domingo, 16 de noviembre de 2014

¿MEDITAR ES ORAR?


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   Quedeme y olvideme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

San Juan de la Cruz: Noche oscura del alma.



    ¿Es la meditación una forma de oración? No necesariamente.
    Aunque la meditación está vinculada desde hace siglos a la práctica de la oración, cualquier persona -creyente o no creyente- puede acudir a los beneficios terapéuticos y enriquecedores del acto de meditar sin asociarlo al acto de rezar a Dios.
    Orar es, según el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española), hacer oración a Dios, vocal o mentalmente. La palabra oración tiene varias acepciones en dicho diccionario: una es súplica, deprecación, ruego que se hace a Dios o a los santos y otra, elevación de la mente a Dios para alabarlo o pedirle mercedes.
    Por tanto, el acto de rezar o de orar necesita de la palabra, ya sea dicha o pensada. La meditación, no obstante, es un acto en el que no predomina la palabra, sino el silencio.
    ¿Para qué rezamos los que creemos en Dios? Para dialogar con Él, para darle gracias, para alabarlo, escucharlo, pedirle perdón y suplicarle que se cumplan nuestros deseos. Rezar es una forma de estar con Dios a través de palabras aprendidas o espontáneas.
    La meditación es complementaria a la oración, pero estos son dos actos que no tienen por qué estar forzosamente ligados.
    Meditar es encontrar en el presente la paz, el instante sereno que nos centra, que nos hace encontrar nuestro medio (nuestro centro). No es una práctica necesariamente vinculada a la religión, aunque está muy próxima a ella.
    Así, por ejemplo, otra palabra sinónima de meditación es contemplación, que proviene de la palabra templo. Meditar es, pues, hacer un templo en el interior de uno (en medio del bullicio diario) a la conciencia de la respiración y de las sensaciones del cuerpo, a imágenes generadoras de paz, a hilos de palabras que confortan...
    En mi caso, yo suelo rezar, una vez hecha mi meditación, un padrenuestro y un avemaría. La oración es una forma para mí ideal de terminar ese rato de profunda atención al presente.
    Primero, pues, el silencio (la meditación); después, la palabra (la oración), el diálogo con Dios, con el misterio, con las fuerzas originarias... (como queramos llamar a la trascendencia).
    Lo que más trabajo me costó al principio de este camino de penetración en mi interior que he iniciado fue el desarrollar el hábito diario de sentarme para meditar. Sobre todo, lo más difícil fue convencerme durante meses de que me hacía mucho bien el conseguir dicho hábito.
    No obstante, una vez conseguido desde hace casi dos meses, estoy en condiciones de afirmar que ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mucho tiempo en mi vida.
    ¿Es difícil meditar? ¿Hay que subirse a un árbol o suspender el cuerpo en medio del aire? Ni mucho menos, es lo más fácil que se pueda imaginar. Simplemente, hay que cerrar los ojos y dejarse llevar...

    (Continuará en la próxima entrega: DEJARSE LLEVAR).

miércoles, 5 de noviembre de 2014

LA SERENIDAD






   El Maestro contempla compasivo las partes
porque comprende la totalidad.

Lao Tse: Tao Te Ching.


   Queridos lectores:

