viernes, 20 de febrero de 2015

DE LOS CAMAREROS DE SEVILLA






    Uno de los defectos de la nación española, según el sentir de los demás europeos, es el orgullo.

    José Cadalso: Carta XXXVIII de las Cartas Marruecas (1789).



Al maestro de periodistas Antonio Burgos


    Hace poco mi mujer, mi hija y yo salimos un viernes a dar un paseo por el centro de Sevilla y entramos en un bar. El sitio era pequeño, con pocas mesas. ¿Saben Vds. lo que siente un hombre invisible? Pues así nos sentimos en aquellos instantes porque la camarera, que parecía la dueña, pasó olímpicamente de nosotros. Es más, el colmo fue observar que se estaba dedicando a probar una rica cerveza desde detrás de la barra. Decidimos irnos y, cuando estábamos en la puerta, se acercó a preguntar. A buenas horas mangas verdes.
    Pero no acabó ahí la cosa. Entramos en un bar que estaba al lado y, después de estar unos diez minutos esperando, el camarero, que apenas tenía tarea, va y nos dice que nos tiene que atender por otro lado de la barra. Y vino aquí la segunda escapada nuestra. Batimos el récord olímpico de salida de bares.
    Llevo viviendo en Sevilla desde mis tiernos diecisiete años (ahora voy camino de los cuarenta y cuatro) y no es la primera vez que me pasa. A estas alturas casi me siento sevillano, aunque no puedo evitar tener el corazón dividido en otra parte, la de mis vivencias riotinteñas. El caso es que hay un tópico en esta ciudad: el de que es ciudad acogedora.
    En parte es verdad, y conozco a muchos sevillanos viejos que lo confirman, pero hay un hecho que lo pone en cuestión: lo chocantes que son muchos de sus camareros, lo cual, en una ciudad que vive en gran parte de los turistas que a ella acuden, es un hecho preocupante.
    Para empezar, tienes que perseguirlos cada dos por tres, hasta para que se cobren. Después de unas tapas con los amigos, en medio del jaleo de un bar quieres pagar e irte y finalmente consigues que te presten atención: “¿Se cobra, por favor?”. Entonces te contestan como lo haría un gallego, con otra pregunta, en este caso terrible: “¿Qué ha sido?”.
    Otro asunto es la forma de actuar en el servicio: pegan gritos cada dos por tres y, cuando tienen que hablar, no acompañan los gestos con palabras (con un “ahí tiene usted la tapita”, por ejemplo). Además, te sirven las cervezas como si estuviesen cortando troncos con ellas, pegando taponazos de espuma en la mesa que te hacen fibrilar porque cuando lo hacen estás metido en la conversación. Todo ello ofrece un trato chocante y desabrido que echa para atrás, aparte de que a veces te toca el típico camarero grassiosso que tiene la gracia donde yo me sé... Podría seguir con la enumeración de conductas impropias, pero no quiero hacer sangre.
    La causa de estos hechos, en mi opinión, se debe a la escasa voluntad de servicio a los demás y el pecado del orgullo que predominan en nuestra cultura, así como la disconformidad con el trabajo desempeñado.
    Conozco casos de bares arruinados por sus propios camareros. La clientela no es tonta y lo que busca es, aparte de una cuenta no excesivamente abultada, la calidad de una buena cocina y un buen servicio.
    La clave está también en la escasa formación de muchos camareros. No pretende uno que sepan cuáles fueron las ideas de Platón o de Einstein, pero sí al menos que tengan un mínimo de empatía con el cliente.
    Antes era éste un oficio para toda la vida. Ahora, la vida laboral de muchos camareros está llena de trabajos de escasa duración. Hoy se hacen mal muchos trabajos, mientras que antes se hacía bien uno solo. Quien te sirve la cerveza estuvo hace meses en la recogida de aceitunas y dentro de poco estará poniendo ladrillos o en la vendimia. Esta movilidad hace que no se conozca a fondo ningún oficio y que la implicación afectiva con el trabajo y con la inversión que han hecho los dueños del negocio sea nula.
    Recuerdo que hace muchos años, cuando aún no peinaba canas, escuché en la radio un proverbio chino que me hizo empezar una colección de citas: “Quien no sepa sonreír que no vaya a abrir tienda”.
    Señores camareros de Sevilla: fórmense como Dios manda, hagan bien su trabajo y, sobre todo, aunque no les salga de dentro, sonrían al cliente, porque éste se llevará a su casa de Japón, Italia o Estados Unidos su cara como ejemplo de la forma de ser de la ciudad.

miércoles, 18 de febrero de 2015

LA BRASA VIVA DEL MIÉRCOLES DE CENIZA






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Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.


