Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

martes, 29 de marzo de 2016

POESÍA DE GUARDIA PARA LOS MALES DEL CORAZÓN












   A veces uno necesita poemas
como el estómago alimento
o como el sediento agua.

   Necesitamos versos
que apaguen fuegos interiores
o sirvan para encenderlos;
que calmen congojas
o exalten nuestros logros;
que suavicen desencuentros,
que lloren a los finados,
que nos iluminen el mundo…

   A veces necesitamos la poesía
como el pan el hambriento,
una poesía consoladora,
alimentadora,
iluminadora,
que calme nuestras zozobras,
que, no lo olvidemos,
los males del corazón sane.

   Un poeta es un boticario
que expende en sus versos
fórmulas magistrales,
cordiales invitaciones
a vivir con fe la vida,
a hallarnos en el nosotros,
a encontrar la alegría
(bella música del alma)
en una hermosa imagen;
a encontrar, como tesoro,
en el fondo de las palabras
añejas, en amarillentas páginas,
o nuevas, en rutilantes pantallas,
nuestro ser más preciado.

   A veces,
en suma,
muchas veces,
necesitamos,
apenas sin saberlo,
poemas, poetas,
versos de agua, pan o fuego.



sábado, 26 de marzo de 2016

STABAT MATER DOLOROSA




   A mi hermana Ana, que siempre comparte mis palabras

  

   La Madre de Cristo estaba
al pie de la cruz llorando,
a su hijo muerto miraba
y le iba implorando:


   -Hijo mío, luz del mundo,
dulce flor de la mañana,
volverás de lo profundo,
fe convertida en campana.


   »Como el buen escultor,
que con amor rocas labra,
esculpirá el corazón
el buen pan de tu palabra.


   »Renace, hijo, en mi alma,
trae esperanza a todo hombre,
danos paz y danos calma
con sólo mentar tu nombre.


   »Y que la puerta del cielo
al fenecer se nos abra
por tener fe y consuelo
en el pan de tu palabra».

jueves, 17 de marzo de 2016

UN BALÓN QUE VUELA







 Al placentero recuerdo de Manuel Fernández Pérez, mi abuelo materno, antiguo defensa del Riotinto Balompié, quien nos transmitió a sus nietos su pasión por el fútbol y por la vida
  

   Un balón vuela,
y el aire lo lleva
hasta una cabeza
que rematar quisiera.

   Desde la esquina viene,
empujado por el aire
que sale de corazones
que el gol esperan.

   Casi un gol es el córner,
un deseo, el entusiasmo
de perforar la portería,
de vencer a los defensas.

   ¿Cuántos goles nos marca
la inmisericorde vida?
¿Cuántos marcarle a ella
a todos nos gustaría?

   Y en la puerta los porteros,
que nos trajeron al mundo,
ayudando desde el fondo,
muchos ya en otra vida.

   La vida…
a veces nos acosa,
cerca nuestra puerta,
nos marca goles,
nos acecha.
Y unas lágrimas se escapan,
perlas inevitables,
por la vida que uno deja.

   Pero, de pronto, un defensa
recibe del portero
un balón que vuela,
dribla a la muerte,
al sufrimiento,
al cansancio,
a la pena.

   Y lo cede a un medio
y éste a un punta,
hijos de nuestra entraña.
Y el punta empata
y las gradas revientan,
y creemos,
por un momento,
que hemos de ganar la partida.

   Al final perderemos
el partido y la guerra,
pero el orgullo de haber marcado
al menos un gol nos queda.

   Porque la vida es eso:
un gol que el aire lleva
hasta el fondo,
muy hasta el fondo
de la línea de meta.

   Allá, a lo lejos,
más allá de las nubes
de la tarde de primavera,
nos espera lo divino
con las manos abiertas.

   Así que,
mientras tanto,
contemplemos
ese balón que surca
un aire de nubes quietas
y muy atentos amemos
los juegos del amor y la pelota
que, en el aire que pasa,
tan lejos nos llevan.

domingo, 6 de marzo de 2016

A LOS SEÑORES DIPUTADOS DEL PARLAMENTO ESPAÑOL







A mis queridos amigos "mercuriales", que tanto valoran la palabra




    Perdonen si les ofendo,
pero de nada se enteran
sus señorías:
el paro no es una palabra
en un informe,
sino legiones de niños llorosos
sin pan ni leche ni alegría.

   ¡Qué pena de parlamento,
convertido en colegio
de niños díscolos,
revanchistas,
amargados,
resentidos…!

   Es triste,
pero es lo cierto
que de nada se enteran
sus señorías.

   En su jaula de grillos,
ofenden con su falta de acuerdos
la confianza que en ustedes
deposita el soberano pueblo.

   Y hablan de la guerra de sus abuelos,
de terrorismo,
de antiterrorismo,
de sangres vertidas hace tiempo
que no levantan farolas,
que no construyen puentes
que no dan leche a un niño hambriento.

   Asco, asco me producen
sus miserables disputas,
sus ganas de batalla,
su falta de dignidad y cordura,
su falta de despertares,
en la fría madrugada,
para levantar a España.

   Y mucho tecleo
en sus móviles humeantes
de última moda
para maquillar su carencia
de valores humanos
y su olvido de épocas,
no muy lejanas,
en que muchos políticos,
que hablaban sin tiempo
y sin ayuda de papeles,
tenían como meta primera
saciar a los hambrientos
de pan y cultura.

   No olviden,
por último,
sus señorías,
que muchos de sus votantes
aún valoramos
la sagrada misión de sus palabras.

   He dicho.

martes, 1 de marzo de 2016

EL HUERTO DE MI ABUELO







    Mi abuelo Manuel tuvo un huerto, pero yo no lo conocí.
   Lo veíamos a la izquierda, bajando por el camino de tierra, cuando algunos domingos íbamos al huerto de un tío abuelo nuestro.
   Sus muros de piedra, caídos por la agresión del tiempo, eran testigos mudos de otras épocas, de risas antiguas, del crecer en silencio de las plantas.
   Cuando, allí abajo del Monte Sorromero, los niños jugábamos a encontrar alacranes debajo de las rocas o subíamos, con esa inconsciencia de la infancia, a las copas de los frutales del huerto de abajo, no podía yo olvidar la imagen de aquellos ruinosos muros del de mi abuelo, y pensaba en los frutos de la tierra (plantas y hombres), y en los papeles, ya amarillos por el paso de los años, de la licencia para un huerto, más abajo de su lugar de nacimiento, que un buen día heredara mi abuelo.

CEGUERA DE HOMBRES







   Todos a veces somos ciegos.
Ignorantes de la luz verdadera
que en nuestro corazón habita,
atendemos más a los muros
que nuestro pensamiento levanta
en medio de la nada,
en medio del aire,
oprimiéndonos por dentro.

   Y es que, muchas veces,
ciegos somos,
ciegos que miran a un futuro
terrible que nunca existe;
ojos que temen lo oscuro
como el reo su condena.

   Ser y solo ser ahora:
ésa ha de ser nuestra esencia.

   De lo contrario, seremos ciegos,
ciegos que cantan,
con pena,
su ceguera.

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