Cualquiera de las canciones del primer álbum de Tracy Chapman o del disco Astronomía razonable, de El Último de la Fila; cualquiera de Brothers in Arms, de Dire Straits, o de Southside de Texas o, por ejemplo, de Senderos de traición, de Héroes del silencio.
Cualquiera de ellas podrían escucharlas en un bucle eterno, durante horas y horas.
Las dos mujeres adoran sentir aquellas, composiciones, dorados hilos de brocado hechos de notas vibrantes, porque las conectan con la más delicada y prístina versión de sí mismas.
Apenas se conocen, pero comparten un mismo territorio sentimental (el de una casa en la playa, muy cerca de Huelva), aunque en épocas muy diferentes. En ambas la música suena por el interior de sus venas.
Es curioso pensar en los ocultos retazos de vida que esconden los objetos de cada hogar: un plato astillado en el borde a causa de una discusión; un desconchado en el techo, fruto de un golpe con la escalera con que había que colgar un cuadro; los rayones en los platos, en los que la familia ha cortado la comida desde que inauguraron aquella vivienda mucho tiempo atrás...
Por encima de todos los objetos, la música salvadora se eleva para calmar las ansias de las dos mujeres, que, en realidad, son solo una.
La primera es quien oyó, con trece, dieciséis, diecisiete, dieciocho, veintiún años, aquellas canciones en su casa de la playa.
La segunda es la misma que, treinta o cuarenta años después, por azar o destino, vuelve a oírlas en aquel idéntico lugar.
Son (y no son) la misma persona. Apenas sí se reconocen.
La vida las ha ido llevando por caminos que, ahora, en vacaciones, en el sopor que produce el descanso, apenas recuerdan.
Mas de pronto, en mitad de la mañana o de la tarde, alguien pone la radio o un disco completo en los altavoces.
Entonces se ve ella en aquel mismo lugar, mucho tiempo atrás, cantando aquellas canciones doradas.
Y cree comprender, al fin, quién es.

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