Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, poesía, reflexiones varias...) del profesor José Manuel Gómez Fernández.

domingo, 24 de enero de 2021

EL ALUMNO OLVIDADO

 







A mi prima Amalia, con todo mi cariño, y al recuerdo entrañable de su marido Manolo, que en paz descanse

 

        Hay muchos momentos que se pierden en el océano del tiempo: risas, miserias, sufrimientos, odios, lágrimas, iluminaciones, epifanías y hallazgos de belleza.

N., aquel chaval, no era ni mucho menos alguien brillante, ningún cultivador de la milenaria afición a la lectura. Nunca había pisado una biblioteca, como su compañero más cercano al fondo de la clase, y no tenía el más mínimo interés por los estudios.

No era especialmente conflictivo, aunque de vez en cuando su rencor por el instituto lo llevaba a gritar su inconformismo, a levantarse sin permiso y a rebelarse contra la autoridad de unos profesores que le habían puesto hacía tiempo la etiqueta de indomable. Y desde luego mantener ese papel requería de un esfuerzo diario que le iba pesando a aquel niño que jugaba torpemente a ser hombre.

Su mundo era otro y estaba dentro de la pantalla de su móvil: la adicción a los videojuegos, a las redes sociales, a las apuestas en línea, a la pornografía, a las islas de mil tentaciones...

La desgana era su estado habitual. Había visto ya a su edad una andanada de imágenes que habrían impresionado y ruborizado a cualquiera de sus antepasados.

Ahíto de todo, paseaba su hastío por los rincones, en un eterno ir y volver sin sentido. Acompañado siempre de una furia contra el mundo y de un ruido mental y vocal estrepitoso, no estaba preparado para saber vivir en sociedad porque, sencillamente, nunca nadie se había sentado a su lado para susurrarle amorosamente las tres verdades simples del arte de vivir.

Sus padres, separados desde que él era muy pequeño, habían rehecho sus vidas con otras parejas, pero en ambas casas la convivencia era muy difícil. Sus hermanos y hermanastros tampoco eran personas de talante amable.

La pandemia había venido a rematar aquel estado de cosas totalmente inestable. Tanto su padre como su madre habían perdido sus trabajos. La situación era preocupante, pero a él parecía no importarle nada. Se había fabricado una coraza de ira para evitar ser malherido por un mundo que no entendía. Llegó incluso a pensar en el suicidio. Su madre quería llevarlo a un psicólogo.

Hay muchos momentos que se pierden en el mar del tiempo, pero hay otros que pueden quedar para siempre en la memoria de alguien. Quizás vivir consiste precisamente en hacer buen acopio de los instantes que pueden iluminarnos, aunque N. nunca se había llegado plantear esa idea: para él, vivir era simplemente sobrevivir, decirse (y decir a los demás) una y otra vez que pronto llegaría el momento en que encontraría su camino, en que sería del todo feliz.

Sin embargo, ese instante no terminaba de llegar nunca porque ni él sabía cómo encontrarlo ni, aunque supiese, tampoco estaba preparado para la serena aceptación de la realidad.

A veces, cuando nadie lo veía, lloraba de rabia en la cama por la noche como lo que era en el fondo: un niño pequeño anhelante de consuelo.

Un día se peleó en el recreo con un compañero, al que le rompió las gafas. Llamaron del instituto a sus padres. A la mañana siguiente, su madre lloró lágrimas amargas mientras firmaba el trámite de audiencia del protocolo de expulsión a casa de su hijo.

N. pasó aquellos quince días peleado con el mundo más que nunca, solo y tumbado en la cama, jugando horas y horas muertas a los videojuegos, entrando una y otra vez en páginas oscuras del vasto universo de la red.

Volvió, pasado ese tiempo, al instituto, pero algo había cambiado en él.

Al final de los días de su expulsión, había advertido al fin lo perdido que había estado durante años. Incluso veía ahora que el confinamiento del curso anterior, en el que la pandemia lo había obligado a permanecer en casa, había sido un tiempo muerto para él. Tiempo muerto no solo porque había perdido la vinculación con los estudios, sino también con la vida misma.

