Se muestran aquí unos textos misceláneos (diario, cuentos, reflexiones varias...) encontrados entre los papeles del periodista Pepeleche, quien decidió abandonar su confortable vida en busca de la iluminación en medio de las cumbres del Himalaya.

lunes, 21 de abril de 2014

LOS ROMANCES PERDIDOS DE HUELVA




   Mi caballo se saltó
las tapias de tu corral;
entró gordo y salió flaco:
no le echaste la ceba[d]a.

   Artillerito,
tira la bomba
y al caballito
dale que corra,
leré,leré...

Canción tradicional de Villanueva de los Castillejos (Huelva)

 
 
A la memoria de Manuel López Bandera



   Una de las labores de las que más me he sentido orgulloso fue la tarea de colector de romances en varios pueblos del Andévalo onubense en unos días de Pascua de Resurrección de hace ya bastantes años.
   La expedición, comandada por los profesores Pedro Piñero, Enrique Baltanás y Antonio José Pérez Castellano (de la Fundación Machado de Sevilla), estaba formada por alumnos de Doctorado españoles y alemanes.
   Yo andaba entonces intentando producir una tesis doctoral que explicara las relaciones entre la lírica tradicional y los romances, aunque con el tiempo terminaría abandonando dicha labor.
   Nuestra base de operaciones estaba en Villanueva de los Castillejos. Desde allí nos desplazamos en varios grupos a pueblos cercanos (Tharsis, Alosno, Paymogo, San Bartolomé de la Torre, Cumbres de Enmedio...) en busca del patrimonio oral de dichas localidades.
   En otra ocasión mi mujer (entonces novia) y yo hicimos la encuesta oral en Zufre con ayuda de nuestros amigos Carlos, Cristina y Gonzalo. También recuerdo que estuve en Santa Olalla del Cala y en Cala, ambos pueblos en la frontera con Badajoz.
   A veces teníamos previamente localizada a una persona de contacto que nos facilitaba la labor de búsqueda. Otras veces, sin embargo, teníamos que buscar mucho hasta encontrar a un buen informante.
   Recuerdo que en un pueblo todos los habitantes tenían motes, por lo cual la cuestión se complicó aún más.
   Una vez nos dieron la pista de una mujer que había cantado muy bien en una excursión, pero cuando llegamos a la casa indicada nos encontramos con una señora vestida de luto riguroso que se molestó mucho por el hecho de que hubiesen pensado en ella como una cantante, cuando era sabido en el pueblo que ella no cantaba desde que su hijo se ahogó en el pantano treinta años atrás.
   Buscábamos sobre todo a mujeres mayores que hubiesen pasado gran parte de su vida trabajando en el campo, ya que en ese ambiente (ajeno a influencias como la radio) era muy probable que hubiesen estado en contacto con los romances, poesías orales tradicionales de larga tradición en nuestra literatura.
   La gente fue en general muy amable con nosotros. Algunos nos preguntaban si formábamos parte de un conjunto, o sea, de una banda que quisiera recoger esas canciones para incluirlas en su repertorio.
   Muchos nos abrían sus casas y, una vez dentro, con la grabadora delante (la cual infundía un respeto reverencial a muchos de ellos) les íbamos preguntando si conocían diferentes romances. Nosotros preguntábamos el principio (los dos primeros versos) para dar pie a que el informante siguiera cantando.
