Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

lunes, 10 de febrero de 2014

Sevilla



   Sevilla, la gran ciudad, era una referencia lejana para el niño que yo era. De allí venían a nuestras casas las novedades: los libros, la ropa en época de rebajas, los primeros ordenadores (el Commodore, el Amstrad, el Spectrum...). Estos últimos llegaron a casa de mis amigos, no a la mía, a mi pesar.
    A Sevilla había que viajar en caso de enfermedad, y como yo fui un niño con muchos problemas de salud tuve que ir con mis padres allí varias veces. Para mí el recuerdo de Sevilla en mi infancia está asociado al paso por diferentes salas de espera de distintos especialistas médicos.
    Pero también me acuerdo de una cara más amable de la ciudad. Mis tíos Waldemiro y Lucía se mudaron a Sevilla y recuerdo haber estado muchas veces con ellos y mis primos en su casa de Nervión. Llegué a quedarme alguna noche allí, lo cual me encantaba. Mi primo Waldi era de mi edad y para mí era una referncia importante: al vivir en la ciudad, estaba más fogueado que el niño de pueblo que era yo entonces.
    Una vez viajé con el colegio a Sevilla. Visitamos en la Universidad, antigua Fábrica de Tabacos, el Doctorado y la biblioteca de Manuales. Recuerdo que en aquella enorme sala descubrí asombrado la velocidad con que los universitarios copiaban textos de libros en sus apuntes.
    Para entonces yo quería ser arqueólogo, así que me quedé absorto contemplando los manuales de Historia que llenaban las estanterías.
    Ya en la Catedral, una gitana se ofreció a leerme la buenaventura por cien pesetas. Incauto de mí, una vez conocido mi futuro, le entregué una moneda de quinientas pesetas y todavía estoy esperando la vuelta.
    En aquella excursión me di cuenta de que las ciudades ofrecen múltiples vertientes: la cultura y el timo, por ejemplo, que se me habían presentado aquella misma mañana.
    Un día, en el bloque primero de los pisos Estrella, mi hermana Lucía estaba jugando con una amiga, la “Queca”. Ésta fue a darle una vuelta completa a mi hermana con la mala suerte de que se le resbaló de las manos y cayó al suelo, de resultas de lo cual perdió un diente.
    Debido al incidente, mi hermana tuvo que ponerse en manos de un dentista de Sevilla y, ya que estábamos, por aquella consulta terminamos desfilando el resto de hermanos.
    Recuerdo que un día de lluvia, yendo hacia Sevilla, en la carretera un coche se accidentó y dio varias vueltas de campana. Algunos camioneros rescataron al conductor y, como nosotros estábamos en el único coche que iba hacia la ciudad, mis padres tuvieron que hacer de conductores improvisados de ambulancia. Nos desalojaron a los niños y nos metieron en un coche que venía detrás. Mi hermano le dijo con astucia al conductor de dicho coche que nos llevase, en lugar de al dentista, a casa de mis tíos.
    Cuando mis padres llegaron a la consulta del dentista y no nos vieron, por poco se mueren del susto.
    Años después, vendrían mis estudios y mi trabajo en Sevilla, pero para ello quedaba aún mucho tiempo.

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