domingo, 25 de enero de 2015

DEPORTES DE RIESGO




    Querido lector:

    Me pregunto por qué motivo ahora al final de cada telediario nos echan siempre imágenes de señores intrépidos que se lanzan en paracaídas desde lo alto de una cornisa o a tumba abierta en bicicleta de montaña por una escarpada ladera o en sus esquís desde la nevada pingorota de un pico inaccesible salvo si es en helicóptero.
    ¿Es que acaso Televisión Española quiere promover estos deportes de riesgo entre sus televidentes? ¿Tanto quiere que nos convirtamos en protagonistas de noticias luctuosas?
    ¿Debemos, pues, dejar nuestro deporte favorito, el zapping, para emular a estos héroes arrojados de nuestro tiempo?
    El otro día la sección de “Deportes de riesgo” anunció que le habían dado un premio a un señor que se había tirado con sus esquís, ayudado de un helicóptero, desde una cumbre nevada. El hombre pegó un pellejazo que todavía le está doliendo pero, inaccesible al desaliento, una vez caído tuvo los santos congojos de decirse: “Ya que he llegado hasta aquí, ¿por qué no me tiro otra vez?”.
    Y se tiró y, por suerte, esa segunda vez le salió bien. El premio seguramente lo habrá colocado encima del televisor apagado de su casa cerrada, ya que dicho individuo seguramente esté ya camino de otra cima desde la que tirarse cual cabra montés.
    Y es que ya se sabe que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.
    Aquella noticia me llevó a la reflexión de que muchos viven hoy sedientos de aventuras y deseosos de llevar sus cuerpos hasta límites insospechados.
    Lo que muchas veces no cuentan los periodistas de Televisión Española es que dichos deportistas arriesgados se dejan en ocasiones una pierna o, peor, la vida en el intento de forzar sus límites.
    Y eso yo creo que es fruto de una soberana estupidez.
    Por desgracia, hemos pasado de épocas en las que lo que se admiraba era el silencio, la cultura, el conocimiento, los libros... a otra en la que cualquier indocumentado sin dos dedos de frente logra la fama asumiendo el riesgo de partirse la crisma en su intento de ser reconocido.
    Luego sí, queda todo muy bonito: esos vídeos con las imágenes tomadas desde la cámara del casco y una musiquita de piano de fondo, pero la crisma se la parte el tío, pasando así a los anales de la estupidez humana.
    Pues yo, señor lector, ¿qué quiere que le diga? Yo prefiero explorar las vastas extensiones del desierto del alma meditando, charlando, leyendo o empapándome de imágenes serenas antes que ver cómo estos sujetos buscan renombre a base de jugar con el peligro.
    Los deportes de riesgo son el símbolo perfecto de nuestra época, la perfecta imagen de una sociedad que busca constantemente sensaciones nuevas y cada vez más fuertes, igual que un drogadicto busca dosis de droga cada vez más concentradas porque se ha ido acostumbrando su cuerpo a otras más bajas.
    Olvidamos entonces que las mejores y mayores sensaciones las podemos descubrir en nuestro interior, y no en carrera acelerada y peligrosa entre pinos contra los que podemos chocar y hacernos picadillo.
    A mí, desde luego, no me van a convencer ya de que me tire de ninguna cornisa. Ni harto de vino.

domingo, 18 de enero de 2015

¿POR QUÉ NO SE CALLAN LOS ALUMNOS DE HOY?