   En aquellas encuestas encontramos romances, pero también poesía tradicional, coplas, tangos, palos flamencos, canciones de Carnaval...
   Allí mismo rellenábamos una ficha con los datos esenciales de la grabación (lugar de recogida, nombre y edad del informante, equipo de colectores que recogían el romance, fecha de la grabación y datos de métrica y rima).
   Una vez, en un pueblo de la sierra de Huelva, una señora amablemente nos hizo pasar a su salón y empezó a responder a nuestras preguntas cuando de pronto apareció su marido, un señor mayor cortante y desabrido que protestó por la intromisión de aquellos universitarios en su sacrosanto hogar, aunque ella (acostumbrada a torearlo) nos dejó hacer el trabajo.
   En San Bartolomé de la Torre, el primer pueblo al que fuimos, recuerdo que una amable señora nos cantó maravillosamente una retahíla, a pesar de que nos confesó que hacía décadas que no la cantaba completa. Aquella pervivencia en la memoria de un texto tan complejo me impresionó.
   Cuando nos despedíamos, muchos informantes, con los ojos húmedos de emoción, se lamentaban de no poder recordar más canciones. "Seguro que mañana me acordaré de más", decían muchos de ellos incitándonos así a volver al día siguiente.
   En Cumbres de Enmedio, un pequeño pueblecito de apenas tres calles, dimos con un anciano que nos contó su vida, llena de lutos permanentes por la muerte de varios familiares. Una vida así no podía haber sido acompañada de cantes, por lo que no nos dejó ninguna canción. De todas maneras, no quedó ningún testimonio físico de aquella conversación, pues debido a un fallo técnico no fue grabada en la cinta.
   El resultado de aquel trabajo pasó a formar parte del Romancero de la provincia de Huelva, que fue publicado en 2004 por la Diputación Provincial de Huelva y la Fundación Machado.
   Pienso que el patrimonio de la literatura oral tradicional no está suficientemente valorado.
   Por ejemplo, en los institutos se estudian los romances como textos del pasado, pero no se enseña su pervivencia actual. No se les ofrece, por ejemplo, a los alumnos la oportunidad de realizar encuestas de literatura tradicional.
   En éste, como en otros asuntos relacionados, se nota la indiferencia de la sociedad hacia los ancianos y hacia toda la cultura que atesoran.
   En un mundo tan globalizado como el nuestro, olvidamos las diferencias culturales en aras del supuesto progreso del pensamiento único.
   A los ancianos se los trata como a niños incapaces que son objeto de risas, cuando la riqueza de su experiencia es un valor que debería ser ensalzado.
   Agonizando en medio de un panorama de pensamiento único dictado por los insufribles canales de televisión de hoy, la literatura tradicional aún subsiste en la memoria de cada vez menos personas como testimonio del mundo de ayer.
   De nosotros depende que pueda recuperarse una mínima parte de su pasado esplendor, aunque, por desgracia, puede que mañana ya no haya nadie que se acuerde de ningún romance ni nadie que se moleste en recopilarlos.

