Al profesor Alberto Torres Urbano
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Tú me quieres en ese muro,
me necesitas en ese muro...
Parlamento del coronel Jessup (Jack
Nicholson) en la película Algunos hombres buenos.
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Queridos lectores:
Hace unos días me contaron el reciente caso de un profesor de enseñanza secundaria, hombre de mucha inquietud intelectual que, harto de toda la carga burocrática y de la lucha hercúlea por mantener la disciplina de sus alumnos, había decidido dejar de dar clase.
Muchos estamos convencidos de que la sociedad española no valora lo suficiente la tarea de los docentes y también de que no es consciente del profundo hastío con que los profesores afrontamos las maratonianas jornadas de riña perpetua.
"¡Ea, ya está: una nueva lamentación de un profesor! -pensará usted-...; ¡Con las vacaciones que tenéis, encima os quejáis!...; ¡Pero si vas a estar ya de vacaciones! ".
Pues sí. Me lamento.
Me lamento de que gran parte de la sociedad mida nuestro trabajo por lo largas que son nuestras vacaciones, sin considerar que muchas veces llegamos a ellas en unas condiciones lamentables debido a la brutal carga de estrés que, por desgracia, normalizamos durante cada jornada escolar.
Me lamento porque los políticos (esos señores que el otro día aplaudían al Papa cuando les decía en el Congreso que hay que buscar el diálogo y al día siguiente volvieron a sus andanadas dialécticas de siempre) nos "regalan" siempre unas leyes educativas en las que no se tiene en cuenta nunca la opinión de los enseñantes.
Me lamento porque muchos padres, cuando un profesor les comenta que sus hijos no se comportan bien o no trabajan lo suficiente, echan balones fuera y dejan la autoridad del docente por los suelos al amparar siempre a sus vástagos contra viento y marea, sin querer ver la realidad. "¿La verdad? ¡No puedes soportar la verdad!", grita el coronel Jessup al abogado Daniel Kaffee en la película Algunos hombres buenos.
Me lamento porque se ha perdido irreparablemente una cultura del esfuerzo y del trabajo honesto que, no hace demasiado tiempo, posibilitaron que este país tuviese una enseñanza secundaria de mucho nivel que permitía la igualdad de oportunidades para todos, lo que ahora se denomina "el ascensor social". Era una enseñanza de la que no huían los oficiales porque enseñar no era una batalla cruenta.
Me lamento, por último (aunque me podría llevar toda la tarde lamentándome delante del ordenador), de que la sociedad española se ha entregado con armas y bagaje a una visión del mundo marcada por el individualismo, la atención permanente a la tecnología y (lo peor de todo) a una terrible falta de modelos éticos y de valores humanos.
En un mundo en el que imperan el dinero, el desequilibrio de los gobernantes, la desatención al necesitado, la ausencia del ejercicio justo y necesario de la autoridad y el ruido, es difícil educar, que, etimológicamente, significa 'conducir'.
No sé si las protestas de los docentes de Valencia y Cataluña conducirán a algo (entre otras cosas porque parece que, como siempre en este país, son huelgas de unos contra otros).
Sin embargo, una chispa se ha prendido.
Esperemos que sea la chispa de la luz de la cultura, tan necesaria en medio de la oscuridad y el desánimo del momento presente.
Y sí, tenemos muchas vacaciones. Porque nos las merecemos, ¡qué diantres!
Si no, haber estudiado.

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