Aquella quincena de estancia en su casa, aquel nuevo confinamiento, esta vez motivado por el mal control de sus emociones, lo terminaron de convencer al fin de que, de una vez por todas, debía tomar las riendas de su existencia.

Quien narra esta historia no sabría decir qué momento, el día de su regreso al instituto, le hizo definitivamente cambiar de actitud: quizás fuese una explicación del profesor de Sociales sobre el origen de la escritura, o el comentario de un poema de Juan Ramón Jiménez por su profesora de Lengua, o la belleza de unas ecuaciones plasmadas en la pizarra por su profesora de Matemáticas, o la explicación del origen del universo por su profesor de Física, o quizás todo ello juntamente.    

Aquel día algo cambio en él, algo lo traspasó. Él lo llamó años más tarde el crujido.

Sí, algo crujió dentro de él. Aquellas explicaciones de sus profesores no eran muy diferentes de las que había escuchado hasta entonces, y tampoco distintas de las que recibiría posteriormente. Pero era él quien había cambiado, no el flujo de palabras, el hilo de voces que aseguraban la continuidad de la cultura contra viento y marea.

Aquella tarde se miró al espejo con su pelo teñido de blanco y no se reconoció. Se dijo que jamás se lo volvería a tintar de ese color, porque ya no querría volver a tener nunca la sensación de verse viejo sin serlo.

Tuvo esa noche un sueño apacible: andaba por el campo bajando por un camino de tierra. Al fondo del sendero, encontraba la punta de un estanque, se desnudaba y se sumergía en la lámina de agua transparente. Al fondo, los ojos de una ninfa lo miraban amorosos y aguzados.

Al día siguiente, a primera hora en clase su compañero más cercano, el frecuentador de bibliotecas, se sorprendió al ver que N., que había traído al fin una mochila a clase, sacaba de ella su libro, su cuaderno y un bolígrafo. Aún había tiempo para él en este mundo.

Hay muchos momentos que se pierden en el inexorable paso de los días, pero aquel precisamente yo, su profesora de Lengua, no lo olvidaré nunca.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Me encontré con él hace poco. Llevaba a su hijo en brazos. Aún tenía el pelo blanco.      

Me contó su sueño.

domingo, 17 de enero de 2021

EL NIÑO Y EL BIBLIOTECARIO

 



A mis compañeros bibliotecarios del IES María Galiana

 

        Los primeros días del curso, el chaval entraba azorado en la biblioteca de su nuevo instituto. Todo era extraño para él y también aquel depósito de libros, herencia del trabajo de muchos profesores que, en cursos anteriores, habían dedicado su esfuerzo a montarlo en horas sueltas entre clase y clase.

Una mesa en la entrada servía de barrera y recordaba que la biblioteca solo servía entonces como sitio de préstamo y devolución de libros y no como lugar de estudio. El dichoso virus Covid-19 había hecho incluso que a mediados de septiembre los profesores se llegasen a plantear la posibilidad de no abrir ese curso la biblioteca.

Pero ahí estaba aquel chaval de primero de ESO, que cada miércoles había decidido presentarse en la puerta de la biblioteca como si fuese la de una botica en la que solicitar remedios para el alma. Siempre sacaba un libro que invariablemente traía leído el miércoles siguiente con el propósito de llevarse otro para la semana posterior.

El bibliotecario que estaba de guardia ese día observaba el prodigio del nivel del lenguaje utilizado por el muchacho: a veces no hay mucho que observar en una biblioteca cuando apenas hay trabajo, cuando nadie viene a solicitar o a devolver ejemplares en un recreo.

Pero, por encima del registro culto y de los exquisitos modales empleados por el chaval, al profesor bibliotecario le llamó poderosamente la atención su curiosidad insaciable y su prodigiosa inventiva. Era una esponja que lo absorbía todo, un diamante en bruto por pulir.

El niño le contó que había escrito algunas obras de teatro, así como varias novelas. Era un verdadero prodigio.

