Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, poesía, reflexiones varias...) del profesor José Manuel Gómez Fernández.

jueves, 2 de abril de 2020

LA MEDITACIÓN









   Si hay algo que, desde que empezó el confinamiento, se ha instalado, en un nivel muy profundo de nuestras mentes, es, lógicamente, el miedo. Es un miedo irracional derivado por un lado de nuestra dificultad para comprender, por la vía del pensamiento consciente, la magnitud de esta tragedia y, por otro lado, de la saturación de informaciones (procedentes de múltiples canales) que, en lugar de calmarnos, lo que hacen es ponernos más nerviosos aún.
   En estos días de incertidumbre pienso que lo más sensato es no hacer demasiado caso a tal volumen de información y, por supuesto, saber parar a tiempo el torbellino que agita nuestros cerebros.
   Confinados en casa en un tiempo eterno, una buena idea es practicar la meditación para aplacarnos y encontrarnos en este tiempo de desasosiego.
   Igual que hemos descubierto que teníamos muchas tareas por hacer en nuestros hogares, meditar era una asignatura pendiente para la que ya no nos vale la excusa de que no tenemos tiempo.
   Recordemos la traumática experiencia de los doce niños de un equipo de fútbol atrapados en la cueva Tham Luang Nang No, al norte de Tailandia, en 2018. Su entrenador de veinticinco años, exmonje budista, guió a los niños en la meditación durante el tiempo en que estuvieron atrapados para calmar su ansiedad.
   Hace unos años que practico la meditación. En tres entradas de este blog hace tiempo me referí a la técnica y las condiciones necesarias para poder meditar en condiciones.
   Lo más difícil , dice Pablo d´Ors, autor del libro Biografía del silencio, quien nos ha conducido a muchos por este camino de silenciamiento, es llegar al convencimiento de que uno tiene que meditar. No es algo fácil, incluso para quien lo hace habitualmente.
   En los primeros días del confinamiento, dejé a un lado la meditación diaria, que había vuelto a retomar tras un primer trimestre agitado. En el nuevo tiempo en que las horas de los relojes se habían fundido como en un cuadro de Dalí, aunque parezca una paradoja, no encontraba el momento de sentarme veinticinco minutos a dejar la mente en blanco.
   Ayer, tras varios días de indecisión sobre este asunto, me senté a meditar por primera vez en varias semanas. Lo hice después de recoger la cocina tras el almuerzo. A esa hora, escuchando el chiar de los pájaros en la hora de la siesta, tomé conciencia de mi cuerpo y, una vez despejadas las nubes de tormenta de mis pensamientos, logré dejar la mente en silencio. Fue una especie de unión con el mundo natural, con la primavera que, fuera de mi casa, brotaba con fuerza inusitada
   Creemos muchas veces que podemos seguir adelante a pesar de todas las dificultades que nos salen al paso, pero hay ocasiones en que la vida nos pone en el disparadero, y esta es una de ellas.
   En Youtube hay muchos vídeos de Pablo d´Ors, charlas o presentaciones de libros en las que, con voz pausada y una palabra justa y equilibrada, nacida de la experiencia del silencio, nos explica cómo y por qué meditar.
   En este asunto, como en todos, hay miles de capas. Puede uno sumergirse en la espiritualidad sufí o en la de Charles de Foucauld o simplemente buscar una técnica sencilla de meditación que nos ayude a encontrarnos con nuestro yo más puro y sincero, con vistas a impedir que el bombardeo de nuestro pensamiento consciente termine de agotarnos y deprimirnos.
   Queridos lectores, yo buscaría los vídeos más cortos de Pablo d´Ors en Youtube para iniciarme en el camino de la meditación. Si les terminan iluminando, pasaría luego a los más profundos.
   Añado aquí el audio de una charla sobre meditación que Pablo dio hace unos años en el colegio Claret de Sevilla.
   En otras épocas he intentado meditar con alumnos en clase, en semanas de exámenes por ejemplo, cuando han estado muy sometidos a una presión desmedida. Sin embargo, dejé de hacerlo porque, para meditar en grupo, todos tienen que estar muy decididos. Si acaso, puede intentarse con los alumnos de 1º de ESO, pues su inocencia y su entrega al profesor lo pueden permitir en general, salvo casos contados de alumnos inmaduros y chistosos con quienes es imposible hacerlo.
   Según Pablo d´Ors, lo más efectivo en estos casos es que el maestro o profesor medite en su casa y luego, ante los alumnos, intente transmitirles las ventajas de hacerlo hablando de su propia experiencia meditativa o recomendando lecturas y vídeos.
   Sin embargo, pienso que una asignatura pendiente en los centros educativos es la de enseñar a los alumnos, mediante una programación de muchas actividades en los centros,  a controlar sus emociones a través de técnicas (tan de moda estos días de teleconferencias) como la meditación, el yoga, el mindfulness o cualquier otro medio que sirva para transmitirles calma y, lo más importante, la idea de que ellos pueden llevar a cabo por sí mismos el control de sus impulsos y emociones, tarea fundamental para el aprendizaje emocional, según Daniel Goleman.
   Para la meditación con niños he encontrado esta página con ejercicios guiados. Nos pide una contraseña, que es plataformameditacion15.
   Meditar nos lleva a encontrar el silencio y la calma, la paz con nosotros mismos. Es el primer paso para llegar a la raíz de nuestros sueños y a los palacios de nuestra mente, que nos esperan sin tiempo en lo más profundo del hondón de nuestras almas.
   Deseo, queridos lectores, que encuentren estos días de desasosiego la calma en la práctica de la meditación. Para ello, no hace falta nada más que un espacio solitario, un tiempo sin ruido, una silla y un cuerpo sentado en ella para escuchar simplemente el piar de los pájaros.
   Por ello escribo y rezo. ¡Resistiremos!  



