Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

lunes, 1 de junio de 2015

DEFENSA DEL TARTAMUDO


-->


...[La vida] es un cuento
contado por un idiota, lleno de ruido y de furia...

William Shakespeare: Macbeth, Acto V, Escena V.


...este mundo, república de viento,
que tiene por Monarca un accidente.

Gabriel Bocángel.


A mi amigo Jesús Cotta, a quien tanto agradezco

    Querido lector:

    Un amigo mío, también profesor como yo, me comentaba hace unos días que una alumna suya encantadora, la cual tiene problemas de tartamudez, todos los días, sin faltar una sola vez, se dirige a su mesa al final de la clase y le desea, con su voz balbuciente y apenas audible, que pase un buen día.
    Este conmovedor gesto, que también veo en alumnos míos que tienen, igual que ella, problemas con el lenguaje, me hizo pensar en el extremo contrario: en quienes tienen el don de la palabra, en, por ejemplo, los poetas.
    Entre los escritores líricos hay una gran competición por ver quién es capaz de esculpir los mejores versos, de, en definitiva, conectar con la trascendencia en la mejor de las formas. En unos conocidos versos, dice Rubén Darío:



¡Torres de Dios! ¡Poetas! 
¡Pararrayos celestes,
que resistís las duras tempestades,
como crestas escuetas,
como picos agrestes,
rompeolas de las eternidades!




    El poeta, pues, quiere ser pararrayos de la luz celestial, reflejar en sus versos la quintaesencia del sentir humano ante la realidad de las cosas.
    Pero ese empeño, de raíz romántica, lo lleva a veces al engreimiento, a la soberbia, a la envidia, y de ahí a las peleas verbales o físicas con otros pararrayos celestes, con otros poetas, peleas de las cuales hay numerosos ejemplos en la historia de la literatura. No pueden soportar que un verso suyo, que al fin y al cabo es sólo un collar de palabras, sea inferior al de otro poeta.
    Los poetas tienen, empero, la posibilidad de la fama, de que sus nombres o sus versos sean recordados, porque sólo ellos son capaces de dar una forma hermosísima y excelsa a los deseos y a las angustias de todos.
    Pero, ¿quién se acuerda de los tartamudos, de quienes no pueden, debido a una imposibilidad fisiológica o mental, expresar bien el mundo que bulle en su interior?
    La sociedad los rechaza, se ríe de su incapacidad y ellos sufren como nadie dicho desprecio.
    A veces, en clase, intento que algún chaval tímido lea en voz alta un texto, pero sé que para algunos esa tarea es una auténtica tortura, debido a las risas que provoca, o que ellos creen que provoca, su lectura.
    Es curioso, si repasamos la Historia, que muchos tartamudos se convirtieron, a pesar de su dificultad, en personas que superaron este obstáculo y llegaron a ser muy reconocidas por su esfuerzo, incluso en trabajos relacionados con la oratoria o la escritura (el emperador Claudio, Moisés, Somerset Maugham, Lewis Carroll, Anthony Hopkins, Winston Churchill, Demóstenes, Jorge VI...). Sus vidas son ejemplos de superación.
    En definitiva, tanto poetas como tartamudos, los dos extremos en la expresión del lenguaje, quieren ser rompeolas. Unos, los poetas, rompeolas de las eternidades y otros, los tartamudos, de algo muy sencillo para muchos de nosotros, ¡y tan complicado para ellos!: rompeolas simplemente de la expresión de sus pensamientos.
    En este mundo en el que parece que tiene más razón quien más grita y quien más ruidos bárbaros produce, me conmueven quienes, por su tartamudez, tienen dificultad para expresar sus ideas.
    Por ellos merece la pena, por ejemplo, madrugar cada día y explicar, a quienes no pueden apenas explicarse, ejemplos como el de Demóstenes, uno de los mejores oradores de Atenas, quien de pequeño ejercitaba su oratoria recitando versos mientras corría. Se cuenta de él también que se metía piedras en la boca o que hablaba al lado del mar, entre el estruendo de las olas, para que su voz fuese más sonora y clara.
    Como la que pretende el ángel que, todos los días, sin faltar uno solo, se acerca a la mesa de mi amigo, al final de su clase, para desearle un buen día.

3 comentarios:

Jesus Cotta Lobato dijo...

No olvide usted ese "no sé qué que quedan balbuciendo", que es el colmo del ingenio de un tartamudo: convertir la necesidad en virtud.

Mario ggm dijo...

La tartamudez de esa alumna muestra la virtud del tesón de un ángel que a diario se acerca a su mesa

Mario ggm dijo...

felicidades por el artículo
Mario Muñoz-Seca
https://mariojmunozseca.wordpress.com/

Buscar este blog

Archivo del blog