Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

♣ La mirada inocente, no contaminada, sobre las cosas y las personas debe ser la búsqueda continua del hombre y del autor. Es ésa la mirada del niño, esponja que todo lo absorbe, como si las cosas naciesen a la vez que fija en ellas sus ojos.

Por el contrario, la mirada gastada sobre las cosas supone la muerte de la inocencia. La literatura es un intento de captar la esencia primigenia de un mundo recién creado, recién vivido, a la vez que recién nombrado, apenas manchado por el recuerdo y las comparaciones. Es, en suma, una vuelta a ese paraíso que fue la infancia, añorada eternidad a la que la idea del tiempo vino a poner límites odiosos.

No puedo evitar en este punto imaginar la honda impresión que hubo de causar en un jovencísimo Juan Ramón Jiménez, despertado en medio de la noche, la noticia de la muerte de su padre, la cual lo arrancó del sueño feliz de la adolescencia para arrojarlo a la incertidumbre de la vida y a la hiperestesia de su poesía.

♣ Un tema característico de la novelística (bonita palabra) del siglo XIX es la contraposición campo (= tradición) frente a ciudad (= progreso), contraste mediante el cual se cargan las tintas negativas o positivas en uno u otro sitio.

Hoy en día, cuando la cultura y la literatura del siglo XXI son eminentemente urbanas, cuando se quedan sin gente los pueblos hasta el punto de perder sus identidades y sus nombres, solo queda reivindicar las raíces de la cultura campesina que todos llevamos dentro:

La decadencia de las cosas, la herrumbre de la vida se siente más en los pueblos que en las ciudades, allí donde se vive más en armonía con el medio natural, donde el paso del sol, las estaciones o la luna nos deja en el alma un poso melancólico que nos incita a cuestionarnos frecuentemente las verdades ocultas del vivir. Allí el color límpido del cielo nos hace interrogarnos sobre nuestra propia esencia.

En la ciudad, por el contrario, apenas hay tiempo para esta u otras zarandajas. Nadie levanta la cabeza allí para conocer la fase de la luna o para conocerse a sí mismo.


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