Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

martes, 4 de febrero de 2014

Mis trastadas



   Creo que de chico no hice demasiadas trastadas. Posiblemente otros (sin señalar a nadie) me ganaron en ese terreno, lo cual no significa que yo fuese un santo varón.
    Pero alguna trastada que otra sí que hice.
    Por ejemplo, con un amigo cuyo nombre no diré (se dice el pecado pero no el pecador) me dediqué toda una mañana a tirar petardos por el pueblo. No obstante, él fue aún más lejos que yo: vio la puerta abierta de una casa, entró en ella y tiró un petardo que explotó en el salón al lado de la dueña de la casa, una ancianita. Espero que ella tuviese el corazón a prueba de sustos.
    Mi naturaleza no me inclinaba a la maldad, pero la influencia en mí de ciertas personas cercanas obró en mí el deseo de gastar pesadas bromas.
    Mi hermano y yo tomamos a mi hermana Lucía, la más pequeña de los cuatro, como diana de nuestros dardos. Cuando, por ejemplo, mi madre bajaba por las tardes al piso de la vecina de abajo y nos dejaba solos a los niños, él y yo nos íbamos al pasillo y cerrábamos todas las puertas que daban a éste. Nos tirábamos violentamente con las manos una pelota de tenis rodante. Una de las variantes del juego era apagar la luz del pasillo y otra era la de poner a Lucía en medio para que recibiese los pelotazos.
    A Lucía (pobrecita mía) la teníamos breada. Mi hermano la llegó a montar en un carrito de bebé y, atada como estaba, la llevó hasta el borde de un pequeño precipicio que estaba al lado de casa. La inclinó hacia delante sin, por supuesto, llegar a soltarla. Sus gritos se escucharon por todo el vecindario.
    Claro que yo no le fui a él a la zaga. Una tarde me quedé solo con Lucía y se me ocurrió una perversidad y, sin pensármelo mucho, la puse en práctica: ella llevaba ese día un pichi vaquero con tiras cruzadas en la espalda y lo que hice fue llevarla a la fuerza a un cuarto de baño, subirla a pulso hasta una percha atornillada a la pared y dejarla allí colgada. Para completar la faena, cerré la puerta del baño, apagué la luz y me fui.
    Sin embargo, tanto me corroía la mala conciencia que no tardé mucho en rescatarla de aquella terrible prisión.
    Y luego dicen algunos que los niños de antes éramos todos muy buenos...

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