  
    Querido lector:

    Cuando me preguntan algunos amigos por mi agotador trabajo de profesor, siempre terminamos hablando del mismo asunto: de la cháchara interminable de muchos alumnos que sucede una y otra vez mientras el profesor está explicando.
    En mi época de estudiante esto no sucedía porque simplemente te buscabas un problema si osabas interrumpir al profesor con tu charla. Entonces funcionaba aún la fórmula del jarabe de palo, por lo que los alumnos -temerosos del regletazo- nos esforzábamos en portarnos bien, estudiar y hacer las tareas.
    Era aquél un sistema en el que la autoridad del maestro o del profesor era incontestable y en el que la sociedad entera podía aplicar sobre ti la autoridad. Incluso cualquier señor desconocido podía tirarte de las patillas en plena calle si veía que estabas haciendo el gamberro.
    Si tus padres se enteraban encima de que habías fallado en el colegio o en la calle, caía sobre ti el peso de la ley en forma de zapatillazo o de castigos variados.
    Pero esa autoridad general se fue desvaneciendo poco a poco. Debido a causas conocidas y diagnosticadas en las que no me detendré demasiado, los alumnos le fueron perdiendo el respeto poco a poco a los profesores e incluso a sus progenitores, muchas veces por causa de una excesiva relajación de los adultos, fruto de un ambiente general de disipación.
    La democracia mal entendida y la paternidad escasamente responsable tuvieron (y tienen) también parte de culpa.
    El resultado de dar tantas libertades a los niños es que en clase el profesor no puede ni toserles a los alumnos díscolos ni evitar que charle hasta el alumno más parado.
    Está tan generalizado el ambiente de ruido y diversión en clase que, cuando los alumnos se ven delante de un profesor serio y exigente, no son capaces de cambiar de registro y portarse como deben.
    Por ejemplo, yo soy uno de los profesores carcamales que aún pretenden que sus alumnos lo traten de “usted”, que es la fórmula de respeto del español, consagrada por siglos de tradición. Procede del “vuestra merced” del Siglo de Oro y se fijó en el siglo XVIII.
    El problema es que, aunque quisieran, muchos alumnos no saben tratarte de “usted” y te dicen, por ejemplo, “Usted tienes razón” o “Usted dijiste...” Y no lo saben porque nunca nadie les ha enseñado, ni en su casa ni en la caja tonta de la televisión. ¿Recuerda usted, querido lector, aquellos tiempos en que los periodistas de Televisión Española trataban al espectador de “usted”? ¡Qué tiempos aquellos!
    El tuteo ha entrado como elefante en cacharrería con intención de acabar con las últimas resistencias del “usted”. Éste es un ejemplo claro de cómo han cambiado las tornas en el mundo de la educación.
    Pero lo peor es la cháchara constante en las clases. El profesor llega al aula y, antes que nada, tiene que hacerse notar porque ellos siguen hablando, riendo, peleándose... Cuando por fin, diez minutos después, ha logrado que se sienten y se callen a regañadientes, empieza su explicación: el Complemento Directo, Gonzalo de Berceo, el pronombre “se”, Don Quijote..., y es como hablarle a una pared: los alumnos hablan, hablan y hablan entre ellos, interrumpiendo constantemente la explicación.
    No sé de qué hablan ni me importa, pero sí sé que esa charla constante es una falta de respeto al trabajo del profesor (aunque ellos no sean conscientes de que así sea) y también sé que dicho parloteo influye en el desánimo de los docentes y en el bajo rendimiento escolar de muchos estudiantes.
    Porque, evidentemente, los alumnos hablan de lo que ya saben, pero esas conversaciones perpetuas les impiden adquirir nuevos conocimientos. Y es curioso que muchas veces sean esos mismos alumnos charlatanes los que le exigen al profesor en tono airado que les suba las notas de sus horripilantes exámenes, los cuales son resultado -entre otras diversas causas- de sus estériles e interminables tertulias en clase.
    Cuando los tertulianos radiofónicos o televisivos, expertos por otra parte en todas las cuestiones, o nuestros queridos políticos hablan, gastando saliva inútilmente, de programas de mejora del rendimiento educativo y de reformas en los planes escolares, yo ya no puedo dejar de esbozar una sonrisa escéptica.
    Señor legislador: deje usted de mojar papeles y dedíquese a resolver el asunto de las charlas de los alumnos, el charlatanismo discente (si es que quiere usted buscar un tecnicismo que lo defina).
    Si logramos algún siglo de estos dar solución a ese problema y, por tanto, conseguimos favorecer de una vez por todas el silencio real y efectivo de los alumnos en clase, habremos dado un salto evolutivo que nos permitirá emprender nuevas etapas en el desarrollo de la educación.
    Hasta entonces, mientras no superemos realmente ese reto, los alumnos seguirán con su charla infinita, perdiendo el tiempo y haciéndonoslo perder a los profesores que cada día lectivo nos plantamos delante de ellos para intentar inocularles la medicina santa del gusto por el conocimiento.
    Mientras no suceda así, las clases seguirán siendo diálogos de besugos, absurdas pérdidas de tiempo en las que el esfuerzo del profesor se convertirá en estéril siembra de semillas de saber que no darán nunca fruto comestible en medio de los abrojos de la charlatanería vacua.



