sábado, 13 de diciembre de 2014

DE LA BREVEDAD


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A Rafael de Cózar “Fito”, in memóriam


    No cansar. Suele ser pessado el hombre de un negocio, y el de un verbo. La brevedad es lisongera, y más negociante; gana por lo cortés lo que pierde por lo corto. Lo bueno, si breve, dos vezes bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintas essencias que fárragos; y es verdad común que hombre largo raras vezes entendido, no tanto en lo material de la disposición quanto en lo formal del discurso. Ai hombres que sirven más de embaraço que de adorno del universo, alajas perdidas que todos las desvían. Escuse el discreto el embaraçar, y mucho menos a grandes personajes, que viven mui ocupados, y sería peor desazonar uno dellos que todo lo restante del mundo. Lo bien dicho se dize presto.

    Baltasar Gracián: aforismo 105 del Oráculo manual y arte de prudencia (Huesca, 1647). Me pregunto por qué Gracián, si tanto defendía la brevedad, no escribió sólo la famosa frase que destaco en negrita.



    Me dijo un amigo poeta hace ya tiempo que mis textos publicados en esta bitácora le parecían muy interesantes pero también demasiado largos.
    Aquella reflexión suya me llevó a pensar que debía quizás moderarme un poco y quitar mucha paja de mis textos para, de ese modo, buscar la brevedad. Por aquel tiempo una de mis entradas tuvo un número de visitas muy alto, y lo curioso del caso es que en dicha entrada de lo que yo hablaba era del silencio.
    La brevedad se ha convertido en objeto de deseo en estos tiempos de prisas y de exceso de información.
    Es indudable que un mensaje es muy efectivo cuanto más breve es, porque en su brevedad lleva aparejada la sencillez.
    Verbigracia, hoy mucha gente prefiere leer textos sencillos (en el móvil, sin ir más lejos) antes que largas narraciones en prosa propias de épocas pretéritas (Don Quijote, La Regenta, etcétera).
    Incluso se ha propuesto una lectura moderna de Don Quijote de la Mancha que convierte el genial texto cervantino en miles de mensajes de Twitter.
    Por desgracia, en esta época lo que no cabe en los 140 caracteres que permite Twitter en cada mensaje no existe. La sencillez y la brevedad ganan terreno a la complejidad y a la extensión.
    Vemos también esta tendencia en literatura: hoy tienen mucha importancia el microrrelato, el haiku, el microteatro..., que son todos subgéneros breves que responden a los deseos de sencillez, inmediatez y brevedad. Incluso podíamos calificar de microensayo a muchas entradas de blog como ésta que usted lee.
    Quizás la causa de ese deseo de sencillez esté en las prisas con las que encaramos ya nuestros tiempos de ocio y de negocio.
    El pobre currelante que pasa su semana pegando tumbos de un lado para otro, cuando llega sorprendentemente sano y salvo a su fin de semana, sigue todavía atado a su reloj de pulsera, el cual sigue marcando su agenda, de ocio en este caso.
    Y esas agendas de fin de semana tienen más notas que la de un ministro: Levantarse temprano para ordenar la casa. Luego ir a comprar, preparar la comida de media semana, almorzar, retozar brevemente para luego salir a comprar las entradas del microteatro, verlo en quince minutos, cenar de tapitas fuera, taxi rápido de vuelta y a la cama prontito que el domingo el niño tiene campeonato...
    Antes la gente no tenía agendas de fin de semana y, si las tenía, no apuntaba nada en ellas, salvo, si acaso, “descansar”.
    Con este panorama de vidas llenas de miles de actividades (eso sí, todas ellas cuanto más breves mejor), se sufre más estrés el fin de semana que en un día laborable. Así que, ¿leer con lentitud y delectación es opción viable?
    Nos falta reposo, señor lector. Y es porque no paramos: estamos todo el día en jaque haciendo cosas, muchas de ellas absurdas e impuestas.
    Queremos que todo se resuelva de forma breve y en un instante: Esto lo quiero para ayer (¿qué demonio encorbatado inventó esa jodida frase que tanto daño sigue haciendo?).
    Querido amigo poeta, me gustaría ser más breve. Quizás tendría más éxito, llegaría a publicar más libros, sería famoso..., pero ya yo no sería yo si hiciese eso.
    A mí me gusta demorarme entre las palabras, perder maravillosamente el tiempo trasteando con ellas, explorar su sonoridad, las relaciones insólitas que surgen entre los términos y, en definitiva, alargar los temas de mis textos, amplificarlos, explorar todos sus rincones. Por desgracia (o por suerte) soy heredero literario de Cervantes y de Clarín, entre muchos otros escritores demorados.
    Las verdades de la vida tienen muchas aristas y para mí reducirlas a muy escasas palabras es disminuir su presencia.
    Como siempre, me ha quedado una entrada de blog demasiado larga, pero les puedo asegurar que no he pretendido en ningún momento buscar la brevedad porque, quizás, escribir sobre la brevedad requiere, paradójicamente, de una larga extensión.
    De momento, al escribir, sigo prefiriendo, en relación con el número de palabras, demorarme entre ellas y no moderarme con ellas. Al fin y al cabo, lo que es breve no es el arte, sino la vida, como bien lo dijo Hipócrates: Ars longa, vita brevis.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