Un miércoles, se presentó buscando un libro de un politólogo norteamericano, un denso tratado que ni estaba en la biblioteca ni el bibliotecario consideró apropiado para aquella mente tierna, a pesar de que se lo había recomendado al chaval un profesor suyo.

El bibliotecario, aun así, hizo el ademán de buscar el libro con el muchacho, quien, sin que apenas el encargado se diera cuenta, había pasado más allá de la barrera de protección que la mesa de la entrada intentaba establecer frente a la enfermedad contagiosa.

En una estantería baja había un conjunto heterogéneo de libros que habían sido depositados allí porque no encajaban bien en ninguna de las clasificaciones de las otras estanterías.

Bibliotecario y usuario, profesor y alumno estuvieron hojeando las páginas de aquellos libros diversos, buscando sin éxito entre los dos el de aquel experto en política.

Un escalofrío recorrió entonces la espalda del profesor: tuvo como nunca la certeza del valor de su trabajo, el de transmitir un legado, el testigo de la cultura, a las generaciones futuras, representadas allí en ese momento por aquel chaval imberbe de ojos curiosos.

Por fin, el bibliotecario dejó de fingir y decidió recomendar al niño un remedio infalible, la mejor fórmula magistral, el mejor medicamento para el espíritu, la más pura y concentrada dosis de literatura: un libro de poesía de Antonio Machado.

Aquel chaval que quería ser hombre (buceando en libros sobre las trampas de los políticos) se había encontrado con un hombre hecho y derecho, amante de la literatura y sus tiernas mentiras, que, aunque el muchacho no lo supiese, quería volver a ser niño para encontrarse con la pureza, con el entusiasmo por saber, con la recién creada mirada del mundo de aquel chaval, reflejada por unos ojos aguanosos encima de su mascarilla azul.

Fuera, en el patio de recreo, el resto de la chavalería se dejaba estimular por la droga de los móviles y sus trampas. En la cafetería o en la sala de profesores, los compañeros del profesor estarían desayunando y comentando las últimas noticias.

El bibliotecario pensó que, aunque solo fuera por ese alumno, que en solo cuatro meses era el único de su clase que había sacado ejemplares en préstamo de la biblioteca, tenía sentido mantener abierta aquella farmacia de palabras.

Cuando al fin se fue el alumno, el profesor, antes de que tocase el timbre que marcaba el comienzo de la cuarta hora, creyó ver en la puerta una sombra: era él, que, con diez años, atravesaba por primera vez la puerta de una biblioteca para no volver a salir nunca del refugio cálido de los libros.

Intuyó también otras sombras más lejanas y borrosas, las de otros niños que, en épocas antiguas, traspasaron alguna vez puertas parecidas (las de las antiguas bibliotecas de Alejandría, de Pérgamo, de Atenas, de Roma...) y las de los bibliotecarios que les franquearon los umbrales del saber, en una larga cadena de eslabones hechos de carne y palabra.

Y una luz de esperanza se iluminó en su corazón. Tenía toda una semana por delante para encontrar un nuevo descubrimiento para aquel niño, para la siguiente huella de una larga y azarosa caminata.

En la ventana, un tímido sol de invierno anunciaba la lejana esperanza de la primavera.

 

martes, 5 de enero de 2021

CABALGATA CELESTIAL (CUENTO DE REYES)

 



 

A mi hija y a todos mis queridos

sobrinos, en especial a Juanjo y  Rogelito

 

        Una mañana de finales de diciembre de 2020, llegó a una oficina de correos de la ciudad de Sevilla una curiosa carta.

        Era un sobre verde adornado con unos preciosos dibujos navideños con brillantina que lucían espléndidos bajo las luces de neón de la cartería.        

Normalmente, las cartas que, como esta de la que hablamos, llegaban en aquellas fechas y que ni siquiera estaban franqueadas con un sello -como manda por otra parte la normativa-, indicaban siempre los mismos destinatarios: Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente.

La caligrafía de dichos envíos era cambiante, en función de la edad del remitente: a veces, si los niños eran pequeños, sus padres se encargaban de redactar las cartas; cuando ya los niños estaban aprendiendo a escribir, iban rellenando ellos mismos aquellas peticiones de regalos con sus vacilantes primeras letras, pero lo que nunca variaba era el nombre de los destinatarios, el de los sabios de Oriente.