miércoles, 1 de abril de 2020

ELOGIO DE LA VIDA SENCILLA












¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruïdo
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido (...)!

   Fray Luis de León (1527-1591), religioso agustino, poeta, astrónomo, humanista y profesor de Teología en la universidad de Salamanca, escribió estos reveladores versos al inicio de su “Canción de la vida solitaria”, en la cual aparece el viejo tópico latino, procedente de los Epodos de Horacio, del “Beatus ille”, elogio de la vida sencilla y verdadera del campo frente a la vida de la ciudad, falsa, artificial y llena de peligros que alteran la paz del ánimo.
   En estos días extraños, en los que vemos alterado nuestro ánimo por la insistente cantinela de informaciones terribles que nos llegan por múltiples fuentes, es de sabios el pararse a pensar, al menos un rato, en la acelerada vida que hemos llevado antes de la orden de confinarnos en nuestras casas.
   Habíamos ido construyendo un mundo tecnificado que, cada vez más, iba produciéndonos un estrés desmedido y enfermizo, así como un terrible insomnio.
   La dependencia absoluta de la tecnología (que siempre iba mucho más rápida o mucho más lenta que nuestro ritmo de trabajo con ella) nos terminaba irritando y frustrando.
   Ahora se quiere que, de la nada, construyamos un teletrabajo medianamente digno, pero las estructuras de los sistemas son demasiado complejas para nuestras pobres almas llenas de temor en este tiempo sin horas del mundo del coronavirus.
   Es difícil, muy difícil, plantear sistemas de teletrabajo que funcionen efectivamente cuando no se han hecho las inversiones necesarias para poder soportar el volumen de información que requieren las plataformas y cuando (si se han hecho) son tan complicadas de utilizar que lo que hacen es producir más desazón que otra cosa en los trabajadores.
   Recluidos en las casas tras tantos días de confinación, los ánimos no pueden ser los mismos que si estuviésemos yendo cada día a trabajar. Por otra parte, nuestros espacios íntimos, los de nuestros hogares, que hasta ahora habían estado al margen de la contaminación del estrépito de fuera, ahora se pretende que queden convertidos en platós para teleconferencias con medio mundo para supuestamente seguir trabajando al mismo nivel que si estuviésemos en activo.
   Nos esforzamos, no cabe duda, en la búsqueda del mejor sistema para poder teletrabajar, pero desde luego el desánimo en cuanto a la bondad de este sistema es evidente.
   Y todo es porque nos damos cuenta de que hemos llevado a cabo sistemas de trabajo excesivamente complejos que ahora, en una situación en la que debemos estar tranquilos y en paz con nosotros mismos, nos producen desazón.
   Tanto hemos creído en las ventajas de la nueva tecnología que ahora nos damos cuenta de que no eran tales, de que nos terminaban convirtiendo en máquinas, en robots que simplemente ejecutaban unos procesos sin apenas reflexionar sobre ellos, desatentos a los matices del cielo, al roce del viento en nuestros rostros, a la belleza del mundo, que se nos escapaba a cada momento mientras nos dejábamos arrullar por el canto de sirenas de pantallas sin alma.
   Sigue fray Luis unos versos más adelante en su “Canción de la vida solitaria” con una descripción de un huerto, sin duda el que la orden de los agustinos tenía a poco más de una legua de Salamanca, en la finca de retiro La Flecha:

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado, tengo un huerto,
que con la primavera,
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto; (...)