   Algunos de ustedes me conocen en persona y no sé si han notado últimamente un cambio en mí. Sí, yo también lo noto: estoy últimamente muy alegre. No es que yo sea un ajo porro en condiciones normales, pero el caso es que ahora estoy reencontrándome con mi verdadero yo, que siempre se ha caracterizado por el buen humor.
   El que me conozca de cerca sabe que en el pasado he sufrido ciertos padecimientos derivados de un estrés desbocado, fruto de un excesivo perfeccionismo, de una autoexigencia brutal y de un deseo de estar siempre en todos los fregados.
   Pero he cambiado, o al menos estoy cambiando. ¿Y qué es lo que ha provocado en mí esta transformación tan apasionante? La meditación diaria.
   El caso es que por causa de mis problemas con la gestión del estrés, entré en contacto con el mundo de la meditación. 
   Primero me apunté hace ya unos años al curso "El aprendizaje de la serenidad" del padre Navarrete en Sevilla. Compré el libro del mismo título y unos discos de relajación de dicho sacerdote y empecé en casa a seguir los pasos que en estos últimos aparecen (concienciación de las sensaciones corporales, observación de la respiración...) pero el caso es que pronto, una vez que se me pasó el gusto por la novedad, los dejé arrumbados en una estantería del salón, aunque recurría a ellos en caso de que algún día hubiese tenido una jornada muy estresante en el trabajo del instituto. Fue el comienzo de mi camino de serenidad, aunque yo no prestara mucha atención al principio. Aún no había descubierto el goce de la no-acción.
   Sin embargo, yo sentía que tenía necesidad de meditar diariamente. De hecho, empecé por esa época a leer libros de autoayuda, lo cual nunca antes había hecho.
   Leí, por ejemplo, El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl, psiquiatra austriaco que sobrevivió a varios campos de exterminio nazis y que es un testimonio vital estremecedor al mismo tiempo que una reflexión impresionante sobre el sentido que diariamente hemos de encontrar a nuestra existencia.
   Últimamente he leído El monje que vendió su Ferrari. Una fábula espiritual, de Robin Sharma, un libro que aporta muchas claves sobre cómo vivir en medio de las exigencias y prisas de la sociedad de hoy.
   Me está impresionando el Tao Te Ching o Libro del Sendero de Lao Tse (siglo V antes de Cristo), que es un elogio de la no-acción como fuerza de nuestro espíritu.
   Estoy inmerso también en la lectura de Cómo la meditación cambió mi vida... ¡Y puede cambiar la tuya!, de Jeanne Siaud-Facchin, libro que nos aporta muchas técnicas valiosas de meditación.
   Pero el libro que me ha terminado empujando hacia el sendero de la meditación ha sido Biografía del silencio, de Pablo D'Ors. Es un ensayo breve y sincero en el que, en una prosa magnífica, D'Ors reflexiona sobre sus "sentadas", es decir, sobre el acto de meditar. Creo que ya se han publicado siete ediciones del libro y se está preparando una edición en italiano. Magnífico y aconsejable trabajo.
   En fin, el caso es que me encuentro ahora en una situación en la que no puedo ni quiero dejar de meditar diariamente, ya que es un auténtico placer encontrar unos momentos de silencio al día en los que uno rompe el muro del falso yo, del tengo que, y se abandona a encontrar, en lo más profundo del pozo de su alma, su verdadera esencia, su verdadera alma, la mejor versión de sí mismo.
   ¿Meditar es orar? Intentaremos responder a esa cuestión en la próxima entrega.
   Que pasen ustedes un feliz y alegre día.


martes, 28 de octubre de 2014

MI PRIMER LIBRO DE AFORISMOS




  En esta sarta miscelánea de textos breves, el profesor José Manuel Gómez Fernández propone una visión humorística y desenfadada de la realidad actual, intentando así desmontar tópicos tenaces y lograr la sonrisa y la reflexión del lector.
    En "'Breverías', aforismos y otros brebajes" aparecen aforismos (frases breves), pero también otros textos un poco más extensos (las "breverías") que comparten con los aforismos el intento de sugerir con pocas palabras muchas ideas.
    Esperamos desde la editorial YOMELOGUISOYOMELOCOMO.COMO que disfruten de este libro:


http://www.slideshare.net/josemanuelgomezfernandez/breveras-aforismos-y-otros-brebajes-40729061 

martes, 7 de octubre de 2014

SIETE CARTAS LITERARIAS A MI HIJA (Última carta)




Carta séptima

    Querida hija:

