Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

domingo, 21 de septiembre de 2014

SIETE CARTAS LITERARIAS A MI HIJA (Carta sexta)






Carta sexta

    Querida hija:

    Me dijo un buen poeta hace tiempo que la conquista del escritor no está en ver publicadas sus palabras, sino en seguir escribiendo.
    Ésa es una gran verdad. Un escritor se define ante todo por su oficio, es decir, por su escritura. Por ello, todo lo que rodea a sus palabras (premios, editoriales, críticas, redes sociales, blogs...) es un mundo exterior a ellas.
    Lógicamente, todo escritor desea ver publicado el fruto de su trabajo. Es muy grato ver tus palabras en libros e ir dándoles salida de esa manera.
    Sin embargo, si tus palabras no son imprimidas no debes preocuparte. No debes pensar en ello como en un fracaso.
    Afortunadamente, hoy en día además hay muchas formas de publicar textos, como por ejemplo los blogs, combinados con las redes sociales.
    Es verdad que éstas son ediciones virtuales que no parecen tener la misma pervivencia que una edición en papel. No obstante, son una magnífica forma de publicar tus palabras de forma personal, muchas veces acompañadas de fotos, vídeos o archivos de audio. Es una manera de publicar tu mundo literario en el mundo digital, accesible desde cualquier dispositivo con conexión a Internet.
    Yo he mandado muchas veces trabajos literarios a editoriales. Unas veces contestan amablemente que en su línea editorial no cuadran bien esas obras. Otras editoriales ni siquiera contestan, pero no les guardo rencor: reciben tantos trabajos que imagino que pueden permitirse rechazar miles de manuscritos sin ni siquiera responder a las solicitudes con un mensaje tipo.
    De todas maneras, no creo que mi felicidad como escritor deba estar asociada a recibir tal o cual correo de una u otra editorial. Aunque, por supuesto, seguiré intentando publicar en papel obras mías que duermen en cajones desde hace tiempo, no me preocupo en exceso por ello.
    Por otra parte, es importante no tener pudor al escribir. Yo cuando escribo pienso en el primer lector de mis palabras, o sea, en mí mismo. Si ese yo lector da el visto bueno a lo escrito, entonces el yo escritor recibe dicha crítica positiva con entusiasmo y sigue escribiendo.
    El escritor tiene que atender a sus lectores, pues sus palabras son un regalo para ellos. Hay que cuidarlos, transmitiéndoles bien nuestras ideas.
    Lógicamente, igual que un lector busca escritores, también los escritores buscamos lectores.
    Hoy en día, gracias a las redes sociales, un escritor puede entablar conocimiento realmente con sus lectores. Por ejemplo, yo conozco a muchos de mis lectores a través de Facebook. Sé quiénes son, les pongo cara, sé cómo se llaman...
    Y no sólo eso: ellos me mandan comentarios que me hacen reflexionar sobre mis escritos y perfeccionar en definitiva mi obra.
    ¿Que tengo muy pocos lectores por esta vía? ¿Y qué? ¿Acaso voy a ser más feliz si tengo muchos más o si gano dinero por ello? ¿Acaso voy a cambiar sustancialmente mi forma de escribir por esos motivos?
    Todo escritor debe buscar lectores, pero ello no le debe hacer olvidar una verdad: que por muchos que sean sus esfuerzos en ese sentido, su fortuna literaria o su fama es una cuestión que no dependerá de él en gran medida.
    Como lector, por ejemplo, a mí me gusta descubrir escritores olvidados y raros. Cuanto menos se conozcan, más me interesan.
    En esas búsquedas he descubierto que hay razones objetivas para que esos escritores estén hoy olvidados, pero también he hallado en sus obras algunos textos maravillosos.
    Si yo, muchos años después de la desaparición de esos escritores, me emociono o disfruto con sus palabras, de alguna forma sus afanes literarios, desdibujados desde hace ya tanto tiempo, habrán encontrado recompensa.
    Cuando la botella con el mensaje llega a su destino, se consuma la magia de la palabra escrita.
    Y es entonces cuando el lector, emocionado, no atiende a cuáles fueron los caminos que lo llevaron hasta aquellas palabras del escritor.
    Es entonces cuando la magia de la literatura obra el efecto de romper las barreras del espacio y del tiempo.

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