Invariablemente, fuese cual fuese la edad del remitente, siempre eran los niños (con o sin ayuda) los que  echaban las cartas en los buzones de correos.

Joaquín, el cartero de nuestra historia, era el encargado en la estafeta de recibir aquellas cartas y de depositarlas en una gran caja de plástico azul.

Sin embargo, la carta de la que hablamos era diferente. El destinatario era él. Sí, con grandes letras aparecía indicada la frase Al señor cartero encargado de la correspondencia de los Reyes Magos de Oriente.

Nuestro hombre se sorprendió al leer dichas palabras, pues era un hecho muy extraño que alguien enviase una carta tan bien adornada al propio cartero.

Joaquín preguntó al compañero que le había entregado la carta (Matías, un primo de su mujer) si había leído aquel destinatario, pero este le dijo apresurado que apenas la había mirado, pues la confusión en aquellos días de tantos envíos de paquetes era enorme.

“Ábrela, por favor; es para ti”, le dijo su compañero, despejando así cualquier duda sobre quién era el verdadero dueño de la misiva.

Joaquín quiso esperar entonces a que llegase el tiempo del desayuno. En aquel intermedio abrió el sobre y se encontró con la siguiente carta:

 

Querido cartero:

 

Me llamo Manuel y tengo diez años. Sé que en esta ocasión los Reyes Magos no van a poder desfilar como otras veces por las calles de Sevilla. Hay una enfermedad muy grave que no lo permite. Es la misma que en abril estuvo a punto de llevarse a mi abuela Carmen, la mamá de mi padre.

Sé que los Reyes están muy atareados intentando llevar la magia de sus regalos a todas las personas, así que te escribo mejor a ti, señor cartero, para que, cuando puedas, les hagas llegar mis palabras a ellos (mi mamá me está ayudando a redactar esta carta).

No quiero pedirles ningún regalo porque ya tengo muchos. Solo me gustaría que este año nuevo nos traigan salud y esperanza y que mis padres, que últimamente  pelean mucho, se lleven mejor.

He oído a unos compañeros del cole decir que los Reyes Magos no existen, pero sé que no es verdad. ¿Cuándo ha dejado de existir la magia, el milagro?

Me doy cuenta de que solo soy un niño pequeño, pero veo que muchas veces los adultos se comportan como tontos. Se portan así cuando no son capaces de ver la belleza del mundo, la magia de cada instante.

Por eso, me gustaría pedirles también a los Reyes a través de ti que nos hagan ver cada día el asombro de estar vivos y la belleza del mundo.

Gracias, cartero. Un saludo de

 

Manuel.

 

Con lágrimas en los ojos, el cartero cerró la carta, volvió a meterla en el sobre y la depositó con delicadeza en la gran caja azul.

Había reconocido la letra de su hijo.

Aquel día salió tarde de la oficina. Ya era de noche. A lo lejos, hacia el horizonte del sur, dos luceros alineados brillaban en la noche estrellada.

Al día siguiente empezaban las vacaciones escolares de Navidad y se iba a jugar la lotería del Gordo, aunque todos tendríamos en el bolsillo el décimo más valioso: el de estar vivos.

Al llegar a casa, Joaquín abrazó a su mujer y a su hijo desde lo más profundo de su corazón.

En la ventana brilló el destello de una estrella fugaz.          


viernes, 25 de diciembre de 2020

LA PROFESORA DE LATÍN




A vosotros, queridos lectores, a quienes deseo una feliz Navidad



        Recuerdo a veces con todo tipo de detalles, y a pesar del tiempo transcurrido, su voz, su mirada, sus gestos..., y creo entonces que aún la quiero con la misma intensidad que en aquellos días dorados en que yo cursaba el tercer año de bachillerato en mi pueblo, hace ya una eternidad.

