Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

jueves, 27 de octubre de 2016

DOCUMENTOS DE LA GUERRA CIVIL ENCONTRADOS RECIENTEMENTE EN UNA CASA DE SEVILLA







   A mis amigos y compañeros Alberto y Alfonso, por haberme permitido publicar estos valiosos documentos

   Querido lector:

   El pasado 25 de mayo del corriente año un amigo, Alfonso Julián Vega García, profesor como yo de enseñanza secundaria, me invitó a conocer la casa de su abuelo Eugenio, ya fallecido, en el barrio de El Fontanal de Sevilla.
   Sabedor de lo que me gustan los libros antiguos, me animó a pasarme por allí para que pudiese echar un vistazo a la extensa biblioteca familiar antes de que vendiesen la casa, lo cual iba a suceder unos días más tarde.
   Después de tomar sendos cafés, nos presentamos en la casa, donde ya estaba su hermana Rosa, y empezamos a revisar los libros en la planta baja del edificio, una vieja casa unifamiliar con varios pisos y una azotea.
   Empecé a hacer montoncitos con los libros que me interesaban. Pasamos un buen rato expurgando libros, algunos de ellos muy antiguos. Los había de poesía, de religión, de filosofía..., fruto de los variados intereses de su abuelo y de su padre. Por lo visto Eugenio, abuelo de Alfonso, era un gran recitador de los versos de Campoamor, de Lorca y de Miguel Hernández, Su mujer, una gran lectora, había leído casi todas las novelas de los escritores realistas de la generación de 1868, con especial predilección por aquellas de Galdós que tienen títulos de mujer.
   Aquellos libros demostraban un gran amor a los libros y un gran refinamiento cultural en aquel matrimonio ya desaparecido. Entre ellos estaba el libro de un viejo escalafón militar en el que aparece la mención al puesto y a otros datos de su abuelo paterno Eugenio.
   En un momento dado, Alfonso propuso que subiésemos a la primera planta de la casa, donde estaban los libros que habían sido de su padre, también llamado Eugenio Vega García, que fue médico de pueblo en La Algaba (Sevilla).
   Entre varios libros de medicina Alfonso encontró un antiguo diccionario de lengua española Aristos casi descuadernado.
   Me lo pasó y, al abrirlo, tremenda fue mi sorpresa cuando me encontré con unos viejos documentos de la Guerra Civil relacionados con la historia de la familia.
   En concreto, los documentos hallados son tres informes relacionados con las actividades de un familiar de Alfonso y de su primo Alberto Torres Urbano, amigo y compañero de mi instituto, además de una foto con los bordes quemados tomada en un puesto de artillería en la que aparecen tres soldados, una ficha militar medio quemada, un retrato de un militar también quemado casi en su totalidad y fotografías de familia tomadas probablemente en aquellos años convulsos para la historia de España.
   Por su interés histórico reproduzco sólo los tres informes y la fotografía del puesto de artillería, la cual encabeza esta entrada.  En ella aparecen tres hombres, uno de ellos (el de la derecha) probablemente es Cándido, según familiares que han visto la imagen.





