Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

viernes, 22 de octubre de 2010

En esta época audiovisual, escéptica y pesimista acerca de la bondad del hombre hemos olvidado el poder del lenguaje. Es cierta esa vieja idea (como todas) de que es imposible reflejar realmente pensamientos y sentimientos totalmente personales en un instrumento de todos, darle nombre exacto a las cosas; sin embargo, aún nos queda una revolución pendiente: la de la palabra. No podemos renunciar a esa revolución, pues de lo contrario renunciaríamos a ser humanos.

A veces desecho yo también el contacto cercano de la palabra amiga o me cruzo con alguien en el ascensor que apenas masculla un en o un ag, lengua de bárbaros que intenta imitar el antiguo hola (no hablemos del arcaísmo buenos días) sin ni siquiera mirarme a los ojos. Antes me enfurecía, me quemaba por dentro, pero ya no más. Dejé hace tiempo de confiar en la naturaleza bondadosa y amable (“susceptible de ser amado”) del hombre contemporáneo. El imperio de la prisa y el salvajismo del mundo del trabajo nos anulan y nos desquician, acabando con siglos de civilización en los que nuestra especie se definía por el contacto (no siempre bondadoso, por supuesto, pero contacto al fin y al cabo) con el otro.

Puedo llegar a entender que lo único que el ciudadano medio desee después de un largo día de faenas sea atontarse con las desventuras de cuatro o cinco indocumentados que no saben hacer otra cosa que salir en televisión, y que no quiera saber nada de libros, películas, obras teatrales o programas realmente interesantes que le hagan pensar en el mundo que lo rodea (yo mismo me imagino a veces como un hipotético lector de mi novela que la acusa de ser un simpático experimento aburridísimo).

El amor hacia los demás y la amabilidad viven hoy sus horas más bajas. Solo me quedan entonces estos desahogos de tinta y papel que nacen ya muertos, sin posibilidad de compartirlos con nadie. Es la mía una novela muerta desde la cuna. Por eso acabo de decidir ahora, mientras escribo esto, que nunca la terminaré, que se quedará en un aborto literario de los míos, más largo que los anteriores, pero aborto (perdón: interrupción voluntaria de la escritura) al fin y al cabo. En fin, escribir para uno mismo es una soberana tontería, como era el caso de mi protagonista.

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