        A pesar del tiempo transcurrido, de vez en cuando, en los instantes anteriores al sueño o en los previos al despertar, me viene el recuerdo de sus deliciosas mejillas coloradas en los fríos días de invierno o el de su melosa y musical voz, que recitaba el Arte de amar de Ovidio al tiempo que iluminaba mi alma de escolar, aún desconocedora de las trampas de la vida, apenas esbozadas en los libros juveniles que devoraba con fruición.

        Incluso creo recordar, o más bien imaginar, su perfume, quizás una fresca agua de colonia que inundaba el aula en cuanto ella aparecía.

        Tenía un rostro angelical de blancas mejillas, labios carnosos y sonrosados y unos ojos que llenaban todo con su luz. Su cara recordaba la de un pan tierno digno de ser comido despaciosamente, como el rostro de una madre para su hijo pequeño. Vestía de forma modesta, nada despampanante. Su secreto estaba en sus ojos y en la pasión con que nos traducía a los grandes autores grecolatinos.

        Continuamente hablábamos en los recreos de ella. Mis amigos la veían como un objeto de deseo más, un objetivo más de los muchos que imaginábamos en aquella época de despertar al deseo. Ellos alardeaban de cómo serían sus encuentros amorosos con ella, de cómo la aliviarían de su soledad.

        Sin embargo, yo la amaba. Incluso se burlaron de mí porque un domingo me encontré con ella en un paseo y la acompañé hasta su casa.

        Por ella sentía una verdadera fascinación. Ella era la encarnación de todo lo maravilloso que representa la figura mágica del profesor, de la persona que sabe y nos hace partícipes a todos de sus secretos: filosofía, literatura, latín, griego...

        Quizás gracias a ella, andando el tiempo, me convertí en profesor.

        Para mí aquella mujer representaba en sí misma la educación, la cultura.

        Tendría unos cuarenta años y, hasta donde yo sabía, era soltera. Entre semana vivía en un piso de alquiler en el pueblo. Todos los domingos llegaba de la capital de provincia en el último autobús para recorrer las solitarias y frías calles y encerrarse en una casa que yo imaginaba fría y desangelada. A veces, mientras en casa hacía yo los deberes de Latín, la imaginaba allí sentada, corrigiendo o preparando clases o exámenes, volcada en su oficio con una dedicación casi monjil.

        Helena nos hablaba de Ovidio, de Tácito, de Suetonio, de Plauto, de Aristóteles, de Platón, de Esquilo, de Sófocles, de Eurípides, de Cicerón... De aquella época maravillosa conservo ediciones de algunos de estos autores, pero lo que más recuerdo son los ojos y la voz por la que salían las palabras de aquellos viejos autores, que calaban muy hondo en nuestras mentes de adolescentes cargados de hormonas. Ella, con su experiencia, sabía aplacarnos las ansias simplemente con su palabra.

        Recuerdo que tenía muchas tablas en el oficio, lo cual le permitía lidiar con alumnos díscolos que querían distraerla, y también recuerdo que terminaba imponiéndose con las armas terribles de su bondad y de su amor a la enseñanza.

        No sé si, pasado un tiempo, alguno de mis alumnos tendrá de mí un recuerdo tan vívido como el que yo conservo de mi profesora de Latín.

        Por entonces los alumnos teníamos una especie de amor-odio hacia el instituto: odio hacia aquellas paredes en que encerrábamos nuestra juventud en vez de emplearla en perseguir ideales dorados por los campos infinitos y amor porque sabíamos -intuíamos más bien- que los días pasados allí no eran tiempo perdido, sino la siembra de una cosecha que daría sus frutos más adelante.

        Uno de mis compañeros, buen amigo mío, era mi compañero de correrías por entonces. Explorábamos los alrededores del pueblo en busca de emociones novedosas, de tesoros perdidos. En una de aquellas descubiertas, encontramos una oficina abandonada. Sin mucha dificultad pudimos entrar por una ventana. De pronto estábamos en mitad de una habitación con el suelo totalmente cubierto de papeles de todo tipo. Seguramente otros visitantes anteriores habrían estado buscando algo que vender. A nosotros simplemente nos movía la curiosidad.

