Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

sábado, 31 de enero de 2015

¿POR QUÉ SE FASTIDIA UNA AMISTAD EN CIERNES?






Louis, creo que éste es el comienzo de una gran amistad.

Frase final de la película Casablanca (1942) de Michael Curtiz.



A todos los que se sienten mis amigos.

  
    Querido lector:

    Últimamente hay un tema que ocupa mi mente y al que no dejo de darle vueltas (para eso, entre otras cosas, escribe uno: para que algunas ideas dejen de acosarlo).
    Es el asunto de por qué se fastidian algunas relaciones de amistad o de compañerismo.
    A todos nos ha pasado alguna vez: tenemos una relación más o menos fluida con una persona cuando de pronto, de la noche a la mañana, deja de sonreírnos en un pasillo o de hacer delante de nosotros los típicos comentarios que alivian las tensiones que provoca un excesivo silencio (las alusiones a la temperatura o a la última genialidad del futbolista de moda, por ejemplo).
    No sé a usted, pero a mí en esos casos me pasa que no dejo de preguntarme si he sido yo quien ha tenido la culpa del alejamiento por algún comentario malintencionado, por alguna risa extemporánea, por algún gesto absurdo o alguna mirada impertinente.
    En el caso de los escritores, además, a todo esto hay que sumar la duda sobre la inoportunidad de algunas palabras escritas por nosotros.
    ¡Me entran entonces unas ganas de parar a esa persona por el pasillo y preguntarle: “¿Por qué no quisiste profundizar en mi amistad?”!
    Pero claro, la vida sigue su curso, su rutina, el sol sigue saliendo cada mañana en un ciclo eterno, tú seguirás cruzándote con esa persona y no pasaréis jamás de un “hola” y un “adiós”, y habréis perdido la oportunidad de una gran amistad.
    No puede uno contentar a todo el mundo ni tampoco todas las amistades pueden ser profundas, como es lógico, pero pienso que el ser humano debe llevar siempre consigo un alma grande que acoja con amor y generosidad a cualquiera que se atreva a cruzar sus umbrales. Y no sólo por conveniencia, sino, ante todo, por una verdadera necesidad de dar y recibir afecto, a pesar incluso de pasadas desavenencias.
    La amistad o el compañerismo requieren de una actitud abierta y de un esfuerzo de diálogo por ambas partes. Y requieren también de una de las mayores virtudes humanas: el saber perdonar.
    Al fin y al cabo, un comentario que es objetivamente inoportuno o una suma de ellos no deben nunca hacernos pensar que la persona que lo ha pronunciado también lo es.
    Nuestro problema, como casi siempre, es que ponemos fácilmente etiquetas a los demás, etiquetas que luego nosotros mismos somos incapaces de despegar de la imagen del otro.
    Las personas somos muy complejas y cambiantes y, aun sabiéndolo, no logramos modificar fácilmente las ideas preconcebidas que de los demás tenemos en nuestra cabeza.
    Por ello, es agradable comprobar al menos un día, en un breve instante, aunque sólo sea uno entre tantos, que en el rostro del otro, de aquel al que un tiempo atrás consideramos amigo y de quien el tiempo nos ha ido distanciando, se dibuja una sonrisa bienintencionada, la de quien se asoma a la puerta de nuestra casa.
    La amistad es, en definitiva, el encuentro de dos almas gemelas. Todas, en el fondo, lo son más allá de las trampas de la rutina de cada día.

domingo, 25 de enero de 2015

DEPORTES DE RIESGO




    Querido lector:

    Me pregunto por qué motivo ahora al final de cada telediario nos echan siempre imágenes de señores intrépidos que se lanzan en paracaídas desde lo alto de una cornisa o a tumba abierta en bicicleta de montaña por una escarpada ladera o en sus esquís desde la nevada pingorota de un pico inaccesible salvo si es en helicóptero.
    ¿Es que acaso Televisión Española quiere promover estos deportes de riesgo entre sus televidentes? ¿Tanto quiere que nos convirtamos en protagonistas de noticias luctuosas?
    ¿Debemos, pues, dejar nuestro deporte favorito, el zapping, para emular a estos héroes arrojados de nuestro tiempo?
    El otro día la sección de “Deportes de riesgo” anunció que le habían dado un premio a un señor que se había tirado con sus esquís, ayudado de un helicóptero, desde una cumbre nevada. El hombre pegó un pellejazo que todavía le está doliendo pero, inaccesible al desaliento, una vez caído tuvo los santos congojos de decirse: “Ya que he llegado hasta aquí, ¿por qué no me tiro otra vez?”.
    Y se tiró y, por suerte, esa segunda vez le salió bien. El premio seguramente lo habrá colocado encima del televisor apagado de su casa cerrada, ya que dicho individuo seguramente esté ya camino de otra cima desde la que tirarse cual cabra montés.
    Y es que ya se sabe que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.
    Aquella noticia me llevó a la reflexión de que muchos viven hoy sedientos de aventuras y deseosos de llevar sus cuerpos hasta límites insospechados.
    Lo que muchas veces no cuentan los periodistas de Televisión Española es que dichos deportistas arriesgados se dejan en ocasiones una pierna o, peor, la vida en el intento de forzar sus límites.
    Y eso yo creo que es fruto de una soberana estupidez.
    Por desgracia, hemos pasado de épocas en las que lo que se admiraba era el silencio, la cultura, el conocimiento, los libros... a otra en la que cualquier indocumentado sin dos dedos de frente logra la fama asumiendo el riesgo de partirse la crisma en su intento de ser reconocido.
    Luego sí, queda todo muy bonito: esos vídeos con las imágenes tomadas desde la cámara del casco y una musiquita de piano de fondo, pero la crisma se la parte el tío, pasando así a los anales de la estupidez humana.
    Pues yo, señor lector, ¿qué quiere que le diga? Yo prefiero explorar las vastas extensiones del desierto del alma meditando, charlando, leyendo o empapándome de imágenes serenas antes que ver cómo estos sujetos buscan renombre a base de jugar con el peligro.
    Los deportes de riesgo son el símbolo perfecto de nuestra época, la perfecta imagen de una sociedad que busca constantemente sensaciones nuevas y cada vez más fuertes, igual que un drogadicto busca dosis de droga cada vez más concentradas porque se ha ido acostumbrando su cuerpo a otras más bajas.
    Olvidamos entonces que las mejores y mayores sensaciones las podemos descubrir en nuestro interior, y no en carrera acelerada y peligrosa entre pinos contra los que podemos chocar y hacernos picadillo.
    A mí, desde luego, no me van a convencer ya de que me tire de ninguna cornisa. Ni harto de vino.

domingo, 18 de enero de 2015

¿POR QUÉ NO SE CALLAN LOS ALUMNOS DE HOY?






  
    Querido lector:

    Cuando me preguntan algunos amigos por mi agotador trabajo de profesor, siempre terminamos hablando del mismo asunto: de la cháchara interminable de muchos alumnos que sucede una y otra vez mientras el profesor está explicando.
    En mi época de estudiante esto no sucedía porque simplemente te buscabas un problema si osabas interrumpir al profesor con tu charla. Entonces funcionaba aún la fórmula del jarabe de palo, por lo que los alumnos -temerosos del regletazo- nos esforzábamos en portarnos bien, estudiar y hacer las tareas.
    Era aquél un sistema en el que la autoridad del maestro o del profesor era incontestable y en el que la sociedad entera podía aplicar sobre ti la autoridad. Incluso cualquier señor desconocido podía tirarte de las patillas en plena calle si veía que estabas haciendo el gamberro.
    Si tus padres se enteraban encima de que habías fallado en el colegio o en la calle, caía sobre ti el peso de la ley en forma de zapatillazo o de castigos variados.
    Pero esa autoridad general se fue desvaneciendo poco a poco. Debido a causas conocidas y diagnosticadas en las que no me detendré demasiado, los alumnos le fueron perdiendo el respeto poco a poco a los profesores e incluso a sus progenitores, muchas veces por causa de una excesiva relajación de los adultos, fruto de un ambiente general de disipación.
    La democracia mal entendida y la paternidad escasamente responsable tuvieron (y tienen) también parte de culpa.
    El resultado de dar tantas libertades a los niños es que en clase el profesor no puede ni toserles a los alumnos díscolos ni evitar que charle hasta el alumno más parado.
    Está tan generalizado el ambiente de ruido y diversión en clase que, cuando los alumnos se ven delante de un profesor serio y exigente, no son capaces de cambiar de registro y portarse como deben.
    Por ejemplo, yo soy uno de los profesores carcamales que aún pretenden que sus alumnos lo traten de “usted”, que es la fórmula de respeto del español, consagrada por siglos de tradición. Procede del “vuestra merced” del Siglo de Oro y se fijó en el siglo XVIII.
    El problema es que, aunque quisieran, muchos alumnos no saben tratarte de “usted” y te dicen, por ejemplo, “Usted tienes razón” o “Usted dijiste...” Y no lo saben porque nunca nadie les ha enseñado, ni en su casa ni en la caja tonta de la televisión. ¿Recuerda usted, querido lector, aquellos tiempos en que los periodistas de Televisión Española trataban al espectador de “usted”? ¡Qué tiempos aquellos!
    El tuteo ha entrado como elefante en cacharrería con intención de acabar con las últimas resistencias del “usted”. Éste es un ejemplo claro de cómo han cambiado las tornas en el mundo de la educación.
    Pero lo peor es la cháchara constante en las clases. El profesor llega al aula y, antes que nada, tiene que hacerse notar porque ellos siguen hablando, riendo, peleándose... Cuando por fin, diez minutos después, ha logrado que se sienten y se callen a regañadientes, empieza su explicación: el Complemento Directo, Gonzalo de Berceo, el pronombre “se”, Don Quijote..., y es como hablarle a una pared: los alumnos hablan, hablan y hablan entre ellos, interrumpiendo constantemente la explicación.
    No sé de qué hablan ni me importa, pero sí sé que esa charla constante es una falta de respeto al trabajo del profesor (aunque ellos no sean conscientes de que así sea) y también sé que dicho parloteo influye en el desánimo de los docentes y en el bajo rendimiento escolar de muchos estudiantes.
    Porque, evidentemente, los alumnos hablan de lo que ya saben, pero esas conversaciones perpetuas les impiden adquirir nuevos conocimientos. Y es curioso que muchas veces sean esos mismos alumnos charlatanes los que le exigen al profesor en tono airado que les suba las notas de sus horripilantes exámenes, los cuales son resultado -entre otras diversas causas- de sus estériles e interminables tertulias en clase.
    Cuando los tertulianos radiofónicos o televisivos, expertos por otra parte en todas las cuestiones, o nuestros queridos políticos hablan, gastando saliva inútilmente, de programas de mejora del rendimiento educativo y de reformas en los planes escolares, yo ya no puedo dejar de esbozar una sonrisa escéptica.
    Señor legislador: deje usted de mojar papeles y dedíquese a resolver el asunto de las charlas de los alumnos, el charlatanismo discente (si es que quiere usted buscar un tecnicismo que lo defina).
    Si logramos algún siglo de estos dar solución a ese problema y, por tanto, conseguimos favorecer de una vez por todas el silencio real y efectivo de los alumnos en clase, habremos dado un salto evolutivo que nos permitirá emprender nuevas etapas en el desarrollo de la educación.
    Hasta entonces, mientras no superemos realmente ese reto, los alumnos seguirán con su charla infinita, perdiendo el tiempo y haciéndonoslo perder a los profesores que cada día lectivo nos plantamos delante de ellos para intentar inocularles la medicina santa del gusto por el conocimiento.
    Mientras no suceda así, las clases seguirán siendo diálogos de besugos, absurdas pérdidas de tiempo en las que el esfuerzo del profesor se convertirá en estéril siembra de semillas de saber que no darán nunca fruto comestible en medio de los abrojos de la charlatanería vacua.



