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Pienso que las nuevas generaciones son las que interesan al sistema. No piensan, solo consumen; no brillan en sus estudios, pero no dan la lata quejándose con sentido. Quizá obedezca todo a una maquiavélica maniobra de la sociedad de consumo para lograr perpetuar la falta de pensamiento (ahora, creo, la llaman “pensamiento único”) y el consumo de bienes materiales inútiles, sin sustancia alguna. Mercor, ergo sum. Compro, luego existo, ese es el lema del milenio que inauguramos. ¿Que los jóvenes rompen cristales, desobedecen a todo el mundo, -incluyendo a sus padres- y se orinan en plena calle sin respetar nada ni a nadie? Bueno, eso son consecuencias secundarias de su falta de seso, pero lo importante es que no piensen, que obedezcan los dictados de la moda y de los fabricantes de botas (¡menudo negocio!).

¿Qué escribiría Galdós de este tiempo de incertidumbres y de ausencia de valores?, ¿cómo describiría ahora las distintas clases sociales?, y, finalmente, (¡cuántas preguntas!), ¿cuál sería el distintivo de cada una de ellas según él? Quizá habría tirado la toalla de tener que describir al modo suyo, tan realista él, la llegada de un viernes noche a la ciudad, de un San Viernes.

¡San Viernes!, ¡ea, a quemar la ciudad! Sacralizamos los puentes y acueductos, los fines de semana, las vacaciones, sin disfrutar de la larga maduración de los días y las estaciones. Entramos, sin darnos cuenta, en el ritmo frenético de los medios de comunicación al aborrecer como ellos lo hacen la asesina rutina. Nos convertimos en hombres-hormigas (y mujeres-hormigas, perdón), programados/as para trabajar y no pensar, para consumir lo inservible y no tener solidaridad hacia los demás. Una sociedad que abandona la buena educación y enseña urbanidad y civismo solo en las escuelas es una sociedad peligrosamente enferma.

Me dan miedo las fusiones de empresas de comunicación por el peligro de la información falseada, de la desinformación única. No quiero ser un hombre-hormiga aunque me señalen las virtudes del insecto en varias películas infantiles. Me niego a ser instrumento de ninguna empresa que no sea la que yo me trace, aunque sea imposible evitar estar al margen.

Sin embargo, después de todo, pienso a veces que este batiburrillo de iniquidades quizá no pueda explicarse desde la teoría de una conspiración planeada por la sociedad de consumo. Quizás ésta sea tan ingenua en sus bases que le habría resultado imposible construir un modelo de pensamiento tan elaborado y que implicase a tantos sectores sociales (sin hablar aquí del mundo del fútbol: panem et futbolem). Acaso esta pérdida sangrante de los valores se explicaría sin más como consecuencia de la nueva sociedad neoliberalista, sin atribuirle a ella ningún papel activo en el atontamiento de la plebe. Sería la consecuencia lógica del lema compra bien y no mires con quién.

-Bien, todo eso está muy bien, pero ¿cómo diantre lo metes tú en una novela?

-Querido amigo, eso quisiera yo saberlo.

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