VITUPERIO (Y ALGÚN ELOGIO) DEL SUICIDA








A los ángeles de los suicidas

    Suicidarse es subirse en marcha a un coche fúnebre.

    Jardiel Poncela.


    Quizás los suicidas sean idiotas. No saben que se van a perder a partir de su acto de egoísmo, de su supremo acto de egoísmo y de idiotez, lo mejor de sus vidas. Porque lo mejor de nuestras vidas está siempre por llegar: ese vídeo en una boda de una amiga en el que aparece la mejor de tus sonrisas, tu hija en una antigua foto, la incendiada brasa viva de unas nubes en la fría tarde de diciembre...
    Claro que el suicida, en su egoísmo, no valora ninguna de esas vivencias, porque para él sólo es importante él.
    Decía Chesterton que el suicida es el antípoda del mártir. El mártir es un hombre que se preocupa a tal punto por lo ajeno, que olvida su propia existencia. El suicida se preocupa tan poco de todo lo que no sea él mismo, que desea el aniquilamiento general.
    No lo sabemos, pero es posible que, en un arrebato de lucidez, muchos suicidas, mientras saltan en busca de la muerte, se arrepientan de su acto de locura y que, antes de chocar contra el suelo, aún tengan un cierto apego a vivir, a soñar, a querer mover sus cuerpos en busca de sus ideales.
    Hay una extraña y bella película de Wim Wenders titulada El cielo sobre Berlín en la que dos ángeles recorren la ciudad alemana, aún dividida por el muro, llevando consuelo a los hombros de sus angustiados habitantes. En una escena preciosa, un ángel intenta inútilmente salvar la vida de un suicida que finalmente se arroja al vacío.
    Es desgarrador el grito impotente del ángel que no puede evitar la muerte de aquel hombre, igual que el de los familiares de todos los suicidas que mueren al año en nuestro país (según las estadísticas, 3.158 en 2013, lo que nos da una media de casi un suicida cada nueve días, más muertos por suicidio que por accidentes de tráfico).
    Porque, al fin y al cabo, la mayor tragedia no es la del suicida, que al menos se quita de en medio y se lleva con él su angustia y sus grandes problemas personales. La gran tragedia es la de sus familiares y amigos, que quedan destrozados y con una pregunta que les acompañará para siempre: ¿pude yo hacer algo para evitarlo?
    Al menos la consideración social del suicidio ha mejorado mucho. Antiguamente, los suicidas (igual que los apóstatas o los miembros de otras religiones) no eran enterrados en suelo consagrado, sino en los cementerios civiles, separados del resto del camposanto por una ignominiosa tapia. Recuerden la conmovedora escena del entierro del apóstata Santos Barinaga en La Regenta de Leopoldo Alas Clarín.
    El suicidio se da mucho entre los artistas. Quizás su exceso de ego, su vanidad, su soberbia o su excesiva sensibilidad sean las causas de tal acción, aparte, por supuesto, de su escasez monetaria. Hay ejemplos célebres: Zweig, Larra, Mayakovsky, van Gogh...
    Los suicidas que producen repugnancia son los que, antes de morir, se llevan a otros por delante. Es muy frecuente el caso del hombre que mata a su mujer y después se suicida. Deberían hacerlo al revés, como dice Gómez de la Serna: Los que matan a una mujer y después se suicidan debían variar el sistema: suicidarse antes y matarla después.