Antonio Machado: final del poema A un olmo seco”,
de Campos de Castilla (1907-1917).



    En los primeros trinos de unos pájaros en el amanecer de hace unos días; en la luz que avanza conquistando las oscuridades de amaneceres y atardeceres; en la visión de la primera cigüeña; en el lento retroceso de las últimas toses; en el aumento imperceptible de la temperatura; en el abandono de la ropa más gruesa en el más profundo rincón del armario; en el encaje de los cuerpos, habituados al frío a su pesar durante tanto tiempo; en las hojas que el calendario va dejando caer en busca de la Resurrección; en las miradas, que dejan de enfocar al fondo de uno y de pronto encuentran al otro con su belleza; en el movimiento de las iglesias con sus hermandades; en las calles, más animadas y sonorosas que en los gélidos meses invernales; en las visitas cada vez más frecuentes a las playas; en las lunas llenas, que ahora son contempladas con arrobamiento y embeleso; en el amor, con su dulce melodía de colchones; en el gusto por la cerveza, degustada placenteramente a la temperatura perfecta en conversaciones sin prisa; en la belleza de la ciudad, de nuevo recuperada en deliciosos paseos vespertinos; en las nubes, ¡siempre las nubes!, que son mensajes de Dios a quien sabe leer sus rosas entrañas; en el tímido repiqueteo de las últimas lluvias en las ventanas; en los esplendorosos rayos que, en un solo instante, atravesaron el gris plomizo del cielo de ayer; en las yemas de las ramas de los árboles, aún ateridas pero con ansias de mostrar al aire sus brotes nuevos..., en todo ello juntamente has venido notando, intuyendo consciente o inconscientemente, poco a poco, día a día, desde hace semanas, en una iluminación por entregas, que ya está aquí, y que ha llegado para quedarse, la primavera.
    Y una vez más, en una nueva vuelta de la rueda del tiempo, te aprestas a apurar sus vísperas, temeroso de que se marchen sin que las hayas vivido intensamente.
    Acerca, pues, tus dedos al calor de la brasa viva del Miércoles de Ceniza. Mañana serás polvo pero hoy, al menos, te queda la dicha de estar vivo en la luz de las horas.
 

viernes, 13 de febrero de 2015

MÓVILES EN UN RESTAURANTE NEOYORQUINO (CASO VERÍDICO)




    Querido lector:

    Un famoso restaurante que lleva abierto muchos años en Nueva York y de cuyo nombre no quiero acordarme, al cual acuden tanto nativos como turistas, decidió hace un año contratar a una empresa para intentar descubrir por qué estaba teniendo malas críticas últimamente.
   Aunque en aquel local sirven más o menos siempre al mismo número de comensales, las quejas por la calidad del servicio habían aumentado, a pesar de que los dueños habían contratado a más camareros y de que habían reducido el número de platos de la carta.
    Las quejas más usuales en las páginas de crítica gastronómica de la ciudad tanto de éste como de otros restaurantes de la zona se referían a que el servicio era lento y al hecho de que el cliente tenía a veces que esperar mucho en la calle para poder conseguir mesa.
    La empresa contratada por el restaurante inicialmente hizo alusión a la necesidad de más formación por parte de los camareros y al hecho de que muchos de ellos estaban desbordados. Cuando les preguntaron a los dueños por su sistema de cámaras de vigilancia, estos dijeron que diez años atrás estaba formado por cintas de vídeo que registraban toda la actividad. Las grabaciones se conservaban durante noventa días por si se necesitan por algún motivo. Dicho sistema de grabación fue sustituido más tarde por uno de cámaras digitales.
    La empresa encargada de estudiar la situación del restaurante sugirió la idea de intentar localizar las viejas cintas de vídeo con idea de poder contrastar cómo se comportaban los empleados hace diez años y cómo se comportan ahora.
    En el almacén no se encontró al principio ninguna cinta. Sin embargo, sí lograron hallar las cámaras antiguas y, afortunadamente, cada una tenía en su interior una cinta con grabaciones. Esas cintas no habían sido eliminadas cuando se cambió al sistema de cámaras digitales.
    La fecha de la grabación más antigua es la del jueves 1 de julio de 2004. Ese día el restaurante estaba lleno.
    Se comparó dicha grabación con la del jueves 3 de julio de 2014, o sea, con imágenes del mismo sitio diez años después. La cantidad de comensales era la misma.
    Los resultados de la investigación fueron asombrosos. Veamos los resultados ordenados en la secuencia temporal:

    1. Llegada al restaurante y petición de comida:

    -En 2004 entran los clientes, se sientan y se les entregan las cartas. De los 45 clientes, 3 piden sentarse en otro sitio.
   Los clientes de media tardan 8 minutos en cerrar la carta para mostrar que están dispuestos a pedir la comida. Los camareros toman el pedido al instante.

    -En 2014 entran los clientes, se sientan y se les entregan las cartas. De los 45 clientes, 18 piden sentarse en otro sitio.
    Antes siquiera de abrir la carta, sacan sus móviles. Algunos sacan fotos mientras que otros hacen algo con sus aparatos (el estudio no llega hasta el punto de desentrañar qué es lo que hacen con ellos).
    De los 45 clientes, 7 hicieron ir rápidamente a sus mesas a los camareros, les enseñaron algo de sus móviles e hicieron perder una media de 5 minutos a dichos empleados. Como es material de archivo reciente, se les preguntó a los camareros qué habían querido de ellos los clientes y aquellos respondieron, al ver las imágenes, que la razón de esos diálogos se debía a que los comensales tenían un problema con la conexión Wi-Fi y les habían pedido a los camareros que les ayudasen a resolver sus problemas de conectividad.
    Finalmente, los camareros se dirigen a las mesas para ver qué les gustaría pedir a los clientes. La mayoría no ha llegado a abrir las cartas, por lo que los camareros tienen que esperar a que se decidan.
    Hay clientes que abren las cartas del restaurante, colocan sus manos agarrando el teléfono en la parte superior de aquéllas y continúan haciendo no se sabe qué con sus móviles.
    Los camareros regresan para ver si están preparados ya los señores clientes para encargar la comanda o si tienen alguna pregunta. Los clientes piden más tiempo aún hasta que, finalmente, están listos para pedir los platos.
    Los clientes de media tardan 21 minutos desde que se sientan hasta que encargan la comanda.

    2. La llegada de los platos:

    -En 2004 los entrantes tardan en llegar unos 6 minutos. Obviamente, los platos más elaborados tardan más. De 45 clientes, 2 de ellos devuelven platos.
    Los camareros echan una ojeada a las mesas para acudir en cuanto el cliente necesite algo.

    -En 2014 los entrantes tardan en llegar unos 6 minutos. Obviamente, los platos más elaborados tardan más. De 45 clientes, 26 tardan una media de 3 minutos en tomar fotos de la comida. 14 de los 45 se hacen fotos entre sí con la comida delante de ellos o mientras comen, revisan las fotos y, a veces, sacan una foto más. Este proceso de media dura unos 4 minutos.
    De 45 clientes, 9 devuelven platos para que sean recalentados. Obviamente, si no se hubiesen dedicado a utilizar sus móviles, la comida no se hubiera enfriado.
    Un total de 27 de los 45 clientes les piden a los camareros que les hagan una foto de grupo, de los cuales 14 les piden que les hagan una más porque no estaban contentos con la primera. De media este proceso, entre la charla previa y la revisión de la foto, dura unos 5 minutos y, lógicamente, provoca que cada camarero-fotógrafo no pueda atender a otras mesas que esté sirviendo.
    Dado que en la mayoría de los casos los comensales están constantemente atareados con sus móviles o con aparatos tecnológicos similares, de media se tardan 20 minutos desde que terminan de comer hasta que piden la cuenta.

    3. La cuenta:

    -En 2004, los clientes terminan de comer, se les trae la cuenta, pagan y en 5 minutos se marchan.
    Tiempo total desde el inicio hasta el final de la comida: una hora y cinco minutos de media.

