A mis amigos los profesores
del IES Fernando de Herrera
Los últimos días de curso eran siempre los más cansados porque había que ir cerrando muchos asuntos: las últimas correcciones, los últimos esfuerzos burocráticos, los madrugones finales...
El profesor adoraba su trabajo, tanto que hasta podía afirmar que lo amaba cada vez más, a pesar de llevar media vida instalado en la certidumbre de que era la suya una labor desprestigiada y mal pagada.
A veces pensaba en abandonar el oficio, en intentar buscar otro trabajo que lo satisficiera más, pero en esas ocasiones siempre terminaba preguntándose: "¿Dónde van a aceptar a un pobre profesor de instituto como yo?".
Aquel final de curso, como todos los de los últimos años, fue estresante. Los exámenes se acumulaban en su mesa de trabajo formando resmas de papel a las que tardaba en dar salida.
A él le gustaba detenerse en cada examen, escribir anotaciones al margen, corregir las faltas de ortografía y de expresión... y eso suponía tener mucho tiempo por delante, tiempo del que no siempre podía disponer, pues otras tareas administrativas le hacían postergar una y otra vez el ataque definitivo a aquella colina de papeles enemigos.
Finalmente, se armó de valor en los últimos días previos a las evaluaciones y pudo vencer aquel ejército encarnizado mediante una estrategia de guerra relámpago.
Quedaba una última acción: pasar todas las notas a la aplicación corporativa, convertirse en un autómata que fuese simplemente transfiriendo información numérica a su dispositivo móvil, tarea que odiaba porque iba en contra de su idea de la educación como un proceso esencialmente humano de transmisión cara a cara de la cultura heredada de siglos.
La rendición del cuerpo de profesores al sistema de evaluación por criterios, un demencial proceso de conversión de los profesores en robots mecanizados, tiraba por tierra toda una larga tradición educativa en la que lo importante no había sido el resultado final, sino el camino para llegar a él: el esfuerzo humano de alumnos, padres y profesores por mejorar el sistema educativo y los contenidos y valores que este pudiese ofrecer a la sociedad, ahora desquiciada por la tecnología, la desmesura del sentimentalismo y la queja permanente.
Pasaron los días. El trabajo del instituto, una vez terminaron las clases, fue menos agotador. El profesor empezó a pensar ya en su nuevo centro, al que habían destinado en el último concurso de traslados.
Una semana antes de las vacaciones de verano, el profesor fue a la cena de fin de curso con los compañeros: gente bien vestida (con las caras aún ojerosas por el esfuerzo), risas, temas de conversación distintos a los de siempre y hasta bailes divertidos.
El último día del curso escolar, mientras el profesor buceaba distraído por las aplicaciones del móvil, entró en el correo corporativo del instituto y se encontró un mensaje conmovedor de un alumno suyo.
Era un chaval de 1º de ESO que, en respuesta a un mensaje de fin de curso del profesor a todas sus clases, le contestaba diciéndole que sentía no poder volver a ser alumno suyo, le deseaba un buen verano y le confesaba que había disfrutado mucho sus clases porque se notaba que le encantaba su trabajo.
Aquel día, el profesor salió por última vez del instituto recordando las miradas que, en aquel depósito de cultura, lo habían traspasado por dentro.
Se las llevaba consigo, en su equipaje, para siempre.

Comentarios