    En Japón es frecuente el suicidio colectivo, asociado a veces a alguna secta. Me imagino los últimos mensajes de semejantes idiotas: -¿Cuándo le viene bien al grupo el suicidio colectivo, el martes o el sábado? … -A mí me viene fatal el sábado, porque tengo un bautizo, mejor el domingo que es un día anodino.
    Sin embargo, hay suicidios que son comprensibles por la desesperación en la que vivían los que decidieron quitarse de en medio para dejar de sufrir: es el caso de los suicidas de tiempos de guerra o de los que, diagnosticados de enfermedades terminales, prefieren un tránsito rápido antes que una muerte indigna y terrible. No es fácil hablar de ellos como si fuesen idiotas.
    También sucede hoy, en contraposición con otras épocas anteriores, que vivimos bastante bien (en términos higiénico-sanitarios y de ocio) y, por ello, no somos capaces de aceptar con resignación (palabra que parece exclusiva de edades antiguas) los duros golpes de la vida.
    Vivimos en la época de los síndromes de todo y de la queja permanente. Todos hemos pensado alguna vez, en momentos de desamparo y angustia, en el suicidio como una salida desesperada. Lo que sucede es que no todos tienen la cobardía (o el valor, según se mire) de quitarse la vida para, supuestamente, dejar de sufrir.
    Éste es un tema del que no se habla: los medios de comunicación, por ejemplo, no informan de los suicidios salvo que el suicida haya sido una persona relevante en vida por algún motivo.
    No sé si es buena idea la de ocultar los informaciones de suicidios. Quizás el no hablar de ellos haga que estos se vean envueltos de un aura de misterio sobrenatural que genere el deseo de conocer más de ellos. Claro que siempre será mejor el ocultamiento de estas informaciones antes que una información descarnada que, por efecto de la imitación, provoque más suicidios: “Fulanito de Tal se tiró ayer del piso más alto de su bloque debido a las continuas depresiones que padecía últimamente”; “metodoseficacesdesuicidio.com”, etcétera.
    Querido lector: no se suicide nunca. La vida está llena de misterios y bellezas que hay que ir descubriendo cada día. Además, si Vd. se suicida, ¿quién me va a leer a mí? ¿No acabaré yo también suicidándome por imitarlo a Vd. y por quedar huérfano de lectores?
    No, definitivamente pienso que los suicidas no son idiotas. Son ángeles de bondad, almas que surcan los cielos en busca de mundos mejores en los que su sensibilidad encuentre finalmente acomodo, lejos de este mundo de iniquidades y de egoísmos.
    No, querido lector, no intente suicidarse porque, de ese modo, dentro de un tiempo, en el vídeo previo al baile de una boda de una vieja amiga, por ejemplo, quizás descubra, al contemplar una fotografía que Vd. ya creía olvidada, la mejor de sus sonrisas, la mejor versión de sí mismo, acompañada del abrazo de esos amigos del alma que nunca dejarán de serlo, ni en esta vida ni en la de más allá, la del otro lado de las nubes.
    Y entonces comprenderá que todos estamos conectados y en sintonía y que Vd. no tiene derecho a privar de su vida ni a sí mismo ni a los demás.

domingo, 7 de diciembre de 2014

STEFAN ZWEIG REDIVIVO




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    Querido lector:

    Hoy voy a recomendarle la lectura de varios libros de uno de los mejores escritores del siglo XX, el austriaco Stefan Zweig (1881-1942).
    Zweig fue en su época un autor muy reconocido que sufrió posteriormente en carne propia, por su condición de judío, las persecuciones del nazismo. Tanto perdió en su vida por ese motivo que, desengañado del mundo y convencido de que Hitler iba a ganar la guerra, decidió junto con su mujer, Lotte Altmann, quitarse la vida en su exilio brasileño.
    A este autor lo he descubierto recientemente, pero en poco tiempo he leído bastantes libros suyos. Me parece que su prosa es sublime, deslumbrante. Las palabras fluyen en sus libros como engastadas en una delicada pieza de artesanía. Leer a Zweig es una experiencia mágica, maravillosa. Su estilo no es excesivamente complicado, pero sí lo suficientemente elaborado como para que fondo y forma, expresión y contenido, vayan de la mano en su obra, heredera de la mejor tradición de la literatura centroeuropea.
    La editorial Acantilado está llevando a cabo una magnífica labor de recuperación de la obra de este autor en preciosas ediciones con estupendas traducciones de la prodigiosa prosa en alemán de Zweig.
    El itinerario que he seguido en busca de este autor ha sido el siguiente: primero encontré de casualidad, en un rastrillo literario del colegio de mi hija y a precio de saldo, sus memorias, El mundo de ayer. Es un testimonio que retrata magistralmente los años finales del imperio austrohúngaro, el advenimiento de la Primera Guerra Mundial, el período de entreguerras y, finalmente, la Segunda Guerra Mundial.
    Mi compañero de trabajo y, a pesar de ello, amigo Paco García me pasó los Momentos estelares de la humanidad, compuesto de catorce episodios históricos que fueron cumbres de la inspiración o del ingenio humanos (el nacimiento de La Marsellesa, el estreno de El Mesías de Handel, el descubrimiento del Pacífico...).
    Luego compré y leí Fouché, que es la biografía de este político francés y de sus logros al medrar y cambiar de chaqueta en cada momento histórico. Sinceramente, este libro no me gustó tanto como los ya citados, debido a su excesivo psicologismo.
    Zweig escribió bastantes biografías: la de María Antonieta, la de María Estuardo, la de Erasmo de Rotterdam..., tantas que se convirtió en un experto en este subgénero literario.
    Después de leer Fouché me compré la famosa novela corta Carta de una desconocida, que me fascinó.
    Decidí entonces, antes del verano, encargar a mi librero de confianza las Novelas de Zweig, editadas en un solo volumen por Acantilado.
    Curiosamente, a pesar de que es un libro caro, pues cuesta cuarenta y nueve euros, la editorial ha sacado ya la segunda edición del mismo.
    De las once novelas que componen el libro, entre ellas la ya mencionada Carta de una desconocida, destaco especialmente las siguientes: Ardiente secreto, maravillosa historia de descubrimiento del mundo adulto por un adolescente; Los ojos del hermano eterno, que es una historia que nos hace reflexionar sobre la mejor opción de vida que podemos elegir; Veinticuatro horas en la vida de una mujer, que habla de cómo en un momento podemos tirar nuestra vida por la borda; El candelabro enterrado, una leyenda del peregrinaje y el sufrimiento sempiternos del pueblo judío; Novela de ajedrez, historia de un brillante jugador de ajedrez con el trasfondo del clima de terror de la Alemania nazi y La embriaguez de la metamorfosis, historia de una mujer humilde que es llevada a un ambiente de lujo y ostentación, preciosa novela en la que destaca la plasticidad de las descripciones sensoriales.
    En definitiva, leer a Zweig es un auténtico gozo. A ello he pretendido invitarles hoy. Reciban un saludo cordial.

domingo, 23 de noviembre de 2014

DEJARSE LLEVAR (UNA GUÍA NECESARIAMENTE ABREVIADA Y HUMILDE DE LA TÉCNICA DE LA MEDITACIÓN, DEDICADA A LOS ANSIOSOS DE ESTE MUNDO DE PRISAS Y AGOBIOS)







   El deseo de meditar, la complacencia en el meditar, van ganándome a mí por grados; conforme avanzo en la vida leo menos y medito más; en realidad, el fruto de la lectura no es menor ahora -cuando leo menos libros- que antes; leía antes más libros, leía sin cesar libros y libros, y de todos ellos sólo quedaba en mí una porción pequeña, acaso lo esencial; lo esencial de entonces ha variado tal vez ahora para mí; los pocos libros que ahora leo los aprecio en todos sus matices y encuentro en ellos accidentes y circunstancias en que antes no reparaba. Todo ello, naturalmente, es resultado de la meditación.

    José Martínez Ruiz, “Azorín”: El escritor.


