Tenía que caminar. Había ido posponiendo esa necesidad, pero esta vez se había convertido finalmente en una urgencia. Sus cada vez más frecuentes achaques lo habían llevado a las consultas de varios especialistas que habían concluido con la misma frase: "Tiene usted que moverse". Hacía mucho tiempo que no ponía en marcha la vieja maquinaria de su cuerpo, pero no quedaba otra. La lista de las dolencias que ya empezaban a cercarlo no admitía ninguna vacilación. Así que, un buen día, salió a la calle con una equipación de andarín dispuesto a dejar quilómetros atrás. Al principio le costó. Decidió incluso comprarse un perro para tener la obligación de sacarlo a pasear aun en los días más desapacibles del año. Acostumbrado durante años a pasar horas y horas de su vida de jubilado prematuro bebiendo, escribiendo o leyendo un libro tras otro entre las cuatro paredes de su loft de soltero, descubrió en s...