miércoles, 14 de enero de 2015

LOS ESCUPIDORES


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    Querido lector:

    Hace diez años, en el viaje que mi mujer y yo hicimos a China para adoptar a nuestra hija, me sucedió una anécdota curiosa: estaba yo en el hotel de Nanchang (provincia de Jiangxi) esperando el ascensor cuando a mi lado se colocó un chino con traje de chaqueta y corbata, quien dejó caer un escupitajo en el centro de un cenicero colocado entre las puertas de dos ascensores, lo cual me dejó anonadado.
    En aquel viaje descubrí que entre los chinos esta conducta es muy frecuente, hasta tal punto que en las mesas de los restaurantes se colocan unos cuencos para que los comensales suelten allí sus esputos en medio de la comida.
    Cuando quise saber más sobre dicha costumbre, me dijeron que para ellos escupir produce efectos beneficiosos para el organismo, así que ¿por qué no hacerlo en público?
    Para los chinos, sin embargo, es asqueroso lo que los occidentales hacemos con los pañuelos de papel una vez que nos hemos sonado los mocos con ellos: guardarlos en el bolsillo.
    Pero hoy no quiero hablar de las diferencias culturales con respecto a lo que se considera escatológico.
    En realidad, de lo que quiero hablar es del hecho de que en España, y especialmente en Andalucía, es también muy frecuente la figura del escupidor, en este caso de aceras.
    Uno va por la calle abstraído en sus pensamientos cuando de pronto al lado suena un ruido gutural inconfundible, resultado del proceso de rescate del pollo tenaz que molesta lo indecible al escupidor.
    De pronto hay un silencio premonitorio (mientras uno piensa: “Échalo, por Dios”) que es antesala del siguiente ruido, el del escupitajo, que sale despedido como un cohete para manchar el suelo de moco. ¡Qué edificante! ¡Qué bello espectáculo!
    No lo soporto. Es superior a mis fuerzas. Y lo peor es que sea una mujer quien lleve a cabo operación tan fina.
    Me parece una ofensa al buen gusto que no debemos seguir permitiendo.
    Señores escupidores: ya no vivimos en el campo, sino en ciudades y pueblos con aceras bien construidas para que pasear por ellas sea un placer y no una carrera de obstáculos en la que haya que ir esquivando un suelo empedrado de asquerosas secreciones. ¿Por qué no usan los pañuelos de papel, los metan luego o no en el bolsillo, y dejan ya de regar el suelo?
    ¿Es que vamos a tener que poner carteles de SE PROHÍBE ESCUPIR, como los que abundaban en las tabernas antiguas, en las zonas donde haya más escupitajos por metro cuadrado?
    Aunque, bien pensado, quizás escupir en la calle sea una seña de identidad de este país, una más de las muchas que nos retratan ante el resto de Europa como un país poco preparado en materia de civismo (por decirlo de una manera fina).
    Quizás deberíamos colocar otro tipo de carteles, unos del siguiente tipo:

    AQUÍ ESCUPIÓ FULANO DE TAL EL DÍA CATORCE DE ENERO DE DOS MIL QUINCE. QUEDE ESTA LÁPIDA COMO RECUERDO DE TAN INSIGNE SUCESO, MEMORIA DEL CUAL QUEDA TESTIMONIO EN EL DIBUJO DEL GAPO SOBRE LA ACERA QUE USTED ESTÁ PISANDO EN ESTE MOMENTO.

