domingo, 21 de septiembre de 2014

SIETE CARTAS LITERARIAS A MI HIJA (Carta sexta)






Carta sexta

    Querida hija:

    Me dijo un buen poeta hace tiempo que la conquista del escritor no está en ver publicadas sus palabras, sino en seguir escribiendo.
    Ésa es una gran verdad. Un escritor se define ante todo por su oficio, es decir, por su escritura. Por ello, todo lo que rodea a sus palabras (premios, editoriales, críticas, redes sociales, blogs...) es un mundo exterior a ellas.
    Lógicamente, todo escritor desea ver publicado el fruto de su trabajo. Es muy grato ver tus palabras en libros e ir dándoles salida de esa manera.
    Sin embargo, si tus palabras no son imprimidas no debes preocuparte. No debes pensar en ello como en un fracaso.
    Afortunadamente, hoy en día además hay muchas formas de publicar textos, como por ejemplo los blogs, combinados con las redes sociales.
    Es verdad que éstas son ediciones virtuales que no parecen tener la misma pervivencia que una edición en papel. No obstante, son una magnífica forma de publicar tus palabras de forma personal, muchas veces acompañadas de fotos, vídeos o archivos de audio. Es una manera de publicar tu mundo literario en el mundo digital, accesible desde cualquier dispositivo con conexión a Internet.
    Yo he mandado muchas veces trabajos literarios a editoriales. Unas veces contestan amablemente que en su línea editorial no cuadran bien esas obras. Otras editoriales ni siquiera contestan, pero no les guardo rencor: reciben tantos trabajos que imagino que pueden permitirse rechazar miles de manuscritos sin ni siquiera responder a las solicitudes con un mensaje tipo.
    De todas maneras, no creo que mi felicidad como escritor deba estar asociada a recibir tal o cual correo de una u otra editorial. Aunque, por supuesto, seguiré intentando publicar en papel obras mías que duermen en cajones desde hace tiempo, no me preocupo en exceso por ello.
    Por otra parte, es importante no tener pudor al escribir. Yo cuando escribo pienso en el primer lector de mis palabras, o sea, en mí mismo. Si ese yo lector da el visto bueno a lo escrito, entonces el yo escritor recibe dicha crítica positiva con entusiasmo y sigue escribiendo.
    El escritor tiene que atender a sus lectores, pues sus palabras son un regalo para ellos. Hay que cuidarlos, transmitiéndoles bien nuestras ideas.
    Lógicamente, igual que un lector busca escritores, también los escritores buscamos lectores.
    Hoy en día, gracias a las redes sociales, un escritor puede entablar conocimiento realmente con sus lectores. Por ejemplo, yo conozco a muchos de mis lectores a través de Facebook. Sé quiénes son, les pongo cara, sé cómo se llaman...
    Y no sólo eso: ellos me mandan comentarios que me hacen reflexionar sobre mis escritos y perfeccionar en definitiva mi obra.
    ¿Que tengo muy pocos lectores por esta vía? ¿Y qué? ¿Acaso voy a ser más feliz si tengo muchos más o si gano dinero por ello? ¿Acaso voy a cambiar sustancialmente mi forma de escribir por esos motivos?
    Todo escritor debe buscar lectores, pero ello no le debe hacer olvidar una verdad: que por muchos que sean sus esfuerzos en ese sentido, su fortuna literaria o su fama es una cuestión que no dependerá de él en gran medida.
    Como lector, por ejemplo, a mí me gusta descubrir escritores olvidados y raros. Cuanto menos se conozcan, más me interesan.
    En esas búsquedas he descubierto que hay razones objetivas para que esos escritores estén hoy olvidados, pero también he hallado en sus obras algunos textos maravillosos.
    Si yo, muchos años después de la desaparición de esos escritores, me emociono o disfruto con sus palabras, de alguna forma sus afanes literarios, desdibujados desde hace ya tanto tiempo, habrán encontrado recompensa.
    Cuando la botella con el mensaje llega a su destino, se consuma la magia de la palabra escrita.
    Y es entonces cuando el lector, emocionado, no atiende a cuáles fueron los caminos que lo llevaron hasta aquellas palabras del escritor.
    Es entonces cuando la magia de la literatura obra el efecto de romper las barreras del espacio y del tiempo.

sábado, 13 de septiembre de 2014

SIETE CARTAS LITERARIAS A MI HIJA (Carta quinta)