   ¿Qué huerto hemos ido cultivando estos años atrás? ¿Qué frutos ciertos podemos recoger de él?
   Hemos elogiado poco la sencillez, la belleza de las pequeñas cosas que, a pesar de que apenas las contemplemos, nos producen placer.
   Tan complicado es el mundo que hemos ido poco a poco construyendo que hemos olvidado cultivar en nuestro huerto del ánima la sencillez, precioso fruto que en estos días tanto hemos de cuidar y mantener.
   No sé cómo será el mundo después de esta terrible prueba de la epidemia, de esta horrorosa plaga que tanto nos atosiga, pero sí sé que, cuando se llenen de vida algún día de nuevo las calles, deberíamos recordar que la vida no puede ser, ni mucho menos, tan complicada.
   Por ello escribo y por ello rezo. ¡Resistiremos!

  




martes, 31 de marzo de 2020

LA TAREA DEL DIARIO







A mis alumnos 


   Si tuviera que mandarles estos días a mis alumnos una tarea de calado, les encomendaría la de escribir un diario.
   El pasado 21 de marzo, Scott Kelly, astronauta de la NASA ya jubilado, quien pasó casi un año en la Estación Espacial Internacional, publicó en el periódico norteamericano The New York Times una serie de consejos para sobrellevar mejor el confinamiento del coronavirus.
   Aparte de otras recomendaciones como seguir un horario, mantener un ritmo, acostarse a la misma hora cada día, realizar pasatiempos, estar en contacto con gente querida, escuchar a los expertos, trabajar de la mejor manera posible, Kelly señala la importancia de ir escribiendo un diario.
   El astronauta retirado nos aconseja intentar describir lo que estamos experimentando a través de los cinco sentidos o escribir sobre nuestros recuerdos. Esa escritura tendrá el efecto de ayudarnos a poner nuestras experiencias en perspectiva y nos permitirá, más adelante, mirar lo que ha significado en nosotros este momento único en la historia.
   La verdad es que, aunque alguna vez he estado tentado de ir escribiendo un diario, nunca (hasta la bitácora de estos días) lo había llegado a realizar. Lo que quizás me echaba para atrás es el hecho de que, en un diario, el escritor de ficción que en el fondo soy se ve sometido a los eventos de cada día, que son los que marcan sus impresiones.
   En condiciones normales -y estas no lo son- escribir un diario es someterse a la ordinaria realidad del día, por lo que dicha escritura es incompatible probablemente (al menos para mí) con una escritura de ficción, que dejo reservada para las vacaciones de verano.
   Sin embargo, en estos días extraños y únicos, en que estamos viviendo una de las distopías del futuro que tanto leímos en libros de ciencia ficción, cualquier detalle (por ejemplo, un vídeo que nos mandan en el que se ve el esfuerzo titánico de los sanitarios españoles, quienes, con pocos medios, luchan contra el avance de la enfermedad) es importante y, si no es registrado en un diario, desaparecerá del archivo de nuestra mente.
   Nuestra memoria es frágil y olvidadiza. Por eso, escribir estos días un diario es una manera de fijar en él nuestras impresiones sobre este tiempo extraordinario en el que estamos ahora obligados a vivir.
   Cuando, transcurrido el tiempo, una vez que haya pasado mucho desde el último día del confinamiento, podamos volver a esas páginas, nos daremos cuenta del enorme valor que tienen. En ellas encontraremos las noticias que hoy nos atosigan, pero también las reacciones que tuvimos ante ellas. En definitiva, volveremos, gracias a las palabras, a recordar esta experiencia única. Si guardamos nuestros diarios del año de la peste, dentro de unos años tendrán un valor impresionante, pues en ellos las futuras generaciones encontrarán testimonios en primera persona de un hecho histórico.
   El Diario de Ana Frank tiene ese mismo valor. Empieza siendo simplemente, en junio de 1942, la narración de los días de una adolescente holandesa: sus regalos de cumpleaños, los exámenes finales, las películas que ve..., pero pronto se convierte en un testimonio imprescindible para entender la invasión alemana de Holanda un mes después y sus consecuencias sobre Ana y su familia.
   Otro famoso diarista, el funcionario y político londinense Samuel Pepys (1633-1703), recogió en su diario privado (1660-1669) acontecimientos importantes de la época, como la Gran Peste (1665-1666). Sus Diarios (en los que Pepys escribe de materias muy variopintas como sus comidas, el tiempo que hace cada día, sus horarios, el estado de sus cuentas, etc.) son una fuente de información apasionante para los historiadores de ese período.
   Así pues, el escritor de diarios no solo escribe para él, sino que tiene una voluntad de hacerlo también para la posteridad.
   Habíamos olvidado que la humanidad ha sido sometida también a muchas otras plagas en el pasado. Chateaubriand hace un exhaustivo recuento de ellas en Memorias de ultratumba.
   Una de las más antiguas de las que hay noticia fue la peste de Atenas (año 431 antes de nuestra era). Antes de ella, veintidós grandes pestes, según el escritor francés, habían azotado ya el mundo.
   De la peste de Atenas conservamos una descripción, la que de ella hizo el historiador Tucídides.
   Todos nosotros ahora, en estos meses difíciles, tenemos por delante una tarea, una responsabilidad con nuestros hermanos en peligro. Quizás, simplemente con llevar por escrito un diario que recoja nuestras vacilaciones, temores y esperanzas, podamos contribuir a la tarea común de luchar contra la enfermedad que nos intenta asolar.
   Si simplemente recogemos en un diario nuestros estados de ánimo, conseguimos de alguna forma exorcizar el fantasma de la angustia y, pensando en el futuro, plasmar un testimonio que tendrá su valor en el futuro.
   La historia se hace de grandes gestas, pero también de pequeños textos que son fruto de momentos de cambio como este que vivimos.
   Para los historiadores, sociólogos, filólogos o psicólogos, los textos que ahora estamos produciendo sobre esta situación que creíamos inédita serán dentro de poco un material valiosísimo con el que intentar comprender nuestras reacciones ante el miedo y la incertidumbre.
   Que no queden en el silencio de los siglos nuestras  ideas y pensamientos de estos días, sino que se plasmen en nuestros diarios, donde, pasado el tiempo, podremos encontrar, entre los gemidos de una humanidad desconcertada, la ilusión de la esperanza, la esperanza de salvación de quienes sufren, el latido generoso de corazones profundamente humanos que confían en la providencia y en la misericordia del cielo.
   Por eso escribo y por eso rezo. ¡Resistiremos!