    ¡Ay, qué ascooooooooo!

sábado, 20 de diciembre de 2014

LA LUZ DE LA NAVIDAD







 

A todos los que me enseñaron y
a todos los que me enseñan a amar la Navidad

    Resuenen con alegría
los cánticos de mi tierra
y viva el Niño de Dios
que nació en la Nochebuena.

    La Nochebuena se viene,
la Nochebuena se va
y nosotros nos iremos
y no volveremos más. 
 
Villancico popular.



    Querido lector:

    En estos días de Navidad que vamos a vivir la vista se recreará en el resplandor de las velas, en el brillo de las copas con las que brindaremos para desearnos el logro de felices propósitos, en los reflejos de hermosos vestidos en los espejos de los salones...
    Porque la Navidad es luz: resplandores, brillos, reflejos... Es una fiesta que conmemora algo misterioso perdido en los laberintos del tiempo: la creación de la luz, de la esperanza, en medio de la fría noche; el nacimiento del calor y de la lumbre en medio de la espesa niebla, la cual borra los contornos de las cosas.
   “Na(ti)vidad” significa “nacimiento”. Es la luz de Dios la que nace de nuevo, la luz de un Niño, nacido en un humilde pesebre en Belén hace más de dos milenios, que estaba destinado a cambiar el mundo.
    La Navidad es un misterio, una fiesta que celebra, a pesar de que en los últimos tiempos se le haya querido dar una pátina consumista, el misterio de la creación de la vida en medio de la nada, en medio de un oscuro y gélido universo que no era propicio al poder generador del nacimiento del sol invicto, del Natalis Solis Invicti de los antiguos romanos.
    Es ésta una época de reuniones con la familia en las que buscamos el calor de la conversación. Es también, sobre todo, la fiesta por excelencia de los niños, que aún contemplan el mundo sin contaminaciones, atentos a las verdades profundas de los gestos y de las palabras.
    Los adultos, que dejamos la inocencia atrás hace ya mucho tiempo, somos sensibles al lado amargo de estas fiestas: el recuerdo de nuestros amigos y familiares que están lejos o han muerto y también el lamento por quienes, por su miseria o fatalidad, no pueden celebrar como sería necesario estas entrañables fiestas.
    A pesar de todo ese componente melancólico, en la víspera de Navidad, en la noche de Nochebuena, en medio de las conversaciones en alta voz, de las risas estentóreas, del frufrú de los nuevos vestidos, del viejo vino en las copas, aún podemos quedarnos arrobados al contemplar en el silencio del alma el resplandor amarillo y cálido de una simple vela, reflejo a su vez del misterio navideño.
    Sabremos entonces en ese instante que todas las navidades son una sola, que la luz ha vencido y seguirá venciendo a la penumbra y que, en el fondo de nuestra alma, seguimos siendo aquella criatura que un día descubrió embelesada, de manos de quienes gozan ya de la presencia divina, la maravillosa fiesta del regalo de la luz.
    ¡Feliz Navidad a todos los hombres de buena voluntad!


jueves, 18 de diciembre de 2014

APOLOGÍA DE LOS BUSCADORES DE BELLEZA







A Belén, profesora de Dibujo, cazadora de nubes incendiadas




    Dícese de todo aquello que en sí tiene tal compostura y agrado que deleita con su visión, y lleva tras sí nuestro ánimo y voluntad.