Carta quinta

    Querida hija:

    La pregunta esencial que todo escritor debe responder en su interior es qué espera de su escritura.
    Las respuestas pueden ser variadas: un oficio del que vivir, pasar buenos ratos, conocerse a sí mismo y al mundo que lo rodea...
    En mi caso no pretendo vivir de mi escritura, pues ya tengo un trabajo que me permite vivir medianamente bien, el de profesor de Enseñanza Secundaria. Además, el trabajo del escritor profesional es para mí demasiado exigente: medio año lo pasa escribiendo con la presión de tener que saber vender sus palabras y, el resto del tiempo, promocionando sus libros en interminables viajes, presentaciones, programas de radio y televisión... Un horror.
    Yo te aconsejo que no pagues nunca nada por publicar tus libros y que tampoco pretendas ganar dinero con ellos.
    Para mí la literatura es un arte y, como todo arte, debe entregarse como un regalo al espectador (lector en este caso), sin esperar nada a cambio.
    Pasar un buen rato debe ser siempre un propósito fundamental del escritor. En mi caso, cuando escribo, siento que las palabras salen de mi mano de forma mágica. Es un procedimiento maravilloso en el que me vuelco tanto en lo que quiero escribir que me olvido de mí mismo.
    Sin la urgencia del tiempo y sin la esclavitud del constante yo, que da una visión disminuida e inventada de la realidad, la escritura es un fanal que ilumina secretas estancias y galerías del alma. Para mí es una magnífica forma de conocimiento de mí mismo. A través de ella, llego a comprenderme mejor y, por ello, a adaptarme mejor a las circunstancias que me rodean. Escribir es el acto con palabras más parecido a la meditación.
    Muchos psicólogos y psiquiatras aconsejan a sus pacientes, para que pongan en claro sus angustias vitales, que escriban sus vivencias y sus emociones ante todo lo que les sucede.
    Al escribir, abstraído de lo que me rodea, siento que salgo de mí, que encuentro una escala que me lleva a otras vidas, a otros sentimientos. Puedo metamorfosearme en una mariposa o en una anciana o en un rudo marino, y todo ello produce en mí una suma de emociones muy parecidas a las que me provoca el acto de leer.
    Pero también la escritura es un entretenimiento muy solitario y ensimismado. Para escribir hay que aislarse de los demás, hay que dejar de vivir en el mundo real y dejarse llevar por el mundo de las palabras. Y ahí es donde los escritores tenemos una trampa: el egocentrismo, el pensar que nuestra obra es magnífica, inigualable y maravillosa comparada con la de nuestros contemporáneos o incluso con la de los clásicos. De esa creencia vienen muchas frustraciones y muchas actitudes egoístas.
    En la historia de la literatura se dan muchos casos de escritores totalmente insufribles, a pesar de que hayan escrito obras memorables.
    Por ello, para el escritor es importante vivir el mundo real: salir con amigos, pasear, correr, hablar de otros temas que no sean los de sus libros, meterse en el trabajo que le da de comer, cocinar, beber cerveza...
    Yo no podría soportar una vida consagrada a la literatura. Necesito salir a la calle, hablar con los compañeros de trabajo, dar mis clases...
    La vida real debe alimentar tu literatura. No puedes convertirte en una poetisa de torre de marfil que viva al margen de los sucesos del tiempo.
    Por otro lado, tu vida literaria debe alimentar también tu vida cotidiana, en una relación natural, no forzada, entre ambas.
