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LA GUERRA DE TODOS

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LA VIDA EN UN TREN

      A todas las víctimas  de la tragedia   ferroviaria  del pasado 18 de enero en Adamuz        ...¡Ay qué camino tan largo! ¡Ay mi jaca valerosa! ¡Ay que la muerte me espera, antes de llegar a Córdoba! Córdoba. Lejana y sola.   Federico García Lorca.           La vida es un tren de vía angosta que a veces descarrila.      Todas las estaciones de paso están llenas de gestos de amor apenas inapreciables por los viajeros: el de un joven que amablemente coloca la maleta de una anciana en el compartimento del equipaje; el de una mujer que se dispone a ver en su pantalla la serie del momento, la de una inspectora de policía sueca que resuelve  impactantes  crímenes; el de un escritor que se pelea con la tecnología para poder publicar a tiempo el texto de la semana en su blog...      Son gestos amorosos y distraídos,...

LA CERTEZA DE LOS PEQUEÑOS PLACERES

      ...olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida… “ A un olmo seco”, de Antonio Machado.      Tener la certidumbre de que, minutos después de decidirlo, a la caída de la tarde, usted encontrará el lugar adecuado para un libro en uno de los anaqueles de su librería; la de que, cuando se siente en la mesa, podrá oler con delectación los aromas de una cena preparada con esmero; la certeza de que mañana, si Dios lo quiere, podrá levantarse e ir a trabajar para ayudar a otros en su camino por este mundo.      Sí, tener esas certidumbres leves, pequeñas, que apenas nos acarician, es lo mejor de estar uno vivo. Son minúsculas gotas de bálsamo, de perfume cautivador que van jalonando las horas de nuestra consciencia, señalándonos la certeza de que nuestra existencia tiene un sentido, aunque solo sea el de, en mitad de nuestra senda de incertidumbre, saber cómo hallar un camino de vuelta al hogar, de vuelta a nues...

LOS TRES SUEÑOS DE LOS REYES

      Para los que sueñan  con la magia del mundo         Cuentan las lenguas dignas de fe que los tres sabios de Oriente, cansados del largo viaje por llanuras y abrasadores desiertos, por montañas heladoras y estrechas gargantas de ríos caudalosos, llegaron de noche a una posada, cerca de Isfahán, bajo un terrible aguacero.    El posadero les abrió de mala gana la puerta, les dio una cena fiambre y luego les indicó el camino de su aposento, una pequeña y desangelada estancia de techo bajo en la que había una sola cama.    Muertos de cansancio y en silencio, cambiaron sus ropas por otras un poco menos húmedas y se acostaron en el estrecho e incómodo catre de paja tiritando de frío.    Al principio no podían dormir: el ambiente gélido, la humedad de la casa y el ruido de los relámpagos en la lejanía les hacían moverse inquietos bajo el cobijo de una fina manta pero, poco a poco, un calor reconfortante, que ...