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A lo lejos, el rumor de una ciudad barroca. En una de sus calles, un día primaveral en que la luz parecía recién fundida en el crisol de un azul imposible del aire, se paraban las agujas del reloj cuando pasaba la divinidad envuelta en incienso, en rostros absortos, en paños de asombro, dejando un rastro de angustia dibujado en los corazones al desvanecerse, quebrando las esquinas con su fuerza, imantada por el paso de los siglos y por la concentración de miles de ojos ávidos e indiscretos sobre ella. Ya de anochecida, el tiempo, recién creado, tenía entonces un peso de siglos a sus espaldas, un hilo de luces eternas en procesión que mueven y conmueven.

Comentarios

Javier Sánchez Menéndez ha dicho que…
Un placer José Manuel, un placer y muchas gracias.