domingo, 6 de julio de 2014

EL JARDÍN DEL ÁNIMA








A Andrés Martín, en prueba de mi afecto


   Cuentan las lenguas dignas de fe que el jardín del Ánima está situado en medio de colinas de frondosa vegetación muy cerca del mar.
   Un muro blanco rodea toda la finca, en la que destaca una casa de dos plantas, fundada -dicen- por el primer marqués del Ánima.
   El jardín es grande, con zonas de umbría y solanas en las que crecen muchas plantas diversas, cuidadas por el jardinero de los viejos señores.
   Es aquel un paraíso terrenal, armónico, feraz, bello, ordenado. Cada planta, cada hoja ha sido esculpida por el jardinero con idea de mejorar a la naturaleza, que crece salvaje más allá de los muros.
   Al norte se contemplan los neveros de las montañas y al sur, una línea de costa entre verdes pinos. A veces, en verano, una vela blanca surge en medio de los reberveros argénteos de las ondas del mar.
   En primavera, las nubes cruzan, llevadas por una brisa serena, el azul del cielo. Entonces, al atardecer, la luz del sol ya ido ilumina otros mundos más allá del horizonte.
   Es en esos breves instantes cuando el jardín del Ánima se convierte en exacta imitación del universo. Todo en él es belleza, paz, serenidad. Cada hormiga, cada brote, cada palabra susurrada entre las sombras habla del amor, de la química que une partículas, escalas y almas.

   La finca del marqués del Ánima está rodeada, excepto por la ladera del sur, que baja hasta un acantilado en la costa, por bosques umbríos.
   En aquellos bosques hay senderos que no llevan a ningún sitio, por lo que pocos elegidos son los que pueden llegar a disfrutar de las delicias del jardín.
   Desde el sur el único acceso al jardín es por la costa. Hay que fondear el barco en una pequeña cala y desde allí ascender con dificultad hasta la explanada del vergel, la cual no se puede divisar desde abajo.
   Para llegar al jardín desde los otros puntos cardinales hay que atravesar montañas imponentes. En algunas épocas del año, a la dificultad del sendero se une la de las inclemencias del tiempo.
   En invierno, numerosos temporales se suceden uno tras otro batiendo y derribando árboles que quedan atravesados en los caminos de herradura. Las escorrentías también hacen desaparecer senderos de las laderas.
   Sólo en verano, cuando los temporales quedan atrás, los hombres pueden acceder con menos dificultad al jardín del Ánima para rendir tributo a la amistad con el marqués.
   No obstante, algunos osados se atrevieron en el pasado a recorrer aquellas calzadas en plena galerna, por lo que hubo que buscar sus cuerpos, tragados por el bosque.
   Algunos libros que hablan de aquellas expediciones de rescate, olvidados en la vieja biblioteca del marqués del Ánima, conservan el recuerdo de algunos descubrimientos excepcionales, como el de un antiguo galeón cubierto de musgo blanco en medio de un claro del bosque. Posteriores expediciones, que buscaban a otros desaparecidos, lograron llegar a aquel mismo claro, pero el barco había desaparecido.
   Aquellos senderos del sotobosque parecen conducir a extrañas encrucijadas del tiempo. Sólo cuando un viajero logra llegar al jardín del Ánima encuentra el verdadero tiempo, que no es el de los relojes, sino el de la paz interior del alma.

   La casa de la finca del Ánima fue construida siguiendo una vieja moda arquitectónica. 
   En el interior, frescos de pintores italianos recubren las paredes. Son pinturas hermosísimas, sobre todo las de la biblioteca, llena de antiguos manuales de botánica y situada en la segunda planta, la cual tiene unas espléndidas vistas de las montañas, de la costa y del jardín.
   

