miércoles, 18 de marzo de 2015

ELOGIO DE LA SONRISA




    Hay sonrisas que valen un Potosí. En el instituto donde doy clase hay una de ellas.
    Vas por el pasillo o por una escalera con prisas, agobiado por el peso del calendario, cansado de madrugar y de intentar explicar en clase algo decente a quienes ni siquiera te miran a la cara cuando, de repente, te encuentras a veces con unos ojos radiantes de felicidad que destilan amor a la vida, los de una antigua alumna que aún recuerda momentos de mis clases de Literatura.
    Y en ese momento, más allá de las máscaras que nos imponen las convenciones, en el encuentro de dos almas que se miran, gracias a la profundidad de esa preciosa sonrisa, la mañana se llena de luz. Es la suya sonrisa alegre que traspasa tu máscara de profesor adusto, que desarma tu ingrato papel de pastor del vociferante rebaño de los pasillos.
    Te das cuenta entonces de lo difícil que es encontrarte hoy delante de tus ojos una sonrisa franca, sincera y abierta como ésa, heredada de sus ancestros al final de una cadena de siglos.
    La historia de una persona es también, entre otras, la historia de su rostro y en esta vida hostil, por desgracia, abundan los gestos ruines, resentidos y torcidos por encima de sonrisas amables y sin dobleces como la de esta niña, sonrisas que te hacen amar el simple hecho de estar vivo, el simple y al mismo tiempo maravilloso acto de comunicarte sin palabras con otra persona en un diálogo de complicidad y cordialidad que dura sólo un mágico instante en una escalera bulliciosa inundada de una luz sobrenatural de invierno.


viernes, 13 de marzo de 2015

EL FRACASADO ASESINO PSICÓPATA SUICIDA Y SUS PARANOIAS PARA NO DORMIR (PESADILLA)






    El psicópata eligió un mal día para cometer el magnicidio en el instituto en el que sentía que le habían arruinado la vida.
    Por fin podía poner en práctica las lecciones de miles de horas de videojuegos sangrientos. Lo tenía todo comprado en el mercado negro: granadas de mano, cuchillos de monte, lanzacohetes, fusil de asalto, pistolas...
    Había calculado hasta el nanosegundo cómo debía actuar. Igual que un animal de presa que atacara sin piedad ni remordimientos de conciencia, debía ser rápido, mortal, insaciable en la matanza.
    Pero se le olvidó un detalle, un minúsculo detalle que estropeó todos sus planes, minuciosamente programados desde hacía meses: aquel día el instituto estaba cerrado porque era el Día del Profesor.
    Lo último que pensó justo antes de que aquella bala destrozase su cerebro de malnacido fue que, de nuevo, para su desgracia, igual que en tantas otras veces le había ocurrido en los exámenes del pasado, los cuales había dejado en blanco una y otra vez, se le había escapado una nueva oportunidad de aplicarse, esta vez la última.
    El rojo del borbotón de sangre puso la nota final sobre su carne suspensa: “Insuficiente”.

viernes, 20 de febrero de 2015

DE LOS CAMAREROS DE SEVILLA






    Uno de los defectos de la nación española, según el sentir de los demás europeos, es el orgullo.

    José Cadalso: Carta XXXVIII de las Cartas Marruecas (1789).



