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Un buen día me crucé con don Anselmo Puchades por la calle. Ya había visto su foto en algún periódico y en la contraportada de algún libro suyo y no me costó reconocerlo. Llevaba tiempo esperando aquel encuentro y tenía preparada alguna excusa para entablar el diálogo. Le eché valor al asunto y me dirigí a él:

-Don Juan Manuel... (en realidad se llamaba Juan Manuel Puchades; lo de Anselmo era un pseudónimo).

-Por favor, no me llame así, que no he escrito El Conde Lucanor. Llámeme Juan...

-Don Juan...

-Juan, Juan, solo Juan.

-... perdone que lo moleste.

-No es molestia. Pero diga, diga...

-Verá, es que he leído algún artículo suyo y tenía interés en conocerlo.

-¿Ah, sí? Estupendo, estupendo. Verá, tengo unos minutos libres. Si quiere lo invito a un café.

Hablé con él durante tres o cuatro cafés seguidos. Me pareció en principio un tipo interesante, a pesar de su adicción a la cafeína. Tenía más o menos mi edad y hasta un cierto parecido físico conmigo. Creía haber encontrado a una persona muy parecida a mí en ideas y carácter. Inició la conversación con un discurso demoledor:

-Hoy se va a lo fácil, querido amigo. No se valora el esfuerzo ni la capacidad de sacrificio, y tampoco se enseña a aceptar la frustración. En realidad, no se valora nada bueno. Esas generaciones de jóvenes que invaden cada fin de semana las calles con sus motos y con sus alcoholes destilados... ¿qué es lo que buscan? Nada. Están viejos ya. Cuando llegan a los veinte años lo han probado todo, legal o ilegal, y ya solo buscan divertirse fastidiando. Mire, no hay nada más peligroso que un aburrido, ¡pero mucho más que un fanático! El fanático tiene un ideal concreto; sabe contra qué lucha y hay un lado que siempre va a respetar. En cambio, el aburrido no respeta nada porque lucha contra todo para divertirse a su manera.

-Lo peor es que se favorezca el aburrimiento desde arriba.

-Efectivamente, que se favorezca o al menos se consienta. ¿No ha visto usted esas multitudes fanáticas del fútbol, que parecen simios dando voces, que destrozan todo lo que pillan cuando pierde su equipo y a veces también cuando gana? ¿No hay acaso otro entretenimiento que el de ver una pelota maltratada a puntapiés, y a veces también la cabeza de un hincha rival sufriendo los pescozones de los aficionados?

-Ha tocado usted un tema clave.

-Y tanto. ¿No se ha dado cuenta del bombo que se le da a esos partidos?

-Mire, a mí me gusta el fútbol, o, mejor dicho, me gustaba hasta que se convirtió en plato único de todos los días. Considero que el fútbol ha refinado el instinto bélico del ser humano, aunque más que desde una perspectiva antropológica habría que estudiarlo desde su faceta religiosa, como recreo revelado por Dios a los hombres para su redención y la liberación de sus aflicciones. Lo que ocurre es que todo lo bueno, si se abusa de ello, harta.

-A mí no me gusta nada el fútbol. Prefiero el elegante y aristocrático juego del lawn-tennis.

-¿Del qué?

-Perdone la pedantería: del tenis. Bueno, volviendo al tema del fútbol: me parece insoportable, igual que a usted, el seguimiento que los medios de comunicación hacen del balompié. Primera noticia: Fulanovich (pronunciado de mil maneras diferentes) se ha partido un pie en un entrenamiento. ¡Dios!, ¡menuda noticia para el futuro del país! ¿Podremos ser felices a partir de ahora? ¿Y qué me dice del despliegue del abanico policial para contener a la masa enfervorizada? ¡Que se maten, hombre! Encima el Papá Estado, que no puede resolver todos los desajustes de la sociedad civil, tiene que gastarse dinero para controlar a los cuatro o cinco indocumentados que tiran botellas, monedas o cualquier cosa arrojadiza a lo que se mueva. Se paga a la policía para controlar a los que tiran objetos a la policía. ¡Menuda paradoja!