    Definición de hermoso en el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias Orozco (Madrid, 1611).


    Querido lector:

    Estos días últimos del otoño ofrecen unas visiones espectaculares en el orto y en el ocaso del sol. Los primeros o los últimos rayos del astro rey crean imágenes hermosísimas sobre el lienzo de las nubes.
    Dios se esmera ahora en pintar los mejores cielos del año.
    Hace tres semanas, volviendo por la tarde a la estación de trenes de Utrera después de una larga jornada en el instituto, me quedé asombrado al contemplar la brasa viva y rojiza del ocaso al fondo de una calle adoquinada y de paredes encaladas, una de las muchas típicamente andaluzas de la localidad en la que trabajo.
    Fue sólo un momento, un instante fugaz en una larga jornada, pero suficiente para que en la mente, cámara oscura de la retina, quedase impresionada aquella hermosísima imagen.
    Hace también unos días me sucedió algo parecido llegando a Utrera en el tren. Unas nubes plomizas, apenas tocadas por el sol que emergía de la oscuridad, se llenaron de pronto de una luz rosácea que cambió pronto a un tono anaranjado.
    Las alturas de la sierra sur sevillana, casi siempre envueltas en bruma, se recortaban perfectamente en el horizonte, lejos, hacia el mediodía.
    La verdad es que siempre he sido una persona muy contemplativa, tanto que, de pequeño, me abstraía muchas veces de las conversaciones por perseguir las caprichosas formas de las nubes.
    Recuerdo que hace unos años, en mi pueblo natal, Minas de Riotinto, durante unas navidades, fui solo a dar un paseo al Puerto de los Embusteros, que es una pequeña altura al lado de la barriada de La Naya.
    En aquel atardecer de finales de diciembre, la contemplación de las nubes, tocadas por los últimos rayos del huidizo sol, me trajo, no sé por qué, extrañas conexiones mentales, el recuerdo de una antigua película mejicana en blanco y negro que no he vuelto a ver más desde que la emitieron en televisión hace ya siglos.
    Pensé entonces en América, continente desconocido para mí al que la luz del sol viajaba una vez más y del que había venido hasta mí, cuando era niño, aquella película.
    Y de aquel paseo decembrino por mi pueblo quedó aquel recuerdo, aquella impresión: la contemplación de una imagen hermosa que mi mente asoció a otras imágenes en movimiento que, muchos años atrás, me habían conmovido.
    Así funciona la mente de quien contempla y medita sobre lo contemplado: retiene en el recuerdo las imágenes, y lo que éstas evocan, en un archivo de emociones que son los tesoros que recogemos cada día, los cuales, en definitiva, dan sentido a nuestros afanes cotidianos.
    No soy adicto al arte fotográfico, pero en momentos así me gustaría tener a mano una buena cámara para poder fijar esos instantes de belleza que nos ofrece la naturaleza en su sencilla beldad.
    Porque sin duda los mejores instantes de contemplación, siempre accesibles para todos, son los que la naturaleza nos otorga cada día: la lluvia de hace unos días, el viento en las hojas, un día de invierno soleado, los primeros pájaros de la primavera...
    “Contemplar” forma parte de la misma familia de palabras que “templo”. Contemplar es, pues, construir un templo de belleza en nuestra alma con ayuda de las imágenes hermosas que nos rodean cada día.
    Todos, el que más y el que menos, somos buscadores de belleza.
    La belleza es la recompensa que cada día traemos a casa de vuelta de nuestras labores: la de una preciosa imagen natural, la de un bello rostro o la del alma generosa de otra persona.
    Contemplar es vivir con intensidad la vida. Dediquémonos entonces con delectación a la contemplación de la hermosura.
            

sábado, 13 de diciembre de 2014

DE LA BREVEDAD


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A Rafael de Cózar “Fito”, in memóriam


    No cansar. Suele ser pessado el hombre de un negocio, y el de un verbo. La brevedad es lisongera, y más negociante; gana por lo cortés lo que pierde por lo corto. Lo bueno, si breve, dos vezes bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintas essencias que fárragos; y es verdad común que hombre largo raras vezes entendido, no tanto en lo material de la disposición quanto en lo formal del discurso. Ai hombres que sirven más de embaraço que de adorno del universo, alajas perdidas que todos las desvían. Escuse el discreto el embaraçar, y mucho menos a grandes personajes, que viven mui ocupados, y sería peor desazonar uno dellos que todo lo restante del mundo. Lo bien dicho se dize presto.

