Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

domingo, 6 de julio de 2014

EL JARDÍN DEL ÁNIMA








A Andrés Martín, en prueba de mi afecto


   Cuentan las lenguas dignas de fe que el jardín del Ánima está situado en medio de colinas de frondosa vegetación muy cerca del mar.
   Un muro blanco rodea toda la finca, en la que destaca una casa de dos plantas, fundada -dicen- por el primer marqués del Ánima.
   El jardín es grande, con zonas de umbría y solanas en las que crecen muchas plantas diversas, cuidadas por el jardinero de los viejos señores.
   Es aquel un paraíso terrenal, armónico, feraz, bello, ordenado. Cada planta, cada hoja ha sido esculpida por el jardinero con idea de mejorar a la naturaleza, que crece salvaje más allá de los muros.
   Al norte se contemplan los neveros de las montañas y al sur, una línea de costa entre verdes pinos. A veces, en verano, una vela blanca surge en medio de los reberveros argénteos de las ondas del mar.
   En primavera, las nubes cruzan, llevadas por una brisa serena, el azul del cielo. Entonces, al atardecer, la luz del sol ya ido ilumina otros mundos más allá del horizonte.
   Es en esos breves instantes cuando el jardín del Ánima se convierte en exacta imitación del universo. Todo en él es belleza, paz, serenidad. Cada hormiga, cada brote, cada palabra susurrada entre las sombras habla del amor, de la química que une partículas, escalas y almas.

   La finca del marqués del Ánima está rodeada, excepto por la ladera del sur, que baja hasta un acantilado en la costa, por bosques umbríos.
   En aquellos bosques hay senderos que no llevan a ningún sitio, por lo que pocos elegidos son los que pueden llegar a disfrutar de las delicias del jardín.
   Desde el sur el único acceso al jardín es por la costa. Hay que fondear el barco en una pequeña cala y desde allí ascender con dificultad hasta la explanada del vergel, la cual no se puede divisar desde abajo.
   Para llegar al jardín desde los otros puntos cardinales hay que atravesar montañas imponentes. En algunas épocas del año, a la dificultad del sendero se une la de las inclemencias del tiempo.
   En invierno, numerosos temporales se suceden uno tras otro batiendo y derribando árboles que quedan atravesados en los caminos de herradura. Las escorrentías también hacen desaparecer senderos de las laderas.
   Sólo en verano, cuando los temporales quedan atrás, los hombres pueden acceder con menos dificultad al jardín del Ánima para rendir tributo a la amistad con el marqués.
   No obstante, algunos osados se atrevieron en el pasado a recorrer aquellas calzadas en plena galerna, por lo que hubo que buscar sus cuerpos, tragados por el bosque.
   Algunos libros que hablan de aquellas expediciones de rescate, olvidados en la vieja biblioteca del marqués del Ánima, conservan el recuerdo de algunos descubrimientos excepcionales, como el de un antiguo galeón cubierto de musgo blanco en medio de un claro del bosque. Posteriores expediciones, que buscaban a otros desaparecidos, lograron llegar a aquel mismo claro, pero el barco había desaparecido.
   Aquellos senderos del sotobosque parecen conducir a extrañas encrucijadas del tiempo. Sólo cuando un viajero logra llegar al jardín del Ánima encuentra el verdadero tiempo, que no es el de los relojes, sino el de la paz interior del alma.

   La casa de la finca del Ánima fue construida siguiendo una vieja moda arquitectónica. 
   En el interior, frescos de pintores italianos recubren las paredes. Son pinturas hermosísimas, sobre todo las de la biblioteca, llena de antiguos manuales de botánica y situada en la segunda planta, la cual tiene unas espléndidas vistas de las montañas, de la costa y del jardín.
   

   El jardinero del marqués, hombre esmerado y curioso, se empeña cada primavera en arreglar los destrozos de los temporales invernales: recoge con mimo las hojas muertas, poda las ramas enfermas... y todo lo hace sin prisa, sabedor de que la lucha entre el desorden natural y el orden racional es un afán sempiterno.
   El empeño del jardinero es el de mantener aquel vergel como un lugar ameno y deleitoso, siguiendo las normas armónicas de jardinería señaladas en el Libro de la jardinería del huerto del Ánima, manuscrito escrito con letra preciosa por el primer jardinero del solar del que se tiene noticia.
   En el cuaderno se detallan "los puntos de que ha de estar compuesto el jardín del lugar frondoso llamado del Ánima", esto es, agua abundante con su rumor, contraste de sombras de árboles y solanas, verdor innúmero...
   El jardinero deberá estar igualmente atento a la temperatura para saber qué días son propicios para la conversación al aire libre. La brisa buscada ha de ser húmeda y suave, agradable.
   Sólo entonces, cuando todas las condiciones sean propicias, el jardinero convocará al marqués para sus encuentros de amistad con quienes logran llegar hasta allí, los cuales hallan siempre dispuestos el jardín y la casa.
   Es sabido que los marqueses del Ánima, cuya genealogía se remonta a la época de las primeras batallas, escuchan siempre con atención a quienes franquean las puertas de la finca, los cuales desde ese mismo instante gozan de los bienes de su amistad.
   Aquel es el lugar de mis sueños, solar donde la naturaleza viste sus mejores galas, sitio apropiado para el goce de los sentidos, vergel en el que se cultiva la palabra y el arte de la amistad serena.
   A él yo, un pobre jardinero, les invito a acudir.


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