Al maestro de periodistas Antonio Burgos


    Hace poco mi mujer, mi hija y yo salimos un viernes a dar un paseo por el centro de Sevilla y entramos en un bar. El sitio era pequeño, con pocas mesas. ¿Saben Vds. lo que siente un hombre invisible? Pues así nos sentimos en aquellos instantes porque la camarera, que parecía la dueña, pasó olímpicamente de nosotros. Es más, el colmo fue observar que se estaba dedicando a probar una rica cerveza desde detrás de la barra. Decidimos irnos y, cuando estábamos en la puerta, se acercó a preguntar. A buenas horas mangas verdes.
    Pero no acabó ahí la cosa. Entramos en un bar que estaba al lado y, después de estar unos diez minutos esperando, el camarero, que apenas tenía tarea, va y nos dice que nos tiene que atender por otro lado de la barra. Y vino aquí la segunda escapada nuestra. Batimos el récord olímpico de salida de bares.
    Llevo viviendo en Sevilla desde mis tiernos diecisiete años (ahora voy camino de los cuarenta y cuatro) y no es la primera vez que me pasa. A estas alturas casi me siento sevillano, aunque no puedo evitar tener el corazón dividido en otra parte, la de mis vivencias riotinteñas. El caso es que hay un tópico en esta ciudad: el de que es ciudad acogedora.
    En parte es verdad, y conozco a muchos sevillanos viejos que lo confirman, pero hay un hecho que lo pone en cuestión: lo chocantes que son muchos de sus camareros, lo cual, en una ciudad que vive en gran parte de los turistas que a ella acuden, es un hecho preocupante.
    Para empezar, tienes que perseguirlos cada dos por tres, hasta para que se cobren. Después de unas tapas con los amigos, en medio del jaleo de un bar quieres pagar e irte y finalmente consigues que te presten atención: “¿Se cobra, por favor?”. Entonces te contestan como lo haría un gallego, con otra pregunta, en este caso terrible: “¿Qué ha sido?”.
    Otro asunto es la forma de actuar en el servicio: pegan gritos cada dos por tres y, cuando tienen que hablar, no acompañan los gestos con palabras (con un “ahí tiene usted la tapita”, por ejemplo). Además, te sirven las cervezas como si estuviesen cortando troncos con ellas, pegando taponazos de espuma en la mesa que te hacen fibrilar porque cuando lo hacen estás metido en la conversación. Todo ello ofrece un trato chocante y desabrido que echa para atrás, aparte de que a veces te toca el típico camarero grassiosso que tiene la gracia donde yo me sé... Podría seguir con la enumeración de conductas impropias, pero no quiero hacer sangre.
    La causa de estos hechos, en mi opinión, se debe a la escasa voluntad de servicio a los demás y el pecado del orgullo que predominan en nuestra cultura, así como la disconformidad con el trabajo desempeñado.
    Conozco casos de bares arruinados por sus propios camareros. La clientela no es tonta y lo que busca es, aparte de una cuenta no excesivamente abultada, la calidad de una buena cocina y un buen servicio.
    La clave está también en la escasa formación de muchos camareros. No pretende uno que sepan cuáles fueron las ideas de Platón o de Einstein, pero sí al menos que tengan un mínimo de empatía con el cliente.
    Antes era éste un oficio para toda la vida. Ahora, la vida laboral de muchos camareros está llena de trabajos de escasa duración. Hoy se hacen mal muchos trabajos, mientras que antes se hacía bien uno solo. Quien te sirve la cerveza estuvo hace meses en la recogida de aceitunas y dentro de poco estará poniendo ladrillos o en la vendimia. Esta movilidad hace que no se conozca a fondo ningún oficio y que la implicación afectiva con el trabajo y con la inversión que han hecho los dueños del negocio sea nula.
    Recuerdo que hace muchos años, cuando aún no peinaba canas, escuché en la radio un proverbio chino que me hizo empezar una colección de citas: “Quien no sepa sonreír que no vaya a abrir tienda”.
    Señores camareros de Sevilla: fórmense como Dios manda, hagan bien su trabajo y, sobre todo, aunque no les salga de dentro, sonrían al cliente, porque éste se llevará a su casa de Japón, Italia o Estados Unidos su cara como ejemplo de la forma de ser de la ciudad.

miércoles, 18 de febrero de 2015

LA BRASA VIVA DEL MIÉRCOLES DE CENIZA






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Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.


Antonio Machado: final del poema A un olmo seco”,
de Campos de Castilla (1907-1917).