sábado, 12 de abril de 2014

VÍDEOS ERRÁTICOS



    Que las chicas jugaran a tenis con vestidos sin mangas o que no les llegaran hasta los pies, hubiese sido escandaloso, incluso en pleno verano, y si una mujer de buenas costumbres cruzaba las piernas en una reunión social, la «moral» lo consideraba terriblemente indecente, pues con este movimiento, por debajo del dobladillo del vestido, podían quedarle al descubierto los tobillos.

    Stefan Zweig: El mundo de ayer (1943).


    La cita de Zweig que encabeza esta entrada, tomada de sus magníficas memorias, las cuales recomiendo encarecidamente, se refiere a la estricta y pudorosa moral que estuvo instalada en Austria a finales del siglo XIX y la utilizo como contraste con la época de hoy, cuando está muy de moda entre los jóvenes la difusión de fotos o vídeos eróticos o pornográficos en los que aparecen menores de edad.
    Lo curioso es que a veces los menores que aparecen en esas imágenes voluntariamente se prestan a dicha difusión, la cual supone un proceso no demasiado complejo gracias a la tecnología actual, en la que, como es sabido, las generaciones jóvenes son expertas.
    Más allá de las implicaciones jurídicas de este asunto (que las tiene y son muchas, pues recordemos que la posesión o difusión de imágenes eróticas o pornográficas de menores es un delito grave), quiero detenerme hoy, tomando como ejemplo este tema, en la importancia desmedida que el sexo tiene en la sociedad actual.
    Hay una hermosa película en blanco y negro del director de cine británico David Lean, titulada Breve encuentro (1945), que es la historia de un amor imposible: el adulterio de una mujer casada (interpretada por Celia Johnson), insatisfecha con su distante marido, la cual se enamora de un médico que también está casado (encarnado por Trevor Howard) a quien conoce en una estación de tren.
    El médico tiene un amigo al cual le pide el favor de que le deje su piso de soltero para poder “relacionarse” con la mujer casada (por cierto, esta parte de la película inspiró a Billy Wilder su célebre filme El apartamento).
    Pues bien, hay una escena en la que se insinúa finamente la consumación del adulterio: ella y él están en el salón del piso, con una habitación al fondo en la que asoman los pies de una cama; ambos se dirigen hacia allí y... fundido en negro y vámonos que nos vamos a la siguiente escena. A buen entendedor...
    Antiguamente desde luego las alusiones al sexo eran muy veladas, casi inexistentes, como se observa en muchas obras literarias. Por ejemplo, en La Regenta (1884-1885), magnífica novela de Leopoldo Alas “Clarín” en su tiempo considerada escandalosa, se insinúa que Fermín de Pas, el sacerdote que confiesa a la protagonista, Ana Ozores, tiene una relación esporádica con la criada de ésta en una cabaña, que encuentran en medio del bosque bajo un fuerte aguacero, con un conciso “Hablaron”.
    El sexo, ese roce de siglos, debería formar parte de la vida íntima o privada del individuo o la pareja.
    Cuando en las escuelas de cine del futuro se analicen las películas de nuestra época, quizás llame la atención el excesivo protagonismo de la carne desnuda, de los gemidos de placer desbordado y las posturas gimnásticas exageradas. En algunas películas incluso es difícil precisar si se trata de filmes pornográficos o no.
    El erotismo, con su carga de enigma e insinuación, ha sido reemplazado masivamente por la pornografía pura y dura, y este hecho afecta lamentablemente cada vez más a los adolescentes desde edades muy tempranas. En breve intervalo de tiempo muchas chicas (curiosamente nunca los chicos) pasan de jugar con muñecas a convertirse en objeto de deseo sexual, en muñecas sexuales. Es una moda imperante.
    La choni o cani (como ahora se dice) que quiera serlo y significarse siéndolo como ninguna, debe ahora pasar por difundir la imagen sexual correspondiente en la que aparezca su tierna carne núbil.
    En todo ello hay componentes de machismo y de morbo que van más allá de un simple desahogo. En esta sociedad errática se ha perdido el pudor, pero no sólo eso: la sexualización de la vida contemporánea lleva a la cosificación de la persona que es víctima, voluntaria o no pero víctima al fin y al cabo, de dicha tendencia, al ser convertida en objeto de deseo, en imagen de móvil que rueda y rueda por las redes y que es repetidamente utilizada para saciar a los receptores de estos contenidos.
    Lo peor de todo es que dichas víctimas, dichos objetos de deseo, ponen su cuerpo al servicio del público conscientemente, incluso jactándose de ello, atendiendo los dictados de la corriente dominante.
    Por otra parte, ¿cómo pretendemos en la escuela o en la familia transmitir una moral sexual si luego los niños ven en televisión o en Internet los selfies (“autofotos”) de los famosos, quienes, cuando piensan que ya no se habla de ellos, empiezan a recibir miles de visitas virtuales si enseñan su cuerpo serrano en fotos tomadas por ellos mismos delante del espejo de su cuarto de baño?
    No ayuda mucho tampoco el asunto de la calificación de las películas por edades, donde encontramos grandes contradicciones: por ejemplo, ¿por qué películas magníficas llenas de valores como las de la trilogía de El señor de los anillos son calificadas para mayores de trece años cuando un niño de siete puede entenderlas y disfrutarlas, aunque salgan algunas feas imágenes de orcos asesinos? Por otra parte, ¿por qué otros filmes en teoría aptos para todos los públicos no se pueden ver con niños debido a las constantes y zafias alusiones sexuales de los guiones?
    En fin, me estoy dando cuenta de que me estoy volviendo un moralista irredento. Puede que sea la edad.
    Si no quiero seguir siendo un dinosaurio, urgentemente tendré que urdir un plan para pasar a la posteridad: por lo que veo, habré de enseñar mi torso desnudo en esta bitácora, a pesar del pudor que me reprime. O quizás deba ser más atrevido: mi culo me hará más famoso que las miles de palabras que llevo escritas desde tiempo inmemorial. Que tiemble Lady Gaga...
    ¡Oh, triste signo de los tiempos!


