Aquel día en el que un guardia civil se ganó el sueldo como nunca antes y una mujer volvió a nacer de nuevo, aferrada a la vida con una sola mano.
Tres días más tarde, se abrazan en el hospital Salvador y Julio, el novio de Almudena. Este le regala al guardia civil una pulsera verde de una hermandad de Sevilla, la que llevaba Almudena en la mano el día del accidente.
Aunque pocos son los datos que puede aportar, al filo de la medianoche recibe una llamada que le ilumina el alma: ella está viva.
Hace varias llamadas a contactos suyos en el hospital.
No puede quitársela de la cabeza.
Solo le queda una esperanza: que haya podido sobrevivir Almudena.
Salvador, después de doce horas de trabajo en los dos vagones más perjudicados del accidente de trenes de Urda, llega a su casa con la impotencia de no haber podido salvar a nadie.
Finalmente, alguien trae unas tijeras y logran extraer con delicadeza el cuerpo de Almudena de aquel amasijo de ruinas.
Aún hay algo que la ata a aquel infierno de hierros y plásticos: su pelo.
"No te preocupes. Vas a salir y te vas a poner bien".
Poco a poco van sacando su cuerpo. Asoman unos hermosos ojos claros, azules.
Llegan tres bomberos. Mientras van retirando el amasijo de escombros para sacarla de allí, la mano de ella nunca va a estar sin otros dedos que la protejan, sin una voz amiga que le dé ánimos.
Ella está enterrada en el fuselaje, pero milagrosamente viva.
Solo una mano suya sobresale.
De repente, un grito. Es una mujer que ha escuchado sus llamadas.
Toca a varios cuerpos, pero nadie responde.
La luz es escasa. El silencio, muy espeso.
Dentro, todo es muerte, sangre, destrucción.
Un penetrante olor a frenos lo invade todo.
Tiene que quitarse el chaleco antibalas para poder acceder al interior por un estrecho hueco.
El guardia civil es el primero en entrar en aquel vagón de tren. No tiene esperanzas de encontrar a nadie con vida.
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