   El jardinero del marqués, hombre esmerado y curioso, se empeña cada primavera en arreglar los destrozos de los temporales invernales: recoge con mimo las hojas muertas, poda las ramas enfermas... y todo lo hace sin prisa, sabedor de que la lucha entre el desorden natural y el orden racional es un afán sempiterno.
   El empeño del jardinero es el de mantener aquel vergel como un lugar ameno y deleitoso, siguiendo las normas armónicas de jardinería señaladas en el Libro de la jardinería del huerto del Ánima, manuscrito escrito con letra preciosa por el primer jardinero del solar del que se tiene noticia.
   En el cuaderno se detallan "los puntos de que ha de estar compuesto el jardín del lugar frondoso llamado del Ánima", esto es, agua abundante con su rumor, contraste de sombras de árboles y solanas, verdor innúmero...
   El jardinero deberá estar igualmente atento a la temperatura para saber qué días son propicios para la conversación al aire libre. La brisa buscada ha de ser húmeda y suave, agradable.
   Sólo entonces, cuando todas las condiciones sean propicias, el jardinero convocará al marqués para sus encuentros de amistad con quienes logran llegar hasta allí, los cuales hallan siempre dispuestos el jardín y la casa.
   Es sabido que los marqueses del Ánima, cuya genealogía se remonta a la época de las primeras batallas, escuchan siempre con atención a quienes franquean las puertas de la finca, los cuales desde ese mismo instante gozan de los bienes de su amistad.
   Aquel es el lugar de mis sueños, solar donde la naturaleza viste sus mejores galas, sitio apropiado para el goce de los sentidos, vergel en el que se cultiva la palabra y el arte de la amistad serena.
   A él yo, un pobre jardinero, les invito a acudir.


viernes, 20 de junio de 2014

"LaCayejera"

 LaCayejera en Torre Triana


 A mi hermano Cayetano, a quien le deseo 
la mejor de las suertes en su nueva singladura.


   Hoy quiero traer a esta bitácora el ejemplo de un empresario del gremio hostelero residente en Sevilla. Me refiero a mi hermano Cayetano, riotinteño de pro que para ser feliz quería un camión y que acaba de inaugurar algo inaudito en esta ciudad: un restaurante ambulante.
   Sí, como lo oyen. Se trata de un camión con cocina que va cambiando de ubicación según el día de la semana. La empresa se llama LaCayejera (juego de palabras con el nombre familiar de mi hermano, Caye, y con la palabra "calle", pues se trata de un negocio de comida callejera).
   Lo curioso es que pueden Vds. saber dónde está cada día el camión (cuyo nombre es el de mi madre, "Manuela") a través del perfil de LaCayejera en Facebook o a través de una aplicación para móviles que pronto estará disponible.
   LaCayejera vende comida de calidad para llevar o para tomar al lado del camión, igual que sucede en muchas otras ciudades del mundo.
   Son dignos de admirar, en estos tiempos de incertidumbres, ejemplos de emprendimiento como el que les cuento.
   El empresario se parece mucho al artista, al creador: ambos vislumbran ideas que están en el aire y terminan dándoles forma.
   En un país como el nuestro, en el que tantos vivimos de la teta de la Administración, la voluntad empresarial, que sortea trabas burocráticas y económicas, así como resistencias iniciales de todo tipo, debe ser alabada, pues gracias a ella se crea riqueza y, en suma, felicidad.
   Gracias, hermano. Estoy deseando probar la comida de tu camión.

domingo, 8 de junio de 2014

CONTRATO DE APRENDIZAJE DE 1926


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A Rafa Nadal, por su maravilloso pundonor.