lunes, 30 de marzo de 2020

EL TEATRO EN LAS AULAS





      A Conchita y Luisa,
mis queridas compañeras de Utrera


   Es una verdadera lástima que el teatro escolar haya tenido muy mala salud en los últimos tiempos. No quiero detenerme en las causas de este hecho, pero lo cierto es que los alumnos de ahora no tienen ni mucho menos la pasión por el teatro que nosotros, sus profesores, heredamos de los nuestros.
   Muchos de los profesores de mi generación, los del medio siglo (año arriba o abajo), cuando éramos alumnos actuábamos en las funciones escolares con una fruición digna de ser mencionada. En mi caso concreto, recuerdo haber participado en murgas de carnaval, imitaciones y en actuaciones teatrales cuyos textos los elaborábamos los propios alumnos.
    Con mis amigos “Rafi” y Ángel escribí varias obras de teatro en las que el protagonista era un tal Antonio, un periodista que iba siempre en busca de noticias frescas. Creo recordar que una de aquellas obras la llegamos a representar los compañeros de curso con ayuda de un monitor de teatro que apareció en el último momento, días antes de la actuación.
    Pienso que mi gusto por el teatro me viene de haber contemplado una representación de La casa de Bernarda Alba de Lorca en el salón de actos del colegio. Aquellos actores eran curiosamente presos de la cárcel de Huelva.
   Ya en el primer curso del instituto (1º de BUP), la profesora de Historia, Carmen, le propuso a mi clase dos opciones: o estudiábamos el tema de la Revolución Francesa para un examen o montábamos una representación teatral sobre ella.
    La clase se decidió por hacer teatro, encomendándome a mí, ya que todos mis compañeros conocían mi gusto por la escritura, la tarea de escribir el texto.
    En las vacaciones de Semana Santa me empapé en una enciclopedia de la historia de aquella revolución y al volver al instituto le presenté el drama histórico, el cual aún conservo, a la profesora.
    A final de curso representamos la obra para todo el instituto.
    Yo pensaba que mi tarea en aquella función había concluido con la escritura del texto, pero resultó que el alumno que iba a hacer de Robespierre enfermó y, a mi pesar, tuve que reemplazarlo.
   La televisión de aquella época contribuía en gran medida a fomentar nuestro gusto por las tablas, ya que en la mítica serie de programas Estudio 1 aparecían representaciones teatrales de grandes obras clásicas y contemporáneas. La lista de todas las representaciones en aquel mítico programa es apabullante. Otros programas de teatro televisivo fueron Noche de teatro y Primera fila.
   Como profesor he seguido fomentando en mis alumnos mi gusto por el teatro: con ellos he dirigido, en los últimos años, una adaptación teatral del episodio de los molinos de viento de El Quijote, una lectura dramatizada del entremés en prosa Celos, de Pedro Muñoz Seca y el montaje, para el certamen de teatro del IES El Majuelo de Gines, del “Entremés del mancebo que casó con mujer brava”, una de las piezas del Retablo jovial, de Alejandro Casona.
   Montar hoy con los alumnos una representación teatral, a pesar de las dificultades, tiene muchas ventajas. El teatro es una forma magnífica de crear la unión de un grupo a través del humor y de la imaginación. Por otro lado, es un acceso magnífico a grandes obras de nuestra literatura, lo cual permite que ellos puedan mejorar su vocabulario y, lo que es más importante, su vocalización y su desinhibición a la hora de enfrentarse a un público.
   En el archivo en Internet de Radio Televisión Española (RTVE), " RTVE A la carta", podemos acceder a los vídeos de los programas de Estudio 1, Primera fila y Noche de teatro. Es una magnífica oportunidad estos días para poder ver a grandes actores españoles interpretando textos teatrales de la literatura española y extranjera.
   Dejo aquí una lista de títulos de dichos repositorios, incluyendo, en algunos casos, vídeos de Youtube de estos montajes de teatro para televisión y montajes de teatro aficionado:

   -La viuda valenciana, de Lope de Vega.
   -El mejor alcalde, el rey, de Lope de Vega.
   -Peribáñez y el comendador de Ocaña, de Lope de Vega.
   -¡Ay, Carmela!, de José Sanchís Sinesterra.
   -Cianuro, ¿solo o con leche?, de Juan José Alonso Millán.
   -La dama del alba, de Alejandro Casona.
   -Que viene mi marido, de Carlos Arniches.
   -Los caciques, de Carlos Arniches.
   -La venganza de don Mendo, de Pedro Muñoz Seca.
    -Ninette y un señor de Murcia, de Miguel Mihura.
   -La bella Dorotea, de Miguel Mihura.
   -El caso de la mujer asesinadita, de Miguel Mihura y Álvaro de Laiglesia.
   -Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura.
   -El genio alegre, de los hermanos Álvarez Quintero.
   -Doce hombres sin piedad, de Reginald Rose.
   -Eloísa está debajo de un almendro, de Jardiel Poncela.
   -Angelina o el honor de un brigadier, de Jardiel Poncela.
   -Cuatro corazones con freno y marcha atrás, de Jardiel Poncela.
   -El mercader de Venecia, de William Shakespeare.
   -Julio César, de William Shakespeare.
   -El enfermo imaginario, de Molière.
   -El avaro, de Molière.
   -Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.
   -Calígula, de Albert Camus.
   -Las brujas de Salem, de Arthur Miller.
   -Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen.
   -Casa de muñecas, de Henrik Ibsen.
   -Un marido ideal, de Oscar Wilde.


   Que el teatro ilumine nuestras sombras en estos tiempos de incertidumbre.
   Por eso escribo y por eso rezo. ¡Resistiremos!




domingo, 29 de marzo de 2020

OLVIDAMOS AMAR




   A mi suegro, el profesor Rogelio Reyes, que tantas lecciones tiene aún que enseñar a sus queridos alumnos