    Deseche esos pensamientos infantiles de queja permanente que siguen acuciándolo una y otra vez, porque meditar es un acto reservado sólo a las personas que han dejado atrás el es que, la queja constante. Sólo quien haya dejado de quejarse de la vida puede acceder al caudal sin fondo de la meditación.
    Busque un rincón grato y silencioso, en el que la temperatura sea agradable, un rincón en el que usted sepa que nadie lo va a molestar durante un buen rato. Si es necesario, cuelgue un cartel en la puerta: ESTOY MEDITANDO. POR FAVOR, NO ME MOLESTEN.
    Procure antes que nada crear en la casa un ambiente de silencio. Lo ideal es, por supuesto, meditar cuando uno está solo en su casa, pero, si no es posible, cuelgue el cartel y avise de su intención.
    Póngase una ropa cómoda, como por ejemplo un pijama. La ropa debe ser holgada y debe hacer que la temperatura del cuerpo sea agradable.
    Si tiene gafas, quíteselas.
    Siéntese en una silla con respaldo, con la espalda bien apoyada contra éste.
    Busque una postura natural, no forzada. Los pies, por ejemplo, no deben estar demasiado delante ni demasiado detrás.
    Las manos deben caer sobre el cuerpo, sobre los muslos. Una buena postura es dejarlas caer sobre la parte alta de las piernas y unirlas sólo en las puntas de los dedos, como protegiendo la parte interior de los muslos.
    No se trata de que el acto de la meditación deba realizarse siempre atendiendo a un excesivo ritualismo. No debemos estar atentos, una vez que estamos meditando, a si dicho rito diario se ha cumplido en todos sus puntos o no. Debemos, pues, ser flexibles y meditar igual en casa que en un hotel o en el baño de una casa distinta de la nuestra. Esa flexibilidad es importante y hace que nos acostumbremos a meditar en cualquier lugar y en cualquier ocasión.
    Finalmente, una vez colocado, cierre Vd. los ojos.


    Una vez cerrados, ha entrado usted en otro mundo, el de la conciencia interior.
    Puede que haya tenido un día complicado, así que lo más probable es que esté agitado interiormente.    
   Si es así, lo primero que surgirán serán sus obsesiones sobre el trabajo: la cara de su jefe, la discusión con aquel alumno, con aquella paciente...
    No juzgue ningún pensamiento. Limítese a observarlos, como quien observa los peces del interior de una pecera, como si fuesen los pensamientos de otro.
    Observe su respiración sin forzarla. Puede concentrar la atención en la expiración, la pausa intermedia y luego la inspiración; expiración, pausa, inspiración... así un buen rato, hasta que logre el objetivo de la meditación: el vaciamiento mental, el silencio de los pensamientos que nos hacen sufrir.
    Puede contar incluso los movimientos del vaivén respiratorio: uno, inspiramos; dos, expiramos; tres, inspiramos... y después del nueve empezamos con el cero y otra vez el uno, inspiramos...
    Meditar es focalizar en la conciencia el silencio y una actitud de no-acción, que son claves para encontrar la serenidad. Meditar es también dejarse llevar, sin apriorismos ni métodos estrictos, hacia nuestro centro más íntimo.
    Cada experiencia de meditación es única y hay que vivirla intensamente, observando la respiración, o las sensaciones del cuerpo, o imágenes de serenidad o hilos de palabras que consuelan.
    No se obsesione si no logra traspasar el muro del falso yo, de las obsesiones, del pensamiento continuo que lo hace infeliz. Incluso puede cambiar de postura o de respiración para provocar un cambio en el proceso.
    No tenga la obsesión de que la meditación salga perfecta y, por supuesto, no cuente los minutos. Meditar es detenerse sin el agobio del tiempo a observar el interior de nuestro ser, donde encontramos la versión más pura de nuestro verdadero yo, donde somos realmente nosotros mismos, sin las ataduras del tiempo ni las exigencias de las agendas.
    Procure también notar las sensaciones de su cuerpo, observar, por ejemplo, un picor en la cabeza o el peso de sus manos. Tenemos muchas veces olvidados nuestros cuerpos, ya que estamos todo el día haciendo cosas o pensando las que vamos a hacer a continuación. Meditar es también pararse a escuchar nuestro cuerpo.
    A veces, cuando medito, traigo a mi mente una imagen que me procure serenidad: un árbol, una hoja cubierta de gotas de lluvia, la imagen congelada de una gota que cae en el agua estancada...
    Y también intento a veces meditar, cuando me cuesta mucho separarme del pensamiento, evocando el significado de algunas palabras que me aportan consuelo: AMOR, HUMILDAD, PRESENTE, ALEGRÍA... Incluso las emparejo para ver qué alimento me procuran esas asociaciones.
    Meditar es buscar la serenidad focalizando la conciencia, atenuada por la paz, la oscuridad y el silencio, en la mejor versión de uno mismo. Algo sencillo en suma, pero para lo que hay que estar predispuesto día a día.
    Y no es más que esto la meditación: un reencuentro con nuestro yo más puro y esencial en medio del tráfago diario.
    Pero ha de ser una práctica contemplativa diaria, constante, para que podamos ver y disfrutar sus maravillosos efectos.