    Gracias a mi tío Antonio Fernández, el hermano de mi madre, he podido conocer el documento reproducido al principio de estas líneas.
    Es el contrato de aprendizaje de mi abuelo materno, Manuel Fernández Pérez, para la enseñanza del oficio de tornero en Talleres Mina, que eran los talleres de reparación de los trenes de la compañía anglosajona de minas de Río Tinto (la Rio Tinto Company Limited) en 1926.
    Me llaman la atención varias cuestiones al leer detenidamente el documento: el formato de la página (posiblemente con una medida en pulgadas), la mención a la edad de mi abuelo (14¾ años, con ese símbolo de ¾ quizás producido por una máquina de escribir inglesa), así como la desmañada firma del padre de mi abuelo (y por tanto bisabuelo mío), Antonio Fernández Alonso, cargador de barrenos, la cual es la firma de alguien que no sabía escribir bien.
    Incluso aparecen dos firmas de testigos, cuyos nombres no están registrados, que fueron precisos para “avalar” la legitimidad de la firma de mi bisabuelo, según lo que aparece en la nota (2) del pie de página.
    En ésta se dice “Si no supieren firmar las partes contratantes o alguna de ellas...”, lo cual da idea del alto porcentaje de analfabetismo en la sociedad española de aquella época.
    Otra curiosidad es la gran duración del contrato de aprendizaje: ni más ni menos que cuatro años, es decir, hasta que mi abuelo cumpliese los dieciocho años.
    En la cláusula 6ª, en la que se habla del tiempo que el aprendiz deberá dedicar a su instrucción, se aclara que éste “ya sabe leer y escribir” y sin duda la firma de mi abuelo es más limpia y clara que la de mi bisabuelo.
    En una época como la actual en la que muchos contratos de trabajo tienen la duración de una semana y en la que se ha perdido la importancia del aprendizaje de un oficio desde temprana edad, merece la pena conocer documentos como éste que arrojan luz sobre épocas pretéritas en las que tan importante era saber leer y escribir como aprender un oficio que era para toda la vida.
    En España actualmente la mitad de los jóvenes en edad de trabajar está en paro (en Andalucía la cifra es escandalosa: el sesenta por ciento no tiene trabajo). Se habla de la generación ni-ni (ni quieren trabajar ni quieren estudiar).
    No quiero detenerme en las muchas causas que nos han llevado a esta dramática situación. Sólo quería recordar que antes, en 1926 por ejemplo, con catorce años el sistema no te ofrecía la posibilidad de ser un ni-ni, teniendo en cuenta también que las familias eran muy numerosas y que por ello los padres se veían obligados a poner a trabajar a su prole muy pronto.
    Todos los días, cuando vuelvo a mi casa, paso por varias plazas y contemplo a jóvenes porretas ociosos y talludos que no han dado un palo al agua en sus tiernas dos décadas de vida y que malviven con las subvenciones de sus padres o abuelos.
    Cuando paso al lado de ellos, cansado de mi lucha diaria, y escucho sus sempiternas conversaciones de fútbol, siempre pienso lo mismo: ¿es que el sistema no puede ofrecerles nada a estos jóvenes?
    A partir de ahora, cuando pase junto a ellos, me haré una segunda pregunta: ¿alguna vez tendré el valor de pararme a contarles que mi abuelo Manuel con catorce años empezó a aprender el oficio de tornero en unos talleres que pasaron a la historia hace ya una eternidad?

viernes, 30 de mayo de 2014

FOTOGRAFÍAS DE TABERNAS ANTIGUAS DE SEVILLA




    Desde hace tiempo, cada vez que entro en esta mi bitácora, me quedo observando la fotografía de portada y preguntándome quiénes son las personas que en ella aparecen.
    Apenas tengo datos sobre esta imagen: parece ser que fue realizada entre 1915 y 1936 por el francés Charles Alberty López (Loty) o por Antonio Carreta Passaporte, un fotógrafo portugués que trabajaba para la firma de Loty, AFUSA (Archivo Fotográfico Universal). En ella aparece el interior de una desconocida taberna de Sevilla, en la cual sus parroquianos posan con gesto amable.
    La imagen forma parte del catálogo de una exposición titulada La imagen de Andalucía (1915-1936), que tuvo lugar en el Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla entre 2002 y 2003. El cederrón del que la he extraído incluye un amplísimo repertorio de 2348 imágenes digitalizadas de las placas originales de Loty-Passaporte, tomadas, aparte de en Sevilla, en Linares, La Carolina, Sierra Morena, Ronda, Benaoján, Santiponce, Alcalá de Guadaíra, Carmona, Marchena, Utrera, Écija, Tetuán, Cádiz, Jerez, Arcos de la Frontera y El Puerto de Santa María.
    Y poco más sé de esta foto, aparte de que está movida, debido a la cuestión técnica del tiempo de exposición, la cual me resulta totalmente desconocida.
    La mayoría de las fotografías de Sevilla de dicho repertorio son bellas, técnicamente perfectas, pero también frías, distantes, sin calor humano, pues apenas aparecen personas en ellas, excepto en varias series: las fábricas, las tiendas, los talleres y las tabernas.

    Al contemplar las fotografías de las tabernas (las cuales incluyo aquí), que son más cálidas porque en ellas la arquitectura de los espacios cobra sentido por la presencia en ellos de seres humanos, me vienen a la cabeza varias reflexiones:

    La primera, el valor de testimonio histórico del arte fotográfico, el cual perpetúa en el tiempo instantes definitivamente borrados del discurrir eterno.
    En segundo lugar, me pregunto por los nombres y las vidas de aquellos camareros, soldados, señores con capa... ¿Qué fue de ellos, por ejemplo, en la guerra civil, la cual se inició pocos años después de esas instantáneas? ¿Vive aún alguno de sus descendientes? La respuesta es el silencio.
    Siempre queremos saber más, pero olvidamos que la vida es puro misterio. Una fotografía antigua es sólo reflejo de un instante igual a otro cualquiera de nuestras vidas o de las ajenas, del cual apenas conocemos lo sustancial y a veces casi nada.
    En una escena de la magnífica película El club de los poetas muertos, basada en el libro del mismo título, se refleja perfectamente el tópico latino del Carpe diem, la exhortación a disfrutar del presente: en ella, un profesor de Literatura de una estricta institución académica norteamericana, papel encarnado magistralmente por Robin Williams, lleva a sus alumnos a la entrada del colegio para enseñarles fotografías de antiguas promociones del mismo. Él pone a sus alumnos en situación explicándoles el antiguo tópico del poeta latino Horacio y luego les hace aproximarse a aquellas viejas fotografías en sepia para que escuchen la lección (Carpe diem, “toma el día”) que transmiten aquellos antiguos rostros que ya han sido borrados por el tiempo pero que perduran milagrosamente en el papel fotográfico.
    Disfrutemos, pues, del día, del presente, del instante, sin olvidarnos nunca del pasado, el cual nos sigue transmitiendo sus lecciones desde hermosas y viejas fotografías de mundos casi olvidados.




domingo, 25 de mayo de 2014

MONÓLOGO DEL TORERO DELANTE DEL TORO


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A Juan José Padilla

    No quisiera que tus cuernos penetraran en mi carne como puñales, pero aquí estoy, ya no te tengo miedo, toro.
    A pesar de mis antiguas heridas, a pesar de que llegué a temerte, aquí estoy, una vez más, preparado de nuevo para recibirte, para convertir tu cuerpo en aire, en sueño, en arte con el vuelo de mi muleta.
    Mis manos encallecidas agarran la tela, débil arma defensiva, para ahormar tus embestidas, que a veces fueron fieras, de una crueldad temible, y otras simples movimientos del aire que apenas llegaron a herir mi pobre alma.
    ¿Qué es el miedo? Me lo he preguntado muchas veces y creo tener la respuesta. El miedo es no saber, es la incertidumbre que nos corroe por dentro: ¿cuándo será el instante último que terminará tumbándome?, ¿será terrible mi fin?
    De esa incertidumbre sabemos mucho los toreros y llegamos a domarla a veces.
    Porque, ¿qué es la vida sino incertidumbre? Si finalmente hemos de morir a causa de nuestra condición mortal, ¿por qué no hacerlo mirándote cara a cara, toro, aguantando tus ojos de animal terrorífico hecho ya para la lidia en la creación del mundo?
    Cada tarde, cuando salgo al ruedo, pienso que quizás sea la última vez que me visto de luces, la última vez que mis ojos ven el cielo azul. Y entonces siento tantas ganas de vivir que no me pide cosa alguna mi espíritu que no sea dominarte, sojuzgarte, hacer que mi espada penetre en tu cuerpo para matar todo lo fiero que hay en ti y hacerte buscar la paz de los prados del Señor, siempre con la idea de que seas tú y no yo el primero que los contemple.
    Aquí estoy, toro. Éste es un asunto sólo entre tú y yo, entre fiera y hombre. Desde antiguo venimos luchando y, aunque yo caiga, otros mejores que yo habrán de seguir mis pasos igual que yo seguí los de mis antecesores, escritos en las antiguas reglas de la tauromaquia.
    Ven, ven a mi muleta, así, despacio, embebiéndote en ella.
    Fuera de nuestro círculo en el centro del ruedo oigo un murmullo de voces. Es el público, que ha pagado sus entradas y quiere espectáculo. Pero no toreo para ellos, sino para mí mismo. En último término, si surge la emoción, algo difícil muchas tardes, inmediatamente llegará a los tendidos. No me preocupan ellos, sólo tú, toro. Porque uno torea solo igual que uno, la mayor parte de las veces, está solo consigo mismo en la vida.
    Llega el instante final... Ambos estamos agotados. Debo cuadrarte para hundir en tu lomo el estoque.
    Quizás logre matarte o tú a mí. O quizás muramos los dos al mismo tiempo. No sería la primera vez. ¿Qué más da?
    La vida es incierta, toro. Ven, aquí estoy, ya no te tengo miedo. Hace tiempo dejé de preguntarme cuántas vueltas ha de dar el cielo antes de que finalmente hundas en mi cuerpo mortal tus cuernos de bellísimo animal.
    Ven, ven aquí, toro. No dejes de mirarme a los ojos.”

