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♣ Si publicase alguna vez estas tintas, este centón informe, no sé si tendrían éxito estas mis ideas. Han existido siempre buenas obras que no han triunfado porque no fue idóneo el momento en que surgieron, pues se retrasaron o adelantaron demasiado.

Sin embargo, mi empeño es ser leído por mis contemporáneos. No escribo para los lectores de dentro de cien años, aunque a éstos les pueda llegar muy hondo mi obra.

Lo malo es que hoy no llegan al gran público ni las obras maestras de hace siglos. El Quijote, por ejemplo, es una obra para muy pocos elegidos en este mundo de necedades.

Hoy apenas hay tiempo para esa visión del alma que supone la lectura, para el ensimismamiento que produce la imaginación de lo leído, mil veces mejor que millones de imágenes juntas.

♣ La educación:

¿El escritor debe educar? No, no creo que deba ser ése su papel prioritario. El mundo moderno, que crea seres humanos alienados para las grandes cadenas de producción y consumo, denosta la figura del profesor, reducida a la mínima expresión, payaso en medio de un baile de indios. Si se hace eso con quien debe merecer el mayor de los respetos y quien debe atesorar, para transmitirlo, el patrimonio de las generaciones, ¿qué no se hará con los escritores, a quien no es obligatorio atender? El mensaje educativo que pueden transmitir los escritores irá dirigido siempre a quien menos lo necesite.

La Literatura sí debe ser, entre muchas otras cosas, denuncia ética de situaciones injustas o indeseables, pero no debe olvidar que su queja tendrá siempre eco entre un público más o menos cultivado que no necesita de adoctrinamientos morales.

Creo con más fervor en el papel educativo que podría tener, y que no tiene, la televisión, pues llega a más gentes, que en el de los libros.

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