    -En 2014, una vez que llega la cuenta los clientes tardan de media 15 minutos en pagar y en marcharse.
    De los 45 clientes, 8 se tropiezan con otros clientes o con algún camarero por estar escribiendo mensajes de texto en el móvil mientras caminan para entrar o salir del restaurante.
    Tiempo total desde el inicio hasta el final de la comida: una hora y cincuenta y cinco minutos de media.

   Fuente: themetapicture.com


    Pregunto: ¿cuándo empezó este mundo a perder el juicio?


sábado, 7 de febrero de 2015

LA NECESIDAD DE TOCAR(NOS)





    Querido lector:

    Quiero compartir con Vd. una anécdota personal y una reflexión:

  1. LA ANÉCDOTA PERSONAL:

    Venía yo deseando desde hace tiempo tener en casa un espacio de trabajo manual en el que poder dar salida a mi afición por el bricolaje.
    Porque ¿me puede Vd. decir, con lo pequeños que son los pisos de hoy en día, dónde puede uno tener un banco de trabajo en condiciones y sus herramientas ordenadas como Dios manda para poder cortar, limar, apuntillar, atornillar... todo tipo de objetos?
    Me dirá Vd. que ésa es una pasión muy masculina. Es cierto que a muchos hombres nos gusta (nos encanta, diría yo) transformar los objetos de nuestro mundo con el esfuerzo de nuestras manos.
    Y, por supuesto, es ésta una pasión que se hereda. Yo en mi caso la he heredado de mi abuelo Manuel, que fue mecánico de locomotoras en las viejas cocheras de Riotinto, y de mi padre, maestro en tener ordenada toda la ferretería.
    Por fin en las vacaciones de Navidad pasadas me decidí y logré meter una mesa de madera sin uso en el trastero de mi casa, nos sin antes, en un trabajo que duró cuatro horas, tener que alterar toda la disposición del mismo (libros, estanterías, armarios, bolsas de ropa...).
    Y desde entonces, poco a poco, he ido añadiendo mejoras a ese pequeño cuartillo mío, que es ya, como diría Gollum, el famoso personaje de El Señor de los Anillos, «mi tessooorooo».
    Hace unos días me dediqué a ir metiendo, ordenada en vasos de potitos infantiles ya desechados, toda la quincalla que tenía desparramada por varios lugares. Y empezó a salir todo un ejército de soldaditos de metal que ha quedado ya dispuesto a mis órdenes.
    De algunos sabía perfectamente el nombre de su regimiento: puntillas, grapas, arandelas, tuercas, tornillos de cabeza plana, tornillos de cabeza de estrella, chapas, alcayatas, arandelas... A otros, cuyo nombre desconocía, los metí en un vaso con la etiqueta de “RAROS”.
    Y mientras me empeñaba en aquella tarea iba yo meditando, cavilando, sobre aquel trabajo manual que yo desempeñaba y aquí viene entonces la

    2) REFLEXIÓN (el autor medita sobre la necesidad de tocar mientras ordena sus soldaditos de metal):

    «Uno de los problemas de nuestra época es que hemos perdido el contacto con la realidad de las cosas (o con las cosas de la realidad).
    »Andamos o, más bien, corremos en pos de entes etéreos que están en el vacío (contraseñas de Internet, archivos PDF, memes “grasssiossos” del guasa...) pero nos falta algo importante: tocar.
    »Nuestros trabajos son cada vez más mentales y menos físicos. Hay mucho tecleteo de ordenador y poco sudor.
    »También pasa que antes se componían (arreglaban) los objetos rotos, mientras que ahora se ha impuesto la cultura del usar y el tirar. ¿Cuántos paraguas rotos, por ejemplo, vemos tirados por la calle en días de lluvia?
    »Los pisos se diseñan ya para que tengan por ley en los garajes aparcamientos de bicicletas, pero nadie reserva un espacio para colocar un pequeño banco de trabajo y dos estantes donde el gen Neanderthal que todo hombre lleva dentro encuentre su válvula de escape.
    »Y lo malo es que esa ausencia de contacto físico con los objetos la trasladamos a la ausencia de contacto físico con los demás.
    »El último día de clase antes de las últimas vacaciones de Navidad, gratamente me sorprendió, por lo raro del caso, que un alumno al que estimo se acercase para ¡darme un abrazo! Es triste, sí, que estos casos no sucedan más a menudo.
    »Desde luego, hay muchos tipos de contacto físico, pero por supuesto me refiero al inocente, al fraternal y sincero, al desprendido, al que es entrega de afecto sin malicia alguna.
    »¿Qué ideas quedarán, me pregunto, de nuestro tiempo cuando los arqueólogos del futuro intenten inútilmente extraer los correos de nuestros ya inservibles servidores de correo? No sé qué quedará, pero sí lo que no quedará de nosotros: la memoria de una época afectuosa de cercanía y de contacto de almas».

