Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

sábado, 22 de febrero de 2014

Mis abuelos


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A la memoria de mi tía Alicia.

    Raro es el día en el que no me acuerdo de ellos, a pesar de que hace tiempo que murieron.
    Mis abuelos paternos se llamaban José y Soledad. A él no llegué a conocerlo, ya que murió cuando mi padre era joven, mucho antes de que se casase con mi madre. Sin embargo, intuyo que en mí hay rasgos de personalidad de mi abuelo José, transmitidos a través de mi padre. Por eso, creo que las personas fallecidas no terminan de morir del todo, pues en nosotros queda parte de su esencia.
    Mi abuela Soledad era la bondad personificada. Vivió con mi tía Lucía, hermana de mi padre, en Riotinto y más tarde en Sevilla. La recuerdo siempre con su risa que contagiaba alegría a los demás, a pesar de los tiempos tan difíciles que tuvo que vivir en la época posterior a la guerra civil y a pesar de su vejez llena de dolores.
    Se nos fue hace ya unos años, un día de invierno lluvioso y gris, mientras dormía. A ella le dediqué un poema, titulado “Polvo de estrellas”, escrito pocas horas después de su muerte:

Dios preparó un lecho de ramas

sobre las brasas del día pasado.
Prendió un tímido fuego de estrella
que hizo crepitar la tierra,
bullir la naturaleza en reposo
otro día más, como desde antiguo.
Las brasas en el hogar saltaban:
almas que nacían inocentes,
al calor de los troncos prendidas,
para morir al instante en ceniza
del fuego eterno alejadas.
Dios contemplaba sin complacencia,
con indiferencia acostumbrada,
el crepitar de las vidas en llama,
el final de las ascuas vencidas.
Por el ventanal abierto al norte
miraba al general Invierno,
que con su ejército instalaba
sus líquidos cuarteles de hielo,
paisaje de nubes airadas
que viese antaño el hombre primero.

Y tú, ascua unida al tronco brillante,
el mejor brillo del fulgor divino,
caíste al fin, vencida del peso de las horas,
un día de lluvia ingrato y frío.

Soledad, ¡qué solos nos has dejado!

Que la tierra te sea leve,
que el dolor y la erosión del tiempo
dejen recordar tu alma en llama;
que tu nombre tarde en perderse,
que no estés sola allá donde vayas,
y que nos sea concedido el don de tu huida.

Porque eres más que letras sobre frío yeso,
más que la palabra perdida de un poema de viento,
porque ahora luces más que en vida
y lloró el cielo al recibirte,
aún seguirás mucho tiempo en nosotros
mientras tengamos memoria para amarte.