   En la lista de películas relacionadas con la educación que publiqué ayer en este blog olvidé mencionar una de las que mejor han tratado la relación de un profesor con sus alumnos en los nuevos tiempos: Profesor Lazhar (Philippe Falardeau, Canadá, 2011).
   Está ambientada en un colegio de primaria de Montreal, adonde llega, como sustituto de una maestra suicida, Bachir Lazhar, un refugiado argelino que a su vez arrastra consigo el drama de haber tenido que huir de su país en circunstancias trágicas.
   A pesar del ambiente de duelo en la clase, de las dificultades del profesor para integrarse en la cultura canadiense, de su tragedia personal, de la presión del entorno docente (padres, colegas o directivos), Lazhar logra el milagro de conectar perfectamente con sus alumnos para llevar a cabo un aprendizaje real basado en la lectura y la escritura y también, por encima de todo, en la humanidad y la cercanía.
   En estos días de confinamiento evocamos todas las experiencias maravillosas que tuvimos fuera de los muros de nuestras casas, pero también vamos descubriendo los pequeños detalles de humanidad que nos hacen ser mejores. Y todo porque nos damos cuenta de que olvidamos lo que nos hace humanos: amar.
   Olvidamos amar a veces cuando, metidos en el frenesí de las horas, despachamos a las personas en aras de las cosas o de la prisa del reloj.
   Olvidamos amar cuando escribimos estos días un correo electrónico y ni siquiera añadimos un encabezamiento de ánimo (“Buenos días, espero que todo te vaya bien”) o un final generoso (“Cuídate mucho”).
   Olvidamos amar cuando nos dejamos llevar por la desazón o el odio y gritamos a quien tenemos al lado, que suele ser quien más nos quiere.
   Olvidamos amar cuando exigimos a otro con palabras imperativas respuestas que apenas le salen de los labios o de la pluma, callados ante el silencio de estos días sin huella.
   Hemos olvidado tantas veces amar en el pasado que ahora no nos costaría nada seguir haciéndolo.
   En la educación, por ejemplo, hemos asistido en las últimas décadas a un deterioro cada vez más generalizado de la convivencia en los centros, tanto públicos como concertados o privados.
   La palabra del profesor ha sido minusvalorada en los últimos tiempos por la presencia de unas pizarras digitales sin apenas mantenimiento; por grupos de WhatsApp en que algunos padres lanzan al aire invectivas contra la labor docente sin saber realmente qué criticar de los profesores; por una prisa y una pulsión desmedidas por las notas y no por lo aprendido; por numerosos alumnos que apenas valoran la autoridad del docente y su entrega amorosa y decidida a ellos; por un ruido omnipresente en las clases que ahoga toda posibilidad de intercambio real y humano.
   Todos los profesores, yo el primero, nos equivocamos (afortunadamente, por que si no, no seríamos humanos), y lo hacemos igual que todo el mundo. Por eso, igual que todo el mundo, tenemos derecho al perdón y a la redención.
   En las aulas de todo el país, ahora vacías, aún retumba todo ese ruido, todo ese estrépito, toda esa maledicencia. Cuando volvamos a ellas, hagamos el favor entre todos de volver a valorar el trabajo vocacional y amoroso de los maestros y profesores.
   Cuando Albert Camus ganó el premio Nobel de Literatura, escribió esta conmovedora carta a su maestro de primaria:




   Que un ejemplo de humanidad como este ilumine nuestros pasos por los pasillos de los centros educativos cuando, al fin, puedan abrir sus puertas de nuevo.
   Por ello escribo y por ello rezo. ¡Resistiremos!








sábado, 28 de marzo de 2020

LA ASIGNATURA PENDIENTE DEL CINE EN LAS AULAS






A mi compañero y amigo Rojo,
enamorado como yo de La gran belleza

   Hace unos años que, a los centros escolares de toda España, empezaron a llegar las pizarras digitales, las cuales fueron instaladas al lado de (o en lugar de) las pizarras clásicas de tiza de toda la vida.
   Dejando a un lado el asunto, no baladí por otra parte, de los problemas de mantenimiento de dichas pizarras digitales, hay que decir que han supuesto una auténtica revolución en la explicación de determinadas materias.
   Sin embargo, no creo que hayamos sabido utilizarlas para explicar una asignatura que aún está pendiente de aparecer en los currículos establecidos por las leyes educativas: el cine.
   Solo se utilizan las pizarras digitales para poner películas en circunstancias excepcionales: huelgas, días finales de trimestre o de curso en que apenas hay alumnos... Y además muchas veces son películas del gusto de los alumnos, que hasta llegan a traértelas en un lápiz de memoria para “exigirte” que se las pongas. Por otra parte, esas películas necesitan dos horas seguidas de clases de dos profesores distintos, y el segundo profesor nunca está dispuesto a seguir proyectando la función.
   Soy un gran amante del cine en todas sus épocas, por lo que, aunque mi asignatura es Lengua Castellana y Literatura, no pierdo la ocasión para, de vez en cuando, proyectar pequeñas joyas del séptimo arte, muchas de ellas basadas en textos literarios. Por supuesto, lo hago con intención didáctica, para que me hagan un resumen de la trama o escriban sus impresiones sobre las escenas que han visto en la pantalla.
   Recuerdo la cara de asombro de unos alumnos míos de segundo de ESO de hace unos años cuando les proyecté películas de cine mudo de veinte minutos de Buster Keaton. Ahítos de ver películas llenas de estímulos sonoros desde su tierna infancia, descubrían por primera vez un lenguaje diferente, hecho de gestos y caídas, el lenguaje más antiguo del cine y, precisamente por eso (debido a que no habían visto apenas esos filmes), el más novedoso para ellos.
   Teniendo en cuenta que ni siquiera en la televisión pública se proyectan ya películas clásicas (no digamos ya las de cine mudo) me parece una auténtica aberración que a un alumno, al final de su etapa de educación secundaria, no se le haya ofrecido la oportunidad de poder ver películas como Casablanca, Ladrón de bicicletas o Dersu Uzala, por poner ejemplos de filmes de tres ámbitos culturales distintos.
   Hace falta una asignatura titulada Cine. ¿Por qué?
   Porque en una sociedad en la que cada vez tiene más importancia la imagen, a los alumnos hay que enseñarles cuestiones técnicas (plano, escena, montaje...) que luego podrán desarrollar en vídeos realizados por ellos mismos. No olvidemos que el vídeo se utiliza como herramienta didáctica, de promoción publicitaria, de creación artística, etcétera.
   Otro motivo para organizar dicha asignatura es que el cine es una gran escuela de vida y de valores. La fotografía, el montaje, el sonido, las interpretaciones de los actores, el guion..., todo en una película obedece a una intención, a una enseñanza que quiere transmitirse con igual o desigual fortuna.
   Hace unos años empecé a hacer una lista de películas en las que la educación tiene un papel muy importante. La ofrezco aquí por si alguien estos días de confinamiento quiere ver alguna de ellas. La lista no está organizada de ninguna manera, pues simplemente la he ido rellenando conforme me iban llegando las referencias de las películas. Tampoco he querido tener una intención de consignar una lista exhaustiva y completa.
   Hela aquí (cada película tiene un enlace a una crítica o referencia):

