Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

domingo, 30 de marzo de 2014

ZOMBIS CAMINANTES


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    Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David: ¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!

   Gustavo Adolfo Bécquer: El Miserere (1862).


    Me dijo hace unos días una alumna buenecita que ella veía una serie de televisión en la que salen zombis. La verdad es que me quedé un tanto perplejo, ya que me extrañó que aquella cándida criatura se dedicase a contemplar esa serie, llena de imágenes truculentas, dantescas y sangrientas (cabezas cortadas, sesos esparcidos, tripas al aire y demás exquisiteces del género gore).
    Aquel hecho me hizo pensar que en la actualidad vemos demasiadas imágenes violentas. Hace poco he visionado (como ahora se dice) la excelente película 300 (basada en la guerra de las Termópilas, en la que trescientos guerreros espartanos se sacrificaron al hacer frente al innumerable ejército persa) y llegué a esa misma conclusión, ya conocida sobradamente por el lector.
    Si algo caracteriza al cine de hoy es la mostración descarnada de la violencia y del sexo. ¿Dónde quedó el estilo del cine clásico, el cual omitía de forma elegante cualquier escena que pudiese alterar emocionalmente al espectador? Quizás la experiencia de las guerras mundiales del siglo XX nos hizo cambiar nuestra visión de la violencia hasta convertirla en experiencia cotidiana.
    Hay algo en la violencia que nos fascina; hay en ella algo telúrico, mágico, irracional que nos lleva a contemplar con cierta delectación morbosa imágenes de violencia verbal o física (los discursos de Hitler o la caída de las torres gemelas de Nueva York).
    Pero también esa contemplación tiene efectos negativos. Por ejemplo, muchos espectadores confunden realidad y ficción al no ser capaces muchas veces de discriminar una imagen auténtica de una artificialmente creada. Por ejemplo, los telediarios se convierten en foco de irradiación de muchos vídeos (muchos de ellos sacados de Internet), y lo hacen mezclando información y espectáculo, realidad y ficción en definitiva.
    En determinadas personas (como por ejemplo los adolescentes) esa confusión creo que propicia un adormecimiento de la conciencia.
    Hartos de ver esas imágenes de muerte y destrucción (como sucede también en muchos videojuegos), el espectador recibe la idea de que el hecho de matar o el de morir son un juego, una representación, un teatro que no es en absoluto real.
    Esa conciencia insensibilizada de las nuevas generaciones es origen de muchos conflictos, como la falta de empatía con los demás.
    Si se termina viendo como algo normal matar (aunque sea en la ficción) a un zombi destrozando su cabeza, podrá verse también como algo normal ver una imagen real similar en un telediario (por ejemplo, en un reportaje de guerra).
    Entonces se habrá perdido una de las virtudes de nuestra especie, la que nos hace ser más humanos: la compasión. De ahí al delito o a la falta hay una delgadísima línea roja.
    Como siempre, a los padres corresponde el ingrato papel de tener que señalar esa línea a sus queridos hijos y el de evitar que se conviertan en zombis caminantes y descuidados al que el primer chalado que pase les destroce la crisma.


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