Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

lunes, 18 de octubre de 2010

Adoro la literatura mágica y hermética, la literatura antiheroica que se inicia con los románticos. La buena literatura de la modernidad o posmodernidad es, por definición, antiheroica, descreída, escéptica, igual que el mundo en que surge. Por eso han ganado terreno también los medios audiovisuales: con sus héroes de milésima de segundo, sus efectos especiales y sus sonidos estridentes cubren la necesidad de historias ajenas, añejas o no, que tenemos todos los seres humanos (ahora se dice personas humanas). La buena literatura hace tiempo que dejó de creer en los héroes, pues los tiempos dejaron de ser épicos. La palabra, que es sabia por su antigüedad, se ha vuelto escéptica ante las barbaries que ha descrito y la imagen, prácticamente recién inventada, conserva aún una pura inocencia que logra emocionar. Aparte de que llega más al espectador por el escaso esfuerzo que suele requerir su contemplación.

La idea, muy antigua por otra parte, de que todo está ya descubierto o inventado, de que lo nuevo solo lo es en la apariencia, en la forma, tiene también gran parte de culpa de este desengaño de la palabra. La vida y su reflejo, la literatura, son repetición constante, de ahí la sensación de reiterar una y otra vez algo vivido o escrito antes, sin poder escapar de un círculo viciado (esto creo que ya lo he escrito antes). Los franceses llaman déjà vu (lo ya visto) a esa sensación de vivir algo que se cree haber vivido antes, aunque se sepa con seguridad que no ha sido así. El déjà vu es una grieta en la arquitectura del sueño de la vida. Nos demuestra que hay resquicios ocultos de la vida por los cuales nos damos cuenta de la irrealidad de lo presuntamente real, de la mentira de los sentidos. Es la falsa sensación de haber vivido todas las vidas. La literatura queda entonces como algo ya visto, ya vivido, ya leído, por lo que pasa a acumular polvo en estantes olvidados.

En estos tiempos también se pierde la importancia de la forma o de las formas, y cuando la forma deja de tener importancia, cuando es lo mismo escribir hombre con o sin hache, con o sin be, entonces perdemos el significado que ocultan las letras.

Pero hemos de seguir escribiendo, aunque nos invadan los bárbaros con sus lenguas rudimentarias y sus cerebros atrofiados por imágenes vanas y sin sentido. No podemos renunciar a la palabra escrita, aunque cada vez sea menor su influencia, aunque avance sin descanso por las llanuras de la desidia la lengua oral (el tío-tío) de los hombres sin civilizar. Un pueblo que abandona el uso y el gusto de la escritura retrocede miles de años atrás en la evolución humana. Igual que en la Edad Media algunos monasterios preservaron la llama del saber, debemos los escritores y todos aquellos profesionales relacionados con la comunicación en general cultivar el cuidado por estas flores de cultura que son los libros (no solamente regándolos, sino también plantando esquejes y haciendo injertos por doquier), a pesar de que algún milenio de los que han de venir quede arrasado nuestro jardín por la negligencia, el desinterés o la inquina.

Desde luego, prefiero no mencionar (aunque termino haciéndolo) la idea que circula por ahí de que el mejor escritor es el que más dinero gana. Si nos obstinamos en meter la literatura, o el Arte en general –también con mayúsculas-, dentro de los cauces de producción capitalista normales, entonces apago y me voy:

(Cuadro de texto totalmente relleno de negro)

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