    En los primeros trinos de unos pájaros en el amanecer de hace unos días; en la luz que avanza conquistando las oscuridades de amaneceres y atardeceres; en la visión de la primera cigüeña; en el lento retroceso de las últimas toses; en el aumento imperceptible de la temperatura; en el abandono de la ropa más gruesa en el más profundo rincón del armario; en el encaje de los cuerpos, habituados al frío a su pesar durante tanto tiempo; en las hojas que el calendario va dejando caer en busca de la Resurrección; en las miradas, que dejan de enfocar al fondo de uno y de pronto encuentran al otro con su belleza; en el movimiento de las iglesias con sus hermandades; en las calles, más animadas y sonorosas que en los gélidos meses invernales; en las visitas cada vez más frecuentes a las playas; en las lunas llenas, que ahora son contempladas con arrobamiento y embeleso; en el amor, con su dulce melodía de colchones; en el gusto por la cerveza, degustada placenteramente a la temperatura perfecta en conversaciones sin prisa; en la belleza de la ciudad, de nuevo recuperada en deliciosos paseos vespertinos; en las nubes, ¡siempre las nubes!, que son mensajes de Dios a quien sabe leer sus rosas entrañas; en el tímido repiqueteo de las últimas lluvias en las ventanas; en los esplendorosos rayos que, en un solo instante, atravesaron el gris plomizo del cielo de ayer; en las yemas de las ramas de los árboles, aún ateridas pero con ansias de mostrar al aire sus brotes nuevos..., en todo ello juntamente has venido notando, intuyendo consciente o inconscientemente, poco a poco, día a día, desde hace semanas, en una iluminación por entregas, que ya está aquí, y que ha llegado para quedarse, la primavera.
    Y una vez más, en una nueva vuelta de la rueda del tiempo, te aprestas a apurar sus vísperas, temeroso de que se marchen sin que las hayas vivido intensamente.
    Acerca, pues, tus dedos al calor de la brasa viva del Miércoles de Ceniza. Mañana serás polvo pero hoy, al menos, te queda la dicha de estar vivo en la luz de las horas.
 

viernes, 13 de febrero de 2015

MÓVILES EN UN RESTAURANTE NEOYORQUINO (CASO VERÍDICO)




    Querido lector:

    Un famoso restaurante que lleva abierto muchos años en Nueva York y de cuyo nombre no quiero acordarme, al cual acuden tanto nativos como turistas, decidió hace un año contratar a una empresa para intentar descubrir por qué estaba teniendo malas críticas últimamente.
   Aunque en aquel local sirven más o menos siempre al mismo número de comensales, las quejas por la calidad del servicio habían aumentado, a pesar de que los dueños habían contratado a más camareros y de que habían reducido el número de platos de la carta.
    Las quejas más usuales en las páginas de crítica gastronómica de la ciudad tanto de éste como de otros restaurantes de la zona se referían a que el servicio era lento y al hecho de que el cliente tenía a veces que esperar mucho en la calle para poder conseguir mesa.
    La empresa contratada por el restaurante inicialmente hizo alusión a la necesidad de más formación por parte de los camareros y al hecho de que muchos de ellos estaban desbordados. Cuando les preguntaron a los dueños por su sistema de cámaras de vigilancia, estos dijeron que diez años atrás estaba formado por cintas de vídeo que registraban toda la actividad. Las grabaciones se conservaban durante noventa días por si se necesitan por algún motivo. Dicho sistema de grabación fue sustituido más tarde por uno de cámaras digitales.
    La empresa encargada de estudiar la situación del restaurante sugirió la idea de intentar localizar las viejas cintas de vídeo con idea de poder contrastar cómo se comportaban los empleados hace diez años y cómo se comportan ahora.
    En el almacén no se encontró al principio ninguna cinta. Sin embargo, sí lograron hallar las cámaras antiguas y, afortunadamente, cada una tenía en su interior una cinta con grabaciones. Esas cintas no habían sido eliminadas cuando se cambió al sistema de cámaras digitales.
    La fecha de la grabación más antigua es la del jueves 1 de julio de 2004. Ese día el restaurante estaba lleno.
    Se comparó dicha grabación con la del jueves 3 de julio de 2014, o sea, con imágenes del mismo sitio diez años después. La cantidad de comensales era la misma.
    Los resultados de la investigación fueron asombrosos. Veamos los resultados ordenados en la secuencia temporal:

    1. Llegada al restaurante y petición de comida:

    -En 2004 entran los clientes, se sientan y se les entregan las cartas. De los 45 clientes, 3 piden sentarse en otro sitio.
   Los clientes de media tardan 8 minutos en cerrar la carta para mostrar que están dispuestos a pedir la comida. Los camareros toman el pedido al instante.