martes, 8 de abril de 2014

LA NUEVA MODA DE LAS LIBRERÍAS MUSICALES




   Últimamente suelo ir una vez por semana a alguna que otra librería sevillana para hojear las últimas novedades editoriales.
   En mis visitas a varias librerías de distintas empresas he comprobado la tendencia creciente que consiste en poner de fondo una música de radio o de hilo musical, a veces a un volumen muy elevado, hecho que me produce auténtico horror.
   Opino que una librería debe ser un sitio dedicado a la lectura, y es sabido que la verdadera lectura sólo puede tener lugar en un ambiente de silencio.
   Es ésta una muestra palpable de la invasión de la música en todas los sitios públicos. Vas a la consulta del dentista y no te puedes librar del hilo musical de la sala de espera; te montas en un taxi y, como los taxistas de hoy ya no hablan, el conductor te endilga su colección completa de éxitos del rock and roll americano a un volumen exagerado..., y así podíamos poner miles de ejemplos parecidos. ¡Hasta ponen música ambiental en los trenes de cercanías!
   Señores libreros: si siguen así, van a terminar echando de sus librerías a los lectores de toda la vida, los cuales aún esperamos encontrar en sus tiendas un remanso de paz en medio del tráfago ruidoso de cada día. Quizás quieran ustedes atraer a los lectores jóvenes, pero les digo que a ellos ni les viene ni les va la música de fondo, pues incluso llevan puestos los auriculares cuando hablan con el dependiente.
   ¿O quizás lo que pretenden ustedes es marcar diferencias generacionales al pinchar discos en sus librerías? Puede que, a partir de ahora, veamos en las librerías carteles como éste: RESERVADO EL DERECHO DE ADMISIÓN: LOS LECTORES CARCAS NO SON ADMITIDOS SALVO QUE ACEPTEN EL HILO MUSICAL.
   Este asunto me recuerda un diálogo de la película de John Ford El hombre tranquilo entre Mary Kate Danaher (Maureen O´Hara) y Michaleen Flynn (Barry Fitzgerald) en el que ella le pregunta a él si quiere el güisqui con agua. Él responde con una frase genial: Cuando bebo güisqui, bebo güisqui y cuando bebo agua, bebo agua.
   Pues eso, no mezclemos los conceptos. Una librería debe ser un sitio esencialmente silencioso en el que uno debe pasear por ella hojeando las páginas de los libros, empapándose de sus palabras en medio de un recogimiento que induzca a la reflexión, al pensamiento, a la lectura demorada.
   Cuando queramos güisqui, beberemos güisqui, es decir, que cuando queramos ir a un concierto de música, iremos a él, pero no esperaremos encontrarlo en un espacio tradicionalmente consagrado al silencio como es una librería.
   En mi caso, puedo asegurar que en medio de ese hilo musical hojeo peor las novedades, no me concentro en las palabras y, agobiado por ello, cojo la puerta mucho antes que si me hubiese encontrado un ambiente silencioso. Y ya se sabe: un cliente que está menos tiempo en la tienda es un cliente que consume menos o simplemente no consume. Por lo visto, tendré que recurrir a las librerías virtuales desde el silencio del salón de mi casa para surtirme de libros (no queda más remedio).
   ¿Es que acaso nos da miedo el silencio? ¿Hemos olvidado que sólo en medio de él las palabras de los libros tienen la resonancia que buscaron los escritores al elegirlas?
   ¡Mueran las librerías musicales! ¡Que venga de nuevo a ellas el silencio!

viernes, 4 de abril de 2014

LA CRISIS DE LA LECTURA






    La cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer.

    Mario Vargas Llosa: La civilización del espectáculo; Madrid, editorial Anagrama, 2012.


