Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

viernes, 29 de octubre de 2010


♣ ¡Dios! Acabo de entender los casos tan extraños que salen en estos últimos tiempos en televisión. A veces me asombro de mi estupidez.

Esta tarde veía un programa de televisión (vulgo pograma) en el que los contertulianos eran modelos de pasarela: grandes bocas pintadas de rojo, escaparates de miel. Cambié de canal y diez minutos más tarde volví a la misma tertulia: ¡seguían hablando de lo mismo! ¿Y cuál era aquel tema que requería tan hondas y extensas discusiones? Pues la discusión estaba centrada en si era mejor llevar pestañas naturales o postizas.

Me invadió una desagradable desazón. Pensé que los responsables de aquel bodrio no pensaban siquiera en transmitir ninguna información útil a la audiencia y menos en entretener. Su única idea era la de mantener durante bastante rato en primer plano la imagen de los turgentes senos (vulgo domingas) de aquellas señoritas, dejando embobada a la audiencia masculina e interesada por la última moda o por los avances de la cirugía plástica a la femenina, mientras los pases publicitarios engrosaban las arcas de la cadena. Pero -me hice una pregunta-, ¿si pusiesen a esa hora un documental o una película interesantes para gente inteligente, los espectadores no estaríamos más felices, teniendo que tragarnos los mismos anuncios y, además, sin esa desagradable sensación de haber perdido inútilmente minutos preciosos de nuestra corta vida? ¿No se educaría mejor a las futuras generaciones de ese modo, y no enfrentándolas desde muy temprano (me refiero con ello a la hora de emisión y a la corta edad de nuestros infantes) con la carga de hedonismo y frivolidad que nos invade?

Por favor, devuélvanme los minutos que me ha robado la televisión-basura. Con ellos podría quizás componer dos novelas mejores que ésta, una obra de teatro, el guión de una película, aprender a tocar la guitarra o el piano, o tirarme en paracaídas, o qué sé yo.

***


♣ “Tú eres una guarra, y yo soy más guapa que tú porque mis tetas no son de plástico” (frase oída en el programa de televisión antes citado).

Hay frases que resumen una época y ésta es una de ellas. Nuestra época, como casi todas las de crisis (en griego, ‘mutación’), se define, entre otras cosas, por el individualismo y la competitividad más radicales.


***


♣ Voy a dejar de ver la televisión un día de éstos. Lo he decidido. Me inspira demasiadas ideas en un momento en el que debo definitivamente cerrar (inútil anhelo) mi obra.

No encuentro hoy en día un material tan importante para la inspiración de un escritor que una sesión vespertina de sofá y televisión (es el nuevo deporte: el sillón-bol). La voluntad de objetivar el mundo –otro inútil anhelo- que posee el novelista debe llevarle a ese escaparate del mundo y de la sociedad reales, cuyas imágenes tienen la virtud de reflejar una parte de lo verídico desde un espejo mágico que nos hace confundir vida, imágenes de la vida y ficciones.


***

♣ La buena Literatura debe ser triste por definición, porque a sus autores, como a los cantaores de flamenco con sus penas negras, les debe doler el mundo. El novelista, como su visión pretende ser totalitaria, es pesimista (alguien dijo que la vida, vista en un momento concreto, es una comedia; en su conjunto, es una tragedia).

Pero el autor real no tiene que ser necesariamente pesimista. Mi humor está en mi vida, y no siempre en mi literatura. Las concesiones al humor las paga el lector: pase por taquilla al final.

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