Informe nº 1



Informe nº 2


Informe nº 3: 1/2



Informe nº 3: 2/2

   Los tres informes, dirigidos todos al Capitán Jefe de la División Marroquí 150, Batallón 257, se refieren a la misma persona, tío abuelo de mis compañeros, a Cándido Vega García.
   El primer informe lo firma y sella el 14 de julio de 1938 el Jefe Local de Falange Española Tradicionalista y de las JONS de San Roque (Cádiz). En él, contestando a un requerimiento de información del militar mencionado, el falangista afirma que Cándido Vega “ha observado siempre buena conducta [,] no conociéndosele actividades políticas de ninguna clase ni objeción alguna contra su buen nombre”.
   Recordemos que la provincia de Cádiz y en especial dentro de ella el Campo de Gibraltar era entonces un territorio ganado por los nacionales de Franco. Por esa zona entraron el mismo 18 de julio de 1936 “los sublevados”, un ejército casi en su totalidad formado por “moros”. Teniendo en cuenta esto, este primer informe salvaba la vida a Cándido.
   Sin embargo, en el segundo informe, sellado y firmado dos días después (16 de julio de 1938) por el Jefe Local de Falange de Estación San Roque, la opinión sobre Cándido es radicalmente contraria.
   Se afirma de él que es un “individuo de ideas extremistas, destacado por su actuación en el Sindicato [es decir, la CNT]”, que en los primeros días de la guerra (en el verano de 1936) “paró en la carretera a una persona de esta localidad [Estación San Roque] que marchaba con su familia al pueblo de San Roque, no dejándola pasar y diciéndole que en vez de marchar a dicho pueblo, marcharan [sic] a Castellar o Jimena, donde aún dominaban los rojos. [Punto y aparte] Pocos días después y por su propia voluntad, marchó al campo rojo”.
   Partes de este informe aparecen en el libro San Roque, guerra civil y represión (FMC Luis Ortega Bru, colección “Los pasos encontrados”, 2008), de Antonio Pérez Girón, donde aparecen también otras informaciones sobre Cándido: que tenía en 1938 la edad de 36 años, que era jornalero, que estaba casado, que había vivido en el Parador de Santa Rosa de la Estación de San Roque y que se pasó a las filas nacionales por el frente de Teruel.
   Parece ser que este informe es el que más se atiene a la verdad, pues Alberto Torres me ha comentado que, según informaciones oídas por él a algunos de sus familiares, Cándido era masón, sindicalista y anarquista.
   Tenía el sujeto en cuestión tres hermanos militares, entre ellos el ya citado Eugenio, los cuales estaban destinados antes de la guerra en Tetuán, que a la sazón era la capital del Protectorado español de Marruecos. Justo antes del estallido de la guerra civil estaban todos ya en puestos militares en San Roque.
   Antes de producirse el alzamiento militar en julio de 1936 (hace ochenta años), dichos militares fueron destinados a la Comandancia de San Roque. Al saber que Cándido estaba en Cortes de la Frontera, pueblo de la provincia de Málaga que fue su lugar de nacimiento, se lo llevaron a San Roque para quitarlo de líos y para que trabajase en Gibraltar. En esta época los municipios del Campo de Gibraltar recibían habitantes de muchos pueblos de Andalucía “al calor” (trabajo y alimentos) de Gibraltar.
   Recordemos que la represión del ejército marroquí de Franco, que había entrado por la bahía de Algeciras, fue tremenda en el Campo de Gibraltar en general y en San Roque en particular.  También fueron terribles las represalias de los milicianos republicanos contra personas de derecha, supuestas o no, como los familiares del psiquiatra Carlos Castilla del Pino, tal y como aparece en su autobiografía Pretérito imperfecto (Tusquets Editores, 1997).
   Todo el término municipal de San Roque es muy amplio, pero el principal eslabón militar de guardia de la costa, tanto en los puestos del mar de la bahía de Algeciras, en el Mediterráneo, como allende el estrecho, ya en el Atlántico, estaba en dicho pueblo.

   ¿Cómo acaba la historia? Veamos el tercer informe, firmado el 31 de julio de 1938 y con sello de la parroquia de Santa María la Coronada de la ciudad de San Roque. En él no aparece referencia alguna al firmante, pero el sello lleva a deducir que se trata de un informe escrito por el párroco, el padre Arenilla (su firma es reconocible en el documento). También hay un dato revelador: el autor del informe, al referirse a los ministros de la Iglesia, emplea la primera persona del plural.
   Aparece al principio, igual que en el segundo informe, una alusión a la fecha del oficio del Jefe del Batallón, el 23 de junio de 1938. También se menciona el número de registro de salida de dicha instancia, el 536 (en el segundo informe se menciona el número 537 y también la misma fecha de salida).
   El informe de la parroquia manifiesta que Cándido Vega García, vecino de la Estación de San Roque, durante su permanencia en la feligresía, “observó siempre una intachable conducta, siendo considerado como trabajador, honrado y laborioso, [sic] en todo momento”.
   Un argumento de peso esgrimido era que la familia Vega García “era la encargada, como de más confianza para la Parroquia, en la barriada de la Estación, del cuidado de la Capilla y la guardadora de las llaves de ésta y sus dependencias en las vacantes y ausencias del Capellán de dicha iglesia y esto aun en los años de la república, en que no solo éramos perseguidos los ministros de la iglesia sino cuantas personas se mostraban afectos [sic] a ellos, como ocurría con dicha familia”.
   El informante acaba exponiendo no tener “noticias de ninguna circunstancia que pueda ser desfavorable al citado Cándido Vega García”.
   Lo más probable es que, ante las dudas razonables sobre la filiación política de Cándido originadas por la lectura de los dos primeros informes (totalmente contrarios en sus afirmaciones), el jefe del batallón buscase una tercera opinión. A las dos voces anteriores, las de dos falangistas de opinión contraria en este asunto, se suma ahora la voz del párroco (quizás influenciado por la petición de ayuda de los hermanos Vega García) el cual apoya su idea favorable acerca del sujeto investigado con argumentos de peso.
   Ese tercer papel seguramente salvó la vida de Cándido.
   En aquellos tiempos de guerra, poseer o no poseer documentos como ése era la diferencia entre la vida y la muerte.
   A pesar de la cobertura de sus hermanos años anteriores, Cándido continuó algún tiempo con sus ideas y al estallar la guerra lo detuvieron rápidamente. Eugenio actúa para salvarlo, probablemente en connivencia con el resto de hermanos militares.
   Ante el informe incriminatorio, es seguro que Eugenio mueve Roma con Santiago en la Falange y que, por último, acude al cura para salvar al hermano. Lo consigue y lo manda al frente de Teruel, para expiar culpas en el bando nacional. Al volver lo emplearon en un banco y asunto zanjado: se convirtió en un valeroso combatiente del régimen. ¿Dónde quedaba la historia de su pasado rojo? Entre las páginas de un diccionario sabiamente custodiado.