    -En 2014 entran los clientes, se sientan y se les entregan las cartas. De los 45 clientes, 18 piden sentarse en otro sitio.
    Antes siquiera de abrir la carta, sacan sus móviles. Algunos sacan fotos mientras que otros hacen algo con sus aparatos (el estudio no llega hasta el punto de desentrañar qué es lo que hacen con ellos).
    De los 45 clientes, 7 hicieron ir rápidamente a sus mesas a los camareros, les enseñaron algo de sus móviles e hicieron perder una media de 5 minutos a dichos empleados. Como es material de archivo reciente, se les preguntó a los camareros qué habían querido de ellos los clientes y aquellos respondieron, al ver las imágenes, que la razón de esos diálogos se debía a que los comensales tenían un problema con la conexión Wi-Fi y les habían pedido a los camareros que les ayudasen a resolver sus problemas de conectividad.
    Finalmente, los camareros se dirigen a las mesas para ver qué les gustaría pedir a los clientes. La mayoría no ha llegado a abrir las cartas, por lo que los camareros tienen que esperar a que se decidan.
    Hay clientes que abren las cartas del restaurante, colocan sus manos agarrando el teléfono en la parte superior de aquéllas y continúan haciendo no se sabe qué con sus móviles.
    Los camareros regresan para ver si están preparados ya los señores clientes para encargar la comanda o si tienen alguna pregunta. Los clientes piden más tiempo aún hasta que, finalmente, están listos para pedir los platos.
    Los clientes de media tardan 21 minutos desde que se sientan hasta que encargan la comanda.

    2. La llegada de los platos:

    -En 2004 los entrantes tardan en llegar unos 6 minutos. Obviamente, los platos más elaborados tardan más. De 45 clientes, 2 de ellos devuelven platos.
    Los camareros echan una ojeada a las mesas para acudir en cuanto el cliente necesite algo.

    -En 2014 los entrantes tardan en llegar unos 6 minutos. Obviamente, los platos más elaborados tardan más. De 45 clientes, 26 tardan una media de 3 minutos en tomar fotos de la comida. 14 de los 45 se hacen fotos entre sí con la comida delante de ellos o mientras comen, revisan las fotos y, a veces, sacan una foto más. Este proceso de media dura unos 4 minutos.
    De 45 clientes, 9 devuelven platos para que sean recalentados. Obviamente, si no se hubiesen dedicado a utilizar sus móviles, la comida no se hubiera enfriado.
    Un total de 27 de los 45 clientes les piden a los camareros que les hagan una foto de grupo, de los cuales 14 les piden que les hagan una más porque no estaban contentos con la primera. De media este proceso, entre la charla previa y la revisión de la foto, dura unos 5 minutos y, lógicamente, provoca que cada camarero-fotógrafo no pueda atender a otras mesas que esté sirviendo.
    Dado que en la mayoría de los casos los comensales están constantemente atareados con sus móviles o con aparatos tecnológicos similares, de media se tardan 20 minutos desde que terminan de comer hasta que piden la cuenta.

    3. La cuenta:

    -En 2004, los clientes terminan de comer, se les trae la cuenta, pagan y en 5 minutos se marchan.
    Tiempo total desde el inicio hasta el final de la comida: una hora y cinco minutos de media.

    -En 2014, una vez que llega la cuenta los clientes tardan de media 15 minutos en pagar y en marcharse.
    De los 45 clientes, 8 se tropiezan con otros clientes o con algún camarero por estar escribiendo mensajes de texto en el móvil mientras caminan para entrar o salir del restaurante.
    Tiempo total desde el inicio hasta el final de la comida: una hora y cincuenta y cinco minutos de media.

