Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

martes, 18 de febrero de 2014

Mis primeros escritos




    Como resultado de mi interés por la lectura surgió en mí el deseo de escribir, de intentar producir en otras personas con las palabras el mismo efecto maravilloso que en mí provocaban los libros.
    Mis primeros escritos fueron recopilaciones de citas y refranes. Empecé a coleccionarlos una tarde en que escuché en la radio de mi cuarto un proverbio chino que me pareció una revelación: “Quien no sepa sonreír que no vaya a abrir tienda”.
    Con un cuento un tanto melodramático y triste, titulado “Historia de dos jóvenes”, gané un premio de literatura que organizó el instituto de Nerva. Creo que quedé en tercer lugar. Me dieron cinco mil pesetas de premio, lo cual me hizo creer erróneamente durante un tiempo que podía realmente dedicarme a vivir de mi literatura.
    A aquel premio me presenté con un seudónimo (“Clavero Martínez”), ya que había descubierto recientemente el del escritor Leopoldo Alas (“Clarín”) y me parecía original esconderme detrás de aquel nombre supuesto.
    Mis primeras historias tenían mucha influencia de los tebeos, con sus constantes onomatopeyas, y de las películas de ciencia ficción que veía en televisión.
    En el colegio colaboré en la publicación del periódico del centro, en el cual apareció mi relato “Diálogo de venusinos”, que pude rescatar años después gracias a mi profesor de Literatura de COU, Josema Rico.
    ¡Ah! Aquellas horas dedicadas al periódico escolar... Aún me acuerdo de aquella vieja multicopista al lado de la sala de profesores que sacaba las copias de los originales mecanografiados. Había que darle vueltas con una manivela, procedimiento rudimentario y al mismo tiempo mágico.
    Entonces se celebraban anualmente las Olimpiadas Escolares, en las que participaban los colegios de toda la Cuenca Minera. Recuerdo que en Campofrío actué como periodista deportivo escribiendo las crónicas de los partidos de balonmano.
    También recuerdo que con el colegio hice una visita a la antigua imprenta de Chaparro en Riotinto, la cual me fascinó con sus cajones llenos de tipos y signos de metal.
    Empecé a tener claro que mi profesión tenía que estar vinculada a la comunicación en alguna de sus vertientes.
    Me atreví también con la escritura colectiva: con mis amigos “Rafi” y Ángel escribí varias obras de teatro en las que el protagonista era un tal Antonio, un periodista que iba siempre en busca de noticias frescas. Creo recordar que una de aquellas obras la llegamos a representar los compañeros de curso con ayuda de un misterioso monitor de teatro que apareció en el último momento, días antes de la actuación.
    Pienso que mi gusto por el teatro me viene de haber contemplado una representación de La casa de Bernarda Alba de Lorca en el salón de actos del colegio. Aquellos actores eran curiosamente presos de la cárcel de Huelva.
    En la época en que empecé a dejar atrás la infancia, mis textos se llenaron de alusiones melancólicas y tétricas, tanto que mi madre me repetía una y otra vez que yo sólo escribía sobre muertos.
    Ya en el primer curso del instituto (1º de BUP), la profesora de Historia, Carmen, le propuso a mi clase dos opciones: o estudiábamos el tema de la Revolución Francesa para un examen o montábamos una representación teatral sobre ella.
    La clase se decidió por hacer teatro, encomendándome a mí, ya que todos mis compañeros conocían mi gusto por la escritura, la tarea de escribir el texto.
    En las vacaciones de Semana Santa me empapé en una enciclopedia de la historia de aquella revolución y al volver al instituto le presenté el drama histórico, el cual aún conservo, a la profesora.
    A final de curso representamos la obra para todo el instituto.
    Yo pensaba que mi tarea en aquella función había concluido con la escritura del texto, pero resultó que el alumno que iba a hacer de Robespierre enfermó y, a mi pesar, tuve que reemplazarlo.
    Forma maravillosa de aprovechar el tiempo, medio magnífico para conocerse a uno mismo y para conocer la realidad (de igual modo que la lectura), la escritura se convirtió desde entonces para mí en un necesario desfogue, en una liberación de mis demonios o fantasmas interiores, así como en una entrega a los demás, los lectores, en un regalo de palabras ensartadas que encerraban lo mejor de mí mismo, plasmación purificadora de mis temas y obsesiones, catarsis que me hace huir del tiempo, atento sólo al discurrir de la tinta sobre el papel o al contacto de las yemas de los dedos con las teclas del ordenador.
    ¡La escritura, maravillosa pasión del alma!

1 comentario:

jepane dijo...

Al igual que los ya escritos ( y los que quedan por nacer), ¡Buen Post!...
Como dices en la despedida del mismo: ¡La escritura, maravillosa pasión del alma!... ¡ Claro que es maravillosa!; fíjate que leyéndote me he transportado a la vieja sala de profesores; y he oído el ruido de la vieja multicopista, aquella con la que nos manchábamos las manos con una tinta casi imposible de quitar...

Y es que, un buen escrito, uno de esos que "te llegan"; puede ser el mejor vehículo con el que transportarte a lo que un día vivimos sin, quizás, darle importancia.

Saludos, amigo.

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