   La madre de Cándido tuvo veintidós partos y de todos esos hijos sólo trece llegaron a adultos.
   Cándido pretendió a la abuela de Alberto antes de 1936, pero ella lo rechazó porque acababa de enviudar. Cándido, según unos informes, en 1936 tiene 36 años y según otros tiene 31 años. Según los familiares de Alberto Torres, informantes para este interesante estudio, es correcta la primera edad mencionada. Dicen que "era ya madurito" y soltero, trabajador del campo y que le gustaba la política. Vino allí después de que los hermanos militares también apareciesen por la zona debido a la fama de la buena vida de Gibraltar.
   Debió pretender a Josefa en torno a 1925 o 1926, que era cuando estaba recién enviudada de su primer matrimonio. Ella había nacido en 1906, se casó con 18 años, enviudó al año, cuando su primer hijo tiene 18 días, y vuelve a contraer matrimonio en 1930 con el abuelo de Alberto Torres, que fue fusilado en la guerra civil el 28 de julio de 1936.
   A pesar de ser muy guapo, Cándido murió sin pareja en torno a 1959 de un problema de corazón. Trabajó en un banco hasta su muerte y está enterrado en el cementerio de San Roque, en una tumba familiar, de la que reproducimos la foto de la lápida:




   Allí están enterrados algunos de los hermanos Vega García. Al morir la mujer del primero, enterrado antes allí, su hija puso en la lápida sólo el nombre de sus padres.
   Sólo nos queda un asunto por resolver: el destinatario de esos informes era el ejército sublevado, que tenía que resolver las dudas sobre sospechosos de pertenecer al bando de izquierda en la retaguardia del ejército de Franco y determinar sus destinos: paredón, cárcel o movilización en el bando nacional.
   Esos informes fueron depositados durante un tiempo probablemente en un archivo militar, pero terminaron en manos de un militar de ese bando: Eugenio, hermano de Cándido.
   ¿Cómo llegaron a sus manos? Posiblemente no le costase mucho acceder a ellos años después del final de la guerra, cuando ya no tenían ninguna relevancia para el destino de su hermano, recordemos que llegó a ser Comandante de Artillería. Sin embargo, no pudo custodiar todos los documentos relativos a Cándido, pues hemos visto que hay referencias al texto del segundo informe en el libro ya mencionado sobre la guerra civil en San Roque.
   Unas últimas preguntas quedan en el aire: por ejemplo, ¿por qué conservaron el segundo informe, que era totalmente perjudicial para su hermano?
   Me han venido dos ideas al respecto: en un principio quizás pudieron querer conservar los tres informes porque la guerra aún no hubiese terminado y, aunque en las fechas de los textos la victoria en la guerra se decantaba ya a favor de los nacionales, podía existir en los hermanos un temor a que el viento cambiase a favor de la República.
   En aquella época textos como estos -hemos dicho- podían condenar o salvar a una persona. Conservarlos era guardarse ases en la manga, a pesar de que existía el riesgo de que pudieran llegar a manos que no tuviesen piedad, de ahí la necesidad de custodiarlos en secreto.
   Otra idea, aportada por Alberto Torres (cuya abuela materna, Josefa, era hermana de Antonia, la mujer de Eugenio Vega), es que el deseo de Eugenio o de todos los hermanos militares era atar en corto a su hermano rojo. Conocedores de sus ideas “extremistas”, probablemente quisieron guardarse el segundo informe (y no quemarlo, como quisieron hacer con algunos de los documentos mencionados al principio) para evitar que Cándido sacase los pies del plato. ¿Conservar ese segundo informe era una manera de tenerlo controlado, una manera de velar por su vida igual que la custodia de los otros dos informes y la fotografía del frente de batalla? ¿Todos esos documentos no eran otra cosa que un salvoconducto, una salvaguardia, un seguro de vida para una persona considerada sospechosa en tiempos muy difíciles para la historia de este país?
   Me dice Alberto Torres en un correo lo siguiente: “Conociendo a mi tío Eugenio, estoy convencido de que guardó los informes para tener siempre al hermano atado de pies y manos y decirle ’si vuelves a las andadas, mira lo que hay’. Él era así con todo el mundo”.
   En fin, una historia o, como decía Unamuno, intrahistoria más de aquella guerra incivil que hace ochenta años quemó España por los cuatro costados, como los bordes de esa fotografía de un puesto avanzado en el frente de batalla en que unos soldados en plena acción se empeñan en atacar a un enemigo que viene del aire, del mismo lugar que los pájaros y las nubes.