    CODA:

    Sin embargo, siempre hay esperanza. Yo al menos, desde mi cuartillo, estaré dispuesto a componer o reparar, al precio de un buen apretón de manos, cualquier cacharro que tenga Vd. a bien traerme, querido amigo.

sábado, 31 de enero de 2015

¿POR QUÉ SE FASTIDIA UNA AMISTAD EN CIERNES?






Louis, creo que éste es el comienzo de una gran amistad.

Frase final de la película Casablanca (1942) de Michael Curtiz.



A todos los que se sienten mis amigos.

  
    Querido lector:

    Últimamente hay un tema que ocupa mi mente y al que no dejo de darle vueltas (para eso, entre otras cosas, escribe uno: para que algunas ideas dejen de acosarlo).
    Es el asunto de por qué se fastidian algunas relaciones de amistad o de compañerismo.
    A todos nos ha pasado alguna vez: tenemos una relación más o menos fluida con una persona cuando de pronto, de la noche a la mañana, deja de sonreírnos en un pasillo o de hacer delante de nosotros los típicos comentarios que alivian las tensiones que provoca un excesivo silencio (las alusiones a la temperatura o a la última genialidad del futbolista de moda, por ejemplo).
    No sé a usted, pero a mí en esos casos me pasa que no dejo de preguntarme si he sido yo quien ha tenido la culpa del alejamiento por algún comentario malintencionado, por alguna risa extemporánea, por algún gesto absurdo o alguna mirada impertinente.
    En el caso de los escritores, además, a todo esto hay que sumar la duda sobre la inoportunidad de algunas palabras escritas por nosotros.
    ¡Me entran entonces unas ganas de parar a esa persona por el pasillo y preguntarle: “¿Por qué no quisiste profundizar en mi amistad?”!
    Pero claro, la vida sigue su curso, su rutina, el sol sigue saliendo cada mañana en un ciclo eterno, tú seguirás cruzándote con esa persona y no pasaréis jamás de un “hola” y un “adiós”, y habréis perdido la oportunidad de una gran amistad.
    No puede uno contentar a todo el mundo ni tampoco todas las amistades pueden ser profundas, como es lógico, pero pienso que el ser humano debe llevar siempre consigo un alma grande que acoja con amor y generosidad a cualquiera que se atreva a cruzar sus umbrales. Y no sólo por conveniencia, sino, ante todo, por una verdadera necesidad de dar y recibir afecto, a pesar incluso de pasadas desavenencias.
    La amistad o el compañerismo requieren de una actitud abierta y de un esfuerzo de diálogo por ambas partes. Y requieren también de una de las mayores virtudes humanas: el saber perdonar.
    Al fin y al cabo, un comentario que es objetivamente inoportuno o una suma de ellos no deben nunca hacernos pensar que la persona que lo ha pronunciado también lo es.
    Nuestro problema, como casi siempre, es que ponemos fácilmente etiquetas a los demás, etiquetas que luego nosotros mismos somos incapaces de despegar de la imagen del otro.
    Las personas somos muy complejas y cambiantes y, aun sabiéndolo, no logramos modificar fácilmente las ideas preconcebidas que de los demás tenemos en nuestra cabeza.
    Por ello, es agradable comprobar al menos un día, en un breve instante, aunque sólo sea uno entre tantos, que en el rostro del otro, de aquel al que un tiempo atrás consideramos amigo y de quien el tiempo nos ha ido distanciando, se dibuja una sonrisa bienintencionada, la de quien se asoma a la puerta de nuestra casa.
    La amistad es, en definitiva, el encuentro de dos almas gemelas. Todas, en el fondo, lo son más allá de las trampas de la rutina de cada día.

domingo, 25 de enero de 2015

DEPORTES DE RIESGO




    Querido lector:

    Me pregunto por qué motivo ahora al final de cada telediario nos echan siempre imágenes de señores intrépidos que se lanzan en paracaídas desde lo alto de una cornisa o a tumba abierta en bicicleta de montaña por una escarpada ladera o en sus esquís desde la nevada pingorota de un pico inaccesible salvo si es en helicóptero.
    ¿Es que acaso Televisión Española quiere promover estos deportes de riesgo entre sus televidentes? ¿Tanto quiere que nos convirtamos en protagonistas de noticias luctuosas?
    ¿Debemos, pues, dejar nuestro deporte favorito, el zapping, para emular a estos héroes arrojados de nuestro tiempo?
    El otro día la sección de “Deportes de riesgo” anunció que le habían dado un premio a un señor que se había tirado con sus esquís, ayudado de un helicóptero, desde una cumbre nevada. El hombre pegó un pellejazo que todavía le está doliendo pero, inaccesible al desaliento, una vez caído tuvo los santos congojos de decirse: “Ya que he llegado hasta aquí, ¿por qué no me tiro otra vez?”.
    Y se tiró y, por suerte, esa segunda vez le salió bien. El premio seguramente lo habrá colocado encima del televisor apagado de su casa cerrada, ya que dicho individuo seguramente esté ya camino de otra cima desde la que tirarse cual cabra montés.
    Y es que ya se sabe que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.
    Aquella noticia me llevó a la reflexión de que muchos viven hoy sedientos de aventuras y deseosos de llevar sus cuerpos hasta límites insospechados.
    Lo que muchas veces no cuentan los periodistas de Televisión Española es que dichos deportistas arriesgados se dejan en ocasiones una pierna o, peor, la vida en el intento de forzar sus límites.
    Y eso yo creo que es fruto de una soberana estupidez.
    Por desgracia, hemos pasado de épocas en las que lo que se admiraba era el silencio, la cultura, el conocimiento, los libros... a otra en la que cualquier indocumentado sin dos dedos de frente logra la fama asumiendo el riesgo de partirse la crisma en su intento de ser reconocido.
    Luego sí, queda todo muy bonito: esos vídeos con las imágenes tomadas desde la cámara del casco y una musiquita de piano de fondo, pero la crisma se la parte el tío, pasando así a los anales de la estupidez humana.
    Pues yo, señor lector, ¿qué quiere que le diga? Yo prefiero explorar las vastas extensiones del desierto del alma meditando, charlando, leyendo o empapándome de imágenes serenas antes que ver cómo estos sujetos buscan renombre a base de jugar con el peligro.
    Los deportes de riesgo son el símbolo perfecto de nuestra época, la perfecta imagen de una sociedad que busca constantemente sensaciones nuevas y cada vez más fuertes, igual que un drogadicto busca dosis de droga cada vez más concentradas porque se ha ido acostumbrando su cuerpo a otras más bajas.
    Olvidamos entonces que las mejores y mayores sensaciones las podemos descubrir en nuestro interior, y no en carrera acelerada y peligrosa entre pinos contra los que podemos chocar y hacernos picadillo.
    A mí, desde luego, no me van a convencer ya de que me tire de ninguna cornisa. Ni harto de vino.

domingo, 18 de enero de 2015

¿POR QUÉ NO SE CALLAN LOS ALUMNOS DE HOY?






  
    Querido lector:

    Cuando me preguntan algunos amigos por mi agotador trabajo de profesor, siempre terminamos hablando del mismo asunto: de la cháchara interminable de muchos alumnos que sucede una y otra vez mientras el profesor está explicando.
    En mi época de estudiante esto no sucedía porque simplemente te buscabas un problema si osabas interrumpir al profesor con tu charla. Entonces funcionaba aún la fórmula del jarabe de palo, por lo que los alumnos -temerosos del regletazo- nos esforzábamos en portarnos bien, estudiar y hacer las tareas.
    Era aquél un sistema en el que la autoridad del maestro o del profesor era incontestable y en el que la sociedad entera podía aplicar sobre ti la autoridad. Incluso cualquier señor desconocido podía tirarte de las patillas en plena calle si veía que estabas haciendo el gamberro.
    Si tus padres se enteraban encima de que habías fallado en el colegio o en la calle, caía sobre ti el peso de la ley en forma de zapatillazo o de castigos variados.
    Pero esa autoridad general se fue desvaneciendo poco a poco. Debido a causas conocidas y diagnosticadas en las que no me detendré demasiado, los alumnos le fueron perdiendo el respeto poco a poco a los profesores e incluso a sus progenitores, muchas veces por causa de una excesiva relajación de los adultos, fruto de un ambiente general de disipación.
    La democracia mal entendida y la paternidad escasamente responsable tuvieron (y tienen) también parte de culpa.
    El resultado de dar tantas libertades a los niños es que en clase el profesor no puede ni toserles a los alumnos díscolos ni evitar que charle hasta el alumno más parado.
    Está tan generalizado el ambiente de ruido y diversión en clase que, cuando los alumnos se ven delante de un profesor serio y exigente, no son capaces de cambiar de registro y portarse como deben.
    Por ejemplo, yo soy uno de los profesores carcamales que aún pretenden que sus alumnos lo traten de “usted”, que es la fórmula de respeto del español, consagrada por siglos de tradición. Procede del “vuestra merced” del Siglo de Oro y se fijó en el siglo XVIII.
    El problema es que, aunque quisieran, muchos alumnos no saben tratarte de “usted” y te dicen, por ejemplo, “Usted tienes razón” o “Usted dijiste...” Y no lo saben porque nunca nadie les ha enseñado, ni en su casa ni en la caja tonta de la televisión. ¿Recuerda usted, querido lector, aquellos tiempos en que los periodistas de Televisión Española trataban al espectador de “usted”? ¡Qué tiempos aquellos!
    El tuteo ha entrado como elefante en cacharrería con intención de acabar con las últimas resistencias del “usted”. Éste es un ejemplo claro de cómo han cambiado las tornas en el mundo de la educación.
    Pero lo peor es la cháchara constante en las clases. El profesor llega al aula y, antes que nada, tiene que hacerse notar porque ellos siguen hablando, riendo, peleándose... Cuando por fin, diez minutos después, ha logrado que se sienten y se callen a regañadientes, empieza su explicación: el Complemento Directo, Gonzalo de Berceo, el pronombre “se”, Don Quijote..., y es como hablarle a una pared: los alumnos hablan, hablan y hablan entre ellos, interrumpiendo constantemente la explicación.
    No sé de qué hablan ni me importa, pero sí sé que esa charla constante es una falta de respeto al trabajo del profesor (aunque ellos no sean conscientes de que así sea) y también sé que dicho parloteo influye en el desánimo de los docentes y en el bajo rendimiento escolar de muchos estudiantes.
    Porque, evidentemente, los alumnos hablan de lo que ya saben, pero esas conversaciones perpetuas les impiden adquirir nuevos conocimientos. Y es curioso que muchas veces sean esos mismos alumnos charlatanes los que le exigen al profesor en tono airado que les suba las notas de sus horripilantes exámenes, los cuales son resultado -entre otras diversas causas- de sus estériles e interminables tertulias en clase.
    Cuando los tertulianos radiofónicos o televisivos, expertos por otra parte en todas las cuestiones, o nuestros queridos políticos hablan, gastando saliva inútilmente, de programas de mejora del rendimiento educativo y de reformas en los planes escolares, yo ya no puedo dejar de esbozar una sonrisa escéptica.
    Señor legislador: deje usted de mojar papeles y dedíquese a resolver el asunto de las charlas de los alumnos, el charlatanismo discente (si es que quiere usted buscar un tecnicismo que lo defina).
    Si logramos algún siglo de estos dar solución a ese problema y, por tanto, conseguimos favorecer de una vez por todas el silencio real y efectivo de los alumnos en clase, habremos dado un salto evolutivo que nos permitirá emprender nuevas etapas en el desarrollo de la educación.
    Hasta entonces, mientras no superemos realmente ese reto, los alumnos seguirán con su charla infinita, perdiendo el tiempo y haciéndonoslo perder a los profesores que cada día lectivo nos plantamos delante de ellos para intentar inocularles la medicina santa del gusto por el conocimiento.
    Mientras no suceda así, las clases seguirán siendo diálogos de besugos, absurdas pérdidas de tiempo en las que el esfuerzo del profesor se convertirá en estéril siembra de semillas de saber que no darán nunca fruto comestible en medio de los abrojos de la charlatanería vacua.



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