    Termino con ésta la serie de cartas literarias a ti dirigidas.
    Creo haber contestado en parte a tus preguntas del otro día, cuando quisiste que jugase contigo al ajedrez.
    Te dediques o no a la afición de escribir, te aconsejo que sigas leyendo mucho, sobre todo a los autores clásicos. De ellos se aprenden grandes enseñanzas para la vida, aunque, por supuesto, no hay que rechazar a los buenos autores contemporáneos.
    Creo haberte transmitido mi pasión por la literatura. Ella nos da armas contra el aburrimiento y contra la angustia del tiempo.
    La lectura es un diálogo con los hombres del pasado. El escritor Francisco de Quevedo escribió que leer es “vivir en conversación con los difuntos”. También dejó por escrito que cuando leía podía escuchar con sus ojos a los muertos.
    La escritura es algo más que una “balsa de Buda”. Es un medio ideal para conocer el mundo de los sentimientos y el universo exterior, la más alta expresión del mundo de las ideas.
    Te darás cuenta con el tiempo de que la vida es una larga partida de ajedrez. A veces hay que atacar y otras defenderse. Tenemos que elegir continuamente nuestra posición en el tablero.
    Deberás elegir un día si te dedicas a escribir o a vivir, sabiendo que al no escribir se es más consciente de la vida.
    También hay una tercera opción, que es la que muchas veces practico: la escritura mental. Por ejemplo, en un paseo veo situaciones que me inspiran versos o cuentos. Por ello llevo siempre una libreta de notas en la que voy anotando mis impresiones al pasear por la ciudad, aunque muchas veces lo que queda de todas esas notas es una imagen o una idea en mi mente.
    Estas elecciones vitales de las que te hablo deberás realizarlas sin prisa, sin agobios, teniendo en cuenta tus estados de ánimo y tus diferentes situaciones personales.
    De todas maneras, prefiero ante todo que seas una excelente persona antes que una malvada escritora.
    Haz el bien a los demás por encima de todo.
    Lee, lee, lee y, si te dejas atrapar por esta fiebre literaria mía, escribe, escribe, escribe.
    La vida es una maravillosa partida de ajedrez que tenemos que jugar siendo conscientes de cada uno de sus movimientos.
    Y ahora, finalmente, te pregunto yo a ti:
    -¿Juegas conmigo al ajedrez?


domingo, 21 de septiembre de 2014

SIETE CARTAS LITERARIAS A MI HIJA (Carta sexta)






Carta sexta

    Querida hija:

    Me dijo un buen poeta hace tiempo que la conquista del escritor no está en ver publicadas sus palabras, sino en seguir escribiendo.
    Ésa es una gran verdad. Un escritor se define ante todo por su oficio, es decir, por su escritura. Por ello, todo lo que rodea a sus palabras (premios, editoriales, críticas, redes sociales, blogs...) es un mundo exterior a ellas.
    Lógicamente, todo escritor desea ver publicado el fruto de su trabajo. Es muy grato ver tus palabras en libros e ir dándoles salida de esa manera.
    Sin embargo, si tus palabras no son imprimidas no debes preocuparte. No debes pensar en ello como en un fracaso.
    Afortunadamente, hoy en día además hay muchas formas de publicar textos, como por ejemplo los blogs, combinados con las redes sociales.
    Es verdad que éstas son ediciones virtuales que no parecen tener la misma pervivencia que una edición en papel. No obstante, son una magnífica forma de publicar tus palabras de forma personal, muchas veces acompañadas de fotos, vídeos o archivos de audio. Es una manera de publicar tu mundo literario en el mundo digital, accesible desde cualquier dispositivo con conexión a Internet.
    Yo he mandado muchas veces trabajos literarios a editoriales. Unas veces contestan amablemente que en su línea editorial no cuadran bien esas obras. Otras editoriales ni siquiera contestan, pero no les guardo rencor: reciben tantos trabajos que imagino que pueden permitirse rechazar miles de manuscritos sin ni siquiera responder a las solicitudes con un mensaje tipo.
    De todas maneras, no creo que mi felicidad como escritor deba estar asociada a recibir tal o cual correo de una u otra editorial. Aunque, por supuesto, seguiré intentando publicar en papel obras mías que duermen en cajones desde hace tiempo, no me preocupo en exceso por ello.
    Por otra parte, es importante no tener pudor al escribir. Yo cuando escribo pienso en el primer lector de mis palabras, o sea, en mí mismo. Si ese yo lector da el visto bueno a lo escrito, entonces el yo escritor recibe dicha crítica positiva con entusiasmo y sigue escribiendo.
    El escritor tiene que atender a sus lectores, pues sus palabras son un regalo para ellos. Hay que cuidarlos, transmitiéndoles bien nuestras ideas.
    Lógicamente, igual que un lector busca escritores, también los escritores buscamos lectores.
    Hoy en día, gracias a las redes sociales, un escritor puede entablar conocimiento realmente con sus lectores. Por ejemplo, yo conozco a muchos de mis lectores a través de Facebook. Sé quiénes son, les pongo cara, sé cómo se llaman...
    Y no sólo eso: ellos me mandan comentarios que me hacen reflexionar sobre mis escritos y perfeccionar en definitiva mi obra.
    ¿Que tengo muy pocos lectores por esta vía? ¿Y qué? ¿Acaso voy a ser más feliz si tengo muchos más o si gano dinero por ello? ¿Acaso voy a cambiar sustancialmente mi forma de escribir por esos motivos?
    Todo escritor debe buscar lectores, pero ello no le debe hacer olvidar una verdad: que por muchos que sean sus esfuerzos en ese sentido, su fortuna literaria o su fama es una cuestión que no dependerá de él en gran medida.
    Como lector, por ejemplo, a mí me gusta descubrir escritores olvidados y raros. Cuanto menos se conozcan, más me interesan.
    En esas búsquedas he descubierto que hay razones objetivas para que esos escritores estén hoy olvidados, pero también he hallado en sus obras algunos textos maravillosos.
    Si yo, muchos años después de la desaparición de esos escritores, me emociono o disfruto con sus palabras, de alguna forma sus afanes literarios, desdibujados desde hace ya tanto tiempo, habrán encontrado recompensa.
    Cuando la botella con el mensaje llega a su destino, se consuma la magia de la palabra escrita.
    Y es entonces cuando el lector, emocionado, no atiende a cuáles fueron los caminos que lo llevaron hasta aquellas palabras del escritor.
    Es entonces cuando la magia de la literatura obra el efecto de romper las barreras del espacio y del tiempo.