miércoles, 29 de junio de 2016

martes, 31 de mayo de 2016

FOTOGRAFÍAS DE MIS ÚLTIMOS PERIPLOS


BODEGA DE SANLÚCAR DE BARRAMEDA




 


PEÑA EL ERIZO (CÁDIZ)



ESCALERA HACIA LAS NUBES


MACETA EN UNA PARED 
(ROTA, CÁDIZ)


MAÑANA DE NIEBLA DESDE EL TREN


RAYUELA DE UN APRENDIZ DE NÚMEROS


TECHO DE HOJAS EN LA BUHAIRA
(SEVILLA)



TERMÓMETRO LOCO


CALLEJÓN DE LA COMEDIA
(SANLÚCAR DE BARRAMEDA)



PÁJARO MUERTO


LETRAS DE UN INEDUCADO


UN ESPÍA EN EL VAPORCITO



lunes, 16 de mayo de 2016

FLORES DE LA VIDA







   No puede ser y lo sabes:
que la flor del pensamiento
dura muy poco en la maceta;
que un infame velo blanco
cubre al fin la piel de la naranja;
que nos espera,
tras el camino de la vida,
la odiosa muerte;
que mis versos
serán olvidados
en pocos años…

   No puede ser, amiga,
y lo sabes:
no podemos dejar congelado
cada hermoso instante
de la existencia,
porque la vida,
como un profundo río,
avanza inexorable
hacia el acabamiento
en el mar insondable.

   Sin embargo,
también nosotros,
como la flor del pacífico,
dictamos lecciones
de belleza
a cada instante.

   Al final está la muerte, sí,
eso ya lo sabemos, pero…
¿qué importa en el fondo?
¿Para qué tantos temores,
tanto agobio sin sentido?
¿Querríamos acaso
vivir para siempre?

   Seamos actores
(a veces cómicos,
otras, dramáticos)
en el hermoso teatro
que Dios ha procurado
para nosotros.

   Vivamos, pues,
cada día
convencidos
de que no existe 
mejor momento
que el presente;
de que no hay mejor sitio
que este de ahora;
de que no hay mayor gozo
que el de seguir vivos,
y de que vivir consiste,
ni más ni menos,
que en llenar la memoria
de nuestros días
de alegría serena
y de belleza,
hermosa belleza
que siempre,
querida amiga del alma,
nos alimenta

y vivifica.

martes, 10 de mayo de 2016

EL CONDENSADOR DE FLUJO TEMPORAL (Microrrelato)






   Aquel escritor, J., insatisfecho con sus textos breves y con la época de crisis y de prisas en la que vivía, la cual no favorecía la creación demorada y sin tiempo que era propia de eras pretéritas, decidiose a comprar un artilugio que le anunciaban una y otra vez en la parte digital de su cerebro: el condensador de tiempo de la marca Fluzo.
   Era una especie de máquina del tiempo, pero muy lenta. Lo que hacía era estirar espacios de tiempo muy breves y convertirlos en otros mucho más largos. Así, verbigracia, un minuto lo estiraba el artilugio hasta transformarlo en un día entero, o en un mes completo si era necesario.
   De este modo, J. empezó a estirar sus minutos de ocio para dedicarse a escribir una magna obra literaria, por lo que se convirtió en un polígrafo moderno.
   Sus haikus dieron paso a extensos poemas épicos; sus cuentos, a larguísimos novelones; sus entremeses, a enormes dramas; sus artículos de opinión, a vastos ensayos donde intentaba elucidar la compleja naturaleza humana.
   Dueño por fin del tiempo, sabedor de que podía estirarlo o comprimirlo a voluntad, J. decidiose a buscar editor, pero, por mucho que lo intentase, las horas-siglos no le dieron nunca para poder hallar a un osado editor-artista que se atreviese a publicar aquella magna obra, demasiado extensa para los criterios modernos según la opinión de los editores de entonces, que estaban siendo ya reemplazados por grandes empresarios de telebasura, los cuales eran los señores encargados de seleccionar los textos que alienasen a las nuevas hornadas de lectores acríticos.
   Por otra parte, a pesar de haber conseguido tener todo el tiempo del mundo para engolfarse en los mares sin límites de las palabras, empezó a sentir un gran desasosiego.
   En el fondo, echaba de menos aquella época, varias horas reales atrás, en que, a salto de mata, sin previo aviso, ideas presurosas acudían a su mente de literato ansioso para convertirse en microrrelatos, en microteatros, en micropoemas (haikus) o en aforismos que él rápidamente, de modo compulsivo, compartía con su extenso grupo de familiares y amigos del «Internete».
   Desencantado, echó al fuego purificador el condensador de flujo de la marca Fluzo junto con toda aquella magna obra que había escrito en realidad en muy pocas horas reales de su vida y decidió olvidar la vida contemplativa de los novelistas de antaño.
   Como digno hijo de una época apresurada, prefirió al fin dejarse llevar por la prisa y la compartición antes que por la calma y la contemplación.

