas (Don Quijote, La Regenta, etcétera).
    Incluso se ha propuesto una lectura moderna de Don Quijote de la Mancha que convierte el genial texto cervantino en miles de mensajes de Twitter.
    Por desgracia, en esta época lo que no cabe en los 140 caracteres que permite Twitter en cada mensaje no existe. La sencillez y la brevedad ganan terreno a la complejidad y a la extensión.
    Vemos también esta tendencia en literatura: hoy tienen mucha importancia el microrrelato, el haiku, el microteatro..., que son todos subgéneros breves que responden a los deseos de sencillez, inmediatez y brevedad. Incluso podíamos calificar de microensayo a muchas entradas de blog como ésta que usted lee.
    Quizás la causa de ese deseo de sencillez esté en las prisas con las que encaramos ya nuestros tiempos de ocio y de negocio.
    El pobre currelante que pasa su semana pegando tumbos de un lado para otro, cuando llega sorprendentemente sano y salvo a su fin de semana, sigue todavía atado a su reloj de pulsera, el cual sigue marcando su agenda, de ocio en este caso.
    Y esas agendas de fin de semana tienen más notas que la de un ministro: Levantarse temprano para ordenar la casa. Luego ir a comprar, preparar la comida de media semana, almorzar, retozar brevemente para luego salir a comprar las entradas del microteatro, verlo en quince minutos, cenar de tapitas fuera, taxi rápido de vuelta y a la cama prontito que el domingo el niño tiene campeonato...
    Antes la gente no tenía agendas de fin de semana y, si las tenía, no apuntaba nada en ellas, salvo, si acaso, “descansar”.
    Con este panorama de vidas llenas de miles de actividades (eso sí, todas ellas cuanto más breves mejor), se sufre más estrés el fin de semana que en un día laborable. Así que, ¿leer con lentitud y delectación es opción viable?
    Nos falta reposo, señor lector. Y es porque no paramos: estamos todo el día en jaque haciendo cosas, muchas de ellas absurdas e impuestas.
    Queremos que todo se resuelva de forma breve y en un instante: Esto lo quiero para ayer (¿qué demonio encorbatado inventó esa jodida frase que tanto daño sigue haciendo?).
    Querido amigo poeta, me gustaría ser más breve. Quizás tendría más éxito, llegaría a publicar más libros, sería famoso..., pero ya yo no sería yo si hiciese eso.
    A mí me gusta demorarme entre las palabras, perder maravillosamente el tiempo trasteando con ellas, explorar su sonoridad, las relaciones insólitas que surgen entre los términos y, en definitiva, alargar los temas de mis textos, amplificarlos, explorar todos sus rincones. Por desgracia (o por suerte) soy heredero literario de Cervantes y de Clarín, entre muchos otros escritores demorados.
    Las verdades de la vida tienen muchas aristas y para mí reducirlas a muy escasas palabras es disminuir su presencia.
    Como siempre, me ha quedado una entrada de blog demasiado larga, pero les puedo asegurar que no he pretendido en ningún momento buscar la brevedad porque, quizás, escribir sobre la brevedad requiere, paradójicamente, de una larga extensión.
    De momento, al escribir, sigo prefiriendo, en relación con el número de palabras, demorarme entre ellas y no moderarme con ellas. Al fin y al cabo, lo que es breve no es el arte, sino la vida, como bien lo dijo Hipócrates: Ars longa, vita brevis.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

VITUPERIO (Y ALGÚN ELOGIO) DEL SUICIDA








A los ángeles de los suicidas

    Suicidarse es subirse en marcha a un coche fúnebre.

    Jardiel Poncela.


