SE le escapaban de entre los dedos, como arena de playa, los instantes preciosos. Sentía entonces, constantemente, que los momentos que vivía no eran plenos, que siempre le faltaba algo para sentirse segura. Aquella sensación se había convertido en un modo de ver y vivir su vida. Era, por así decirlo, su manera de estar en el mundo. Desde pequeña había tenido una irresistible vocación artística, que, con su tesón y la inestimable ayuda de sus padres, dio el fruto de que pudiese dedicarse a lo que más le gustaba: cantar sus propias canciones. Encima del escenario era ella, tal cual: sin obsesiones, sin inseguridades, sin miedo alguno a crecer, con deseos de ver la vida desde lo alto, mecida por una suave brisa de primavera. Entonces, cuando cantaba lo que ella era, se fundía con el peso del aire y ya no había en su cabeza más notas discordantes. El tiempo que duraba el concierto era f...