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Mostrando entradas de diciembre, 2025

LOS TRES SUEÑOS DE LOS REYES

      Para los que sueñan  con la magia del mundo         Cuentan las lenguas dignas de fe que los tres sabios de Oriente, cansados del largo viaje por llanuras y abrasadores desiertos, por montañas heladoras y estrechas gargantas de ríos caudalosos, llegaron de noche a una posada, cerca de Isfahán, bajo un terrible aguacero.    El posadero les abrió de mala gana la puerta, les dio una cena fiambre y luego les indicó el camino de su aposento, una pequeña y desangelada estancia de techo bajo en la que había una sola cama.    Muertos de cansancio y en silencio, cambiaron sus ropas por otras un poco menos húmedas y se acostaron en el estrecho e incómodo catre de paja tiritando de frío.    Al principio no podían dormir: el ambiente gélido, la humedad de la casa y el ruido de los relámpagos en la lejanía les hacían moverse inquietos bajo el cobijo de una fina manta pero, poco a poco, un calor reconfortante, que ...

UN BALÓN AL AIRE

           La ducha caliente después del partido. Ese era el momento que llevaba esperando toda la sem ana porque para entonces, pasase lo que pasase, todo habría acabado.     Las broncas del míster en los entrenamientos, las ínfulas de los delanteros, las preguntas capciosas de los reporteros…, todo se habría difuminado c omo un azucarillo en una taza de café, mientras el agua caliente iría limpiando la suciedad de su cuerpo y diluyendo las preocupaciones previas al partido.    Sería cuando, debajo de la perilla, haría balance de todos los sucesos del encuentro: las infructuosas salidas a por uvas en las que no pudo atajar el balón; las palomitas con las que se había estirado hasta el límite hasta lograr repeler los chutes de los adversarios; los goles encajados, un penalty tirado a su derecha, los gritos airados del público...    A veces, como resultado de toda la tensión acumulada, el agua de la ducha se fundía con...

EL ABRAZO

        El pasillo era largo, muy largo. No había nadie en las primeras salas del tanatorio. Al final se apreciaban las siluetas de tres o cuatro personas.    Ella avanzó titubeante. No quería pasar por aquel trago. Mientras llegaba en taxi a aquel lugar en los confines de lo civilizado, había reparado en los matices de luz del ocaso, que se filtraba por entre las hojas de los árboles; en las fachadas desconchadas de las casas bajas cercanas al cementerio; en el viento gélido que hacía arrebujarse a los pocos paseantes que marchaban con poco espíritu por las aceras.    Tenía que estar allí porque a Francisco, su abuelo paterno, a pesar de todo lo que había sucedido entre su padre y su madre en los últimos tiempos, lo había querido con locura.    Dejó a su derecha las primeras salas, oscuras y frías. Al avanzar por el corredor se iban definiendo los rostros de quienes ya la estaban esperando.    Pensó entonces en lo inú...