Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

jueves, 6 de mayo de 2010

El país de las chapuzas




Se pueden conocer cuáles son los problemas de un país analizando las máximas aspiraciones de sus habitantes. En España, éstas se concretan, en general, en tener un trabajo de funcionario bien pagado en el que dar pocos golpes.
Esa desidia individual se traduce en una apatía colectiva que imposibilita el progreso, entendido éste como la mejora de las condiciones de vida y trabajo de una sociedad.
Sistemas sociales más jóvenes que el nuestro nos ganan en espíritu emprendedor (es el caso de los Estados Unidos de América). La vieja España, orgullosa de su historia y sus privilegios caballerescos, asentados en la forma del ser español, puede que sea más sabia y escéptica que el imperio norteamericano, pero es indudable que éste nos gana, además de en inocencia positiva, en una movilidad y una tensión admirables en las relaciones sociales que envidia el resto del mundo y que deberíamos tomar como ejemplo, sin adoptar (como estamos haciendo) lo peor de aquel sistema.

4 comentarios:

Jesús Cotta Lobato dijo...

El caso es que yo creo que tampoco queda ya casi nada de aquella España caballeresca. Ya sólo nos queda la pícara.

José Manuel Gómez Fernández dijo...

Jesús:
Creo que hoy en día somos el resultado de lo peor de nuestra historia y de lo peor de la historia de los demás.
¡Triste sino el de esta España de la crisis permanente!
Un abrazo mercurial.

Alejandro dijo...

Te doy la razón, aunque hay otro prototipo hispano que se te escapa: quien sólo aspira a dar el braguetazo con la que tiene ya la tienda abierta... mucho mejor si es farmaceútica.

Otro abrazo, mercurial, para ambos.

José Manuel Gómez Fernández dijo...

Alejandro:
Es verdad: el "buscabraguetazos" es otro prototipo carpetovetónico característico. Quizás dé para escribir algún cuento (de terror, por supuesto). Otro abrazo mercurial.

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