    Baltasar Gracián: aforismo 105 del Oráculo manual y arte de prudencia (Huesca, 1647). Me pregunto por qué Gracián, si tanto defendía la brevedad, no escribió sólo la famosa frase que destaco en negrita.



    Me dijo un amigo poeta hace ya tiempo que mis textos publicados en esta bitácora le parecían muy interesantes pero también demasiado largos.
    Aquella reflexión suya me llevó a pensar que debía quizás moderarme un poco y quitar mucha paja de mis textos para, de ese modo, buscar la brevedad. Por aquel tiempo una de mis entradas tuvo un número de visitas muy alto, y lo curioso del caso es que en dicha entrada de lo que yo hablaba era del silencio.
    La brevedad se ha convertido en objeto de deseo en estos tiempos de prisas y de exceso de información.
    Es indudable que un mensaje es muy efectivo cuanto más breve es, porque en su brevedad lleva aparejada la sencillez.
    Verbigracia, hoy mucha gente prefiere leer textos sencillos (en el móvil, sin ir más lejos) antes que largas narraciones en prosa propias de épocas pretéritas (Don Quijote, La Regenta, etcétera).
    Incluso se ha propuesto una lectura moderna de Don Quijote de la Mancha que convierte el genial texto cervantino en miles de mensajes de Twitter.
    Por desgracia, en esta época lo que no cabe en los 140 caracteres que permite Twitter en cada mensaje no existe. La sencillez y la brevedad ganan terreno a la complejidad y a la extensión.
    Vemos también esta tendencia en literatura: hoy tienen mucha importancia el microrrelato, el haiku, el microteatro..., que son todos subgéneros breves que responden a los deseos de sencillez, inmediatez y brevedad. Incluso podíamos calificar de microensayo a muchas entradas de blog como ésta que usted lee.
    Quizás la causa de ese deseo de sencillez esté en las prisas con las que encaramos ya nuestros tiempos de ocio y de negocio.
    El pobre currelante que pasa su semana pegando tumbos de un lado para otro, cuando llega sorprendentemente sano y salvo a su fin de semana, sigue todavía atado a su reloj de pulsera, el cual sigue marcando su agenda, de ocio en este caso.
    Y esas agendas de fin de semana tienen más notas que la de un ministro: Levantarse temprano para ordenar la casa. Luego ir a comprar, preparar la comida de media semana, almorzar, retozar brevemente para luego salir a comprar las entradas del microteatro, verlo en quince minutos, cenar de tapitas fuera, taxi rápido de vuelta y a la cama prontito que el domingo el niño tiene campeonato...
    Antes la gente no tenía agendas de fin de semana y, si las tenía, no apuntaba nada en ellas, salvo, si acaso, “descansar”.
    Con este panorama de vidas llenas de miles de actividades (eso sí, todas ellas cuanto más breves mejor), se sufre más estrés el fin de semana que en un día laborable. Así que, ¿leer con lentitud y delectación es opción viable?
    Nos falta reposo, señor lector. Y es porque no paramos: estamos todo el día en jaque haciendo cosas, muchas de ellas absurdas e impuestas.
    Queremos que todo se resuelva de forma breve y en un instante: Esto lo quiero para ayer (¿qué demonio encorbatado inventó esa jodida frase que tanto daño sigue haciendo?).
    Querido amigo poeta, me gustaría ser más breve. Quizás tendría más éxito, llegaría a publicar más libros, sería famoso..., pero ya yo no sería yo si hiciese eso.
    A mí me gusta demorarme entre las palabras, perder maravillosamente el tiempo trasteando con ellas, explorar su sonoridad, las relaciones insólitas que surgen entre los términos y, en definitiva, alargar los temas de mis textos, amplificarlos, explorar todos sus rincones. Por desgracia (o por suerte) soy heredero literario de Cervantes y de Clarín, entre muchos otros escritores demorados.
    Las verdades de la vida tienen muchas aristas y para mí reducirlas a muy escasas palabras es disminuir su presencia.
    Como siempre, me ha quedado una entrada de blog demasiado larga, pero les puedo asegurar que no he pretendido en ningún momento buscar la brevedad porque, quizás, escribir sobre la brevedad requiere, paradójicamente, de una larga extensión.
    De momento, al escribir, sigo prefiriendo, en relación con el número de palabras, demorarme entre ellas y no moderarme con ellas. Al fin y al cabo, lo que es breve no es el arte, sino la vida, como bien lo dijo Hipócrates: Ars longa, vita brevis.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