A mi amigo Paco

    Hace poco, en una de nuestras tertulias literarias de tren, mi amigo y compañero Paco García, profesor de Historia y amante voraz de la lectura, a quien dedico con cariño este texto, me comentó que él se proponía leer alguna vez el libro de Carlos García Gual titulado Las primeras novelas: desde las griegas y las latinas hasta la Edad Media (Gredos, 2008), en el que dicho autor hace un estudio de todas las novelas del mundo clásico. Al mismo tiempo, me dijo mi amigo que iría alternando la lectura de dicho libro con la de todas las novelas clásicas mencionadas en él.
    Esta conversación nos llevó a los dos a la misma conclusión: el concepto tradicional de lector está cambiando a pasos agigantados.
    Las notas dominantes de la lectura en estos tiempos de hoy tan apresurados son la brevedad, la concisión, el texto elaborado entre muchos y la plasmación inmediata del instante vivido (véase el caso, por ejemplo, de los mensajes de Twitter). Otro rasgo de muchos de los textos que leemos en la actualidad es el hecho de que en ellos prima el ocio por encima de cualquier otra intención (como en los memes -imágenes graciosas muchas veces acompañadas de textos breves- que circulan por los móviles que tienen la aplicación de mensajería gratuita denominada WhatsApp).
    Para muchos leer hoy una novela de Benito Pérez Galdós es tarea ardua, y no digamos ya iniciar la empresa de investigación lectora de la que me habló Paco. Hemos perdido la paciencia para afrontar dichos retos, considerados cada vez más difíciles.
    En mi época de bachiller todos los alumnos leímos la primera parte completa de El Quijote, el texto completo sin modernizar. ¿Se atrevería hoy un profesor de secundaria a mandar leer a sus alumnos el mismo texto? La respuesta es un rotundo No. ¿Pero es que los alumnos de hoy son menos listos que los de antes? Yo creo que simplemente son menos pacientes porque la sociedad lo es en general.
    Opino que, en el fondo, a pesar de que los índices de analfabetismo son hoy más bajos que nunca, la verdadera lectura, la que lleva a un conocimiento profundo de la realidad y del corazón del ser humano, sigue siendo tarea sólo para unos elegidos, para una minoría.
    En el número de este mes de la revista de libros Mercurio, disponible gratuitamente en muchas librerías, el escritor argentino Rodrigo Fresán se queja de que muchos escritores actuales se ocupan más de contar que de escribir. Esto es, que les preocupa más lo que cuentan que cómo lo cuentan, más el fondo que la forma, más el contenido que la expresión.
    Esa idea creo que tiene aplicación también a muchos lectores. Hay un público muy amplio de lectores que disfruta leyendo historias de todo tipo sin darle mucha importancia al estilo con que están escritas o a la capacidad de esas historias para alimentar su espíritu.
    Hoy se escribe y se lee (y se publica) más que nunca antes en la Historia, pero la verdadera Literatura con mayúsculas, la cual requiere demorarse en el estilo (y para ello desarrollar una paciencia que parece imposible en estos tiempos en los que queremos estar en todos lados), sólo la puede apreciar la minoría de la que hablamos antes.
    Por ejemplo: ¿hay muchos lectores que se pregunten qué tipo de libro necesitan en cada momento concreto de sus vidas? ¿Se preguntan muchos si les alimenta más leer libros de caballerías o crónicas de Indias? ¿Si necesitan releer aquel libro que tanto los emocionó cuando eran jóvenes? ¿Si puede aportarles algo un autor del pasado totalmente desconocido ahora?
    Toda lectura es siempre una investigación. Unos libros deben llevar a otros libros y unos autores a otros autores.
    Esa investigación es una ruta personal, guiada a veces por personas que tienen la misma pasión, pero es un camino que uno en definitiva debe andar solo a partir de determinada edad.
    En este asunto se observan muchos comportamientos gregarios: la gente lee un libro a veces porque el resto del mundo lo lee y punto. No se plantean otra cosa que el hecho de que ese libro está de moda, y lo consumen igual que un pañuelo de papel cuando están resfriados (de hecho, se habla de libros kleenex). Ése es el caso de Cincuenta sombras de Grey, por poner el ejemplo de un libro muy leído en los últimos tiempos gracias a una campaña publicitaria arrolladora. ¿Seguirán hablando sus lectores de él dentro de treinta o cien años? Seguro que no, pero de El Quijote de Cervantes se seguirá hablando durante muchos siglos.
    ¿Por qué? Porque es un clásico, o sea, que es obra digna de ser enseñada en clase, pues sigue aportando al lector de cada época unos valores humanos que forman parte de la tradición de las mejores obras literarias. Éstas son las que, desde una perspectiva cultural de excelencia, nos siguen conmoviendo y haciendo reflexionar, aunque haya pasado una eternidad desde que fueron escritas.

