Odiaba volar. Hubiese pagado más de la mitad de su millonario sueldo de entrenador de un potente club de fútbol de Primera División si hubiese podido librarse de muchos desplazamientos en avión a lo largo de su dilatada y exitosa carrera. Pero en la vida las cosas no funcionan como uno quiere, sino como son en realidad.
Los días previos al vuelo procuraba distraerse viendo vídeos de partidos del próximo rival o imaginando situaciones defensivas u ofensivas en su tableta, pero cuando llegaba el día del aeropuerto se ponía descompuesto: le daba vueltas una y otra vez a imágenes, creadas por su imaginación, de interiores de aviones arrasados por una ola de queroseno inflamado; de náufragos que nadaban desesperados en las frías aguas del océano mientras se hundía el aparato; de gritos, de carreras y la angustia de no saber cómo inflar el chaleco salvavidas o cómo demonios respirar en la máscara de oxígeno (aunque los azafatos lo hubiesen explicado miles de veces antes de cada despegue).
El próximo partido tenía un especial significado para él porque se iba a disputar en el New Lansdowne Road Stadium, en Dublín, justo al lado de su lugar de nacimiento, donde dio sus primeros pasos con un balón, junto al río Liffey.
También era importante aquel encuentro porque su equipo se jugaba el pase a una final europea pero, sobre todo, porque iba a encontrarse con su padre, el viejo gruñón de Rian Murphy, con quien hacía veinte años que no se hablaba.
Iba en la cola, en la última fila de asientos. Durante el despegue desvió la mirada del libro que estaba leyendo en aquel momento, una trama de espías mal trazada que no le estaba atrapando en absoluto, y se quedó mirando la ventanilla de su izquierda, que pronto dejó de mostrar las tierras cálidas del sur. Un mar de nubes blancas mantenía abajo al aeroplano entre el cielo y la tierra. Notó que se mareaba.
Para distraerse, Jack empezó a pensar en su padre (ahora muy enfermo en el hospital), en todo lo bueno que había extraído de su corazón adolescente, a pesar de los enfrentamientos feroces entre padre e hijo a raíz de la muerte de la madre. El pobre viejo ahora agonizaba en una cama de hospital y lo llamaba en sueños. Llamaba a su hijo: "Jackie, ven...".
En aquel vuelo a Dublín, Jack Murphy, el Divino Calvo (como lo llamaba la afición del equipo), rememoró toda su vida desde el inicio: su afición al fútbol desde que era un chaval, su gusto por la cerveza negra en los pubs después de cada partido, sus amores juveniles, sus primeros partidos internacionales como jugador y luego como entrenador...
Pocos minutos antes de aterrizar, el piloto habló de una señal luminosa (la de los cinturones de los asientos, que debían permanecer abrochados), pero el viejo futbolista la confundió con una luz que él creía que procedía del aeropuerto de Dublín e iba directo a su corazón.
Al fondo vio cómo se levantaba para ir al servicio el delantero estrella del equipo. Justo después, se encendió la señal luminosa. Iban a aterrizar.
La isla esmeralda lo esperaba.
Vuelve, Jackie...
Creyó percibir, cuando aterrizaron, el graznido de las gaviotas.
Por fin estaba en casa.
Una lágrima indócil resbaló por una de sus mejillas.
En la ventanilla, todo era verde...

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