Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

lunes, 25 de abril de 2016

TEORÍA DE LAS NUBES (Poema en prosa)





    …Las nubes –dice el poeta [Campoamor]- nos ofrecen el espectáculo de la vida. La existencia, ¿qué es sino un juego de nubes? Diríase que las nubes son «ideas que el viento ha condensado»; ellas se nos representan como un «traslado del insondable porvenir». «Vivir -escribe el poeta- es ver pasar.» Sí; vivir es ver pasar: ver pasar allá en lo alto las nubes. Mejor diríamos: vivir es ver volver. Es ver volver todo un retorno perdurable, eterno; ver volver todo -angustias, alegrías, esperanzas-, como esas nubes que son siempre distintas y siempre las mismas, como esas nubes fugaces e inmutables.
   Las nubes son la imagen del tiempo…

   Texto de José Martínez Ruiz, Azorín, perteneciente al capítulo «Las nubes» de su libro Castilla (1912).


   En tierras llanas como la nuestra, las únicas montañas que gozamos son las que las nubes crean con sus cambiantes y caprichosas formas.
   A los contempladores nos gusta ver pasar las nubes, observar su apariencia, su tamaño, sus colores, su peso de agua, su movimiento, su quietud…
   A veces lo mejor de un día es la visión rosa de nubes incendiadas en su vientre durante el amanecer por los rayos del sol que nace o, al atardecer, los tonos del cielo que se oscurece reflejados en las blancas y grises montañas nubosas.
   A mí me gusta, en las últimas horas de la tarde, abrir las ventanas de mi casa que dan al ocaso y atender al misterio, cada día igual y al tiempo distinto,  de las nubes volanderas, misterio con que Dios nos anuncia cada atardecida la belleza del mundo.
   Sobre todo en primavera y en otoño, los cielos son espléndidos lienzos en los que el Creador pinta, cada atardecer, un cuadro hermoso que induce a la calma, a la serenidad, al refugio en el alma del cansado guerrero.
   En esta época de prisa frenética y ruidosas voces, contemplar con atención las nubes es encontrar la calma perdida en las trampas del día, es encontrarse en silencio con uno y también encontrar a Dios en el simple detalle de un alto montículo blanco de vapor de agua tocado por el brillo rosáceo del último rayo de sol del día.
   Saber vivir cada jornada es, entre otras cosas, saber contemplar cómo pasan las nubes. Y es también saber abrir los brazos para recibir los dones del misterio de lo creado.

viernes, 15 de abril de 2016

EL NIÑO EN EL ADULTO QUE SOY





   Quisiste ser niño para siempre y conservar en la memoria las palabras y los dibujos de aquellos libros (los primeros de tu vida); apresar el brillo, el olor y el color de cada instante; preservar la magia del alma de tus mayores…
   Quisiste, ¡ay!, que los veranos fueran eternos; que el mar nunca se llevase enfurecido tu barco de vapor de juguete; que se eternizase tu aprendizaje de gacetillero entrevistando a porteras de balonmano en las olimpiadas escolares o a cómicos de la legua en el teatro del pueblo para el periódico del colegio; quisiste también que la barra de arena de la playa te surtiera siempre de coquinas; que no se fueran nunca de tu recuerdo feliz las miradas brillantes de tus primeros amores…
   Creciste, tu cuerpo se llenó de carne y de arrugas ocultando el de aquel crío, y creíste, más tarde, más abajo en el caudal de la vida, que no podrías ser niño para siempre. Y un velo de tristeza empañó tus evocaciones.
   No obstante, un día, no hace mucho tiempo, iniciaste, gracias a una inspiración celeste y quizás por tu trato constante con escolares, el relato de tus descubrimientos infantiles, y se abrió en ti una compuerta gracias a la escritura de aquellas remembranzas. Supiste entonces que un caudal de recuerdos se conservaba intacto, fresco y puro en tu alma y, lo mejor, que aquella fuente, aquel manantial de agua limpia pugnaba por brotar en forma de palabras inextinguibles que te ataban a la versión más cristalina de ti mismo.