    Quizás los suicidas sean idiotas. No saben que se van a perder a partir de su acto de egoísmo, de su supremo acto de egoísmo y de idiotez, lo mejor de sus vidas. Porque lo mejor de nuestras vidas está siempre por llegar: ese vídeo en una boda de una amiga en el que aparece la mejor de tus sonrisas, tu hija en una antigua foto, la incendiada brasa viva de unas nubes en la fría tarde de diciembre...
    Claro que el suicida, en su egoísmo, no valora ninguna de esas vivencias, porque para él sólo es importante él.
    Decía Chesterton que el suicida es el antípoda del mártir. El mártir es un hombre que se preocupa a tal punto por lo ajeno, que olvida su propia existencia. El suicida se preocupa tan poco de todo lo que no sea él mismo, que desea el aniquilamiento general.
    No lo sabemos, pero es posible que, en un arrebato de lucidez, muchos suicidas, mientras saltan en busca de la muerte, se arrepientan de su acto de locura y que, antes de chocar contra el suelo, aún tengan un cierto apego a vivir, a soñar, a querer mover sus cuerpos en busca de sus ideales.
    Hay una extraña y bella película de Wim Wenders titulada El cielo sobre Berlín en la que dos ángeles recorren la ciudad alemana, aún dividida por el muro, llevando consuelo a los hombros de sus angustiados habitantes. En una escena preciosa, un ángel intenta inútilmente salvar la vida de un suicida que finalmente se arroja al vacío.
    Es desgarrador el grito impotente del ángel que no puede evitar la muerte de aquel hombre, igual que el de los familiares de todos los suicidas que mueren al año en nuestro país (según las estadísticas, 3.158 en 2013, lo que nos da una media de casi un suicida cada nueve días, más muertos por suicidio que por accidentes de tráfico).
    Porque, al fin y al cabo, la mayor tragedia no es la del suicida, que al menos se quita de en medio y se lleva con él su angustia y sus grandes problemas personales. La gran tragedia es la de sus familiares y amigos, que quedan destrozados y con una pregunta que les acompañará para siempre: ¿pude yo hacer algo para evitarlo?
    Al menos la consideración social del suicidio ha mejorado mucho. Antiguamente, los suicidas (igual que los apóstatas o los miembros de otras religiones) no eran enterrados en suelo consagrado, sino en los cementerios civiles, separados del resto del camposanto por una ignominiosa tapia. Recuerden la conmovedora escena del entierro del apóstata Santos Barinaga en La Regenta de Leopoldo Alas Clarín.
    El suicidio se da mucho entre los artistas. Quizás su exceso de ego, su vanidad, su soberbia o su excesiva sensibilidad sean las causas de tal acción, aparte, por supuesto, de su escasez monetaria. Hay ejemplos célebres: Zweig, Larra, Mayakovsky, van Gogh...
    Los suicidas que producen repugnancia son los que, antes de morir, se llevan a otros por delante. Es muy frecuente el caso del hombre que mata a su mujer y después se suicida. Deberían hacerlo al revés, como dice Gómez de la Serna: Los que matan a una mujer y después se suicidan debían variar el sistema: suicidarse antes y matarla después.
    En Japón es frecuente el suicidio colectivo, asociado a veces a alguna secta. Me imagino los últimos mensajes de semejantes idiotas: -¿Cuándo le viene bien al grupo el suicidio colectivo, el martes o el sábado? … -A mí me viene fatal el sábado, porque tengo un bautizo, mejor el domingo que es un día anodino.
    Sin embargo, hay suicidios que son comprensibles por la desesperación en la que vivían los que decidieron quitarse de en medio para dejar de sufrir: es el caso de los suicidas de tiempos de guerra o de los que, diagnosticados de enfermedades terminales, prefieren un tránsito rápido antes que una muerte indigna y terrible. No es fácil hablar de ellos como si fuesen idiotas.
    También sucede hoy, en contraposición con otras épocas anteriores, que vivimos bastante bien (en términos higiénico-sanitarios y de ocio) y, por ello, no somos capaces de aceptar con resignación (palabra que parece exclusiva de edades antiguas) los duros golpes de la vida.
    Vivimos en la época de los síndromes de todo y de la queja permanente. Todos hemos pensado alguna vez, en momentos de desamparo y angustia, en el suicidio como una salida desesperada. Lo que sucede es que no todos tienen la cobardía (o el valor, según se mire) de quitarse la vida para, supuestamente, dejar de sufrir.
    Éste es un tema del que no se habla: los medios de comunicación, por ejemplo, no informan de los suicidios salvo que el suicida haya sido una persona relevante en vida por algún motivo.
    No sé si es buena idea la de ocultar los informaciones de suicidios. Quizás el no hablar de ellos haga que estos se vean envueltos de un aura de misterio sobrenatural que genere el deseo de conocer más de ellos. Claro que siempre será mejor el ocultamiento de estas informaciones antes que una información descarnada que, por efecto de la imitación, provoque más suicidios: “Fulanito de Tal se tiró ayer del piso más alto de su bloque debido a las continuas depresiones que padecía últimamente”; “metodoseficacesdesuicidio.com”, etcétera.
    Querido lector: no se suicide nunca. La vida está llena de misterios y bellezas que hay que ir descubriendo cada día. Además, si Vd. se suicida, ¿quién me va a leer a mí? ¿No acabaré yo también suicidándome por imitarlo a Vd. y por quedar huérfano de lectores?
    No, definitivamente pienso que los suicidas no son idiotas. Son ángeles de bondad, almas que surcan los cielos en busca de mundos mejores en los que su sensibilidad encuentre finalmente acomodo, lejos de este mundo de iniquidades y de egoísmos.
    No, querido lector, no intente suicidarse porque, de ese modo, dentro de un tiempo, en el vídeo previo al baile de una boda de una vieja amiga, por ejemplo, quizás descubra, al contemplar una fotografía que Vd. ya creía olvidada, la mejor de sus sonrisas, la mejor versión de sí mismo, acompañada del abrazo de esos amigos del alma que nunca dejarán de serlo, ni en esta vida ni en la de más allá, la del otro lado de las nubes.
    Y entonces comprenderá que todos estamos conectados y en sintonía y que Vd. no tiene derecho a privar de su vida ni a sí mismo ni a los demás.

