Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

viernes, 10 de abril de 2015

CUARTO Y MEDIA MITAD DEL MEDIO DE MICRORRELATOS


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BUCLE DE SUEÑOS DE ESCRITOR


    El viejo escritor soñó aquella noche que escribía que soñaba que escribía que soñaba que escribía que soñaba que escribía.
    Al final del cuarto sueño, empezó a escribir que dejaba de soñar que escribía que dejaba de soñar que escribía que dejaba de soñar que escribía que él, joven escritor, dejaba de soñar.
    Por último, al término de aquellas idas y venidas por las galerías del tiempo, acabados sus sueños de escritor, el hombre tuvo la certeza de que él era, a su pesar, una persona real y no un personaje de ficción, como tantas veces había soñado en los últimos tiempos.
    El despertador le hizo levantarse y buscar apresuradamente su libreta de notas.
    Esta vez sí, esta vez (su última oportunidad), ganaría el concurso de “microrrelatos” Lo bueno, mejor breve con un texto maravilloso titulado “Sueños de escritor (bucle)”: El joven escritor soñó aquel día que soñaba que escribía que el viejo escritor aquella noche escribía...


HAY A VECES VECINOS QUE EVITAN A SUS BUENOS VECINOS

    “He oído las llaves del de abajo. No soporto a ese tío. A ver si puedo subir a mi piso antes de que llegue a la entrada con el ascensor. ¡Maldita sea! Baja por las escaleras. Me voy a tener que encontrar con su careto de mármol”.

(…)

    “Menudo idiota el de arriba. No lo soporto. A ver si puedo bajar a la calle antes de que suba él con el ascensor. ¡Vaya! Sube por las escaleras. ¿Pues no que voy a tener que saludarlo?”

    Buenas tardes, buenas noches, cuánto tiempo, ¿ha llovido mucho o poco en el último año hidrológico?, hoy hace bueno pero mañana dicen que hará malo, ¿y tú estás bien, mal, regular? Bla, bla, bla... ea, adiós. Que te vaya bonito.
    “¡Uf!, menos mal. Ya se terminó. Pero el caso es que me ha gustado hablar con él. No es tan idiota en el fondo. Me voy, que llego tarde al trabajo”.
    “¡Ea!, la gorda del quinto aparcando en la puerta. ¿La voy a tener que saludar encima?”.
    -Buenas tardes.
    -Adiós, blanca flor.



GOLES NOCTURNOS

    Casimiro pensó que lo de tener debajo de casa un bar era algo muy bueno, una manera de sentirse acompañado en todo momento.
    Aquel bar tenía muchos años. Cuando murió su dueño, el hijo del difunto decidió instalar en él una pantalla de televisión gigante para entretener al barrio con partidos de fútbol.
    El problema vino cuando los padres de Casimiro, muy ancianos, se fueron a vivir con él, que era hijo único.
    La primera en morir del susto de un gol a horas intempestivas fue su madre.
    Luego, otra noche en que su padre tenía un sueño tranquilo, un nuevo gol tardío del equipo del barrio se lo llevó derechito al corral de los quietos.
    Cuando, pasado el tiempo, se echó al fin novia, Casimiro, que era filólogo de alemán, decidió acabar con el problema: compró el bar y lo convirtió en sede de una tertulia literaria. Aquello acabó con el fútbol, pero también con su relación de pareja.
    Las peleas entre sus amigos poetas se hicieron tan acres que a veces tuvo que intervenir la policía por culpa de una sílaba de más o de menos en un verso.
    Quedó solo, acompañado únicamente de aquel bar, el cual terminó traspasando a un amante del fútbol.
    A veces, por las noches, entre partido y partido, puede hasta dormir y todo. Y ahí sigue el hombre.


AZARES DE LOS AGUJEROS DE GUSANO

    Había quedado con aquella mujer en una esquina muy conocida de la ciudad, justo en la puerta de la iglesia de San Benito de Nursia.
    No estaba muy convencido de querer quererla. La había conocido de una manera frívola en una terraza veraniega junto al río. No era guapa ni fea, agradable ni desagradable. Sin embargo, había en ella un encanto que lo atraía poderosamente.
    Ella tardaba. Los minutos pasaban y no aparecía. Él empezó a pensar en sus anteriores conquistas de donjuán hispalense, de ninguna de las cuales tenía buenos recuerdos.
    El tiempo pasaba y las oportunidades para formar una familia eran cada vez menos. Pensaba, en aquella espera, en formar familia de una vez, quizás con aquella mujer, pero ella seguía sin aparecer. ¡Cuánto tardan siempre las mujeres!
    Pasó media hora. Estaba a punto de irse después de una eterna espera cuando se fijó, en la otra ribera de la avenida Montoto, en una anciana que cruzaba hasta donde él estaba.
    -¿Me reconoces?, dijo ella al llegar a su vera. Era ella, aunque sesenta años más vieja. Él tuvo miedo. Parecía todo aquello una pesadilla.
    Ella continuó hablando: “Ven conmigo, tenemos toda una vida para conocernos”.
    Y tomó las huesudas y envejecidas manos de él entre las suyas al tiempo que, con amor, lo miraba.


EL ESCRITOR EMPEZÓ A ESCRIBIR

    El escritor empezó a escribir: «El escritor empezó a escribir: “El escritor empezó a escribir: El escritor empezó a escribir que estaba harto de juegos literarios. Sin embargo, se cansó de aquel juego literario.” Pero pronto se cansó de aquel juego literario».
    Harto de aquel juego literario, empezó a escribir que estaba harto de empezar a escribir que estaba harto de los juegos literarios.
    Por último, dejó de escribir. Y mandó los juegos literarios a hacer puñetas.
    'Cuando me jubile, ay -pensó-, podré dedicarme de lleno a escribir libros de verdad y no estas sandeces'.
    Sin embargo, al jubilarse años después, como había abandonado los juegos literarios, se dio cuenta de que había perdido la práctica, el entrenamiento para poder redactar obras mayores.
    Así que, esta vez con ilusión, tuvo que aprender de nuevo a escribir: El escritor empezó a escribir...



¿SIMULACRO O EMERGENCIA?


    Cuando el capitán gritó “¡Incendio!”, el segundo de a bordo repitió “¡Incendio!”.
    Hasta ahí todo fue bien. El problema empezó cuando respondió una voz al otro lado de la línea: “¿Simulacro o emergencia?”. “¡No -respondió el capitán-, no es un simulacro!”.
    Pero el marinero entendió “no, no, es un simulacro”, y a partir de entonces el caos se adueñó de la nave.
    Nadie sabía si lo que estaba haciendo tenía un fin útil, para salvar vidas en una emergencia, o una finalidad más etérea, para cubrir un expediente administrativo.
    Y una vez que se hundió el submarino y las almas de los marinos bajaron al cielo de los náufragos, siguieron discutiendo durante años: “Usted dijo 'no, no es un simulacro'”. “No, yo dije 'no es un simulacro, inepto'”.
    Y ahí siguen.
 

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