   Y es que, caro amigo de siempre, en tu sonrisa límpida y amable y en tu avanzar firme por la vida aún permanece, eterno, constante, inamovible, inagotable, aquel niño bueno, inquieto, curioso, hablador, escritor, rebelde y atónito que dicen que eras y al que no has llegado a dejar atrás, en realidad, en ningún instante de tu vida.

lunes, 11 de abril de 2016

CUADRO CUBISTA DE UNA PLAZA DE TOROS






   Habéis contemplado durante siglos, en el ovoide imperfecto, dentelladas de perros alanos, banderillas negras y de fuego, a reyes, a viajeros románticos, a toreros y apoderados de toda laya, carteles, entradas de antiguas faenas…
   Vuestros ojos han visto, desde la altura del viejo foro, barcos en el río, caballos desvencijados, billetes de amor, ordenanzas, monedas, gradas, tendidos, balconcillos, barreras, capotes de brega y de paseo, muletas, mantones, mantoncillos, mujeres guapas, gente siempre bien vestida, y toros, muchos toros…
   Toda la historia de un coso: planos de la primera plaza de madera, el montículo del Arenal, la hermandad del Baratillo, la Virgen de la Caridad en la capilla de los toreros, el rezo, el valor, la sangre, el esfuerzo, el sudor, fotos antiguas, los palcos de autoridades, los cabildos, la empresa, los maestrantes, proyectos de ampliación del anfiteatro, crónicas taurinas del pasado, tablas tomadas con prisa para evitar la cornada…
   El tañido de las campanas de la Giralda ha acompañado vuestra visión de las espadas frente a los cuernos, de banderilleros y picadores, sombreros de todos los colores, posaderas, abrigos, abanicos, carteles antiguos de museo, las fiestas de cañas, salidas a hombros, tardes de soberano aburrimiento y sol de plomo, cuerpos enlazándose y desenlazándose y nubes, hermosas nubes de primavera…
   Han visto vuestros ojos las plazas de madera anteriores, toros en la plaza de San Francisco, en el matadero de San Bernardo, pintores, fotógrafos, poetas, políticos, bebidas, avellanas, el arrastre de mulillas, la suerte de la garrocha, rejoneadores, ojos que contemplaron y contemplan fijamente, el desolladero, toros muertos pesados con romana, moscas golosas, mujeres toreras, vuelos graciosos del engaño, puros habanos, cigarrillos, pañuelos blancos, el callejón, el miedo, el paseíllo, la música de los pasodobles, el pellizco de deleite en el alma, orejas, rabos, camarógrafos que grabaron la visita de famosos, de cantantes, el puente de Triana…
   También cogidas mortales o leves, caballos sin peto y con peto, espontáneos, broncas, la plaza partida en dos, el pueblo y la nobleza unidos en un solo espacio, mítines políticos, la cabalgata de Reyes Magos, la porta gayola…

   Faenas épicas y de ensueño y todas esas piedras de siglos las habéis visto siempre vosotros, los vencejos, que, cada tarde de abril, bajáis de las nubes volanderas en pequeño grupo, enlazándoos y desenlazándoos, para dar vueltas infinitas y perfectas a la hermosa plaza de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, vueltas que paran el tiempo en medio del impresionante silencio de los hombres ante la maravilla del arte y la belleza.

martes, 5 de abril de 2016

A UN PÁJARO MUERTO








   Dejarás de soñar con oropéndolas,
con el brillo del sol en el agua,
con vuelos azules de atardecida,
con piadas sonoras, altisonantes,
con bosques, con nidos, con selvas…

   Dejarás atrás tu vida de ave
y tu alma remontará el vuelo
hacia lo profundo del cielo,
y ya no serás nada,
ni siquiera un nombre perdido
entre los meandros del río.