viernes, 16 de mayo de 2014

DESCANSE EN PAZ, ISABEL CARRASCO



   Me parece lamentable cuanto menos la "segunda muerte" de Isabel Carrasco. Por muy "bicho" que haya sido (cosa que ni conozco ni quiero conocer), creo que es necesario respetar su memoria al menos no ofendiendo su nombre y no pedir que les suceda lo mismo a políticos como ella. Eso es enaltecer el terrorismo, la locura, la violencia desmedida, la cultura de la muerte. Yo me he quedado de piedra estos días leyendo determinados comentarios en Internet. ¿Este es el país en el que vivo? Estoy pensando seriamente en emigrar a la Cochinchina.
   El otro día en Colombia le rompieron en las narices uno de sus libros al escritor Mario Vargas Llosa. Él, impertérrito, declaró que se empieza rompiendo los libros de una persona y se puede terminar matándola. 
   Esas actitudes se llaman totalitarias y ya sabemos por la Historia a dónde nos ha conducido el fanatismo totalitario tanto de izquierdas como de derechas. 
   ¿Y por qué, por otro lado, hablamos tan mal de alguien que apenas conocemos, salvo por dos o tres comentarios, anónimos muchas veces y por tanto cobardes, que se hacen en un periódico o en una red social? 
   Yo entiendo cada vez menos esta carga de fanatismo y de odio que está llevándonos por aguas embravecidas en este país. ¿Ya no nos acordamos de 1936? ¿Hay que hacer nuevas fosas cuando aún no se han desenterrado restos de las viejas?
   Hay que amar, amar, amar, viajar, viajar, viajar y leer, leer, leer. Lean a Stefan Zweig, por ejemplo. En El mundo de ayer (magnífico libro de memorias) retrata perfectamente cómo el fanatismo político terminó con un mundo de seguridad y de fe en el individuo en la Austria inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial. 
   ¿Cuánto cuesta un bote de pintura para pintar palabras de odio? ¿No es mejor gastar ese dinero en un buen libro o en una película que nos alimente y nos reconcilie con la vida? ¿O simplemente, gratuitamente, buscar una conversación que nos llene de amor y belleza?
   Por último, creo que a los políticos hay que exigirles que hagan bien su trabajo, y debemos todos hacerlo desde el conocimiento de causa, pero pensar que todos son unos ladrones y chupópteros no nos conduce a buen puerto, porque no es así además. 
   Si dejáramos a un lado la asquerosa programación de los canales de TDT y cultivásemos más el espíritu, las tornas cambiarían mucho, pero parece que hay muchos que no quieren aún una ciudadanía crítica, educada y exigente. Quizás haga falta aún -no lo sé, disculpen mi ignorancia- una ciudadanía gregaria, vocinglera y violenta que se deje llevar por la corriente dominante, que un día en la Red grita puta a una política y la llama asesina por el hecho de ser diputada y al día siguiente grita enardecida por los goles del as futbolístico de turno.
   El problema es que, cuando queramos evitarlo, las trincheras que hayamos ido construyendo tendrán que llenarse de carne de cañón y para entonces el mundo de seguridad se habrá desvanecido, y de ello sólo seremos culpables nosotros.



lunes, 21 de abril de 2014

LOS ROMANCES PERDIDOS DE HUELVA




   Mi caballo se saltó
las tapias de tu corral;
entró gordo y salió flaco:
no le echaste la ceba[d]a.

   Artillerito,
tira la bomba
y al caballito
dale que corra,
leré,leré...

Canción tradicional de Villanueva de los Castillejos (Huelva)

 
 
