Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

domingo, 16 de febrero de 2014

Los libros




    Curiosamente, a pesar de que en mi infancia me convertí en lector empedernido, no recuerdo muchos libros de aquella etapa.
    Mi recuerdo más antiguo de un libro es el de uno que tenía unas ilustraciones preciosas en las que aparecían unos patitos. Seguramente era un libro de cuentos infantiles. Aquel libro no volví a verlo nunca más.
    Creo que mi afición a los libros se vio alimentada por el hecho de que yo era un niño ensimismado, muy atento a mi mundo interior pero terriblemente despistado.
    Los tebeos fueron para mí un aprendizaje de la lectura. En la escuela completábamos dicho aprendizaje con libros que poco a poco, conforme avanzábamos de curso en curso, iban teniendo más texto y menos ilustraciones.
    En mi casa recuerdo haber leído, por mandato de mis maestros, Tom Sawyer, el Lazarillo de Tormes, el Cantar de Mio Cid... Aún conservo algunos de esos libros y de vez en cuando releo las hojas amarillentas del Lazarillo. Éste es un libro que me sigue cautivando en cada relectura, debido a la frescura y sencillez de la historia, igual que cuando lo leí por vez primera.
    Tom Sawyer me encantó. Es una historia maravillosa que disfruté igualmente en su adaptación al cine.
    El Cantar de Mio Cid lo leímos en una edición que conservaba el texto en castellano medieval y que también traía una prosificación modernizada de la historia de Rodrigo Díaz de Vivar.
    Años después, cuando estaba en cursos superiores, leí la primera parte de El Quijote, libro de lectura obligatoria entonces.
    Por mi cuenta leía otros libros aparte de los que nos mandaban en el colegio o en el instituto.
    Así, recuerdo que disfruté mucho con la lectura de las aventuras de Los Siete Secretos, con las historias completas de Sherlock Holmes (que me fascinaron) y con Los viajes de Gulliver.
    También leí, en un volumen que estaba en casa de mis abuelos maternos y cuyo olor lo tengo grabado en la memoria, los cuentos de misterio de Edgar Allan Poe, que me produjeron un gustoso desasosiego, en especial el titulado “Los enterramientos prematuros”.
    Me gustaron también las aventuras de los primeros exploradores polares, las de los arqueólogos de leyenda y las de las Olimpiadas clásicas y modernas.
    El disfrute con la lectura me llevó también a escribir historias, pero ésa es harina de otro costal.
    Casi siempre leía en la cama, atento a cada palabra, dejando a veces que la emoción surgiera en forma de lágrimas que recorrían como surcos mis mejillas.
    De noche, ya acostado y con la luz apagada, buscaba entre las sábanas el Polo Norte o la tumba de Tutankamón, continuando las aventuras que había dejado aplazadas para el día siguiente en el libro de la mesita de noche.
    En casa de la vecina de abajo hojeé una enciclopedia de la historia de la Humanidad que me maravilló. Me sobresaltó leer aquellas páginas que hablaban de nuestros antepasados, las cuales se acompañaban de fotografías que intentaban reproducir el aspecto de aquellos homínidos del pasado.
    Aprendí en la lectura a vivir otras vidas distintas de la mía, a conocer mejor la realidad del mundo, a conocerme mejor a mí mismo, a emocionarme con las palabras, a disfrutar de su belleza, a satisfacer mi curiosidad, a mejorar mi expresión (la caligrafía, la ortografía...) y, en definitiva, a ser mejor persona.
    Desde entonces hasta hoy la lectura se convirtió para mí en una necesidad del alma equiparable a la de la comida diaria para el cuerpo, así como también en una forma maravillosa de aprovechar el tiempo.
    Cuando uno tiene hijos y piensa en cuál es la mejor herencia que puede dejarle, sin duda hay que subrayar el gusto por los libros y la cultura.
    Aquello lo aprendí hace bastantes años en Riotinto, cuando yo era un niño.

1 comentario:

Angel Serrano dijo...

También recuerdo esa magnifica enciclopedia de Juanita. Salian imagenes reproduciendo como se alimentaban los primeros "cromañones" que impresionaban. Recuerdo tambien que anotabas en una hojita a quién prestabas tus libros y tbos. Hacias bien ya que tus amigos por entonces eramos algo olvidadizos a la hora de devolver lo prestado...

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