Para los que sueñan con la magia del mundo Cuentan las lenguas dignas de fe que los tres sabios de Oriente, cansados del largo viaje por llanuras y abrasadores desiertos, por montañas heladoras y estrechas gargantas de ríos caudalosos, llegaron de noche a una posada, cerca de Isfahán, bajo un terrible aguacero. El posadero les abrió de mala gana la puerta, les dio una cena fiambre y luego les indicó el camino de su aposento, una pequeña y desangelada estancia de techo bajo en la que había una sola cama. Muertos de cansancio y en silencio, cambiaron sus ropas por otras un poco menos húmedas y se acostaron en el estrecho e incómodo catre de paja tiritando de frío. Al principio no podían dormir: el ambiente gélido, la humedad de la casa y el ruido de los relámpagos en la lejanía les hacían moverse inquietos bajo el cobijo de una fina manta pero, poco a poco, un calor reconfortante, que ...