sábado, 13 de septiembre de 2014

SIETE CARTAS LITERARIAS A MI HIJA (Carta quinta)







Carta quinta

    Querida hija:

    La pregunta esencial que todo escritor debe responder en su interior es qué espera de su escritura.
    Las respuestas pueden ser variadas: un oficio del que vivir, pasar buenos ratos, conocerse a sí mismo y al mundo que lo rodea...
    En mi caso no pretendo vivir de mi escritura, pues ya tengo un trabajo que me permite vivir medianamente bien, el de profesor de Enseñanza Secundaria. Además, el trabajo del escritor profesional es para mí demasiado exigente: medio año lo pasa escribiendo con la presión de tener que saber vender sus palabras y, el resto del tiempo, promocionando sus libros en interminables viajes, presentaciones, programas de radio y televisión... Un horror.
    Yo te aconsejo que no pagues nunca nada por publicar tus libros y que tampoco pretendas ganar dinero con ellos.
    Para mí la literatura es un arte y, como todo arte, debe entregarse como un regalo al espectador (lector en este caso), sin esperar nada a cambio.
    Pasar un buen rato debe ser siempre un propósito fundamental del escritor. En mi caso, cuando escribo, siento que las palabras salen de mi mano de forma mágica. Es un procedimiento maravilloso en el que me vuelco tanto en lo que quiero escribir que me olvido de mí mismo.
    Sin la urgencia del tiempo y sin la esclavitud del constante yo, que da una visión disminuida e inventada de la realidad, la escritura es un fanal que ilumina secretas estancias y galerías del alma. Para mí es una magnífica forma de conocimiento de mí mismo. A través de ella, llego a comprenderme mejor y, por ello, a adaptarme mejor a las circunstancias que me rodean. Escribir es el acto con palabras más parecido a la meditación.
    Muchos psicólogos y psiquiatras aconsejan a sus pacientes, para que pongan en claro sus angustias vitales, que escriban sus vivencias y sus emociones ante todo lo que les sucede.
    Al escribir, abstraído de lo que me rodea, siento que salgo de mí, que encuentro una escala que me lleva a otras vidas, a otros sentimientos. Puedo metamorfosearme en una mariposa o en una anciana o en un rudo marino, y todo ello produce en mí una suma de emociones muy parecidas a las que me provoca el acto de leer.
    Pero también la escritura es un entretenimiento muy solitario y ensimismado. Para escribir hay que aislarse de los demás, hay que dejar de vivir en el mundo real y dejarse llevar por el mundo de las palabras. Y ahí es donde los escritores tenemos una trampa: el egocentrismo, el pensar que nuestra obra es magnífica, inigualable y maravillosa comparada con la de nuestros contemporáneos o incluso con la de los clásicos. De esa creencia vienen muchas frustraciones y muchas actitudes egoístas.
    En la historia de la literatura se dan muchos casos de escritores totalmente insufribles, a pesar de que hayan escrito obras memorables.
    Por ello, para el escritor es importante vivir el mundo real: salir con amigos, pasear, correr, hablar de otros temas que no sean los de sus libros, meterse en el trabajo que le da de comer, cocinar, beber cerveza...
    Yo no podría soportar una vida consagrada a la literatura. Necesito salir a la calle, hablar con los compañeros de trabajo, dar mis clases...
    La vida real debe alimentar tu literatura. No puedes convertirte en una poetisa de torre de marfil que viva al margen de los sucesos del tiempo.
    Por otro lado, tu vida literaria debe alimentar también tu vida cotidiana, en una relación natural, no forzada, entre ambas.
