Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

domingo, 21 de febrero de 2016

PONEDORES DE VÍDEOS, ANTES DOCENTES




 A todos los profesores que alguna vez se han sentido atrapados en clases de alumnos vociferantes y con afilados colmillos


    Ponedores de vídeos,
para eso hemos quedado.
El usted, el respeto,
los puntos y coma,
la caligrafía,
la norma ortográfica,
las sumas, las restas,
la química orgánica,
las batallas, los reyes,
las partes de las plantas...
Todo eso orillado en poco tiempo.



   Ponedores de vídeos,
para eso hemos quedado.



   Antes la palabra del maestro
era sagrada palabra,
superior a la del alumno;
el paso del profesor tenía peso
en el centro del pasillo.
Ahora el profesor no cuenta,
se lo empuja como a un fardo,
su voz no infunde respeto.



   Y luchar, una lucha permanente
contra leyes, padres, niños...,
cuando todo antes era fácil:
o estudias o trabajas,
no había término medio.



   Ya no atienden a tus palabras,
tu palabra no es aliento.
¿Echar broncas de qué vale?
Es perder fuerza y tiempo.



   ¡Qué triste ver que un oficio,
de todos uno de los más bonitos,
ha quedado reducido
a poner vídeos y vídeos!



   Y luego la tele basura
y la política vertedero,
que llenan todo de mentiras,
que inculcan falsos deseos.



   ¡Qué pena de bello oficio,
el de profesor, el de maestro!
Para esto hemos quedado,
para ponedores de vídeos...



   Pero, ¿qué esperar de un tiempo
de políticos indignos,
de televisiones penosas,
de amores de un solo uso,
de frías pantallas alienantes?



   ¿Qué esperar, España,
la de los tristes destinos
-¡ay, triste España!-
de tu atraso de siglos?



   Cuando llegue algún día
el fin de tu retraso,
espero olvides, España,
esta época y sus delirios.



   Quizá alguna vez surjan
en esta tierra bendita
generaciones enteras
que sepan amar los libros.

miércoles, 17 de febrero de 2016

EL ÚLTIMO TREN DE LA VIDA





A Lula, buscadora de la belleza




   Le pregunté a mi amada: ¿Para qué te embelleces tanto? Para gustarme a mí misma -me contestó-. Porque hay instantes en que soy, a la vez, el espejo, la mirada y la belleza; instantes en que me siento, a la vez, el amor, el amante y la amada.

ABU-SAID, poeta persa.


   Pero, ¿qué es la muerte al fin y al cabo?
La retirada de un viejo mueble
y el encuentro con polvo y objetos
largo tiempo olvidados;
la perfección de perfecciones;
el no ser, el no existir,
el jamás haber existido;
o una puerta herrumbrosa
al final de un sótano oscuro;
quizás la conversión del presente
en un pretérito perfecto;
el último tren perdido…

   Lo malo no es la muerte en suma:
lo malo es no haber vivido,
que los afeites, los perfumes,
los cortes de pelo,
la deliciosa comida,
la ropa nueva…
no hayan sido amados,
atentamente contemplados,
dulcemente sentidos.

   Porque vivir, vivir de veras
es sentirse sintiendo,
es atender al asombro
de cada momento.

   Al final ha de venir la muerte,
la retirada del viejo mueble,
la ausencia de conciencia,
la última puerta que atravesemos,
simplemente el pretérito perfecto…

   Pero antes nos quedan
muchas horas por ser vividas,
para encontrar la belleza,
el amor del resto del mundo,
una nueva pintura para el techo,
la voz de una soprano italiana,
un nuevo cuadro en las paredes,
nuevas hojas en el diario,
un frondoso bosque alemán en verano,
los ojos de un madero sagrado
en medio de un océano de ojos…

   Al final nos iremos,
pero vivir, morir…, ¿qué importa?
Para el caso es lo mismo:
en la vida hemos de perder trenes
y uno más no nos hará distintos.
Quedaremos al fin varados
en la última estación,
solos, fríos, quietos,
con los ojos cerrados,
lleno el recuerdo de lo vivido
y, por fin, perfectos.

   Pero, hasta entonces,
gocemos.

viernes, 12 de febrero de 2016

EL CANTOR DE LOS RÍOS






A Rosario Santana, magnífica 
poetisa de mi pueblo, 
Minas de Riotinto 
(Huelva), que tanto añoro