    Mi abuelo materno se llamaba Manuel. Fue una de las más bellas personas que he conocido en toda mi vida. Se hacía querer con sus chistes horriblemente malos y con sus gestos de caballero antiguo.
    En el piso de la playa era el primero que se levantaba y, después de beberse su café hirviendo, empezaba a hacer tostadas para un regimiento. En el duermevela del alba, escuchaba uno el rasgueo de su operación de untar mantequilla en los panes. Cuando, ya tarde, nos levantábamos, nos estaba esperando una gran fuente de cristal marrón con una montaña de tostadas más duras que una piedra.
    En la arena de la playa nos ponía en formación militar a los nietos y hacíamos con él gimnasia sueca.
    Mi abuelo Manuel o Manolito (alias “el Gordito”) siempre se ofrecía a ayudar en casa. Hasta poco antes de su muerte demostró una gran fuerza. Iba a la plaza de abastos de Riotinto y volvía con las bolsas de la compra, que pesaban bastante, en las dos manos, renqueando por causa de sus piernas arqueadas.
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    Había sido mecánico de locomotoras en las viejas cocheras de la mina, donde -curiosamente- mi padre y él fueron compañeros de trabajo antes de que mi padre conociese a mi madre.
     En un accidente de trabajo había perdido de raíz un dedo de una mano. Siempre jugaba con los niños a contar sus dedos. Quien no conocía la historia, se asombraba al descubrir que sólo tenía nueve falanges.
   “El Gordito” era un mote que le pusieron cuando jugaba de defensa en el Riotinto Balompié. Parece ser que se parecía mucho a un jugador de otro equipo que tenía tal sobrenombre.
    El fútbol era su pasión. Una vez en la playa lo llegué a ver sentado delante de la televisión y pendiente de un partido. Al mismo tiempo, con una mano agarraba su transistor, del cual salían las voces de los periodistas que retransmitían el mismo partido que estaba viendo, y con la otra no soltaba el diario deportivo Marca.
    Al campo de fútbol de Riotinto fui muchas veces con él. Curiosamente, con todo lo calmado que era fuera del campo, en las gradas se volvía un aficionado vociferante y exaltado. Cuando yo ya estaba en el instituto, dejé de acudir al campo, pero los compañeros que seguían yendo a los partidos me comentaban los lunes “¡Vaya follón que le montó ayer al árbitro tu abuelo!”.
    También le gustaban los toros. De él me viene la afición taurina, ya que se sentaba conmigo delante del televisor y me explicaba todas las fases de la lidia.
    La casa de mis abuelos Manuel y Antonia tenía dos plantas. Había que subir unos escalones para entrar y, una vez dentro, te encontrabas con un recibidor a la derecha, una especie de continuación del salón de arriba en la que había unos sillones. A la izquierda estaba el dormitorio de mis abuelos, con un gran armario y una esquina con estanterías tapada por una cortinilla.
    Se subían otros escalones y pasabas entonces al salón de arriba, con su mesa con brasero cubierta con un paño de croché encima de la nagüilla, el mueble de la televisión a la derecha, un cenicero en el que unas flores de jazmín llenaban la casa de un aroma embriagador...
    En esa misma planta, que era la principal, estaban la cocina, un pasillo con una alacena y el viejo cuarto de baño al fondo. Aún recuerdo aquel olor a pastillas de jabón antiguas.
    También había en aquel nivel un patio, lleno de macetas con flores, y el cuartillo de trabajo de mi abuelo.
    En la planta de arriba, a la que llegabas subiendo unas escaleras que estaban detrás de la alacena, había dos cuartos que tenían poco uso en los que había varias camas. En el altillo de un armario empotrado, se guardaban, entre otros libros viejos, cientos de novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía, a las que mi abuelo era muy aficionado. 
   En una mesita de noche, una caja con viejos objetos: entradas de un partido de fútbol en Alemania, gafas antiguas, viejos documentos de la guerra...
    En el cuartillo del patio mi abuelo se entregaba a componer o reparar todo tipo de chismes (paraguas, gafas...) de los vecinos, amigos y familiares. Lo hacía por amor al arte, ya que nunca cobraba nada a nadie. Sus conocimientos de antiguo mecánico los empleaba en ayudar a los demás, sin esperar nada a cambio por ello.
    A aquel cuartillo los nietos íbamos a realizar las labores de manualidades que nos mandaban en el colegio. Por ejemplo, en el banco de madera con su tornillo cortábamos con la segueta los paneles de marquetería.
    Cuando leí Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, me asombró la historia de los pescaditos de oro que fabricaba el coronel Aureliano Buendía en un cuartillo muy similar al de mi abuelo Manuel.
    Con mi abuelo, igual que con mi padre, aprendí el gusto por el trabajo bien hecho y la necesidad de tener siempre a mano unas buenas herramientas para cualquier labor.
   Mi abuela Antonia (“la Gambera”) se peleaba constantemente con él por la falta de orden y de limpieza de aquel cuartillo del patio, que tenía algo de taller de alquimista.
   Ella era una mujer sufrida, acostumbrada toda su vida a sacar adelante a su familia en circunstancias difíciles.
    Recuerdo que cuando yo era muy chico me contaba unos espeluznantes cuentos de lobos que me producían un terror espantoso y que al mismo tiempo me encantaban.
    Mis hermanos y yo los queríamos muchísimo a los dos. Muchos días venían a nuestra casa a estar con nosotros y a ayudar a mi madre en su tarea diaria.
    A veces mis padres nos dejaban con ellos. Entonces, libres de la disciplina paterna, nos entregábamos a unos juegos un tanto violentos que desesperaban a mi abuela. “Me vais a matar, me vais a matar...”, se quejaba ella casi llorando.
    Por la época en que empecé a dejar atrás la infancia, estando de vacaciones en la playa, recuerdo que una tarde fui a pasear con mis abuelos. Yo los miraba y al mismo tiempo pensaba si me sería posible soportar que un día ya no estuviesen en el mundo.
    El tiempo me ofreció la respuesta: es posible seguir viviendo sin las personas queridas que se quedan en el camino, pero no es posible dejar de olvidarlas porque, entre otras cosas, siguen vivas no sólo en nuestra memoria, sino también en nuestros actos de cada día.
    Queridos abuelos, Dios os tenga en su gloria.

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