    También es muy importante el barbecho literario, es decir, no forzar la escritura, no ahogarla en ti.
    Hemos de escribir, pero también hemos de vivir plenamente, gozosamente.
    En cuanto a los temas de los que hay que escribir, se dice que hay escritores que van cambiando de temas y otros que siempre tocan muy pocos asuntos.
    En realidad, los temas literarios son siempre los mismos: el amor y el desamor, el poder, la venganza, la locura...
    No importa que un tema que quieras tocar haya sido utilizado por un escritor antiguo veinte o treinta siglos antes que tú.
    Lo importante es que el escritor se apropie de ese tema hasta convertirlo en parte de su bagaje literario, que lo alimente e ilumine.
    Los temas en la vida del escritor van cambiando, pero hay uno esencial que es la obsesión más recurrente del ser humano: la angustia por el paso del tiempo.
    La vida es un pasar lento que nos conduce inexorablemente a la muerte. Esa verdad esencial nos angustia y nos conduce a querer perpetuar nuestro ser en el tiempo, pero es una fantasía sin fundamento, pues la esencia del mundo es el cambio.
    Sin embargo, la literatura es, como decía don Antonio Machado de la poesía, “palabra esencial en el tiempo”. El texto literario, igual que la fotografía, conserva hermosos instantes temporales. Un poemario, por ejemplo, mantiene en el tiempo los restos de una emoción en forma de hermosos versos, y ese libro queda como testimonio de un bello atardecer, de una desesperanza o de la plenitud gozosa de un encuentro amoroso.
    La angustia del tiempo no es sólo un tema literario: es también la base del trabajo del escritor, la médula de su labor creativa, lo que lo anima a rellenar folios en blanco en busca de pepitas de oro con las que sobrellevar la carga cotidiana.
    La lucha del escritor con las palabras y las ideas es también una lucha contra la desaparición de su ser, contra las oleadas del tiempo.
    Al fin y al cabo, las obras literarias son castillos de arena que sufren la acción del viento y del mar, es decir, el olvido del paso del tiempo.
    Algunas obras, las clásicas (o sea, las dignas de ser enseñadas en las clases), conservan su entereza a pesar del paso de los siglos; otras, en cambio, desaparecen de la memoria del común de los lectores, siendo estudiadas por muy escasos investigadores literarios.
    La angustia del tiempo, y el aburrimiento vital también, se combaten con la diversión y la literatura es una de las formas de diversión más antiguas y más gratas que existen.
    Querida hija mía, sé que tú disfrutas también mucho dibujando, montando collages... Esa visión creativa de la existencia (ya esté volcada hacia la palabra, la música, la imagen...) es muy importante y debes mantenerla toda tu vida.
    No debe preocuparte nunca cuál es el destino final de lo que quieras crear. Si finalmente te decides por la escritura como afición, lo cual me haría muy feliz, debes pensar no en tu yo ni en el del lector, sino sólo en lo que está deseando salir del interior de tu alma.
    El escritor rehace su vida con su escritura, igual que el lector con sus lecturas.
    El escritor no sólo quiere fijar por escrito la memoria (real o falsa) de lo pensado, vivido o imaginado, sino que también tiene la necesidad de perfeccionarse a sí mismo.
    La escritura es un procedimiento de escultura del alma, uno de los más perfectos que jamás se hayan creado.