   Y quedará tu cuerpo ajado
al pie de hermoso árbol,
pasto de las hormigas,
del viento, de la desidia,
de la lluvia de primavera…

   Pero, antes de que ni sombra seas,
una tierna niña vendrá a tu lado
a cubrir de flores rojas tu regazo
y un poeta te cantará versos
para acompañar tu último
paseo por las nubes de marzo.

   Serás, en fin, tierra, polvo,
una presa más de la pérfida muerte,
pero tu premio de versos y flores
lo llevarás lejos, muy lejos,
más allá del horizonte,
más allá del tiempo y de la lluvia,
adonde Dios aguarda a las aves
que dejaron al fin su vuelo,
quietas las trémulas alas
que, en el fondo
de los valles,
lo buscaron.



viernes, 1 de abril de 2016

EL ADÚLTERO (Cuento)









A mi querida esposa, Eva María, a quien tanto quiero, que me ha ayudado a rematar este cuento

   Fue en un momento de desconfianza en su matrimonio con Adela cuando Cristóbal conoció a Carmen.
   Los habían presentado unos amigos comunes en la feria de Sevilla y luego había vuelto a coincidir con ella varias veces en el autobús de vuelta a casa desde el trabajo.
   A partir de entonces, cada vez que volvían a encontrarse en el autobús, salían chispas de los ojos de ambos, y los dos lo sabían.
   Su matrimonio duraba ya veinte años y, si no cansado de las rutinas diarias, al menos Cristóbal se sentía deseoso de cambiar en algo, aunque no sabía en qué.
   Adela, su esposa, era una mujer entregada a él y a sus hijos (Antonio, de seis años, y María, de cuatro) y él la quería mucho. Sin embargo, algo que él calificaba como “la llamada de lo salvaje” lo tenía intranquilo, sobre todo por las noches, cuando daba vueltas una y otra vez en la cama con imágenes de sábanas ardientes.
   Antes de conocer a Carmen, él fantaseaba estúpidamente con encontrar a una fiel amante que satisficiera todas sus fantasías y que estuviese en todo momento dispuesta a complacerlo.
   En el fondo, “la llamada de lo salvaje” era el deseo de multiplicar su simiente amorosa en la tierra, la vieja aspiración de todos los machos que en el mundo han sido, la cual en él era especialmente fervorosa.
   Su vida hubiese seguido igual si no hubiese conocido a Carmen, pero al conocerla a ella poco a poco empezó a ver realizado su deseo.
   Él vivía con su familia en Sevilla, pero a las afueras de un pueblo cercano a la capital tenía una casa de campo, heredada de sus padres, a la que sólo iba con la familia en vacaciones.
   Cristóbal inició, tras muchas noches de ensoñaciones eróticas, su asalto a la fortaleza de Carmen, no demasiado defendida ante sus oxidados métodos de seductor.
   Ella entró pronto y bien al trapo que él le tendió. Se empezaron a amar en aquella casa de pueblo húmeda, fría y desangelada. El trabajo era la excusa con que Cristóbal engañaba a su mujer.
   Él buscaba en toda ocasión pretextos laborales para encontrar momentos para “amar” a Carmen. Ella, sin compromiso alguno con nadie, se entregó al “juego del amor” con él.
   Pasó el tiempo, que es la piedra de toque de todo. Su mujer no parecía sospechar nada. Él, sin embargo, empezó a sentirse mal con aquella situación.
   Carmen, su amante, se dio cuenta de su malestar. Hablaron:
   -¿Es que ya no me quieres?
   -No es eso, es que… No podemos seguir así…
   -¿Vas a dejar a tu mujer?
   “Dejar a mi mujer…” Aquella frase se le instaló a Cristóbal en el cerebro y no lo dejaba dormir.
   ¿Cómo iba a dejar a su mujer, si seguía amándola y aquella relación con Carmen era sólo un desfogue de viejo macho con el único deseo de reverdecer sus laureles?
   Él se dio cuenta de que había entrado en un peligrosísimo juego en el que se mezclaba realidad y fantasía, amor y deseo sexual, necesidad de compartir la vida con alguien y necesidad fútil de descargar energía.
   Empezó a sentirse sucio por dentro. En otra tarde de encuentro Carmen notó su inquietud, su zozobra. Él no pudo reprimir todo lo que sentía. Habló de dejar aquella locura:
   -Eres joven, tienes toda la vida por delante. No te empeñes en estar conmigo. Muchos hombres han de quererte.
   -¡Pero yo te quiero a ti! ¡Sólo a ti!
   Aquel día, por primera vez desde que iban a la casa del pueblo, no hicieron el amor. Algo se había roto entre ellos.
   Pasó el tiempo. Dejaron de verse. En el autobús rehusaban el contacto de la mirada. Un buen día, ella salió por la puerta del autobús y esa fue la última vez que él la vio. Según le dijeron, ella se había ido a trabajar a Inglaterra.
   Él volvió a la rutina diaria con su mujer y sus hijos, creyendo que Adela nunca había sabido nada de todo aquello.
   El episodio de la amante fue quedando muy atrás en el tiempo.
