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BITÁCORA DE UN CONFINAMIENTO

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          Queridos lectores:         Entre el 19 de marzo y el 12 de abril de 2020 fui publicando en este blog   la  Bitácora de un confinamiento .       Fueron veinticinco días seguidos los que empleé en ir consignando mis pensamientos y sentimientos ante las trágicas noticias del comienzo de la pandemia de la Covid-19.       Ahora les ofrezco mis anotaciones del “diario del año de la peste” en un solo archivo .       Supe entonces (y ahora me lo ha confirmado la preparación de estos textos) que la escritura me sirvió, en aquellos momentos de miedo e incertidumbre, para encontrar una línea de cordura en medio de aquellos días marcados por los partes de guerra de los noticiarios.       Espero que el lector disfrute de la lectura de esta bitácora y le sirva también para encontrar la paz que busqué al escribirla.          Un saludo afectuoso.      

RECUERDOS DEL NIÑO QUE FUI

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                  Amigos queridos:           Os dejo aquí el enlace a mi libro de memorias de infancia Recuerdos del niño que fui . Lo fui publicando en este blog hace siete años, pero ahora me he dedicado a agruparlos, revisarlos y ordenarlos.         Espero os gusten. Un cordial saludo.

LA ÚLTIMA TARDE

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         El abuelo se afeita mientras escucha las últimas noticias de lejanos conflictos; su hija contempla en la terraza, al caer la tarde, las nubes arreboladas del crepúsculo; la adolescente de la familia edita los últimos selfis y vídeos del verano en la azotea con la playa de fondo y sus hermanos pequeños, ajenos aún al castigo del tiempo, juegan y juegan y vuelven a jugar.      Empieza a hacer frío. En la terraza surgen y decaen conversaciones de los cuñados, palabras que vuelan y desaparecen como moscas perezosas. Un pellizco en el estómago señala que los días de vacaciones se terminan irremisiblemente, en una lenta condena de horas que empiezan a doler.      En la mesa del salón, los papeles del periódico agitan al viento sus envejecidas noticias entintadas.      Faltan por siempre las tías abuelas, que a esas alturas habrían dicho más de una vez sus frases del final del verano (“ya hay menos coches”, “la ropa no seca igual”...).      Las voces del cercano hotel van acallándose

AZARES DE LOS AGUJEROS DE GUSANO (MICRORRELATO)

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     Había quedado con aquella mujer en una esquina muy conocida de la ciudad, justo en la puerta de la iglesia de San Benito de Nursia.     No estaba muy convencido de querer quererla. La había conocido de una manera frívola en una terraza veraniega junto al río. No era guapa ni fea, agradable ni desagradable. Sin embargo, había en ella un encanto que lo atraía poderosamente.     Ella tardaba. Los minutos pasaban y no aparecía. Él empezó a pensar en sus anteriores conquistas de donjuán hispalense, de ninguna de las cuales tenía buenos recuerdos.     El tiempo pasaba y sus oportunidades para formar una familia eran cada vez más dificultosas. Pensaba, en aquella espera, en sentar la cabeza de una vez por todas, quizás con aquella mujer, pero ella seguía sin aparecer. ¡Cuánto tardan siempre las mujeres!     Pasó media hora. Estaba a punto de irse después de una eterna espera cuando se fijó, en la otra ribera de la avenida Montoto, en una anciana que cruzaba hasta donde él estaba.     -¿M

PALABRAS DE VIENTO (MICRORRELATO)

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   En el caravasar, una lejana noche de hace siglos, unos mercaderes devoran la escasa comida. El desierto aúlla con lastimero quejido. Al fondo de la escena, beben con ansia los camellos.    De pronto, un recién llegado se coloca en medio del círculo de viajeros. Habla una lengua extraña pero reconocible. Cuenta una historia, la de un hombre que, en la soledad de un extraño aposento, escribe en una máquina unas palabras: "En el caravasar, una lejana noche de hace siglos..."    A lo lejos, el desierto aúlla con suspiros eternos. Confortan a todos, del polvo y del camino, bellas palabras hechas de viento.

DESPEDIDA (MICRORRELATO)

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     En la calle, el chiar de los vencejos anuncia el nuevo día. Te asomas a la ventana y luego te sientas en la silla con dificultad.    Es tu último día en aquella casa. Las maletas con los restos de toda una vida permanecen mudas en el recibidor. Pronto vendrán de la residencia a buscarte. En apenas unos minutos aquellas paredes dejarán de proteger tu corazón y te sentirás desvalida.    Ha llegado la hora del último saludo en aquel escenario. Te asomas por última vez a la ventana. Llaman al  telefonillo. Pasan los segundos pero no te mueves del sitio. Vuelve a sonar el timbre. Una lágrima huidiza baja por tu rostro. Allá a lo lejos, en la otra orilla de la calle, un hombre te saluda desde otra ventana. Crees ver en aquella luz, en aquel piar de los pájaros de abril, imágenes eternas de mañanas felices.    Cuando cierras la puerta, las maletas apenas pesan.