A la memoria de Manuel López Bandera



   Una de las labores de las que más me he sentido orgulloso fue la tarea de colector de romances en varios pueblos del Andévalo onubense en unos días de Pascua de Resurrección de hace ya bastantes años.
   La expedición, comandada por los profesores Pedro Piñero, Enrique Baltanás y Antonio José Pérez Castellano (de la Fundación Machado de Sevilla), estaba formada por alumnos de Doctorado españoles y alemanes.
   Yo andaba entonces intentando producir una tesis doctoral que explicara las relaciones entre la lírica tradicional y los romances, aunque con el tiempo terminaría abandonando dicha labor.
   Nuestra base de operaciones estaba en Villanueva de los Castillejos. Desde allí nos desplazamos en varios grupos a pueblos cercanos (Tharsis, Alosno, Paymogo, San Bartolomé de la Torre, Cumbres de Enmedio...) en busca del patrimonio oral de dichas localidades.
   En otra ocasión mi mujer (entonces novia) y yo hicimos la encuesta oral en Zufre con ayuda de nuestros amigos Carlos, Cristina y Gonzalo. También recuerdo que estuve en Santa Olalla del Cala y en Cala, ambos pueblos en la frontera con Badajoz.
   A veces teníamos previamente localizada a una persona de contacto que nos facilitaba la labor de búsqueda. Otras veces, sin embargo, teníamos que buscar mucho hasta encontrar a un buen informante.
   Recuerdo que en un pueblo todos los habitantes tenían motes, por lo cual la cuestión se complicó aún más.
   Una vez nos dieron la pista de una mujer que había cantado muy bien en una excursión, pero cuando llegamos a la casa indicada nos encontramos con una señora vestida de luto riguroso que se molestó mucho por el hecho de que hubiesen pensado en ella como una cantante, cuando era sabido en el pueblo que ella no cantaba desde que su hijo se ahogó en el pantano treinta años atrás.
   Buscábamos sobre todo a mujeres mayores que hubiesen pasado gran parte de su vida trabajando en el campo, ya que en ese ambiente (ajeno a influencias como la radio) era muy probable que hubiesen estado en contacto con los romances, poesías orales tradicionales de larga tradición en nuestra literatura.
   La gente fue en general muy amable con nosotros. Algunos nos preguntaban si formábamos parte de un conjunto, o sea, de una banda que quisiera recoger esas canciones para incluirlas en su repertorio.
   Muchos nos abrían sus casas y, una vez dentro, con la grabadora delante (la cual infundía un respeto reverencial a muchos de ellos) les íbamos preguntando si conocían diferentes romances. Nosotros preguntábamos el principio (los dos primeros versos) para dar pie a que el informante siguiera cantando.
   En aquellas encuestas encontramos romances, pero también poesía tradicional, coplas, tangos, palos flamencos, canciones de Carnaval...
   Allí mismo rellenábamos una ficha con los datos esenciales de la grabación (lugar de recogida, nombre y edad del informante, equipo de colectores que recogían el romance, fecha de la grabación y datos de métrica y rima).
   Una vez, en un pueblo de la sierra de Huelva, una señora amablemente nos hizo pasar a su salón y empezó a responder a nuestras preguntas cuando de pronto apareció su marido, un señor mayor cortante y desabrido que protestó por la intromisión de aquellos universitarios en su sacrosanto hogar, aunque ella (acostumbrada a torearlo) nos dejó hacer el trabajo.
   En San Bartolomé de la Torre, el primer pueblo al que fuimos, recuerdo que una amable señora nos cantó maravillosamente una retahíla, a pesar de que nos confesó que hacía décadas que no la cantaba completa. Aquella pervivencia en la memoria de un texto tan complejo me impresionó.
   Cuando nos despedíamos, muchos informantes, con los ojos húmedos de emoción, se lamentaban de no poder recordar más canciones. "Seguro que mañana me acordaré de más", decían muchos de ellos incitándonos así a volver al día siguiente.
   En Cumbres de Enmedio, un pequeño pueblecito de apenas tres calles, dimos con un anciano que nos contó su vida, llena de lutos permanentes por la muerte de varios familiares. Una vida así no podía haber sido acompañada de cantes, por lo que no nos dejó ninguna canción. De todas maneras, no quedó ningún testimonio físico de aquella conversación, pues debido a un fallo técnico no fue grabada en la cinta.
   El resultado de aquel trabajo pasó a formar parte del Romancero de la provincia de Huelva, que fue publicado en 2004 por la Diputación Provincial de Huelva y la Fundación Machado.
   Pienso que el patrimonio de la literatura oral tradicional no está suficientemente valorado.
   Por ejemplo, en los institutos se estudian los romances como textos del pasado, pero no se enseña su pervivencia actual. No se les ofrece, por ejemplo, a los alumnos la oportunidad de realizar encuestas de literatura tradicional.
   En éste, como en otros asuntos relacionados, se nota la indiferencia de la sociedad hacia los ancianos y hacia toda la cultura que atesoran.
   En un mundo tan globalizado como el nuestro, olvidamos las diferencias culturales en aras del supuesto progreso del pensamiento único.
   A los ancianos se los trata como a niños incapaces que son objeto de risas, cuando la riqueza de su experiencia es un valor que debería ser ensalzado.
   Agonizando en medio de un panorama de pensamiento único dictado por los insufribles canales de televisión de hoy, la literatura tradicional aún subsiste en la memoria de cada vez menos personas como testimonio del mundo de ayer.
   De nosotros depende que pueda recuperarse una mínima parte de su pasado esplendor, aunque, por desgracia, puede que mañana ya no haya nadie que se acuerde de ningún romance ni nadie que se moleste en recopilarlos.

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