domingo, 7 de diciembre de 2014

STEFAN ZWEIG REDIVIVO




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    Querido lector:

    Hoy voy a recomendarle la lectura de varios libros de uno de los mejores escritores del siglo XX, el austriaco Stefan Zweig (1881-1942).
    Zweig fue en su época un autor muy reconocido que sufrió posteriormente en carne propia, por su condición de judío, las persecuciones del nazismo. Tanto perdió en su vida por ese motivo que, desengañado del mundo y convencido de que Hitler iba a ganar la guerra, decidió junto con su mujer, Lotte Altmann, quitarse la vida en su exilio brasileño.
    A este autor lo he descubierto recientemente, pero en poco tiempo he leído bastantes libros suyos. Me parece que su prosa es sublime, deslumbrante. Las palabras fluyen en sus libros como engastadas en una delicada pieza de artesanía. Leer a Zweig es una experiencia mágica, maravillosa. Su estilo no es excesivamente complicado, pero sí lo suficientemente elaborado como para que fondo y forma, expresión y contenido, vayan de la mano en su obra, heredera de la mejor tradición de la literatura centroeuropea.
    La editorial Acantilado está llevando a cabo una magnífica labor de recuperación de la obra de este autor en preciosas ediciones con estupendas traducciones de la prodigiosa prosa en alemán de Zweig.
    El itinerario que he seguido en busca de este autor ha sido el siguiente: primero encontré de casualidad, en un rastrillo literario del colegio de mi hija y a precio de saldo, sus memorias, El mundo de ayer. Es un testimonio que retrata magistralmente los años finales del imperio austrohúngaro, el advenimiento de la Primera Guerra Mundial, el período de entreguerras y, finalmente, la Segunda Guerra Mundial.
    Mi compañero de trabajo y, a pesar de ello, amigo Paco García me pasó los Momentos estelares de la humanidad, compuesto de catorce episodios históricos que fueron cumbres de la inspiración o del ingenio humanos (el nacimiento de La Marsellesa, el estreno de El Mesías de Handel, el descubrimiento del Pacífico...).
    Luego compré y leí Fouché, que es la biografía de este político francés y de sus logros al medrar y cambiar de chaqueta en cada momento histórico. Sinceramente, este libro no me gustó tanto como los ya citados, debido a su excesivo psicologismo.
    Zweig escribió bastantes biografías: la de María Antonieta, la de María Estuardo, la de Erasmo de Rotterdam..., tantas que se convirtió en un experto en este subgénero literario.
    Después de leer Fouché me compré la famosa novela corta Carta de una desconocida, que me fascinó.
    Decidí entonces, antes del verano, encargar a mi librero de confianza las Novelas de Zweig, editadas en un solo volumen por Acantilado.
    Curiosamente, a pesar de que es un libro caro, pues cuesta cuarenta y nueve euros, la editorial ha sacado ya la segunda edición del mismo.
    De las once novelas que componen el libro, entre ellas la ya mencionada Carta de una desconocida, destaco especialmente las siguientes: Ardiente secreto, maravillosa historia de descubrimiento del mundo adulto por un adolescente; Los ojos del hermano eterno, que es una historia que nos hace reflexionar sobre la mejor opción de vida que podemos elegir; Veinticuatro horas en la vida de una mujer, que habla de cómo en un momento podemos tirar nuestra vida por la borda; El candelabro enterrado, una leyenda del peregrinaje y el sufrimiento sempiternos del pueblo judío; Novela de ajedrez, historia de un brillante jugador de ajedrez con el trasfondo del clima de terror de la Alemania nazi y La embriaguez de la metamorfosis, historia de una mujer humilde que es llevada a un ambiente de lujo y ostentación, preciosa novela en la que destaca la plasticidad de las descripciones sensoriales.
    En definitiva, leer a Zweig es un auténtico gozo. A ello he pretendido invitarles hoy. Reciban un saludo cordial.

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