        Nos llamó la atención una fotografía, la de una lápida romana, probablemente encontrada en los alrededores y catalogada años atrás.

        Al día siguiente, se la enseñamos a Helena como un trofeo de guerra, pero ella nos preguntó intrigada de dónde la habíamos sacado, como sospechando algo de nuestro allanamiento. Nos tradujo las palabras de la lápida sin mucho entusiasmo, quizás sabedora -por nuestras vacilaciones- que habíamos cruzado una fina línea.

        Aún recuerdo, como si fuera ayer, que yo iba los domingos a un puesto de observación cercano a la parada del autobús para espiar su llegada al pueblo. Allí llegaba ella con sus declinaciones, con sus lecturas de Platón y Aristóteles, con su soledad, con su tierna belleza que empezaba a ajarse. Un día me atreví a hacerme el encontradizo y me ofrecí a llevarle a casa su maleta llena de ropa y de libros.

        Al día siguiente fui el hazmerreír del instituto. “Pelota” fue lo más bonito que me dijeron.

        Con estas palabras pretendo hacer vivir de nuevo los bellos sentimientos que inspiró en mi candor aquella hermosa profesora de la que anduve enamorado hace ya tanto tiempo.

Pasó el tiempo. Terminé el bachillerato en mi pueblo y me fui a la capital a estudiar la carrera. Después vinieron las oposiciones y mi plaza de profesor, que en gran parte debo a las enseñanzas de Helena, mi profesora de Latín.

No supe nada de ella durante años. Un día me la encontré, ya jubilada y aún soltera, por la calle. La invité a un café. Hablamos de los nuevos tiempos en educación. Me confesó que se había jubilado harta de que se hubiese perdido la importancia del respeto al profesor.

También hablamos de los viejos tiempos del instituto de mi pueblo. Ella me confesó algo que me asombró: “Estuve enamorada entonces de tu juventud y de tu entusiasmo”.

Esa confesión fue un inesperado regalo para mí. De alguna forma cerraba un ciclo, el del amor nunca consumado, el del amor platónico de la imagen ideal del otro, hecha a nuestro gusto.

“¿Puedo darle un beso?”, le dije. Ella, azorada, contestó que sí. En un momento mágico que nunca olvidaré, le di un casto beso en una de sus mejillas sonrosadas. Tuve la sensación de que besaba un alma gemela.

No volví a verla. Hace poco supe, por un viejo compañero de pupitre, que ella había muerto.

Escribo estos recuerdos para hacerla vivir de nuevo, para recordar el amor platónico más tierno, más noble que nunca tuve hacia otra persona.

        Helena la de Troya nunca tuvo un servidor tan fiel.

       

       

 

        

               

lunes, 21 de diciembre de 2020

NAVIDAD FELIZ


 

        Porque hace tiempo que nos merecemos un descanso tras un año tan terrible como el que estamos padeciendo; porque hace años, mucho antes del coronavirus, que nuestra existencia se había convertido en un vaivén insufrible de idas y venidas marcadas cada vez más por una aplastante y temible presencia de lo tecnológico; porque habíamos olvidado en gran medida la parte humana de nuestra esencia en aras de una impasibilidad robótica que va en contra de nuestra naturaleza; porque arrinconamos la fe en una esfera tan íntima y privada que ello nos impide compartir con los demás su salvífica presencia; porque sencillamente somos humanos y ello nos debe enseñar la fragilidad de nuestro viaje a través del espacio y del tiempo; porque quizás hemos de desterrar de una vez por todas de nuestro corazón la idea de que seremos más felices cuanto más consumamos productos que al instante desecharemos o porque, simplemente, abandonamos hace ya una eternidad la idea de que podemos ser pequeños diosecillos de bondad que, al repartir amor por el mundo, armonizamos con las esferas del ancho éter para cantar así el milagro y el asombro de estar vivos, de solamente estar, de solamente ser.

        Por todo ello conjuntamente quiero, queridos lectores, felicitaros la Navidad, que este año va a ser a la fuerza tan diferente a lo acostumbrado.

