Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

sábado, 25 de enero de 2014

La playa





    El Portil fue la playa de mi infancia.
    Cuando yo tenía dos años, nació mi hermano Cayetano. Por aquella época mis padres compraron un piso en la costa de Huelva, en El Portil (Punta Umbría).
    El Portil era entonces una playa salvaje, muy poco poblada. Había muy escasas urbanizaciones en medio de grandes extensiones de campo y de dunas. La sensación de libertad que proporcionaba el contacto con el mar era indescriptible. Era un paraíso para nuestras almas infantiles.
    Hasta allí nos trasladábamos en las vacaciones de verano en compañía de mis abuelos Manuel y Antonia.
    Mis primeros recuerdos de aquella playa son muy vagos. Me acuerdo de un precioso barco de vapor de plástico que olvidé en la arena, de un cine de verano en Punta Umbría (al que íbamos con nuestros primos) o de una tortuga gigante muerta que apareció varada en la arena y que la marea desenterraba una y otra vez a pesar de los esfuerzos de quienes intentaron inhumarla.
    Mis hermanos y yo jugábamos a salpicarnos con pistolas de agua, a nadar en colchoneta o a hacer carreras por la playa.
    Nuestra familia tenía un sombrajo de techo de cañas, como los que había antes en Punta Umbría, al que tuvimos que renunciar porque otras familias lo ocupaban cada dos por tres.
   Había entonces varios alemanes que veraneaban allí. Me acuerdo especialmente de una señora, vecina de abajo, que nos regalaba caramelos.
    Con mi abuelo íbamos a una vaquería en busca de leche, que luego había que hervir en un cazo. Otras veces recorríamos las orillas de la laguna de agua dulce, que no estaba -como ahora- cercada y en la cual se oían a veces disparos de cazadores.
    Uno de los momentos más celebrados era la llegada de mis tíos Antonio y Mari de Alemania, los cuales tenían otro piso en la misma urbanización. Ellos siempre nos traían algún detalle. Me acuerdo del verano en que nos regalaron los famosos cubos de Rubik (novedad de aquel año). Mi tío nos tradujo las instrucciones en alemán y mi hermano y yo competíamos a ver quién conseguía el récord de velocidad al resolver dicho rompecabezas.
    Algunas mañanas, los dos cruzábamos a nado hasta la barrera de arena del final de la ría del Piedras, la llamada “Flecha de El Rompido”, en una época en que no había tanto barco como ahora. Había que tener cuidado con las corrientes provocadas por la marea, pero merecía la pena el esfuerzo cuando pasábamos a la otra orilla, a la zona de mar abierto, donde pescábamos enormes coquinas que metíamos en bolsas, las cuales luego nos atábamos a los bañadores para poderlas traer de vuelta.
    Con otro familiar nuestro, mi tío José, el cual tenía una barca, navegábamos por aquella misma zona de desembocadura del río para pescar. Es curioso cómo lo único que recuerdo haber pescado entonces fue un gazapo, feísimo pez incomestible que tuvimos que devolver al agua.
    En la piscina de la urbanización continuamos nuestro aprendizaje de natación, ya iniciado en unos cursillos en la piscina de Bellavista, en Riotinto. También aprendimos a tirarnos de cabeza, pero antes tuvimos que pegarnos sonoras panzadas contra el agua desde un trampolín que años después terminaron quitando.
    De entonces recuerdo a Arturo, sobrino de mi tío Antonio, y su hermana Diana, que vinieron de Alemania con sus padres, y con quienes hicimos buenas migas.
    También me acuerdo de que un verano alquilaron al lado de nuestro piso mis tíos Juan y Enriqueta con sus hijas. Eran bellísimas a mis ojos de niño aquellas primitas y creo que me enamoré de ellas. ¡Ay, el amor..!
    Jugábamos al tenis en una pista dura que se mantiene todavía. Recuerdo el sorteo de las horas de ocupación de la pista, rito que aún sigue teniendo lugar.
    Algunos años estuvimos en pandillas de chavales de la misma urbanización. Sin embargo, a partir de un verano no quise formar parte de ningún grupo. Me había vuelto por entonces un muchacho ensimismado, amante de los libros, un tanto solitario y cultivador de mi mundo interior. La infancia tocaba a su fin.
    ¡Cuántos recuerdos en El Portil, la playa de mi infancia!

1 comentario:

Marita dijo...

Me acuerdo de tu cubo rubik. lo resolvias a una velocidad de vertigo
Yo no pasaba de la primera fila
Angel

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