   Fuente: themetapicture.com


    Pregunto: ¿cuándo empezó este mundo a perder el juicio?


sábado, 7 de febrero de 2015

LA NECESIDAD DE TOCAR(NOS)





    Querido lector:

    Quiero compartir con Vd. una anécdota personal y una reflexión:

  1. LA ANÉCDOTA PERSONAL:

    Venía yo deseando desde hace tiempo tener en casa un espacio de trabajo manual en el que poder dar salida a mi afición por el bricolaje.
    Porque ¿me puede Vd. decir, con lo pequeños que son los pisos de hoy en día, dónde puede uno tener un banco de trabajo en condiciones y sus herramientas ordenadas como Dios manda para poder cortar, limar, apuntillar, atornillar... todo tipo de objetos?
    Me dirá Vd. que ésa es una pasión muy masculina. Es cierto que a muchos hombres nos gusta (nos encanta, diría yo) transformar los objetos de nuestro mundo con el esfuerzo de nuestras manos.
    Y, por supuesto, es ésta una pasión que se hereda. Yo en mi caso la he heredado de mi abuelo Manuel, que fue mecánico de locomotoras en las viejas cocheras de Riotinto, y de mi padre, maestro en tener ordenada toda la ferretería.
    Por fin en las vacaciones de Navidad pasadas me decidí y logré meter una mesa de madera sin uso en el trastero de mi casa, nos sin antes, en un trabajo que duró cuatro horas, tener que alterar toda la disposición del mismo (libros, estanterías, armarios, bolsas de ropa...).
    Y desde entonces, poco a poco, he ido añadiendo mejoras a ese pequeño cuartillo mío, que es ya, como diría Gollum, el famoso personaje de El Señor de los Anillos, «mi tessooorooo».
    Hace unos días me dediqué a ir metiendo, ordenada en vasos de potitos infantiles ya desechados, toda la quincalla que tenía desparramada por varios lugares. Y empezó a salir todo un ejército de soldaditos de metal que ha quedado ya dispuesto a mis órdenes.
    De algunos sabía perfectamente el nombre de su regimiento: puntillas, grapas, arandelas, tuercas, tornillos de cabeza plana, tornillos de cabeza de estrella, chapas, alcayatas, arandelas... A otros, cuyo nombre desconocía, los metí en un vaso con la etiqueta de “RAROS”.
    Y mientras me empeñaba en aquella tarea iba yo meditando, cavilando, sobre aquel trabajo manual que yo desempeñaba y aquí viene entonces la

    2) REFLEXIÓN (el autor medita sobre la necesidad de tocar mientras ordena sus soldaditos de metal):

    «Uno de los problemas de nuestra época es que hemos perdido el contacto con la realidad de las cosas (o con las cosas de la realidad).
    »Andamos o, más bien, corremos en pos de entes etéreos que están en el vacío (contraseñas de Internet, archivos PDF, memes “grasssiossos” del guasa...) pero nos falta algo importante: tocar.
    »Nuestros trabajos son cada vez más mentales y menos físicos. Hay mucho tecleteo de ordenador y poco sudor.
    »También pasa que antes se componían (arreglaban) los objetos rotos, mientras que ahora se ha impuesto la cultura del usar y el tirar. ¿Cuántos paraguas rotos, por ejemplo, vemos tirados por la calle en días de lluvia?
    »Los pisos se diseñan ya para que tengan por ley en los garajes aparcamientos de bicicletas, pero nadie reserva un espacio para colocar un pequeño banco de trabajo y dos estantes donde el gen Neanderthal que todo hombre lleva dentro encuentre su válvula de escape.
    »Y lo malo es que esa ausencia de contacto físico con los objetos la trasladamos a la ausencia de contacto físico con los demás.
    »El último día de clase antes de las últimas vacaciones de Navidad, gratamente me sorprendió, por lo raro del caso, que un alumno al que estimo se acercase para ¡darme un abrazo! Es triste, sí, que estos casos no sucedan más a menudo.
    »Desde luego, hay muchos tipos de contacto físico, pero por supuesto me refiero al inocente, al fraternal y sincero, al desprendido, al que es entrega de afecto sin malicia alguna.
    »¿Qué ideas quedarán, me pregunto, de nuestro tiempo cuando los arqueólogos del futuro intenten inútilmente extraer los correos de nuestros ya inservibles servidores de correo? No sé qué quedará, pero sí lo que no quedará de nosotros: la memoria de una época afectuosa de cercanía y de contacto de almas».

    CODA:

    Sin embargo, siempre hay esperanza. Yo al menos, desde mi cuartillo, estaré dispuesto a componer o reparar, al precio de un buen apretón de manos, cualquier cacharro que tenga Vd. a bien traerme, querido amigo.

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