   Un infarto dicen que fue la causa de su mala muerte. Pobre.

lunes, 2 de mayo de 2016

LOS OTROS (Y TÚ)





   Los otros me iluminan
y también me agotan.
Los otros son necesarios
para que yo sea quien soy,
pero también me atosigan
cuando me hacen perderme
entre ellos.

   Yo y los otros,
los otros y yo…

   Vivir es hacerse a los otros,
sobrellevarlos,
comprenderlos,
respetarlos,
amarlos…

   Pero amar a los otros
sin de verdad atenderlos
es tarea de egoístas,
inútil empeño,
absurdo trabajo.

   Amar a los otros
requiere primero
amarse de veras
a uno mismo,
atender a la imagen
más pura y cristalina
que de los otros hay en uno,
que de uno hay en los otros.

   Y amar al otro es,
sobre todo,
en mi caso,
querida amiga,
amarte a ti,
la más bella alma
que vieron jamás mis ojos.

lunes, 25 de abril de 2016

TEORÍA DE LAS NUBES (Poema en prosa)





    …Las nubes –dice el poeta [Campoamor]- nos ofrecen el espectáculo de la vida. La existencia, ¿qué es sino un juego de nubes? Diríase que las nubes son «ideas que el viento ha condensado»; ellas se nos representan como un «traslado del insondable porvenir». «Vivir -escribe el poeta- es ver pasar.» Sí; vivir es ver pasar: ver pasar allá en lo alto las nubes. Mejor diríamos: vivir es ver volver. Es ver volver todo un retorno perdurable, eterno; ver volver todo -angustias, alegrías, esperanzas-, como esas nubes que son siempre distintas y siempre las mismas, como esas nubes fugaces e inmutables.
   Las nubes son la imagen del tiempo…

   Texto de José Martínez Ruiz, Azorín, perteneciente al capítulo «Las nubes» de su libro Castilla (1912).


   En tierras llanas como la nuestra, las únicas montañas que gozamos son las que las nubes crean con sus cambiantes y caprichosas formas.
   A los contempladores nos gusta ver pasar las nubes, observar su apariencia, su tamaño, sus colores, su peso de agua, su movimiento, su quietud…
   A veces lo mejor de un día es la visión rosa de nubes incendiadas en su vientre durante el amanecer por los rayos del sol que nace o, al atardecer, los tonos del cielo que se oscurece reflejados en las blancas y grises montañas nubosas.
   A mí me gusta, en las últimas horas de la tarde, abrir las ventanas de mi casa que dan al ocaso y atender al misterio, cada día igual y al tiempo distinto,  de las nubes volanderas, misterio con que Dios nos anuncia cada atardecida la belleza del mundo.
   Sobre todo en primavera y en otoño, los cielos son espléndidos lienzos en los que el Creador pinta, cada atardecer, un cuadro hermoso que induce a la calma, a la serenidad, al refugio en el alma del cansado guerrero.
   En esta época de prisa frenética y ruidosas voces, contemplar con atención las nubes es encontrar la calma perdida en las trampas del día, es encontrarse en silencio con uno y también encontrar a Dios en el simple detalle de un alto montículo blanco de vapor de agua tocado por el brillo rosáceo del último rayo de sol del día.
   Saber vivir cada jornada es, entre otras cosas, saber contemplar cómo pasan las nubes. Y es también saber abrir los brazos para recibir los dones del misterio de lo creado.

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