VITUPERIO (Y ALGÚN ELOGIO) DEL SUICIDA








A los ángeles de los suicidas

    Suicidarse es subirse en marcha a un coche fúnebre.

    Jardiel Poncela.


    Quizás los suicidas sean idiotas. No saben que se van a perder a partir de su acto de egoísmo, de su supremo acto de egoísmo y de idiotez, lo mejor de sus vidas. Porque lo mejor de nuestras vidas está siempre por llegar: ese vídeo en una boda de una amiga en el que aparece la mejor de tus sonrisas, tu hija en una antigua foto, la incendiada brasa viva de unas nubes en la fría tarde de diciembre...
    Claro que el suicida, en su egoísmo, no valora ninguna de esas vivencias, porque para él sólo es importante él.
    Decía Chesterton que el suicida es el antípoda del mártir. El mártir es un hombre que se preocupa a tal punto por lo ajeno, que olvida su propia existencia. El suicida se preocupa tan poco de todo lo que no sea él mismo, que desea el aniquilamiento general.
    No lo sabemos, pero es posible que, en un arrebato de lucidez, muchos suicidas, mientras saltan en busca de la muerte, se arrepientan de su acto de locura y que, antes de chocar contra el suelo, aún tengan un cierto apego a vivir, a soñar, a querer mover sus cuerpos en busca de sus ideales.
    Hay una extraña y bella película de Wim Wenders titulada El cielo sobre Berlín en la que dos ángeles recorren la ciudad alemana, aún dividida por el muro, llevando consuelo a los hombros de sus angustiados habitantes. En una escena preciosa, un ángel intenta inútilmente salvar la vida de un suicida que finalmente se arroja al vacío.
    Es desgarrador el grito impotente del ángel que no puede evitar la muerte de aquel hombre, igual que el de los familiares de todos los suicidas que mueren al año en nuestro país (según las estadísticas, 3.158 en 2013, lo que nos da una media de casi un suicida cada nueve días, más muertos por suicidio que por accidentes de tráfico).
    Porque, al fin y al cabo, la mayor tragedia no es la del suicida, que al menos se quita de en medio y se lleva con él su angustia y sus grandes problemas personales. La gran tragedia es la de sus familiares y amigos, que quedan destrozados y con una pregunta que les acompañará para siempre: ¿pude yo hacer algo para evitarlo?
    Al menos la consideración social del suicidio ha mejorado mucho. Antiguamente, los suicidas (igual que los apóstatas o los miembros de otras religiones) no eran enterrados en suelo consagrado, sino en los cementerios civiles, separados del resto del camposanto por una ignominiosa tapia. Recuerden la conmovedora escena del entierro del apóstata Santos Barinaga en La Regenta de Leopoldo Alas Clarín.
    El suicidio se da mucho entre los artistas. Quizás su exceso de ego, su vanidad, su soberbia o su excesiva sensibilidad sean las causas de tal acción, aparte, por supuesto, de su escasez monetaria. Hay ejemplos célebres: Zweig, Larra, Mayakovsky, van Gogh...
    Los suicidas que producen repugnancia son los que, antes de morir, se llevan a otros por delante. Es muy frecuente el caso del hombre que mata a su mujer y después se suicida. Deberían hacerlo al revés, como dice Gómez de la Serna: Los que matan a una mujer y después se suicidan debían variar el sistema: suicidarse antes y matarla después.