   En su recuerdo quedaron sólo imágenes de gimnásticas posiciones sobre la cama de sus padres en la casa del pueblo, imágenes que alimentaron un tiempo sus sueños pero que se volvieron cada vez más borrosas, recuerdos tristes de una época en que quiso, sin ser consciente de ello, multiplicar su simiente por el mundo a toda costa.
   Con el paso de las estaciones, aquellas imágenes quedaron en su memoria como el fruto de algo sucio, de un intento de felicidad vacío, huero, sustentado en una infidelidad que podía haber provocado gran infelicidad entre los suyos.
   El paso del tiempo le hizo convencerse de que podía haber provocado el estallido de su matrimonio, el sufrimiento de sus hijos y el de su mujer, Adela.
   Cuando había casi olvidado todo aquello, un día su mujer, con lágrimas en los ojos, le confesó que sabía todo lo de su relación con Carmen. “Sevilla no es tan grande como para poder ocultar algo así”, le dijo con tristeza.
   Ella se había enterado por una conocida del pueblo, que le había comentado su extrañeza por las risas y las luces encendidas en días de entre semana en la vieja casa del pueblo. Adela ató cabos sueltos y descubrió la verdad, la sucia verdad.
   Adela decidió separarse de su marido. Él tuvo que irse de la casa, sabedor de que su mujer no iba nunca a dar marcha atrás en esa decisión.
   Con todo, su separación fue amistosa. Tenían dos hijos en común y ello les hizo mantener un contacto fluido y cotidiano.
   Cristóbal se sentía muy apenado por haber provocado la ruptura y haber perdido el contacto diario y afectuoso con su mujer y sus hijos.
   En su nueva casa, un pequeño piso oscuro en una avenida ruidosa de la ciudad, él no hacía más que alimentar su pena, la cual se hizo más grande cuando, al año de la ruptura, supo que Adela había rehecho su vida con un compañero de trabajo de ella.
   Se volvió un misántropo desengañado. Vivía en un desamparo constante del que lo sacaban sólo sus hijos en las ocasiones en que podía estar con ellos.
   Siempre, hasta el final de su vida, se lamentó de haberse dejado llevar por sus impulsos carnales en busca de un bienestar de la carne falso y vacuo.
   Nunca volvió a compartir su vida con nadie. Amores ocasionales de fin de semana no llegaron nunca a llenar su corazón como Adela, aquella mujer a la que se arrepintió siempre de haber engañado.
   Pasaron décadas. Envejecieron los dos, cada uno por su lado. Ella, feliz en su nuevo matrimonio; él, solo y resentido, a la vez que cada vez más debilitado. Finalmente, el paso del tiempo lo precipitó hacia la consunción. Un día, su debilidad no le permitió darse cuenta de un incendio en la cocina de su casa. Supo que había llegado por fin el momento de irse a una residencia.
   Adela desde el primer momento se ofreció a ayudarlo, olvidando viejos resquemores. Se portó con él de una forma magistral.
   Volvió el tiempo, por no hacer en su costumbre mudanza, a pasar y a mudarlo todo con su prisa de siempre. En el lecho de muerte de él, casi como acunándolo, ante el inevitable lamento entre lágrimas de Cristóbal por su infidelidad de años atrás, Adela le susurró unas palabras al oído que lo hicieron al fin descansar en paz:
   -Yo siempre lo sospeché, desde el primer momento. Los hombres no sois tan listos como nosotras. 
   »Está bien, no llores. Los hombres no tenéis la culpa de ser tan tontos. Las tontas son muchas de las mujeres que aguantan todas vuestras meteduras de pata.
   »Afortunadamente, las mujeres somos mejores que vosotros en algunas cosas: en que buscamos dentro de casa lo que vosotros buscáis fuera; en que encontramos en el fulgor del fuego del hogar la realidad más hermosa; en que sólo nos contentamos con palabras de cariño o leves caricias (apenas roces) para encontrar la plenitud con vosotros; en que buscamos el calor de la lumbre para nuestros hijos antes que el fuego de pasiones deslumbradoras y vanas…
   »Cristóbal, dejémonos de sandeces. Te quise, te estimo y siempre te estimaré. Y nada de lo que hayas podido hacer me ha quitado del corazón esa certidumbre que no me abandonará.
   »Vete en paz, y cuida desde el cielo de tu mujer y de tus hijos.
   »Perdóname si me he portado mal alguna vez contigo. Descansa…».
   Horas más tarde, al tiempo que el alma de un viejo adúltero arrepentido subía al cielo, una bandada de vencejos piantes surcaba el violáceo horizonte de una hermosísima atardecida casi de primavera.
   En su subida hacia el cielo, aún pudo contemplar el escaparate de una peluquería, cerrada años atrás, en el que vislumbrábase el rostro de una joven hermosa e insinuante. El encendido fuego de amor aún crepitaba en las cenizas de la apenada alma voladora.