domingo, 16 de noviembre de 2014

¿MEDITAR ES ORAR?


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   Quedeme y olvideme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

San Juan de la Cruz: Noche oscura del alma.



    ¿Es la meditación una forma de oración? No necesariamente.
    Aunque la meditación está vinculada desde hace siglos a la práctica de la oración, cualquier persona -creyente o no creyente- puede acudir a los beneficios terapéuticos y enriquecedores del acto de meditar sin asociarlo al acto de rezar a Dios.
    Orar es, según el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española), hacer oración a Dios, vocal o mentalmente. La palabra oración tiene varias acepciones en dicho diccionario: una es súplica, deprecación, ruego que se hace a Dios o a los santos y otra, elevación de la mente a Dios para alabarlo o pedirle mercedes.
    Por tanto, el acto de rezar o de orar necesita de la palabra, ya sea dicha o pensada. La meditación, no obstante, es un acto en el que no predomina la palabra, sino el silencio.
    ¿Para qué rezamos los que creemos en Dios? Para dialogar con Él, para darle gracias, para alabarlo, escucharlo, pedirle perdón y suplicarle que se cumplan nuestros deseos. Rezar es una forma de estar con Dios a través de palabras aprendidas o espontáneas.
    La meditación es complementaria a la oración, pero estos son dos actos que no tienen por qué estar forzosamente ligados.
    Meditar es encontrar en el presente la paz, el instante sereno que nos centra, que nos hace encontrar nuestro medio (nuestro centro). No es una práctica necesariamente vinculada a la religión, aunque está muy próxima a ella.
    Así, por ejemplo, otra palabra sinónima de meditación es contemplación, que proviene de la palabra templo. Meditar es, pues, hacer un templo en el interior de uno (en medio del bullicio diario) a la conciencia de la respiración y de las sensaciones del cuerpo, a imágenes generadoras de paz, a hilos de palabras que confortan...
    En mi caso, yo suelo rezar, una vez hecha mi meditación, un padrenuestro y un avemaría. La oración es una forma para mí ideal de terminar ese rato de profunda atención al presente.
    Primero, pues, el silencio (la meditación); después, la palabra (la oración), el diálogo con Dios, con el misterio, con las fuerzas originarias... (como queramos llamar a la trascendencia).
    Lo que más trabajo me costó al principio de este camino de penetración en mi interior que he iniciado fue el desarrollar el hábito diario de sentarme para meditar. Sobre todo, lo más difícil fue convencerme durante meses de que me hacía mucho bien el conseguir dicho hábito.
    No obstante, una vez conseguido desde hace casi dos meses, estoy en condiciones de afirmar que ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mucho tiempo en mi vida.
    ¿Es difícil meditar? ¿Hay que subirse a un árbol o suspender el cuerpo en medio del aire? Ni mucho menos, es lo más fácil que se pueda imaginar. Simplemente, hay que cerrar los ojos y dejarse llevar...

    (Continuará en la próxima entrega: DEJARSE LLEVAR).

miércoles, 5 de noviembre de 2014

LA SERENIDAD






   El Maestro contempla compasivo las partes
porque comprende la totalidad.

Lao Tse: Tao Te Ching.


