Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

sábado, 11 de enero de 2014

Excursiones por el campo




    Como niño de pueblo que fui, muchos recuerdos de mi infancia los tengo asociados a estar en contacto con la Naturaleza, solo o acompañado de mis amigos.
    En algunas ocasiones, siendo ya un niño grande, en vacaciones o los fines de semana, dejaba atrás el bloque donde vivía y salía solo a explorar los campos de alrededor, aprovechando la libertad que iba poco a poco consiguiendo de mis padres.
    A veces mis salidas eran escapadas provocadas por mi ofuscación con las leyes del mundo de los adultos, pero otras respondían únicamente al deseo de explorar realidades diferentes de las de todos los días. ¡Tanta influencia tenía en mí la lectura de los relatos de los grandes exploradores y arqueólogos!
    Esas excursiones coincidieron con la época en que mi cuerpo empezó a entrar en la pubertad, por lo que al descubrimiento de la realidad exterior se produjo el de los cambios en mi propia naturaleza.
    En mi recuerdo conservo las excursiones que hice con mis amigos a la aldea Las Delgadas y al pantano El Zumajo.
    A Las Delgadas íbamos en bici, a explorar en grupo la zona, En una de aquellas descubiertas (en la que yo no participé) mi amigo Evaristo se cayó de la bici y dejó sus dientes en el asfalto de la carretera.
    Recuerdo que, en otra ocasión, una mañana fui yo solo hasta Las Delgadas y me demoré mucho, tanto que mis padres se asustaron pensando que se trataba de una espantada más de las mías. Pero lo que sucedió fue en realidad que perdí la noción del tiempo rodeado de aquellos campos llenos de la belleza esplendorosa del estío.
    El Zumajo es un pantano que está situado en medio del campo, a medio camino entre Riotinto y El Campillo, el pueblo de mi padre. Con la pandilla de amigos hice varias excursiones por sus orillas. También fui por allí con los compañeros del colegio y dos maestros en una época de sequía en la que se podía cruzar de una parte a otra atravesando el fondo de lodo seco. En aquella ocasión el grupo se dividió en dos y nos perdimos. Finalmente los maestros tuvieron que preguntar al dueño de uno de los huertos de la zona cómo regresar a Riotinto.
    Una vez quisimos acampar mi hermano y yo junto con los amigos en varias tiendas de campaña al lado del pantano, pero no nos dejaron nuestros padres.
    Era entonces el tiempo del final de la infancia, cuando nos parecía más interesante el mundo de nuestros amigos que el de nuestros progenitores. La niñez tocaba a su fin.
    Los mayores nos prohibían bañarnos en El Zumajo y nos contaban espeluznantes historias de ahogados, pero yo lo hice en más de una ocasión. Era vivificante y sensual el contacto de la piel desnuda con aquella agua fría y secarse luego al aire en medio de colinas llenas del verdor de los árboles.
    Otras veces me bañaba en la poza que formaba un arroyuelo que desemboca en el embalse. La paz del campo me envolvía en medio de aquel lugar maravilloso. Todo allí era orden, silencio, armonía...
    También me viene a la memoria mi exploración de lo que en Riotinto se llaman vacies, es decir, las escombreras de rocas producto de la explotación minera.
    Detrás del barrio inglés de Bellavista hay un enorme vacie. Hasta el pie de él yo llegaba con la bici y, muchas veces solo, escalaba por aquellas piedras enormes de diversos colores.
    Ahora recuerdo aquellas dificultosas subidas y pienso que no me rompí la crisma allí porque Dios no lo quiso, igual que en otra ocasión en que estuve a punto de caerme de una estructura metálica en el colegio cuando jugaba a escalarla con los amigos.
    Unas veces subí al vacie para encontrar minerales como el azufre para algún trabajo del colegio. Otras, simplemente para explorar, para buscar extraños afloramientos rocosos, para descubrir el mundo.
    Estar en contacto con aquella enorme masa mineral, que desprendía un fuerte olor metálico, me enraizaba con la tierra.
    ¡Ah, aquellas arriesgadas y aventureras excursiones del final de mi infancia! 
 

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