Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

sábado, 18 de enero de 2014

Los amigos




    José Luis, Ángel, Mario, “Rafi”, Evaristo... eran mis amigos de niño. Algunos vivían en mi bloque; otros, en los bloques vecinos.
    Nos reuníamos todas las tardes, con los bocadillos en las manos, a jugar y a pelearnos en los bajos de nuestros pisos.
    Uno de nuestros juegos era el divertido bote-bote, una versión del escondite en la que si algún jugador oculto le pegaba una patada a una botella de plástico vacía, custodiada por quien tenía que encontrar a los escondidos, se libraba de ser capturado.
    Me acuerdo de una expresión curiosa que teníamos(“no vale pavia”), la cual le servía al que la utilizaba para librarse de una tarea penosa. Creo que es equivalente a “cascarón de huevo” o al “uve” de los niños de hoy. No la he vuelto a escuchar de boca de nadie.
    Teníamos también un juego bastante bestia que era “al cielo voy”, en el que hubo más de un accidente. Formábamos dos filas en las que los últimos hacían de potro para que los siguientes saltasen sobre sus espaldas. La fila vencedora era la que aguantaba más tiempo con todos sus miembros encima.
    También jugábamos a “un, dos, tres, pollito inglés”, a los bolinches (los cuales estaban continuamente pasando de mano en mano), a los cromos y, por supuesto, al trompo.
    Los trompos de antes eran de madera. Los pintábamos con rotuladores. En el cuartillo de su casa mi abuelo les quitaba la punta y, en su lugar, colocaba el extremo de una puntilla grande para cascar así los trompos de mis amigos.
    Todas las tardes, si hacía bueno, las pasábamos en la calle jugando.
    Recuerdo que una tarde bajé con mi bocadillo y un perro se me subió a la espalda para cogerlo, así que me quedé sin merienda en medio de la diversión general.
    En un descampado de tierra que estaba al lado del tercer bloque había un pequeño campo de fútbol y de baloncesto. Allí pasábamos las horas. Yo, como era torpe con el balón entre las piernas, prefería jugar de portero. 
   El ayuntamiento nos quitó las porterías y las canastas debido a las quejas de unos vecinos y, al saberlo, hubo una protesta, con lanzamiento de huevos a la fachada del piso enemigo, en la que estuvo presente toda la chavalería de los andurriales, incluida la de Los Cantos de arriba, gentes con quienes teníamos ciertos piques. Fue la primera manifestación de mi vida.
    En otro momento hicimos una casa en un árbol que estaba entre el primer bloque y el segundo. Allí establecimos la sede fija de la pandilla, pero algún padre preocupado por nuestra seguridad la terminó desmantelando.
    En la parte exterior de los muros perimetrales de los bloques metíamos hormigas en los nidos de arañas para capturar éstas y despedazarlas seguidamente. A las lagartijas que cazábamos les hacíamos tragar el tabaco de las colillas que encontrábamos para contemplar luego cómo se mareaban y daban vueltas embriagadas.
    Una tarde se nos ocurrió quemar unos pastos secos que estaban cerca de casa para crear un nuevo campo de fútbol que fuese nuestro en propiedad. El problema fue que hacía viento y, si no llega a intervenir mi madre, el fuego hubiese corrido monte abajo hacia El Zumajo.
    Los juegos a veces eran violentos, debido a que la armonía se quebraba y surgían diferencias tribales entre los niños de los distintos bloques que terminaban en el enfrentamiento de los dos bandos a pedrada limpia. Para nosotros era sólo un juego de guerrilla, pero recuerdo cómo a uno le abrí una brecha en la cabeza.
    Otras veces jugábamos con tirachinas fabricados por nosotros, intentando inútilmente matar pájaros.
La calle era para nosotros la segunda escuela, la escuela de las tardes.
    Cuando el tiempo era feo, íbamos a las casas de los amigos. Recuerdo aquellas partidas de Stratego con Ángel en su casa o cómo en casa de “Rafi” escribíamos nuestras obras de teatro de Antonio el periodista, ninguna de las cuales conservo por desgracia. Creo recordar que una de ellas la llegamos a representar en el salón de actos del colegio.
    El mundo era entonces para nosotros muy pequeño (la casa, la escuela, el bloque y sus alrededores...), pero lleno de rincones por explorar.
    Cuando hoy veo vuestros rostros en las fotos de mis cumpleaños, amigos de mi infancia, no puedo evitar tener una sensación de pérdida. Al volver la vista atrás, uno ve un hilo que en un momento dado se rompió. Ese hilo roto sabe que no volverá a unirse; sin embargo, el consuelo es pensar que esas amistades lo seguirán siendo en el alma de uno toda la vida, bajo el sol que aún nos sigue alimentando a todos.

1 comentario:

Marita dijo...

Me ha encantado jose manuel . Un abrazo . Angel

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