Imagen tomada del perfil de X de José Luis Garrido.
Calle Amargura, Sevilla, mañana del Viernes Santo de 1936.
La calle es un hervidero de gente, que está atenta a cada detalle del palio de la Macarena, que avanza con decisión en medio de un caudal de cabezas ensombreradas y unos pocos capirotes.
Algunos nazarenos son, en realidad, policías y guardias de asalto que han salido a la calle a vigilar que no haya ninguna alteración del orden. La lucha política esos días en España ha alcanzado tal nivel de tensión que la violencia podría extenderse irremediablemente a las calles.
Pero no hay mejor medicina para el alma que (a pesar de la bulla que a uno lo lleva en volandas de un lado a otro) contemplar, poder ver, o al menos atisbar, con los ojos del corazón, el rostro de la Madre de Dios.
Los balcones están llenos también de gente, de personas que pondrán sus dedos temblorosos sobre las bambalinas y sobre los remates de los varales del paso, en una acción espontánea y al mismo tiempo medida (todo en esta Santa Semana tiene una medida: los siglos se ven hasta en la forma/ de sujetarse el antifaz al rostro...), acción de manos rezadoras que es un modo de oración táctil, corpórea, enraizada en lo más profundo de las entrañas del pueblo andaluz.
La Macarena pasa, pasa la Macarena, y Ella se lleva las miradas tras de sí, se lleva las penas, en un frenesí lento, en una detenida agitación, porque no hay nada en este mundo que pase con más lentitud, con más rapidez que un paso de palio.
Pasa esta Semana Santa que, como todas, nunca habrá existido en realidad. Acaba finalmente cuando el postrer nazareno se descalza las sandalias y las envuelve en el último número de El Socialista.
Meses más tarde, España será un incendio. Se matarán aquellos que me amaron, pensará Ella. Pasará la vida, pasará el amor.
Pero aún no. Porque hoy, ahora, en este mismo instante, es Viernes Santo de 1936 y esto es Sevilla, y en Sevilla hay que gozar.
Clic.

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