Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

miércoles, 29 de junio de 2016

martes, 31 de mayo de 2016

FOTOGRAFÍAS DE MIS ÚLTIMOS PERIPLOS


BODEGA DE SANLÚCAR DE BARRAMEDA




 


PEÑA EL ERIZO (CÁDIZ)



ESCALERA HACIA LAS NUBES


MACETA EN UNA PARED 
(ROTA, CÁDIZ)


MAÑANA DE NIEBLA DESDE EL TREN


RAYUELA DE UN APRENDIZ DE NÚMEROS


TECHO DE HOJAS EN LA BUHAIRA
(SEVILLA)



TERMÓMETRO LOCO


CALLEJÓN DE LA COMEDIA
(SANLÚCAR DE BARRAMEDA)



PÁJARO MUERTO


LETRAS DE UN INEDUCADO


UN ESPÍA EN EL VAPORCITO



lunes, 16 de mayo de 2016

FLORES DE LA VIDA







   No puede ser y lo sabes:
que la flor del pensamiento
dura muy poco en la maceta;
que un infame velo blanco
cubre al fin la piel de la naranja;
que nos espera,
tras el camino de la vida,
la odiosa muerte;
que mis versos
serán olvidados
en pocos años…

   No puede ser, amiga,
y lo sabes:
no podemos dejar congelado
cada hermoso instante
de la existencia,
porque la vida,
como un profundo río,
avanza inexorable
hacia el acabamiento
en el mar insondable.

   Sin embargo,
también nosotros,
como la flor del pacífico,
dictamos lecciones
de belleza
a cada instante.

   Al final está la muerte, sí,
eso ya lo sabemos, pero…
¿qué importa en el fondo?
¿Para qué tantos temores,
tanto agobio sin sentido?
¿Querríamos acaso
vivir para siempre?

   Seamos actores
(a veces cómicos,
otras, dramáticos)
en el hermoso teatro
que Dios ha procurado
para nosotros.

   Vivamos, pues,
cada día
convencidos
de que no existe 
mejor momento
que el presente;
de que no hay mejor sitio
que este de ahora;
de que no hay mayor gozo
que el de seguir vivos,
y de que vivir consiste,
ni más ni menos,
que en llenar la memoria
de nuestros días
de alegría serena
y de belleza,
hermosa belleza
que siempre,
querida amiga del alma,
nos alimenta

y vivifica.

martes, 10 de mayo de 2016

EL CONDENSADOR DE FLUJO TEMPORAL (Microrrelato)






   Aquel escritor, J., insatisfecho con sus textos breves y con la época de crisis y de prisas en la que vivía, la cual no favorecía la creación demorada y sin tiempo que era propia de eras pretéritas, decidiose a comprar un artilugio que le anunciaban una y otra vez en la parte digital de su cerebro: el condensador de tiempo de la marca Fluzo.
   Era una especie de máquina del tiempo, pero muy lenta. Lo que hacía era estirar espacios de tiempo muy breves y convertirlos en otros mucho más largos. Así, verbigracia, un minuto lo estiraba el artilugio hasta transformarlo en un día entero, o en un mes completo si era necesario.
   De este modo, J. empezó a estirar sus minutos de ocio para dedicarse a escribir una magna obra literaria, por lo que se convirtió en un polígrafo moderno.
   Sus haikus dieron paso a extensos poemas épicos; sus cuentos, a larguísimos novelones; sus entremeses, a enormes dramas; sus artículos de opinión, a vastos ensayos donde intentaba elucidar la compleja naturaleza humana.
   Dueño por fin del tiempo, sabedor de que podía estirarlo o comprimirlo a voluntad, J. decidiose a buscar editor, pero, por mucho que lo intentase, las horas-siglos no le dieron nunca para poder hallar a un osado editor-artista que se atreviese a publicar aquella magna obra, demasiado extensa para los criterios modernos según la opinión de los editores de entonces, que estaban siendo ya reemplazados por grandes empresarios de telebasura, los cuales eran los señores encargados de seleccionar los textos que alienasen a las nuevas hornadas de lectores acríticos.
   Por otra parte, a pesar de haber conseguido tener todo el tiempo del mundo para engolfarse en los mares sin límites de las palabras, empezó a sentir un gran desasosiego.
   En el fondo, echaba de menos aquella época, varias horas reales atrás, en que, a salto de mata, sin previo aviso, ideas presurosas acudían a su mente de literato ansioso para convertirse en microrrelatos, en microteatros, en micropoemas (haikus) o en aforismos que él rápidamente, de modo compulsivo, compartía con su extenso grupo de familiares y amigos del «Internete».
   Desencantado, echó al fuego purificador el condensador de flujo de la marca Fluzo junto con toda aquella magna obra que había escrito en realidad en muy pocas horas reales de su vida y decidió olvidar la vida contemplativa de los novelistas de antaño.
   Como digno hijo de una época apresurada, prefirió al fin dejarse llevar por la prisa y la compartición antes que por la calma y la contemplación.

   Un infarto dicen que fue la causa de su mala muerte. Pobre.

lunes, 2 de mayo de 2016

LOS OTROS (Y TÚ)





   Los otros me iluminan
y también me agotan.
Los otros son necesarios
para que yo sea quien soy,
pero también me atosigan
cuando me hacen perderme
entre ellos.