    En Japón es frecuente el suicidio colectivo, asociado a veces a alguna secta. Me imagino los últimos mensajes de semejantes idiotas: -¿Cuándo le viene bien al grupo el suicidio colectivo, el martes o el sábado? … -A mí me viene fatal el sábado, porque tengo un bautizo, mejor el domingo que es un día anodino.
    Sin embargo, hay suicidios que son comprensibles por la desesperación en la que vivían los que decidieron quitarse de en medio para dejar de sufrir: es el caso de los suicidas de tiempos de guerra o de los que, diagnosticados de enfermedades terminales, prefieren un tránsito rápido antes que una muerte indigna y terrible. No es fácil hablar de ellos como si fuesen idiotas.
    También sucede hoy, en contraposición con otras épocas anteriores, que vivimos bastante bien (en términos higiénico-sanitarios y de ocio) y, por ello, no somos capaces de aceptar con resignación (palabra que parece exclusiva de edades antiguas) los duros golpes de la vida.
    Vivimos en la época de los síndromes de todo y de la queja permanente. Todos hemos pensado alguna vez, en momentos de desamparo y angustia, en el suicidio como una salida desesperada. Lo que sucede es que no todos tienen la cobardía (o el valor, según se mire) de quitarse la vida para, supuestamente, dejar de sufrir.
    Éste es un tema del que no se habla: los medios de comunicación, por ejemplo, no informan de los suicidios salvo que el suicida haya sido una persona relevante en vida por algún motivo.
    No sé si es buena idea la de ocultar los informaciones de suicidios. Quizás el no hablar de ellos haga que estos se vean envueltos de un aura de misterio sobrenatural que genere el deseo de conocer más de ellos. Claro que siempre será mejor el ocultamiento de estas informaciones antes que una información descarnada que, por efecto de la imitación, provoque más suicidios: “Fulanito de Tal se tiró ayer del piso más alto de su bloque debido a las continuas depresiones que padecía últimamente”; “metodoseficacesdesuicidio.com”, etcétera.
    Querido lector: no se suicide nunca. La vida está llena de misterios y bellezas que hay que ir descubriendo cada día. Además, si Vd. se suicida, ¿quién me va a leer a mí? ¿No acabaré yo también suicidándome por imitarlo a Vd. y por quedar huérfano de lectores?
    No, definitivamente pienso que los suicidas no son idiotas. Son ángeles de bondad, almas que surcan los cielos en busca de mundos mejores en los que su sensibilidad encuentre finalmente acomodo, lejos de este mundo de iniquidades y de egoísmos.
    No, querido lector, no intente suicidarse porque, de ese modo, dentro de un tiempo, en el vídeo previo al baile de una boda de una vieja amiga, por ejemplo, quizás descubra, al contemplar una fotografía que Vd. ya creía olvidada, la mejor de sus sonrisas, la mejor versión de sí mismo, acompañada del abrazo de esos amigos del alma que nunca dejarán de serlo, ni en esta vida ni en la de más allá, la del otro lado de las nubes.
    Y entonces comprenderá que todos estamos conectados y en sintonía y que Vd. no tiene derecho a privar de su vida ni a sí mismo ni a los demás.

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