    También es muy importante el barbecho literario, es decir, no forzar la escritura, no ahogarla en ti.
    Hemos de escribir, pero también hemos de vivir plenamente, gozosamente.
    En cuanto a los temas de los que hay que escribir, se dice que hay escritores que van cambiando de temas y otros que siempre tocan muy pocos asuntos.
    En realidad, los temas literarios son siempre los mismos: el amor y el desamor, el poder, la venganza, la locura...
    No importa que un tema que quieras tocar haya sido utilizado por un escritor antiguo veinte o treinta siglos antes que tú.
    Lo importante es que el escritor se apropie de ese tema hasta convertirlo en parte de su bagaje literario, que lo alimente e ilumine.
    Los temas en la vida del escritor van cambiando, pero hay uno esencial que es la obsesión más recurrente del ser humano: la angustia por el paso del tiempo.
    La vida es un pasar lento que nos conduce inexorablemente a la muerte. Esa verdad esencial nos angustia y nos conduce a querer perpetuar nuestro ser en el tiempo, pero es una fantasía sin fundamento, pues la esencia del mundo es el cambio.
    Sin embargo, la literatura es, como decía don Antonio Machado de la poesía, “palabra esencial en el tiempo”. El texto literario, igual que la fotografía, conserva hermosos instantes temporales. Un poemario, por ejemplo, mantiene en el tiempo los restos de una emoción en forma de hermosos versos, y ese libro queda como testimonio de un bello atardecer, de una desesperanza o de la plenitud gozosa de un encuentro amoroso.
    La angustia del tiempo no es sólo un tema literario: es también la base del trabajo del escritor, la médula de su labor creativa, lo que lo anima a rellenar folios en blanco en busca de pepitas de oro con las que sobrellevar la carga cotidiana.
    La lucha del escritor con las palabras y las ideas es también una lucha contra la desaparición de su ser, contra las oleadas del tiempo.
    Al fin y al cabo, las obras literarias son castillos de arena que sufren la acción del viento y del mar, es decir, el olvido del paso del tiempo.
    Algunas obras, las clásicas (o sea, las dignas de ser enseñadas en las clases), conservan su entereza a pesar del paso de los siglos; otras, en cambio, desaparecen de la memoria del común de los lectores, siendo estudiadas por muy escasos investigadores literarios.
    La angustia del tiempo, y el aburrimiento vital también, se combaten con la diversión y la literatura es una de las formas de diversión más antiguas y más gratas que existen.
    Querida hija mía, sé que tú disfrutas también mucho dibujando, montando collages... Esa visión creativa de la existencia (ya esté volcada hacia la palabra, la música, la imagen...) es muy importante y debes mantenerla toda tu vida.
    No debe preocuparte nunca cuál es el destino final de lo que quieras crear. Si finalmente te decides por la escritura como afición, lo cual me haría muy feliz, debes pensar no en tu yo ni en el del lector, sino sólo en lo que está deseando salir del interior de tu alma.
    El escritor rehace su vida con su escritura, igual que el lector con sus lecturas.
    El escritor no sólo quiere fijar por escrito la memoria (real o falsa) de lo pensado, vivido o imaginado, sino que también tiene la necesidad de perfeccionarse a sí mismo.
    La escritura es un procedimiento de escultura del alma, uno de los más perfectos que jamás se hayan creado.


viernes, 12 de septiembre de 2014

SIETE CARTAS LITERARIAS A MI HIJA (Carta cuarta)


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Carta cuarta

    Querida hija:

    Es importante, antes de escribir ninguna palabra de la obra literaria, elaborar previamente un borrador.
    En él hay que plasmar cuestiones esenciales como cuáles van a ser los temas tratados, cuál el género literario que vas a emplear (poesía, ensayo, teatro o narrativa) o qué extensión va a tener previsiblemente tu escrito.
    Cuando inicio un nuevo proyecto literario procuro, especialmente si va a ser un proyecto ambicioso, rellenar varios folios con ideas previas.
    Curiosamente, cada nueva obra necesita un método propio. Por ejemplo, un cambio de la tercera a la primera persona narrativa, o bien el paso de un formato de diario a uno de cartas.
    El escritor, si quiere progresar en su arte, debe plantearse retos, no quedarse encasillado en etiquetas que le pongan los demás o que se ponga él mismo.
    Los retos significan evitar los miedos y superarlos. Por supuesto, un escritor siempre tendrá más dominio de su arte en unos géneros antes que en otros, pero eso no implica que un novelista no pueda atreverse con la poesía o que un poeta no deba escribir cuentos.
    Por ejemplo, a mí me ha pasado hace poco un hecho curioso: casi nunca había escrito yo en primera persona, pero hace unos meses quise contar mis recuerdos de infancia y decidí hacerlo en esa persona, la cual es una forma de contar más directa pero al mismo tiempo más desnuda e impúdica que la tercera persona. Te puedo asegurar que hacía tiempo que no escribía con tanta fluidez como cuando escribí esos recuerdos, los cuales leíste con avidez una mañana.
    Por otra parte, pienso que también el escritor, en esa búsqueda de nuevos retos, debe abandonar los senderos trillados, la corriente principal por la que fluye la literatura de masas (la que se vende en los hipermercados), aunque ello suponga perder lectores.
    Te voy a poner un ejemplo: hay una idea tópica que relaciona libro con literatura y literatura con novela.
    La novela se ha convertido en el subgénero literario universal. Parece que no hay otras formas de expresión literaria al margen de ella o tan importantes como ella.
    Sin embargo, el escritor debe mirar en su interior y, a base de escribir mucho, averiguar cuál es el género en el que mejor se expresa. Hay muchos novelistas frustrados que podrían ser excelentes poetas, cuentistas o ensayistas y que no lo son porque no han sabido encontrar su género.
    La vida del escritor es larga y él debe notar los cambios en su interior para dilucidar qué es lo que está luchando por salir afuera a través de su pluma y de qué forma hacerlo.
    Es importante también que el escritor no tenga un excesivo perfeccionismo que lo lleve a ser infeliz si descubre, por ejemplo, en mitad de la noche, que un verso podría resultar mejor con palabras distintas a las escritas un día antes.
    Te aconsejo, si finalmente te decides por esta afición, que no asocies la escritura a momentos de mucha exigencia en tu trabajo. La palabra literaria, hermosa por definición, hay que separarla del excesivo peso de la vulgar cháchara de cada día.
    Escribir debe ser un entretenimiento grato, nutricio, divertido y no un trabajo de una exigencia extrema que te lleve a angustiarte. Antes de eso, te aconsejo que rompas los papeles que tengas escritos, que abandones el proyecto si es preciso y, en último término, que dejes de escribir por un tiempo. Siempre será mejor hacer eso que forzar una escritura que no sale de ninguna forma.
    No fuerces las palabras. La escritura debe ser un manantial de agua clara que salga de ti de forma natural.
    A veces he intentado llevar ideas literarias a mi mente, convocarlas, encontrarlas de una manera forzada, pero en esos casos no he logrado escribir una sola palabra. Es una tarea absurda. Si han de venir las ideas, vendrán cuando tengan que venir.
    Por tu parte, tienes que ayudarlas:
    Primero, busca un lugar propicio (silencioso en la medida de lo posible) y un hueco en el tiempo en el que sepas que nadie te va a importunar.
    Pon en la mesa una buena resma de folios y empieza a escribir en ellos.
    Verás que a veces no surgen bien en tus palabras las ideas que tienes en la cabeza. No te preocupes: escribe, escribe, escribe...
    Escribe sin que importe el tiempo, sin pensar en otra cosa que en las palabras que vienen a continuación de las que acabas de redactar. Ya habrá tiempo más adelante de teclearlas en el ordenador; de buscarlas en el diccionario para ver si existen en él; de tachar, enmendar, ampliar lo escrito.
    Escribe, escribe, escribe..., como si no fuese a haber un mañana, dominado todo tu ser por la fiebre, el rapto de la escritura.
    Saca de ti las ideas que te perturban, los recuerdos que te hacen llorar de rabia o de emoción, aquella palabra que tanto te cuesta encontrar entre los dientes cuando quieres que acuda a ti en momentos de desánimo.
    Escribe, busca las ideas y cázalas como un entomólogo caza mariposas. Ya habrá tiempo más adelante de ensartarlas definitivamente en un libro, en un blog, en una revista, en una página web o en el espacio inferior del último cajón de un escritorio olvidado en el ángulo de un sombrío rincón.


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