   El silencio de las nubes todo lo envolvía.

martes, 29 de marzo de 2016

POESÍA DE GUARDIA PARA LOS MALES DEL CORAZÓN












   A veces uno necesita poemas
como el estómago alimento
o como el sediento agua.

   Necesitamos versos
que apaguen fuegos interiores
o sirvan para encenderlos;
que calmen congojas
o exalten nuestros logros;
que suavicen desencuentros,
que lloren a los finados,
que nos iluminen el mundo…

   A veces necesitamos la poesía
como el pan el hambriento,
una poesía consoladora,
alimentadora,
iluminadora,
que calme nuestras zozobras,
que, no lo olvidemos,
los males del corazón sane.

   Un poeta es un boticario
que expende en sus versos
fórmulas magistrales,
cordiales invitaciones
a vivir con fe la vida,
a hallarnos en el nosotros,
a encontrar la alegría
(bella música del alma)
en una hermosa imagen;
a encontrar, como tesoro,
en el fondo de las palabras
añejas, en amarillentas páginas,
o nuevas, en rutilantes pantallas,
nuestro ser más preciado.

   A veces,
en suma,
muchas veces,
necesitamos,
apenas sin saberlo,
poemas, poetas,
versos de agua, pan o fuego.



sábado, 26 de marzo de 2016

STABAT MATER DOLOROSA




   A mi hermana Ana, que siempre comparte mis palabras

  

   La Madre de Cristo estaba
al pie de la cruz llorando,
a su hijo muerto miraba
y le iba implorando:


   -Hijo mío, luz del mundo,
dulce flor de la mañana,
volverás de lo profundo,
fe convertida en campana.


   »Como el buen escultor,
que con amor rocas labra,
esculpirá el corazón
el buen pan de tu palabra.


   »Renace, hijo, en mi alma,
trae esperanza a todo hombre,
danos paz y danos calma
con sólo mentar tu nombre.


   »Y que la puerta del cielo
al fenecer se nos abra
por tener fe y consuelo
en el pan de tu palabra».

Buscar este blog

Cargando...

Archivo del blog