A José María Jurado
...porque viajar en el métro es como estar metido en un reloj. Las estaciones son los minutos, comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora; pero yo sé que hay otro, y he estado pensando, pensando…
Julio Cortázar: "El perseguidor", Las armas secretas (1959).
En el C1, a una hora de tráfico. Es tarde, el sol declina y levanta ese viento desagradable de muchos atardeceres de primavera en Sevilla.
Las conversaciones van y vienen a oleadas entre los compañeros de trabajo de la estación de tren, que forman un corro alegre y cansado al final del autobús circular.
R. habla poco. Prefiere contemplar los matices del instante, bañados por la luz del ocaso. A veces, sin embargo, dice alguna que otra frase convencional sobre los cambios en la temperatura de los últimos días o sobre las ruindades de los titulares de prensa.
Conforme se van bajando del bus los compañeros, R. nota que la situación deja de serle familiar, digamos cercana, próxima, mejor íntima, no sabría decirlo...
Otras tardes, sin embargo, a pesar de que se quede sola en el circular, siente que está fundida con el entorno, especialmente cuando no intenta pasarlo todo por el tamiz del pensamiento.
Luego, indefectiblemente, ya se sienta incómoda o ya fusionada con la tarde, llega la parada de regulación del Prado de San Sebastián, que es un agujero de gusano del intrauniverso.
Contempla (porque así lo quiere la empresa municipal de autobuses, que este año cumple cincuenta años de existencia -¿o será un siglo?-) todo lo que ha estado más allá de sus ojos en aquel mismo lugar: el quemadero de la Santa Inquisición, las ferias de ganado, la Pasarela de hierro, la puerta de San Fernando, la obra de la Fábrica de Tabacos...
Llega un nuevo conductor pero el circular no arranca: los círculos siempre terminan donde empiezan.
Fuera, la primavera estalla en todo su esplendor. El viento del atardecer mueve las hojas de los árboles. Los alérgicos desesperan.
Ahora se abre otro plazo. Al otro lado de la avenida se para un C2, el circular que va justo en el sentido contrario.
Esta vez R. cierra los ojos y mira dentro de su corazón. Se ve en el autobús...
Con quince años de la mano de su padre vestida de gitana camino de la feria.
Embarazada de L., volviendo del trabajo en el barrio de Los Remedios.
Peleando con su hija para que dejase el móvil y hablase con ella.
Leyendo un libro tras otro, como aquel que ahora deposita sobre su regazo.
Abre los ojos. El autobús circular arranca perezoso.
El viento ha cesado. Ya no esparce las cenizas de los condenados por la Inquisición.
La vida es una parada de regulación entre dos abismos.
Cae el sol. Se ilumina, poco a poco, la noche.

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