   -Adiós, Mr. Chips (hay dos versiones de la historia, una de 1939 y otra de 1969).
   -En el abismo, de Jonathan Kaplan.
   -La clase.
   -En la casa.
   -Conrack.
   -Ser y tener. (Documental)
   -Half Nelson.
   -If.....
   -Los desaparecidos de Saint-Agil (Christian-Jacque).
   -La pizarra.
   -Ni uno menos.

   He visto algunas de ellas, no todas. Sé que algunas pueden ser un tanto violentas, pues describen situaciones de barrios marginales en los que la educación reglada es la última prioridad. Sin embargo, es una buena lista para empezar a iniciarse en películas de calidad, las cuales, además de por sus bondades artísticas, tocan el maravilloso mundo de la educación en las aulas.
   Ahora que están tan de moda las series, recomiendo una sobre un profesor de filosofía: Merlí. He visto con mi hija sus cuarenta capítulos y debo decir que, salvando la obsesión por mostrar los encuentros sexuales de los personajes hasta límites irrisorios, me parece una buena aproximación fílmica al asunto de la enseñanza de la Filosofía en las aulas de bachillerato, aunque se tocan también otros temas de actualidad interesantes y polémicos.
   La continuación de la serie, Merlí: Sapere Aude, en la que el personaje principal sigue las enseñanzas filosóficas en la universidad, no he llegado a verla, pero creo que va en la misma línea.
   Ver cine puede ser un magnífico entretenimiento en estos días de confinación.
   Que el cine nos lleve más allá de las vidas confinadas en nuestras casas para, igual que la buena literatura, poder conocer otras vidas, otros mundos, otros paisajes más allá de los de nuestras ventanas.
   Por ello escribo y por ello rezo. ¡Resistiremos!


viernes, 27 de marzo de 2020

EL REFUGIO DE LOS LIBROS






   A mis compañeros y amigos Alberto Torres y Paco García, así como a la memoria de Juanita, mi querida vecina de Riotinto, que ayer tuvo el imperdonable detalle de dejarnos y de llevarse consigo su gracia almonteña


   Emily Dickinson (1830-1886), una de las más exquisitas poetisas de la historia de la literatura, quien apenas publicó sus versos en vida, dejó en su poemario Carta al mundo un magnífico poema sin título, dedicado a la pasión por los libros antiguos:


Un precioso, refinado placer
el encontrarse con un libro antiguo
vestido a la manera de su tiempo;
un privilegio, creo,

tomar su venerable mano,
calentarla en la nuestra,
y volver, a través de algún pasaje,
hasta los tiempos en los que era joven,

indagar sus curiosas opiniones,
ir desplegando su conocimiento
sobre aquello que ambos tenemos en común,
desde su vieja letra;

lo que los estudiosos apreciaban entonces,
y en qué se competía
cuando una certidumbre era Platón,
y Sófocles un hombre;

y Safo estaba viva,
y llevaba Beatriz
el vestido con que la adoró Dante.
Realidad de otros siglos

que él puede atravesar familiarmente,
igual que un forastero que llegase
para decir que eran verdad tus sueños,
porque él vivía donde se tejieron.