        Si hay una palabra que ha definido este año, sin duda ha sido la palabra SILENCIO: silencio angustiado cuando en marzo oíamos los partes de guerra médicos en la radio, que no paraba de darnos noticias escalofriantes; silencio de incertidumbre cuando se paraba la actividad económica y el porvenir de muchas familias quedaba en el aire; y, al fin, ahora un silencio expectante y, en parte, ilusionado, por nuestra fe en los sanitarios y en los investigadores, que en un tiempo increíble han puesto en marcha medicamentos y una vacuna contra el virus que es la esperanza de una temerosa humanidad.

        Más allá de las disputas políticas, de los vaivenes ideológicos, del ruido de las redes, por encima de nosotros, más allá de las nubes, hay otro silencio: el de Dios, que nos contempla y nos ve pasar desde su altura con benevolencia, o eso al menos esperamos.

        Quizá Dios, si es tan terrible como imaginan algunas ideas de él, pensó que nos hacía falta como humanos todo esto (lo digo consciente del sufrimiento tan terrible que estamos padeciendo) para que pudiésemos entender una vez más en la historia que en el fondo somos de una fragilidad terrible y que no estamos solos en el universo porque hay un ser que nos hizo y aún nos acompaña en nuestro devenir por la galaxia.

        No dejamos de oír frases del tipo “¡A ver si acaba ya este año!”. Hay quien pretende olvidarlo, como si no hubiese pasado por nuestras vidas. Sin embargo, aunque queramos, no podremos olvidarlo nunca. No, hemos de vivirlo entero hasta el final, porque también el sufrimiento hay que vivirlo: hemos vivido demasiado tiempo con la idea de querer evitarlo a toda costa. ¿Acaso pensábamos que había vida sin sufrimiento?

        No sé si el ser bético tiene algo que ver con todas estas ideas, pero es evidente que el sufrimiento siempre nos ha curtido, siempre nos ha hecho más fuertes. Esta temible prueba de la pandemia ha extendido a todo el globo la idea de nuestra indefensión, pero también la de nuestra fortaleza y la de nuestra unidad, que muchas veces arrinconamos por culpa de banderías absurdas (“mi” barrio, “mi” equipo de fútbol, “mi” partido político, “mi” libro...).

        Pablo d´Ors, escritor al que admiro, autor de Biografía del silencio (magnífico libro de iniciación a la meditación), ha hablado en alguna ocasión de que intentó en muchas ocasiones sentarse, en sus meditaciones, en su camino espiritual, al lado de una “puerta” metafórica, al lado de un portal de acceso a la trascendencia esperando que se terminase abriendo, hasta que descubrió un día que no hay puertas o, mejor dicho, que cualquier tiempo, objeto, compañía o lugar puede ser una puerta al misterio. Y, si hay un misterio profundo en el devenir de la humanidad, ese es el de la Navidad.

        Porque Dios es y está aquí, porque Dios es y está ahora, queridos lectores, os deseo una muy feliz Navidad.

viernes, 4 de diciembre de 2020

¿HACE SONIDO UN BALÓN QUE BOTA A PUERTA CERRADA?



 
                                   A mi querido amigo Eduardo

Hace unos días, un querido amigo mío que se dedica en sus ratos libres a ser árbitro de mesa de partidos de baloncesto, sabedor de que he presenciado alguna vez partidos de baloncestistas en silla de ruedas y me ha emocionado el tesón y el denuedo con el que estos competían, me mandó un calendario de partidos que iban a desarrollarse cerca de mi casa por si yo estaba interesado en presenciarlos.

Al día siguiente me mandó un mensaje en el que se disculpaba por tener que comunicarme que desgraciadamente iban a desarrollarse a puerta cerrada.

Nada más que eso, un simple mensaje entre los miles que recibimos cada mes. Pero esta vez me paré. Me paré literalmente, dejé de caminar para leer bien sus palabras y pensé que aquella era la noticia que más me había marcado de toda la semana, aunque no sabría decir por qué.