miércoles, 14 de enero de 2015

LOS ESCUPIDORES


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    Querido lector:

    Hace diez años, en el viaje que mi mujer y yo hicimos a China para adoptar a nuestra hija, me sucedió una anécdota curiosa: estaba yo en el hotel de Nanchang (provincia de Jiangxi) esperando el ascensor cuando a mi lado se colocó un chino con traje de chaqueta y corbata, quien dejó caer un escupitajo en el centro de un cenicero colocado entre las puertas de dos ascensores, lo cual me dejó anonadado.
    En aquel viaje descubrí que entre los chinos esta conducta es muy frecuente, hasta tal punto que en las mesas de los restaurantes se colocan unos cuencos para que los comensales suelten allí sus esputos en medio de la comida.
    Cuando quise saber más sobre dicha costumbre, me dijeron que para ellos escupir produce efectos beneficiosos para el organismo, así que ¿por qué no hacerlo en público?
    Para los chinos, sin embargo, es asqueroso lo que los occidentales hacemos con los pañuelos de papel una vez que nos hemos sonado los mocos con ellos: guardarlos en el bolsillo.
    Pero hoy no quiero hablar de las diferencias culturales con respecto a lo que se considera escatológico.
    En realidad, de lo que quiero hablar es del hecho de que en España, y especialmente en Andalucía, es también muy frecuente la figura del escupidor, en este caso de aceras.
    Uno va por la calle abstraído en sus pensamientos cuando de pronto al lado suena un ruido gutural inconfundible, resultado del proceso de rescate del pollo tenaz que molesta lo indecible al escupidor.
    De pronto hay un silencio premonitorio (mientras uno piensa: “Échalo, por Dios”) que es antesala del siguiente ruido, el del escupitajo, que sale despedido como un cohete para manchar el suelo de moco. ¡Qué edificante! ¡Qué bello espectáculo!
    No lo soporto. Es superior a mis fuerzas. Y lo peor es que sea una mujer quien lleve a cabo operación tan fina.
    Me parece una ofensa al buen gusto que no debemos seguir permitiendo.
    Señores escupidores: ya no vivimos en el campo, sino en ciudades y pueblos con aceras bien construidas para que pasear por ellas sea un placer y no una carrera de obstáculos en la que haya que ir esquivando un suelo empedrado de asquerosas secreciones. ¿Por qué no usan los pañuelos de papel, los metan luego o no en el bolsillo, y dejan ya de regar el suelo?
    ¿Es que vamos a tener que poner carteles de SE PROHÍBE ESCUPIR, como los que abundaban en las tabernas antiguas, en las zonas donde haya más escupitajos por metro cuadrado?
    Aunque, bien pensado, quizás escupir en la calle sea una seña de identidad de este país, una más de las muchas que nos retratan ante el resto de Europa como un país poco preparado en materia de civismo (por decirlo de una manera fina).
    Quizás deberíamos colocar otro tipo de carteles, unos del siguiente tipo:

    AQUÍ ESCUPIÓ FULANO DE TAL EL DÍA CATORCE DE ENERO DE DOS MIL QUINCE. QUEDE ESTA LÁPIDA COMO RECUERDO DE TAN INSIGNE SUCESO, MEMORIA DEL CUAL QUEDA TESTIMONIO EN EL DIBUJO DEL GAPO SOBRE LA ACERA QUE USTED ESTÁ PISANDO EN ESTE MOMENTO.

    ¡Ay, qué ascooooooooo!

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