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CARTAS DE AGUA

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A TRABAJAR, HERMANO

               El escritor no sabía cómo acabar aquel maldito cuento. Llevaba la estructura en la cabeza. Prácticamente ya lo tenía escrito en su imaginación, pero le faltaba el final. Ya se sabe que la parte más interesante de un relato es el desenlace. Igual que en la vida.      En concreto le faltaban las palabras dichas por uno de los personajes.      La historia era sencilla: dos hermanos comparten una misma mujer, hecho que termina envenenando sus relaciones.      Al final de la historia, para retomar su relación, uno de ellos, el mayor, mata a la mujer, y precisamente al escritor le faltaban las palabras del asesino a su hermano. Todo el éxito de su cuento, es decir, su satisfacción personal por el trabajo bien hecho, pasaba por encontrar esas palabras posteriores al asesinato.      De alguna forma, aquellas palabras tenían que justificar el horrendo acto, dignificarlo o cuanto menos justificarlo.      Pero al escritor esas palabras no le llegaban, no había forma

LIBRO (AÚN) NO DEVUELTO A UNA BIBLIOTECA MÁS DE 110 AÑOS DESPUÉS

      Ficha bibliográfica:     Título: De sobremesa .     Subtítulo: Crónicas .     Autor: Jacinto Benavente (1866-1954).     Editor: Librería de Fernando Fe (Puerta del Sol, 15).     Lugar: Madrid.     Descripción física: 299 páginas.     Fecha de publicación: 1910.     Información bibliotecológica:     En la última página numerada, la 299, aparece la referencia FIN DE LA 1.ª SERIE.     El ejemplar tiene un tejuelo pegado en el lomo en el que se lee impreso el número 72. También en el lomo del libro está grabado en oro el número 1 (que corresponde seguramente al número de la primera serie de crónicas de Benavente).    En el interior podemos ver varios sellos de tinta:       1) Uno de tinta azul oscura con forma de libro abierto por la mitad: en la página izquierda, el lema “Biblioteca Popular Riotinto”; en la derecha, el antiguo escudo del ayuntamiento de Minas de Riotinto.     2) Otro sello de tinta violeta en forma de óvalo horizontal de doble corona. En la parte de arriba se lee

EL MAR

            Apenas era consciente de su vida. Los días pasaban unos tras otros, en una niebla vertiginosa y líquida que aplanaba el tiempo y lo convertía en una plataforma deslizante por la que circulaba a toda velocidad su ser hacia un sumidero sin formas.      Su trabajo era el de... Bueno, ¿qué importancia tiene? Uno más de tantos, de esos en los que hay que soldarse a una pantalla de ordenador de por vida para ir grabando números, uno tras otro, en faenas eternas de escaso salario y estéril recompensa.      Pero un día… Sí, llegó un día en el que algo distinto sucedió (por eso recogemos la anécdota en esta relación de sucesos).      Era aparentemente un día más, uno de tantos, uno más de la larga y veloz cinta transportadora de las horas. Las nubes habían oscurecido el cielo. Llovía y hacía frío. Era invierno. Crudo invierno.      H. llegó a su casa, tomó la acostumbrada dosis de píldoras, durmió la siesta (esta vez agitada por algunas imágenes de pesadilla) y volvió a la ofic

HISTORIAS DE UN APRENDIZ

     Mancha la tinta, los dedos se le van volviendo negros y, cuando llega a casa debe pasar un buen rato limpiándoselos con ayuda de su mujer, Teresa, mientras sus hijos corretean o lloran en torno a ellos. El oficio de aprendiz de cajista tiene ese pequeño inconveniente.      La labor de Martín no es demasiado complicada, pero es agotadora: una vez que se han imprimido las páginas del día, debe devolver a cada cajetín los pequeños tipos móviles empleados. Las aes con las aes, las bes con las bes… Es casi como el tránsito de cada jornada: el sueño borra los límites de las páginas vividas y devuelve cada letra a su cajón en la cabeza para que, al día siguiente, podamos volver a componer la escritura de nuestros pasos por este mundo de locos.      De labor tan manual extrae cada día el aprendiz un caudal de sabiduría. Entran en el taller todo tipo de personas cultas, especialmente los escritores, que dejan allí sus libros manuscritos para que el impresor, con esmero, l

LAS LÁGRIMAS

  Imagen de Gregorio Catarino      “Son tiempos difíciles. Ya no entra tanta gente como al principio… A ver, ¿qué quieres? La gente lo compra todo por Internet. Es más cómodo, claro. En fin, Albert, te dejo que tengo clientela. Adiós. Hasta pronto”.      La clientela en realidad era únicamente yo, que paseaba sin prisa por entre los pasillos de la tienda.      Me preguntó si quería algo. Le dije que solo estaba mirando y, con una sonrisa, volvió a sentarse delante del portátil.      No tardé mucho en salir de allí para volver al bullicio de las calles de los móviles a unas narices pegados, no sin antes observar con disimulo su rostro: era una mujer morena de pelo y de piel muy blanca, hermosa sin necesidad de afeites ni de ropas estridentes. Sus gestos y la lentitud con que se desenvolvía manifestaban un carácter pacífico, sereno.      Salí de aquel lugar, que por unos momentos había sido un oasis de calma en medio del caos urbano, sin mucho entusiasmo. Estuve tentado de haberme p

SEÑAL RADIOELÉCTRICA

«Anoche me despertó, una vez más, el doble pitido que me avisaba de que se había vuelto a quedar un poco abierta la puerta de la nevera.  Todo está empezando a fallar. Con frecuencia confundo recuerdos y sueños. A veces me sorprendo preguntándome quién soy realmente. Aproveché el paseo nocturno para volver a tirar de la cisterna, que también se empeña en despertarme a esas horas en que el sueño se ha apoderado, como un tibio velo, de mi cuerpo, agotado por la fatigosa tarea de intentar contactar con alguien en esta región devastada. Esta mañana volví a repetir, por milésima vez, el mensaje de aviso: “Este es un mensaje para cualquier habitante del sector G… Repito: Este es un mensaje para cualquier habitante…”. Mis palabras suenan frías, monocordes, casi robóticas, fruto del insomnio y el hartazgo. El contador inverso se aproxima al momento estipulado hace siglos. Mucho tiempo atrás me convencí de que ya no hay nadie por aquí que pueda viajar conmigo. De pronto, del fondo del