Su presencia te hechiza,
no quieres que se vaya;
y los viejos volúmenes asienten suavemente
para tentarte así.


   [Poema II (569) de la edición de Carta al mundo de la editorial Renacimiento, Valencina de la Concepción (Sevilla), 2016. Traducción de José Cereijo y Miranda Taibo.]


   Para los lectores acérrimos, especialmente los de libros antiguos (entre los cuales me incluyo), la lectura tiene un poder mágico y maravilloso: el de lograr conocer cómo eran las mentes de los hombres del pasado, sus angustias, sus inquietudes y deseos, su sentido del arte, de la familia, de los viajes, de la escritura, de la ciencia, de Dios...
   Leer es, de alguna forma, trasladarse a otras vidas, reales o inventadas, en las que uno puede instalarse simplemente abriendo un conjunto de hojas impresas que no necesitan conexión a ninguna clase de red ni instalación de ningún tipo.
   A los bibliófilos (o bibliómanos, según se mire) nos gustan los libros también por su forma. Gracias a su aspecto pretendemos deducir en un primer golpe de vista el autor, la editorial, el autor de la portada y muchos otros detalles que, para quienes apenas leen o nunca leen nada, pasan desapercibidos.
   Leer, para un amante de la lectura, es otra forma de alimentarse. Igual que alimentamos nuestro estómago diariamente de viandas, igualmente hay que entrenar la mente con la lectura de textos provechosos e iluminadores.
   En estos días de confinamiento sigo con la lectura de Memorias de ultratumba, del escritor, político y diplomático francés François-René de Chateaubriand (1768-1848). Es un libro en dos volúmenes de 2700 páginas que inicié en enero del año pasado.
   La historia del libro es curiosa: Chateaubriand quería que sus memorias se publicasen cincuenta años después de su muerte (para asegurarse así que hubiesen muerto personas citadas por él en el libro), y así constaba esa cláusula en el contrato con su editor. Lo que sucedió fue que dicho editor de libros vendió a su vez los derechos de publicación a un editor de un periódico, con lo cual el autor, que no quería ver publicadas en vida sus memorias, tuvo que resignarse a verlas editadas en la prensa diaria.
   Durante este tiempo de lectura, he llegado a leer dicho libro en trayectos de metro de doce minutos, hasta que llegó un momento en que me di cuenta de que no era una lectura para situación tan breve y con tantos estímulos visuales y sonoros. Además, me sentía un bicho raro, pues el resto de los pasajeros del metro (salvo uno o dos inadaptados como yo) lo único que leían eran sus móviles.
   Pasé hace unos meses a dejar el libro para ratos de ocio por las tardes en casa y, para el metro, recuperé la sana costumbre mañanera de leer la prensa diaria en papel. Seguía sintiéndome un elemento extraño de todas maneras, pues los únicos diarios en papel que veía en los vagones eran los de la prensa gratuita.
   Sin embargo, en un confinamiento como este, en el que nos cuesta palparnos y encontrarnos el cuerpo, se nos hace muy necesaria la lectura “de verdad”, en la que uno hace frente al libro sin la urgencia del tiempo, que termina siendo muchas veces lo que termina echando para atrás a muchos lectores frustrados.
   Ahora tenemos tiempo. Impuesto, sí, pero tiempo al fin y al cabo. Un caudal de tiempo sin horas en el que recuperar las horas luminosas que produce en nuestra alma la lectura.
   ¿Libros antiguos o modernos? Da igual, siempre que sean de calidad. ¿Y cuál es la piedra de toque para reconocer dicha calidad? Que nos conmuevan, que sacien nuestra curiosidad, que nos hagan conocer mejor la realidad del mundo y que, a pesar del esfuerzo que hay que emplear para ello, llenen los estantes sin fondo del archivo de palabras que todos tenemos de fábrica en la mente.
   Si algo bueno está teniendo esta pandemia es la generosa aportación de muchísimas instituciones culturales y empresas de comunicación, las cuales nos están ofreciendo gratuitamente contenidos culturales para que el confinamiento sea más llevadero. Entre esas aportaciones, está la de facilitar un acceso universal y gratuito a la lectura.
   Ahora tenemos una oportunidad única para leer, sin la urgencia de las manecillas del reloj, grandes libros que nos alimenten. No la desaprovechemos.
   Por ello rezo y por ello escribo. ¡Resistiremos!

  

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