   Yo y los otros,
los otros y yo…

   Vivir es hacerse a los otros,
sobrellevarlos,
comprenderlos,
respetarlos,
amarlos…

   Pero amar a los otros
sin de verdad atenderlos
es tarea de egoístas,
inútil empeño,
absurdo trabajo.

   Amar a los otros
requiere primero
amarse de veras
a uno mismo,
atender a la imagen
más pura y cristalina
que de los otros hay en uno,
que de uno hay en los otros.

   Y amar al otro es,
sobre todo,
en mi caso,
querida amiga,
amarte a ti,
la más bella alma
que vieron jamás mis ojos.

lunes, 25 de abril de 2016

TEORÍA DE LAS NUBES (Poema en prosa)





    …Las nubes –dice el poeta [Campoamor]- nos ofrecen el espectáculo de la vida. La existencia, ¿qué es sino un juego de nubes? Diríase que las nubes son «ideas que el viento ha condensado»; ellas se nos representan como un «traslado del insondable porvenir». «Vivir -escribe el poeta- es ver pasar.» Sí; vivir es ver pasar: ver pasar allá en lo alto las nubes. Mejor diríamos: vivir es ver volver. Es ver volver todo un retorno perdurable, eterno; ver volver todo -angustias, alegrías, esperanzas-, como esas nubes que son siempre distintas y siempre las mismas, como esas nubes fugaces e inmutables.
   Las nubes son la imagen del tiempo…

   Texto de José Martínez Ruiz, Azorín, perteneciente al capítulo «Las nubes» de su libro Castilla (1912).


   En tierras llanas como la nuestra, las únicas montañas que gozamos son las que las nubes crean con sus cambiantes y caprichosas formas.
   A los contempladores nos gusta ver pasar las nubes, observar su apariencia, su tamaño, sus colores, su peso de agua, su movimiento, su quietud…
   A veces lo mejor de un día es la visión rosa de nubes incendiadas en su vientre durante el amanecer por los rayos del sol que nace o, al atardecer, los tonos del cielo que se oscurece reflejados en las blancas y grises montañas nubosas.
   A mí me gusta, en las últimas horas de la tarde, abrir las ventanas de mi casa que dan al ocaso y atender al misterio, cada día igual y al tiempo distinto,  de las nubes volanderas, misterio con que Dios nos anuncia cada atardecida la belleza del mundo.
   Sobre todo en primavera y en otoño, los cielos son espléndidos lienzos en los que el Creador pinta, cada atardecer, un cuadro hermoso que induce a la calma, a la serenidad, al refugio en el alma del cansado guerrero.
   En esta época de prisa frenética y ruidosas voces, contemplar con atención las nubes es encontrar la calma perdida en las trampas del día, es encontrarse en silencio con uno y también encontrar a Dios en el simple detalle de un alto montículo blanco de vapor de agua tocado por el brillo rosáceo del último rayo de sol del día.
   Saber vivir cada jornada es, entre otras cosas, saber contemplar cómo pasan las nubes. Y es también saber abrir los brazos para recibir los dones del misterio de lo creado.

viernes, 15 de abril de 2016

EL NIÑO EN EL ADULTO QUE SOY





   Quisiste ser niño para siempre y conservar en la memoria las palabras y los dibujos de aquellos libros (los primeros de tu vida); apresar el brillo, el olor y el color de cada instante; preservar la magia del alma de tus mayores…
   Quisiste, ¡ay!, que los veranos fueran eternos; que el mar nunca se llevase enfurecido tu barco de vapor de juguete; que se eternizase tu aprendizaje de gacetillero entrevistando a porteras de balonmano en las olimpiadas escolares o a cómicos de la legua en el teatro del pueblo para el periódico del colegio; quisiste también que la barra de arena de la playa te surtiera siempre de coquinas; que no se fueran nunca de tu recuerdo feliz las miradas brillantes de tus primeros amores…
   Creciste, tu cuerpo se llenó de carne y de arrugas ocultando el de aquel crío, y creíste, más tarde, más abajo en el caudal de la vida, que no podrías ser niño para siempre. Y un velo de tristeza empañó tus evocaciones.
   No obstante, un día, no hace mucho tiempo, iniciaste, gracias a una inspiración celeste y quizás por tu trato constante con escolares, el relato de tus descubrimientos infantiles, y se abrió en ti una compuerta gracias a la escritura de aquellas remembranzas. Supiste entonces que un caudal de recuerdos se conservaba intacto, fresco y puro en tu alma y, lo mejor, que aquella fuente, aquel manantial de agua limpia pugnaba por brotar en forma de palabras inextinguibles que te ataban a la versión más cristalina de ti mismo.

   Y es que, caro amigo de siempre, en tu sonrisa límpida y amable y en tu avanzar firme por la vida aún permanece, eterno, constante, inamovible, inagotable, aquel niño bueno, inquieto, curioso, hablador, escritor, rebelde y atónito que dicen que eras y al que no has llegado a dejar atrás, en realidad, en ningún instante de tu vida.

Buscar este blog

Cargando...

Archivo del blog