-Y todo porque el seguimiento de las noticias del fútbol se ha convertido en la válvula de escape de las presiones de la sociedad.

-Totalmente de acuerdo, y en un mecanismo perfectamente construido para evitar que se piense en otras cosas.

-Panem et futbolem.

-Amen. Urbi et orbi. ¿Y los papás de esas criaturas?, ¿en qué piensan?, o mejor: ¿en qué pensaban cuando las trajeron al mundo? Me refiero a los padres de esos jóvenes gamberros “botelloneros” (relacionados o no con el fútbol, pues muchos de los que se relacionan con éste solo están abonados a la violencia) que solo piensan en cumplir el lema de sexo, drogas y rock and roll. ¡Menudos papás tendrán!, ¡menuda educación habrán recibido de ellos!

Aquel tipo se iba cargando por momentos. Su cara empezó a tomar diversas tonalidades rosáceas hasta adquirir un rojo violento. Estaba totalmente exaltado. Me di cuenta de que era una de esas personas que empieza a conversar contigo y luego te roba la palabra a perpetuidad, para convertir el diálogo en monólogo, sin que te deje meter una sola cuña, todo para comunicar su única y verdadera verdad, a pesar de todo muy certera en algunos aspectos.

Me molestan las personas así, por lo que, simulando un compromiso que había olvidado, me deslicé por la silla en busca de la salida al tiempo que me despedía apresuradamente de aquel personaje. Cuando salía de la cafetería lo miré de reojo y vi que su cara estaba más roja que nunca, quizá azorado al comprobar lo silencioso del local al haber cesado de alzar la voz.

Mientras me dirigía a casa medité acerca de aquella conversación. Don Juan Manuel era un buen cuentista, pero desde luego algunas de sus ideas eran un tanto radicales. Coincidía con él en algunas cosas, pero no podía estar de acuerdo con aquel concepto que tenía de los jóvenes.

La juventud –iba yo pensando en el camino mientras me cruzaba con varios impúberes que cargaban con bolsas de licores varios en dirección hacia el ocaso- tiene que salir, divertirse, comunicarse, relacionarse. El problema es hablar de la juventud en general. Hay jóvenes y jóvenas (lo juro, lo he leído así en un texto que aún conservo). Sí, es verdad que los jóvenes de hoy son bastante apáticos, pasotas de todo, pero es que esta sociedad tampoco les da muchas alternativas: cásate (mínimo: 30 años), pon un piso (mínimo: 30 kilos), consigue un buen trabajo (¡ja!), ten varios hijos (tiempo diario para educarlos: _¿?_), sé feliz (compra, compra, compra) y muérete a gusto al final (“no sin antes contratar nuestro magnífico plan de pensiones”). Con este plan, ¿quién quiere independizarse y adquirir responsabilidades? Es mejor continuar alienándose felizmente por la sociedad mediática, consumista y futbolera.

Al día siguiente, en una conversación con un taxista de los de antes (los de hoy apenas conservan conversación) sobre los macro-botellones, me di cuenta de que, por desgracia, hoy está muy extendido el tipo del radical, honrosamente representado por Don Juan Manuel. Aquel taxista y el esteta compartían una misma visión estrecha del mundo, un hartazgo soberano, un “estoy ya hasta lo que dijimos”. La conversación del taxista me hizo reflexionar acerca de las actitudes extremas a las que lleva este mundo al revés:

“El sábado se suben dos muchachas a las cinco de la mañana. Veo que una de ellas hace amago de vomitar. Le digo de buenas maneras que baje del coche para hacerlo fuera, y la niñata va y me dice: hijoputa, me estás insultando. La bajé a rastras del coche y le di un bofetón, el que no supo, o no pudo o no quiso darle a tiempo su padre”.

La sociedad se ha disgregado ya definitivamente, pensé mientras en el semáforo, al lado del taxi, paraba un coche fúnebre.

Comentarios

Las hojas del roble ha dicho que…
Je, je, qué bueno


Un abrazo, José Manuel
Alejandro Muñoz ha dicho que…
Magníficos retratos.

Supongo te apearías del taxi para pincharle las ruedas al coche fúnebre, y de paso, al taxi también.

Un abrazo, José Manuel.

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