   Queridos lectores:

   Algunos de ustedes me conocen en persona y no sé si han notado últimamente un cambio en mí. Sí, yo también lo noto: estoy últimamente muy alegre. No es que yo sea un ajo porro en condiciones normales, pero el caso es que ahora estoy reencontrándome con mi verdadero yo, que siempre se ha caracterizado por el buen humor.
   El que me conozca de cerca sabe que en el pasado he sufrido ciertos padecimientos derivados de un estrés desbocado, fruto de un excesivo perfeccionismo, de una autoexigencia brutal y de un deseo de estar siempre en todos los fregados.
   Pero he cambiado, o al menos estoy cambiando. ¿Y qué es lo que ha provocado en mí esta transformación tan apasionante? La meditación diaria.
   El caso es que por causa de mis problemas con la gestión del estrés, entré en contacto con el mundo de la meditación. 
   Primero me apunté hace ya unos años al curso "El aprendizaje de la serenidad" del padre Navarrete en Sevilla. Compré el libro del mismo título y unos discos de relajación de dicho sacerdote y empecé en casa a seguir los pasos que en estos últimos aparecen (concienciación de las sensaciones corporales, observación de la respiración...) pero el caso es que pronto, una vez que se me pasó el gusto por la novedad, los dejé arrumbados en una estantería del salón, aunque recurría a ellos en caso de que algún día hubiese tenido una jornada muy estresante en el trabajo del instituto. Fue el comienzo de mi camino de serenidad, aunque yo no prestara mucha atención al principio. Aún no había descubierto el goce de la no-acción.
   Sin embargo, yo sentía que tenía necesidad de meditar diariamente. De hecho, empecé por esa época a leer libros de autoayuda, lo cual nunca antes había hecho.
   Leí, por ejemplo, El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl, psiquiatra austriaco que sobrevivió a varios campos de exterminio nazis y que es un testimonio vital estremecedor al mismo tiempo que una reflexión impresionante sobre el sentido que diariamente hemos de encontrar a nuestra existencia.
   Últimamente he leído El monje que vendió su Ferrari. Una fábula espiritual, de Robin Sharma, un libro que aporta muchas claves sobre cómo vivir en medio de las exigencias y prisas de la sociedad de hoy.
   Me está impresionando el Tao Te Ching o Libro del Sendero de Lao Tse (siglo V antes de Cristo), que es un elogio de la no-acción como fuerza de nuestro espíritu.
   Estoy inmerso también en la lectura de Cómo la meditación cambió mi vida... ¡Y puede cambiar la tuya!, de Jeanne Siaud-Facchin, libro que nos aporta muchas técnicas valiosas de meditación.
   Pero el libro que me ha terminado empujando hacia el sendero de la meditación ha sido Biografía del silencio, de Pablo D'Ors. Es un ensayo breve y sincero en el que, en una prosa magnífica, D'Ors reflexiona sobre sus "sentadas", es decir, sobre el acto de meditar. Creo que ya se han publicado siete ediciones del libro y se está preparando una edición en italiano. Magnífico y aconsejable trabajo.
   En fin, el caso es que me encuentro ahora en una situación en la que no puedo ni quiero dejar de meditar diariamente, ya que es un auténtico placer encontrar unos momentos de silencio al día en los que uno rompe el muro del falso yo, del tengo que, y se abandona a encontrar, en lo más profundo del pozo de su alma, su verdadera esencia, su verdadera alma, la mejor versión de sí mismo.
   ¿Meditar es orar? Intentaremos responder a esa cuestión en la próxima entrega.
   Que pasen ustedes un feliz y alegre día.


martes, 28 de octubre de 2014

MI PRIMER LIBRO DE AFORISMOS




  En esta sarta miscelánea de textos breves, el profesor José Manuel Gómez Fernández propone una visión humorística y desenfadada de la realidad actual, intentando así desmontar tópicos tenaces y lograr la sonrisa y la reflexión del lector.
    En "'Breverías', aforismos y otros brebajes" aparecen aforismos (frases breves), pero también otros textos un poco más extensos (las "breverías") que comparten con los aforismos el intento de sugerir con pocas palabras muchas ideas.
    Esperamos desde la editorial YOMELOGUISOYOMELOCOMO.COMO que disfruten de este libro:


http://www.slideshare.net/josemanuelgomezfernandez/breveras-aforismos-y-otros-brebajes-40729061 

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