martes, 1 de abril de 2014

YA NO ENTIENDO NADA






Sólo sé que no sé nada (Sócrates).


    NO SÉ cuántas personas habrán visto ya el vídeo, grabado ilegalmente, en el que un profesor andaluz de enseñanza secundaria, intentando explicar su actuación en un examen y acosado por sus alumnos, pierde los nervios y sufre un ataque de ansiedad en plena clase.
    NO SÉ si esa imagen del profesor gritando como animal perseguido ha hecho reír a muchos, aunque desde luego a otros lo que nos ha provocado ha sido una pena infinita.
    NO SÉ si quien grabó esas imágenes era consciente de que había conseguido tener entre las manos unos instantes de las horas más bajas de una persona.
    NO SÉ si los padres del cámara alguna vez le habrán hablado del trabajo que les supone a muchos profesores (algunos de ellos con problemas psíquicos derivados del estrés de su trabajo) aparecer todos los días lectivos delante de sus alumnos para intentar enseñarles, con todo el arrojo y toda la valentía de que son capaces, una parte de lo que tanto les costó aprender a ellos mismos.
    NO SÉ si quien subió a Youtube esa grabación se lo pensó antes de dañar irreversiblemente la imagen de un profesional de la enseñanza de reconocido prestigio en su campo.
    NO SÉ de qué modo se puede evitar que una grabación como ésa, que atenta contra la dignidad de una persona, lleve días circulando libremente por Internet como un virus dañino y terriblemente infeccioso.
    NO SÉ por qué demonios las leyes españolas impiden un castigo realmente ejemplar a los menores que han cometido esta tropelía.
    TAMPOCO SÉ (¡hay tantas cosas que desconozco!) por qué se permite que estos vídeos denominados virales puedan ser comentados por un coro de voces irresponsables dispuestas a hacer en este caso cualquier crítica, muchas veces plagada de faltas ortográficas, tanto a los responsables de la grabación como incluso al propio profesor, destacando su incompetencia para manejar aquel grupo de niñitos.
    La verdad es que a estas alturas uno ya no entiende nada.
    Se ha hablado mucho de que aún no hemos tocado fondo en la crisis de la educación en este país, pero nunca se ha señalado cuál es ese fondo.
    Yo creo que, si existe, ese fondo está presente en el vídeo mencionado: en la actitud salvaje y acosadora de esos alumnos, que no respetan la autoridad del profesor; en la impotencia del docente, amargado por no poder enseñar toda su verdad; en los comentarios ruidosos del coro mediático, dispuesto en todo momento a hacer leña del árbol caído y a malinterpretar, en unos segundos de imágenes, la actitud de un profesional competente a lo largo de toda una larga etapa laboral; en el morbo de los miles de espectadores del vídeo, quienes se ríen del sufrimiento de un funcionario, sufrimiento que es muestra palpable de la impotencia de muchos ante la cínica, impune y desalmada actuación de muchos jóvenes de hoy...
    NO SÉ muchas cosas de este feo asunto, pero sí al menos una: HASTA QUE ESE VÍDEO NO DEJE DE CIRCULAR el daño que está causando a la imagen de ese profesor y a la de todo el cuerpo docente de este país será infinito. Sólo entonces habremos empezado a salir del fondo al que hemos llegado ya con esas imágenes lastimosas, sólo entonces podremos hablar de una auténtica regeneración moral de la figura del profesor en la enseñanza secundaria de este país.

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