   Hace mucho tiempo nació en una pequeña aldea del norte un niño que, con el tiempo, habría de cantar con una voz dulce, bella y melodiosa.
   Siendo ya un muchacho, cantaba a los ríos, a los arroyos, a los neveros de las montañas, a los verdes prados en primavera… y, mientras cantaba, su felicidad traspasaba a todos los que lo oían.
   Su fama se extendió por la región y una tarde llegó a la puerta de su casa un automóvil (el primero que conocieron aquellos lugares), del cual bajó un orondo empresario. Fue directamente a hablar con el padre del muchacho.
   El gordo Flores prometió un futuro glorioso para aquel joven: ser reconocido como el tenor más famoso del mundo, viajar por las ciudades de la música (París, Milán, Venecia, Roma, Viena…), conocer a hermosas mujeres… Flores se encargaría de pagarle todo: la manutención, las clases de canto, los viajes…
   El padre, que quería que su hijo trabajase en el campo, aceptó al fin a regañadientes la oferta gracias a la intervención de su mujer.
   Y de este modo, dejando atrás su hogar, el joven inició un camino en busca del triunfo. Primero recibió clases de canto en una ciudad norteña. Luego, cuando el empresario pensó que ya estaba capacitado, empezó a cantar en todos los teatros famosos de ópera.
   Al principio fue el suyo un gran éxito: se lo rifaban en los salones de la buena sociedad, hablaban de él en los periódicos con frases rimbombantes y los aplausos tras sus actuaciones no tenían final.
   Pero el joven sentía que no era feliz, pues no podía cantar a los ríos, a los arroyos o a las montañas de su lugar.
   Empezó a entrarle una nostalgia terrible que afectó a su canto.
   Una noche, en un teatro de ópera italiano lleno de espectadores, en plena actuación de la ópera que anunciaba el cartel, el joven, con la garganta conmovida por el llanto que pugnaba por salir de ella, enmudeció. Las lágrimas recorrieron profundos surcos en su rostro, de pronto avejentado.
   Se fue del escenario, tuvo una agria discusión con Flores, de quien se despidió para siempre, y viajó en penosas condiciones de vuelta a su casa.
    En la puerta de ella se encontró con sus padres. Los abrazó intensa, amorosamente.
   Pasó el tiempo. El mundo (los periódicos, las damas de la buena sociedad y los melómanos) se olvidaron de él, que prefería cantar a las ovejas, a las vacas o a los pájaros. Algunos lo tomaron por loco.
   Un día llegó una carta de Milán: una admiradora que había escuchado conmovida la rotura de su voz a través de una emisora de radio, le manifestaba fervorosamente su amor.
   Él le respondió con otra carta que sentía no poder corresponderla, pues su cuerpo y su alma estaban de tal modo unidos a aquella tierra que nunca jamás la abandonaría en busca de incierta ventura.
   Pasaron los meses. Un día llegó un gran automóvil ante su puerta. Esta vez no se bajó de él el gordo Flores, sino una extraordinaria criatura, Nicoletta Bardi, quien venía a quedarse con él para siempre.
   Se casaron pronto. Empezaron a tener un hijo tras otro, nueve en total. La tierra y el vientre de la mujer daban frutos abundantes. Todos los hijos de aquel matrimonio aprendieron que las mejores canciones son las que uno canta en soledad y en plena naturaleza, y también aprendieron que, antes que el mejor futuro, hemos de buscar el mejor instante del presente.
   Y acaba aquí esta historia, que es la de una voz que logró unir dos almas franqueando una gran distancia entre ellas.
   Él se llamaba Adelardo Liencres.

martes, 9 de febrero de 2016

LOS LIBROS Y SUS VIAJES









    Viajaste a bordo de una lancha de vapor a toda velocidad por el Támesis una noche de luna al lado de Sherlock Holmes y el doctor Watson; compartiste con Don Quijote y Sancho Panza largas horas de pláticas entre golpe y golpe mientras recorríais las sendas de la extensa llanura manchega; te subiste a los árboles con el barón rampante, Cosimo Piovasco di Rondò, para departir con él acerca de todos los asuntos divinos y humanos; atravesaste con Frodo Bolsón los estrechos pasos montañosos de Mordor con el propósito de destruir el codiciado anillo de poder; quisiste encontrar a un asesino de monjes, enemigo de la risa, en medio del incendio de una biblioteca de un monasterio medieval; acompañaste a Lázaro de Tormes en su asendereada vida de hambriento pícaro; te admiraste de la belleza de Moguer, sus campos, sus calles, sus viñas, gracias a la compañía de un altísimo poeta subido a lomos de un burrillo platero…
   En cada página que hoy lees esperas encontrar aventuras como aquéllas, que fueron las más hermosas jamás leídas por ti por ser las primeras y por ser las que más profundamente calaron en tu alma sensible y aún inocente.
   Tanto estimas su recuerdo que a veces no te atreves a volver a abrir aquellos libros y leerlos de nuevo, pues crees que, de hacerlo, una segunda lectura podría hacer desaparecer el hermoso recuerdo que de ellos conservas.
   Viajes de papel, los viajes de los libros de tu juventud… ¡Qué buenos ratos pasaste descubriendo el mundo con ellos!

domingo, 7 de febrero de 2016

PALABRAS ENCONTRADAS

   Querido lector:

   Inicio hoy una serie de homenajes a la palabra literaria, concretamente la publicación de vídeos con lecturas en voz alta de textos hermosos del presente y, preferentemente, del pasado. Pretendo con ello rescatar voces de escritores antiguos y también propiciar la lectura en voz alta, actividad gratificante e iluminadora que, por desgracia, no tiene mucha cabida en el mundo tecnológico, ruidoso y precipitado en el que vivimos.
   Inicio la serie con una lectura de Testamento literario (1929), obra del escritor asturiano Armando Palacio Valdés (1853-1938), autor de la generación realista. Es un libro de recuerdos del escritor en el que habla de varios asuntos relacionados con su vocación literaria.
   El libro en el que encontré las palabras del vídeo es un ejemplar publicado en Madrid por la librería de Victoriano Suárez (C/ Preciados, número 48) en 1929. Es la primera edición del libro.

martes, 2 de febrero de 2016

IN VINO VERITAS




A Ismael Yebra, su mujer y sus amigos umbreteños, por habernos acogido con muchísimo cariño en su casa

   El mosto, vino joven,
claro ya en enero,
nos esperaba en sus botas
deseando lo viéramos.

   En la pared colocadas
las fotos de la vendimia,
enmarcados los rostros
de quienes sacan jugo a la viña.

   De comer, papas con chocos
o chocos con papas
(que para el caso es lo mismo),
regados con catavinos
con el fruto de la tierra.

   Y hablar, hablar de todo
y de nada al mismo tiempo,
celebrar haber nacido
y estar vivos y sintiendo.

   Compartir estos instantes
es buscar a Dios en la belleza
de una hermosa copa
de lo mejor de Naturaleza.

   Y de pronto, al fondo,
un señor con gorra
nos mira, se descubre,
va a cantar, pide permiso:

   ¡Qué bonito es el fandango
al amanecer el día
en el silencio del campo
cuando voy de cacería!

   Unos tragos de aguardiente
con agua de manantiales…
¡Ay, si supiera la gente
esos ratos cuánto valen!

   Y se inicia una retahíla
de fandangos de Huelva,
al final siempre rematados
con la misma cantilena:
¡Qué bonito es el fandango
Fandangos de cacería…

   Compartir de verdad,
cantar de verdad,
reír de verdad,
soñar de verdad.

   In vino veritas,
decía el viejo poeta.
El pueblo de Andalucía,
sabio pueblo antiguo,
guarda sus mejores coplas
para los momentos mejores.

   La verdad, nacida del vino
y del fondo de profundas gargantas
sale al aire de la tarde fría
y duele por su belleza,
añuda la garganta.

   Cuando, finalmente,
uno quiere cantar alguna copla,
algún tango o chirigota,
ya el recuerdo ha teñido
de humedad los ojos
y el corazón de nostalgia.

   Entonces, al caer la tarde,
casi al final de la velada,
comprende que las mejores coplas
son las que uno deja de cantar
y guarda en lo más profundo
de su alma renovada
por el mosto,
rico, hermoso,

dulce mosto del Aljarafe.

lunes, 1 de febrero de 2016

PALABRAS ENLATADAS




A mis padres, Cayetano y Manoli, que me enseñaron el don de la palabra

   Hace días iba con mi hija
en un autobús de vuelta a casa.
La tarde, casi primaveral,
mostraba sus ropajes de fiesta
antes de la llegada de la noche.

   Era uno de esos buses
largos como gusanos,
que giran en su centro
al tomar cada curva.

   Mi hija me hablaba
de sus amiguitas del cole,
de exámenes, de deberes,
de un proyecto de ir al cine…

   A nuestro lado, justo en medio
de aquel largo vehículo,
estaban una madre y su hija,
adolescente menuda,
cada una metida en su móvil,
en un mundo frío de silicio y cobalto.

   La mujer le dijo algo a la niña,
que tenía que hacer un trabajo,
y la respuesta fue desabrida:
“Vale, mamá, déjame”.

   Y siguieron con sus móviles,
en el eje de aquel autobús de gusano
que atravesaba la ciudad crepuscular,
cada una con su búsqueda,
tecleando palabras enlatadas
dirigidas a otros,
palabras que no encontraban
el camino más corto
para llegar al alma
de la persona de al lado.

   “Triste”, recuerdo haber pensado.
Llegamos a nuestra parada.
Del autobús bajamos.
El sendero a casa,
por la caída del sol casi oscuro,
me pareció incierto.

   Mi hija, luz de mis ojos,
su cara iluminada de alegría,
esa alegría inocente de los niños,
me miró con ternura.

   En su mano, mi móvil,
aún buscador de juegos infantiles,
no mostraba su rostro
de matador de conversaciones.

   Cuando llegábamos a casa
su risa de travesura
iluminaba mi alma.


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