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...olmo,
quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida…
“A un olmo seco”, de Antonio Machado.
Tener la certidumbre de que, minutos después de decidirlo, a la caída de la tarde, usted encontrará el lugar adecuado para un libro en uno de los anaqueles de su librería; la de que, cuando se siente en la mesa, podrá oler con delectación los aromas de una cena preparada con esmero; la certeza de que mañana, si Dios lo quiere, podrá levantarse e ir a trabajar para ayudar a otros en su camino por este mundo.
Sí, tener esas certidumbres leves, pequeñas, que apenas nos acarician, es lo mejor de estar uno vivo. Son minúsculas gotas de bálsamo, de perfume cautivador que van jalonando las horas de nuestra consciencia, señalándonos la certeza de que nuestra existencia tiene un sentido, aunque solo sea el de, en mitad de nuestra senda de incertidumbre, saber cómo hallar un camino de vuelta al hogar, de vuelta a nuestro ser más íntimo.
No sé si existe la felicidad, queridos lectores. Quizás solo sea el conjunto definitivo de todos esos pequeños placeres que, al final de nuestro sendero, nos habrán ayudado a caminar por este reino de incertidumbre que es el vivir.
Vivan ustedes, pero no olviden notar (y, si es posible, anotar en su cuaderno) la certidumbre de los pequeños, de los casi inadvertidos placeres que nos proporciona la vida.

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