Quizás porque hace tiempo que no dedico un rato a sentarme a escribir mis ideas (y debería hacerlo más); quizás porque estoy muy atareado últimamente con mi trabajo de profesor, tan distinto del que conocí hace veintidós años; quizás porque no termino de procesar del todo este año tan extraño y tan fúnebre que estamos ya acabando por fin; quizás porque, en el fondo, no terminamos de asumir del todo tanta prohibición de derechos que hasta hace poco eran fundamentales, a pesar de la comprensible urgencia de la situación sanitaria; quizás porque llueve y hace frío, y el invierno se aproxima a nuestras almas; quizás por todo eso conjuntamente y quizás por nada. Solo eso. Me paré.

Los escolásticos medievales discutían a veces sobre si hace algún sonido un árbol que cae en el bosque si nadie está cerca para oírlo.

No sé, el caso es que, aunque no pueda presenciar esos partidos tan cerca de mi casa, aunque ustedes no puedan verlos nunca en televisión, me consolará saber que alguien, con solo una pierna o ninguna, sudando la camiseta de su equipo en silla de ruedas, persigue, tirándose al suelo si es preciso, un balón de baloncesto o a Dios, que para el caso es lo mismo.

Feliz puente a todos, queridos amigos.

 

        

martes, 26 de mayo de 2020

LISTA DE RECURSOS PARA LA ENSEÑANZA Y EL APRENDIZAJE DE LA LENGUA Y LA LITERATURA ESPAÑOLAS



   Recursos de Lengua.

   Recursos de Literatura.






   Queridos lectores:

   Os presento una lista de recursos para la enseñanza y el aprendizaje de la Lengua y la Literatura españolas.
   Es un proyecto que llevo acariciando hace mucho tiempo y que ahora por fin ve la luz.
   Los profesores siempre vamos apuntando referencias de páginas web, de vídeos interesantes, de poemas, etc., los cuales quedan la mayor parte de las veces arrinconados en agendas antiguas que se pierden, se tiran o se olvidan.
   En mi caso, si algo bueno está teniendo el confinamiento es que me ha servido para ordenar muchos papeles que tenía sueltos por los cajones. Uno de ellos era una lista, fotocopiada hace tiempo, de recursos para mi profesión, la de profesor de Lengua Castellana y Literatura.
   Durante muchas tardes me he dedicado a buscar (rastrear más bien), con paciencia de monje cartujo, antiguos dominios ya inexistentes -geocities, telepolis, etc.-, muchos de ellos ya convertidos en humo, a la espera de que algún comprador les dé nueva vida.
   He agrupado los recursos en dos listas, una de Lengua y otra de Literatura, aunque hay portales en los que lógicamente aparecen las dos disciplinas.
   Soy consciente de dos pecados: el primero, que las listas son muy largas, pero creo que este es un trabajo que debe durarme mucho tiempo para preparar e impartir clases (y espero que sirva por supuesto a otros profesores de mi asignatura). El segundo pecado, inevitable por otro lado, es la disparidad de niveles recogidos. En mi defensa debo decir que los niveles y el grado de aprendizaje de los alumnos a los que les damos clase son muy diversos (desde los que acaban de dejar la Primaria hasta los que van a empezar estudios universitarios), por lo que hay que intentar atender esa diversidad de la mejor manera posible.
   No sé si incluir un tercer pecado (hoy habré de confesarme), la heterogeneidad de los recursos: páginas de sintaxis, vídeos, audios, periódicos... En mi opinión, los profesores de hoy hemos de aprovechar los recursos de la nueva tecnología (por supuesto sin obsesionarnos por ella) para mejorar nuestras clases, y si eso pasa por poner vídeos sobre la biografía de un genial escritor o audios sobre las vidas de esforzados deportistas hay que hacerlo. La meta es siempre la de mejorar la comprensión y la expresión (orales y escritas) de nuestros alumnos.
   El libro de referencia que he utilizado para escribir estas listas ha sido En_línea. Leer y escribir en la red, de Daniel Cassany (editorial Anagrama, 2012), interesante manual dedicado a la escritura y la lectura en la sociedad actual.
   Espero que les sirvan de alguna forma estos recursos. Un saludo.


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