viernes, 12 de septiembre de 2014

SIETE CARTAS LITERARIAS A MI HIJA (Carta cuarta)


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Carta cuarta

    Querida hija:

    Es importante, antes de escribir ninguna palabra de la obra literaria, elaborar previamente un borrador.
    En él hay que plasmar cuestiones esenciales como cuáles van a ser los temas tratados, cuál el género literario que vas a emplear (poesía, ensayo, teatro o narrativa) o qué extensión va a tener previsiblemente tu escrito.
    Cuando inicio un nuevo proyecto literario procuro, especialmente si va a ser un proyecto ambicioso, rellenar varios folios con ideas previas.
    Curiosamente, cada nueva obra necesita un método propio. Por ejemplo, un cambio de la tercera a la primera persona narrativa, o bien el paso de un formato de diario a uno de cartas.
    El escritor, si quiere progresar en su arte, debe plantearse retos, no quedarse encasillado en etiquetas que le pongan los demás o que se ponga él mismo.
    Los retos significan evitar los miedos y superarlos. Por supuesto, un escritor siempre tendrá más dominio de su arte en unos géneros antes que en otros, pero eso no implica que un novelista no pueda atreverse con la poesía o que un poeta no deba escribir cuentos.
    Por ejemplo, a mí me ha pasado hace poco un hecho curioso: casi nunca había escrito yo en primera persona, pero hace unos meses quise contar mis recuerdos de infancia y decidí hacerlo en esa persona, la cual es una forma de contar más directa pero al mismo tiempo más desnuda e impúdica que la tercera persona. Te puedo asegurar que hacía tiempo que no escribía con tanta fluidez como cuando escribí esos recuerdos, los cuales leíste con avidez una mañana.
    Por otra parte, pienso que también el escritor, en esa búsqueda de nuevos retos, debe abandonar los senderos trillados, la corriente principal por la que fluye la literatura de masas (la que se vende en los hipermercados), aunque ello suponga perder lectores.
    Te voy a poner un ejemplo: hay una idea tópica que relaciona libro con literatura y literatura con novela.
    La novela se ha convertido en el subgénero literario universal. Parece que no hay otras formas de expresión literaria al margen de ella o tan importantes como ella.
    Sin embargo, el escritor debe mirar en su interior y, a base de escribir mucho, averiguar cuál es el género en el que mejor se expresa. Hay muchos novelistas frustrados que podrían ser excelentes poetas, cuentistas o ensayistas y que no lo son porque no han sabido encontrar su género.
    La vida del escritor es larga y él debe notar los cambios en su interior para dilucidar qué es lo que está luchando por salir afuera a través de su pluma y de qué forma hacerlo.
    Es importante también que el escritor no tenga un excesivo perfeccionismo que lo lleve a ser infeliz si descubre, por ejemplo, en mitad de la noche, que un verso podría resultar mejor con palabras distintas a las escritas un día antes.
    Te aconsejo, si finalmente te decides por esta afición, que no asocies la escritura a momentos de mucha exigencia en tu trabajo. La palabra literaria, hermosa por definición, hay que separarla del excesivo peso de la vulgar cháchara de cada día.
    Escribir debe ser un entretenimiento grato, nutricio, divertido y no un trabajo de una exigencia extrema que te lleve a angustiarte. Antes de eso, te aconsejo que rompas los papeles que tengas escritos, que abandones el proyecto si es preciso y, en último término, que dejes de escribir por un tiempo. Siempre será mejor hacer eso que forzar una escritura que no sale de ninguna forma.
    No fuerces las palabras. La escritura debe ser un manantial de agua clara que salga de ti de forma natural.
    A veces he intentado llevar ideas literarias a mi mente, convocarlas, encontrarlas de una manera forzada, pero en esos casos no he logrado escribir una sola palabra. Es una tarea absurda. Si han de venir las ideas, vendrán cuando tengan que venir.
    Por tu parte, tienes que ayudarlas:
    Primero, busca un lugar propicio (silencioso en la medida de lo posible) y un hueco en el tiempo en el que sepas que nadie te va a importunar.
    Pon en la mesa una buena resma de folios y empieza a escribir en ellos.
    Verás que a veces no surgen bien en tus palabras las ideas que tienes en la cabeza. No te preocupes: escribe, escribe, escribe...
    Escribe sin que importe el tiempo, sin pensar en otra cosa que en las palabras que vienen a continuación de las que acabas de redactar. Ya habrá tiempo más adelante de teclearlas en el ordenador; de buscarlas en el diccionario para ver si existen en él; de tachar, enmendar, ampliar lo escrito.
    Escribe, escribe, escribe..., como si no fuese a haber un mañana, dominado todo tu ser por la fiebre, el rapto de la escritura.
    Saca de ti las ideas que te perturban, los recuerdos que te hacen llorar de rabia o de emoción, aquella palabra que tanto te cuesta encontrar entre los dientes cuando quieres que acuda a ti en momentos de desánimo.
    Escribe, busca las ideas y cázalas como un entomólogo caza mariposas. Ya habrá tiempo más adelante de ensartarlas definitivamente en un libro, en un blog, en una revista, en una página web o en el espacio inferior del último cajón de un escritorio olvidado en el ángulo de un sombrío rincón.


jueves, 11 de septiembre de 2014

SIETE CARTAS LITERARIAS A MI HIJA (Carta tercera)





Carta tercera

    Querida hija:

    Hay un asunto interesante en la cuestión literaria: ¿el personaje principal que crea el narrador es realmente él?
    Yo pienso que en parte sí y en parte no. Un personaje es un álter ego (un “otro yo”), una creación de palabras que es imitación del escritor.
    No obstante, éste puede multiplicarse en más de un personaje en su obra, aunque lógicamente el principal, el protagonista, sea el que reciba la mayor parte de su carácter y de su historia personal.
    Pienso que el protagonista de una historia es un yo mejorado, perfeccionado del escritor en esa mentira hecha de palabras que es el texto literario.
    La vida es muchas veces demasiado previsible y aburrida, de ahí que los escritores inventemos historias de otras vidas más heroicas que las nuestras, queriendo reflejar vidas de hombres de acción en lugar de la vida de contemplación a la que estamos por naturaleza encaminados. Como en el cuento de Borges que el autor argentino más quería, “El sur”, en el que el protagonista elige al final enfrentarse en un duelo a muerte con un compadrito de cara achinada más diestro que él: Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.
    De alguna manera, todo escrito literario surge con el deseo de perpetuar la memoria de quien lo escribe. Por ello, los narradores tienen tendencia a describir a los protagonistas de sus libros como seres ideales sin tacha, llenos de valores heroicos.
    Por tanto, igual que antes de posar para una foto muchos se retocan el peinado y la ropa, el escritor hace en sus textos un retrato ideal de sí mismo al construir el personaje que lo representa para, de esa manera, quedar muy bien en el retrato que de él haga la posteridad.
    ¿Que qué es la posteridad? Pues es algo que preocupa a muchos escritores: es el futuro, el porvenir; en este caso, es la opinión que se tendrá de su obra una vez que ellos mueran.
    Sí, muchos escritores se preocupan en exceso por este tema, sin tener en cuenta que el olvido de lo que uno haga en este mundo forma parte de nuestra condición mortal, aunque nos empeñemos en rellenar folios y folios con tinta.
    Al fin y al cabo, son sólo palabras nuestros afanes.
    La historia literaria está llena de ejemplos de grandes escritores olvidados y reconocidos muchos años después de morir.
    El afán de muchos escribidores es el de ser aplaudidos en vida y, si no es posible, en la posteridad, o sea, en la gloria sin tiempo de la eternidad.
    Olvidan estos que no hay mayor gloria para un escritor que rellenar, olvidándose de sí mismo, palabras y palabras, consumido por la fiebre de la escritura, como el que rellena con unos versos una pequeña hoja de papel, la introduce en el interior de una botella sellada y la termina arrojando a un océano tempestuoso, ignorante de cuál será el destino final de su mensaje.


lunes, 8 de septiembre de 2014

SIETE CARTAS LITERARIAS A MI HIJA (Carta segunda)


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Carta segunda

    Querida hija:

    No sé si con tus nueve años vas a entender bien todo lo que te digo en estas cartas. De todas maneras, al escribirlas pienso en ti no como la niña que eres, sino como una mujer madura que dentro de mucho tiempo lee estas palabras de un padre a su hija.
    En la anterior carta te decía que debes evitar que la escritura se convierta en ti en una obsesión.
    En verdad, la actividad natural del ser humano en relación con el conocimiento no es la escritura, sino la lectura. Leer nos sirve para comprendernos a nosotros mismos y también para comprender el mundo. Es algo más que una afición: es la manera que tenemos de rememorar el pasado, de preservar las emociones que nos hacen humanos, de comprender nuestro presente, de prever y organizar el porvenir, de oír las voces de nuestros antepasados... Muchos podríamos renunciar a escribir, pero nunca a leer.
    A muchos lectores apasionados nos ocurre, en algún momento de nuestras vidas, que leer no nos basta y tenemos que rellenar con nuestras palabras el blanco de muchos folios.
    Esa necesidad surge por medio de la imitación de los escritores con cuyas obras nos hemos emocionado.
    Por otra parte, en muchos casos la necesidad de escribir, la fiebre de la escritura, está vinculada a ciertos desarreglos mentales.
   Un escritor español llamado Enrique Vila-Matas hizo un recuento, en un libro suyo titulado Bartleby y compañía, de muchos casos de escritores que, por diversas razones, dejaron de escribir en algún momento de sus vidas.
    Curiosamente, las razones que llevan a muchos a dejar la escritura son las mismas que les llevan a otros a dejarse atrapar por ella: timidez excesiva, personalidad introspectiva, historias personales de tragedias, dificultades de comunicación...
    La escritura puede convertirse para muchos en una vía de escape, pero también en una tela de araña de la que es difícil escapar, de ahí la necesidad de huir de ella llegado el caso.
    No debes olvidar que el genial escritor colombiano Gabriel García Márquez con respecto al trabajo de escritor decía que es el más solitario que existe.
    Toda la arquitectura de lo que quiere plasmar, todas las palabras que deben rellenar los huecos de su esquema inicial, la redacción final, todas esas páginas llenas de signos, numeradas, tachadas, rotas..., todo ello refleja una labor de lucha interior en la que el escritor se empeña en buscar una vez tras otra la mejor frase, la mejor palabra, la mejor idea, el mejor título...
    Y todo ello lo hace en silencio, en la soledad de su cuarto, queriendo encontrar oro en el fondo de su alma, y a veces luchando contra sí mismo, contra un yo que le aconseja una y otra vez que abandone la escritura y se dedique a vivir plenamente.
    Pero aún no he respondido a tu pregunta de por qué escribo.
    Quizás no pueda contestarte, porque probablemente no tengo la respuesta aún. Si alguna vez llego a tenerla, quizás deje de escribir para siempre.
    Escribir es una búsqueda, una de las mejores formas de conocimiento de uno mismo.
    El trabajo del escritor se parece al del buscador de pepitas de oro: ambos tienen que separar el oro de la arena del fondo del río. Las palabras que realmente alimentan deben ser apartadas de las que sólo sirven de relleno.
    Pero para encontrar oro en el río hay que buscar mucho entre la arena del fondo. De la misma manera, para hallar hermosas frases que nos iluminen también hay que leer mucho o escribir mucho.
    En realidad, de momento sólo puedo contestar a la pregunta de por qué me gusta escribir.
    Antes te decía que muchos escritores lo son debido a ciertos desarreglos mentales, leves la mayoría de las veces.
    Yo creo que todo escritor vive su afición como una mentira que cree verdad, igual que don Quijote confundía molinos de viento con gigantes.
    El escritor se deja envolver del silencio y, en su soledad, esculpe sin prisa frases perfectas que dan una idea irreal del mundo.
    Porque el mundo de los libros es una creación hecha de palabras, una realidad en la que el escritor es el auténtico creador, un pequeño dios que construye una visión personal y, por tanto, falsa de la realidad.
    La literatura es un maravilloso diverti-miento, que es diversión y mentira al mismo tiempo.
    Tanto escritor como lector se dejan atrapar por esa mentira en la que los pesares y el aburrimiento de cada día quedan relegados a un segundo plano.
    En la soledad de sus cuartos, el novelista, el poeta, el ensayista y el dramaturgo (y también sus lectores) crean, sin la urgencia del tiempo, un mundo hecho de palabras perfectamente construidas.
    Mientras que en sus relaciones con los demás el escritor no encuentra siempre la palabra justa, sí la halla en medio de la página en blanco cuando nadie le mete prisa alguna.
    Entonces, cuando las palabras fluyen sin sujeción alguna, cuando el escritor se olvida de sí mismo en busca de una idea, un verso, una acción dramática o una descripción de un personaje, la escritura se convierte en un regalo para quien la crea y para su destinatario, el lector.
    Es entonces cuando pesares y aburrimiento quedan atrás, arrinconados por un delicioso mundo de palabras en el que cada frase es siempre mejor que la anterior pero nunca mejor que la siguiente.
    Pocos placeres en la vida pueden compararse al de escribir sin cesar, sin tiempo, con calma, en el silencio apenas roto por ruidos lejanos en una casa sosegada.
    En esos instantes, en el fondo arenoso de un mar de palabras, cree el escritor encontrar el oro molido de la plenitud.



jueves, 4 de septiembre de 2014

SIETE CARTAS LITERARIAS A MI HIJA


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A la memoria de mi tía Angélica


Carta primera

    Querida hija:

    Hace unos días inútilmente intentaste, como otras veces, que yo dejase mis papeles y me pusiera a jugar contigo al ajedrez.
    Ante mi negativa, me soltaste las siguientes preguntas: “Papá, ¿por qué no me haces caso? ¿Por qué estás siempre escribiendo por las tardes?”.
    Aquellas palabras me hicieron reflexionar. No supe entonces qué contestarte (ya sabes que soy de reacciones lentas), pero llevo días dándole vueltas a la respuesta.
   Como no me gusta responder de cualquier manera a cuestiones importantes como ésta, he decidido contestarte por escrito, por carta, como se hacía antiguamente. En estas cartas o epístolas intentaré dar respuesta a tus preguntas y a otras muchas que yo también me hago constantemente y que están relacionadas con las tuyas.
    Antes que nada, he de decirte que es verdad que no te hago caso siempre. Pero ese hecho no es del todo malo, ya que los niños no tienen que estar entretenidos en todo momento. Tenéis que aburriros de vez en cuando, porque el aburrimiento es sano, ya que os hace imaginar, crear, inventar...
    No hay que llenar siempre todos los momentos con palabras o con juegos. También tienes que conocerte a ti misma en el silencio.
    El pobre silencio tiene muy mala fama. Se dice siempre que las personas calladas son aburridas, pero eso no es del todo así. Muchas de ellas (yo me incluyo en la lista) tenemos una vida interior completa, tanto que no nos hace falta muchas veces romper el silencio con palabras.
    De todas maneras, es cierto que en ocasiones no te hago mucho caso, sobre todo cuando estoy metido en mis papeles, en mis libros, en mi mundo literario en definitiva.
    Pero (y aquí intento responder ya a tu segunda pregunta: “¿Por qué estás siempre escribiendo por las tardes?”) has de entender que para tu padre es muy importante la escritura.
    Ha sido un trabajo o afición que me ha acompañado desde que era pequeño. He intentado alguna vez dejar definitivamente la escritura, pero al fin he comprendido que no puedo escapar de ella.
    Buda (un gran hombre del que te he hablado alguna vez) decía que en la vida hay momentos en los que hay que abandonar un pensamiento o creencia que nos ayudó una vez a salvar un momento de dificultad. Él explicaba este asunto hablando de una balsa que nos sirve para cruzar a la otra ribera de un río, y decía que -una vez cruzado- esa balsa ya no nos sirve para seguir nuestro camino más allá de la ribera.
    Yo he pensado en ocasiones, en momentos de desánimo, que la escritura para mí era una necesidad antigua, una “balsa de Buda”, una afición de la que tenía que desprenderme si quería vivir plenamente.
    Sin embargo, aunque sin mucho convencimiento lo haya intentado, no puedo luchar por dejar de escribir, por deshacerme de la escritura. Para mí es inevitable y al mismo tiempo maravilloso seguir con ella mi camino, tanto como comer o dormir.
    He descubierto que mi vida en su plenitud está asociada, entre otras facetas, a ella y que, por tanto, puedo considerarme un escritor.
    El problema está, como en muchos otros aspectos de la vida, en la posibilidad de forzar la máquina del cuerpo. Hay muchos escritores que llevan sus ganas de escribir hasta el límite y exprimen como un limón sus fuerzas. Ten en cuenta que escribir supone trabajar con las palabras, lo cual hace que sea una tarea agotadora y muy absorbente.
    Muchos escritores hacen depender su escritura de logros que dependen de la estima de los demás, de ganar premios, de ver publicados sus libros, de recibir críticas elogiosas en los periódicos, de firmar muchas dedicatorias, de oírse en presentaciones de sus libros, de vivir de sus palabras... En definitiva, de la fama.
    Sin embargo, todas esas cosas sí que son autenticas “balsas de Buda”, porque la auténtica pasión por escribir no necesita de ninguno de esos accesorios.
    También es importante que el escritor se conozca muy bien a sí mismo y sepa así de qué temas quiere realmente escribir y en qué géneros literarios debe hacerlo. Conocerse a uno mismo es la mejor manera de no forzar maquinaria alguna.
    La escritura es una afición hermosísima que deberías practicar toda tu vida, porque te reportará grandes beneficios.
   Sólo deberás evitarla cuando notes que escribir se convierte para ti en una obsesión, en un impedimento para que seas feliz.
    Si te va a generar infelicidad, debes dejarla por un tiempo o incluso abandonarla en el peor de los casos. Lo más importante, al fin y al cabo, es vivir en paz haciendo el bien a los demás.
    Vivir es lo esencial; escribir es un afán menos importante. Los escritores no debemos perder el norte y tenemos que evitar extraviarnos en las encrucijadas pantanosas de las ideas, las palabras y el pensamiento.


domingo, 6 de julio de 2014

EL JARDÍN DEL ÁNIMA








A Andrés Martín, en prueba de mi afecto


   Cuentan las lenguas dignas de fe que el jardín del Ánima está situado en medio de colinas de frondosa vegetación muy cerca del mar.
   Un muro blanco rodea toda la finca, en la que destaca una casa de dos plantas, fundada -dicen- por el primer marqués del Ánima.
   El jardín es grande, con zonas de umbría y solanas en las que crecen muchas plantas diversas, cuidadas por el jardinero de los viejos señores.
   Es aquel un paraíso terrenal, armónico, feraz, bello, ordenado. Cada planta, cada hoja ha sido esculpida por el jardinero con idea de mejorar a la naturaleza, que crece salvaje más allá de los muros.
   Al norte se contemplan los neveros de las montañas y al sur, una línea de costa entre verdes pinos. A veces, en verano, una vela blanca surge en medio de los reberveros argénteos de las ondas del mar.
   En primavera, las nubes cruzan, llevadas por una brisa serena, el azul del cielo. Entonces, al atardecer, la luz del sol ya ido ilumina otros mundos más allá del horizonte.
   Es en esos breves instantes cuando el jardín del Ánima se convierte en exacta imitación del universo. Todo en él es belleza, paz, serenidad. Cada hormiga, cada brote, cada palabra susurrada entre las sombras habla del amor, de la química que une partículas, escalas y almas.

   La finca del marqués del Ánima está rodeada, excepto por la ladera del sur, que baja hasta un acantilado en la costa, por bosques umbríos.
   En aquellos bosques hay senderos que no llevan a ningún sitio, por lo que pocos elegidos son los que pueden llegar a disfrutar de las delicias del jardín.
   Desde el sur el único acceso al jardín es por la costa. Hay que fondear el barco en una pequeña cala y desde allí ascender con dificultad hasta la explanada del vergel, la cual no se puede divisar desde abajo.
   Para llegar al jardín desde los otros puntos cardinales hay que atravesar montañas imponentes. En algunas épocas del año, a la dificultad del sendero se une la de las inclemencias del tiempo.
   En invierno, numerosos temporales se suceden uno tras otro batiendo y derribando árboles que quedan atravesados en los caminos de herradura. Las escorrentías también hacen desaparecer senderos de las laderas.
   Sólo en verano, cuando los temporales quedan atrás, los hombres pueden acceder con menos dificultad al jardín del Ánima para rendir tributo a la amistad con el marqués.
   No obstante, algunos osados se atrevieron en el pasado a recorrer aquellas calzadas en plena galerna, por lo que hubo que buscar sus cuerpos, tragados por el bosque.
   Algunos libros que hablan de aquellas expediciones de rescate, olvidados en la vieja biblioteca del marqués del Ánima, conservan el recuerdo de algunos descubrimientos excepcionales, como el de un antiguo galeón cubierto de musgo blanco en medio de un claro del bosque. Posteriores expediciones, que buscaban a otros desaparecidos, lograron llegar a aquel mismo claro, pero el barco había desaparecido.
   Aquellos senderos del sotobosque parecen conducir a extrañas encrucijadas del tiempo. Sólo cuando un viajero logra llegar al jardín del Ánima encuentra el verdadero tiempo, que no es el de los relojes, sino el de la paz interior del alma.

   La casa de la finca del Ánima fue construida siguiendo una vieja moda arquitectónica. 
   En el interior, frescos de pintores italianos recubren las paredes. Son pinturas hermosísimas, sobre todo las de la biblioteca, llena de antiguos manuales de botánica y situada en la segunda planta, la cual tiene unas espléndidas vistas de las montañas, de la costa y del jardín.
   

   El jardinero del marqués, hombre esmerado y curioso, se empeña cada primavera en arreglar los destrozos de los temporales invernales: recoge con mimo las hojas muertas, poda las ramas enfermas... y todo lo hace sin prisa, sabedor de que la lucha entre el desorden natural y el orden racional es un afán sempiterno.
   El empeño del jardinero es el de mantener aquel vergel como un lugar ameno y deleitoso, siguiendo las normas armónicas de jardinería señaladas en el Libro de la jardinería del huerto del Ánima, manuscrito escrito con letra preciosa por el primer jardinero del solar del que se tiene noticia.
   En el cuaderno se detallan "los puntos de que ha de estar compuesto el jardín del lugar frondoso llamado del Ánima", esto es, agua abundante con su rumor, contraste de sombras de árboles y solanas, verdor innúmero...
   El jardinero deberá estar igualmente atento a la temperatura para saber qué días son propicios para la conversación al aire libre. La brisa buscada ha de ser húmeda y suave, agradable.
   Sólo entonces, cuando todas las condiciones sean propicias, el jardinero convocará al marqués para sus encuentros de amistad con quienes logran llegar hasta allí, los cuales hallan siempre dispuestos el jardín y la casa.
   Es sabido que los marqueses del Ánima, cuya genealogía se remonta a la época de las primeras batallas, escuchan siempre con atención a quienes franquean las puertas de la finca, los cuales desde ese mismo instante gozan de los bienes de su amistad.
   Aquel es el lugar de mis sueños, solar donde la naturaleza viste sus mejores galas, sitio apropiado para el goce de los sentidos, vergel en el que se cultiva la palabra y el arte de la amistad serena.
   A él yo, un pobre jardinero, les invito a acudir.


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