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LA GUERRA DE TODOS


    

             

A Rogelio Reyes Cano

       

Los españoles hablan con el aplomo de quienes ignoran la duda.

 Borges.

 

 

Queridos lectores:

 

       Días atrás, como saben, ha surgido una polémica en este país, marcado por el permanente debate bronco y descarnado:  dos personalidades públicas (un escritor y un político) han declinado participar en Sevilla en unas jornadas dedicadas a debatir acerca de la Guerra Civil con motivo de los casi noventa años que han transcurrido desde su estallido en el verano de 1936. 

       No quiero entrar muy a fondo en el tema de si dicha decisión ha sido o no correcta: unos (los de un bando) dirán que era totalmente oportuna porque las fuerzas en el debate estaban descompensadas; otros (los del otro bando) dirán que dicha decisión es innecesaria porque ese foro de debate era el lugar adecuado para expresar las diferencias de opinión entre los intervinientes.

       Creo que este asunto, analizado sin el apasionamiento con el que los usuarios y los algoritmos de las redes suciales abonan la polarización en este país, es sintomático de los tiempos que vivimos.

       ¿En qué sentido? En el de que a la sociedad española, casi noventa años después de julio de 1936, le hace falta una higiene del uso del diálogo, tan necesario y tan perdido en medio del ruido diario de unos y de otros.

       El escritor y periodista sevillano Manuel Chaves Nogales publicó en 1937 una maravillosa colección de relatos ambientados en nuestro conflicto incivil (como lo denominó Unamuno). En el prólogo a ese libro, titulado A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, escribe Chaves Nogales unas palabras que siguen teniendo muchísima vigencia. Refiriéndose a su salida del país cuando la situación era insostenible, afirma lo siguiente:

 

Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos

anarquistas o comunistas.

 

       Casi noventa años han pasado desde el comienzo de aquella carnicería. Creo que es un tiempo más que suficiente para que en este país empecemos a hablar de una vez por todas de concordia y de reconciliación. La extrema polarización de las posturas políticas, de la que ayer se lamentaba la portavoz de las víctimas del accidente de Adamuz en el funeral de Huelva, no nos va a conducir por ninguna senda apacible.

       Por último, concluyo con una preciosa cita de Jorge Luis Borges, quien sostuvo con Osvaldo Ferrari, otro escritor argentino, entre 1984 y 1985 un ciclo de diálogos radiofónicos en la Radio Municipal de Buenos Aires, recopilados por la editorial Seix Barral en el libro Los diálogos (2024).

       En el programa radial (así lo llaman en América) titulado “Sobre los diálogos” tiene lugar este interesante intercambio de palabras:

 

       FERRARI: Una de las cosas que me parece imprescindible para ese eventual diálogo entre los argentinos sería el dialogar sin prejuicios previos, que es una de las virtudes que yo le atribuyo a usted al conversar.

 

       BORGES: Bueno, yo trato de olvidar los muchos prejuicios que tengo, y aprendí en el Japón aquel admirable hábito de suponer que el interlocutor tiene razón. Uno puede estar equivocado, puede estar tan equivocado como uno el interlocutor; pero en todo caso, el suponer que el interlocutor tiene razón es un buen preludio para el diálogo. El hecho de ser, bueno, hospitalario con opiniones ajenas y posiblemente adversas a las que profesa uno. Y aquí parece que no, en España menos aún. María Kodama me hizo observar que una de las virtudes del francés es que usted está oyendo una conversación en ese idioma, y aunque no pueda seguirla muy bien, usted se da cuenta de que las palabras están señalando matices, indicando pequeñas diferencias; admitiendo cosas, rechazando otras, pero cortésmente. Bueno, que es un idioma... pensativo, digamos; que no es un idioma que parte de una verdad presupuesta, sino que está estudiando los diversos matices, las diversas posibilidades de un tema cualquiera. Y eso se oye en el modo de hablar de los franceses.

 

       Tendremos que aprender mucho, por tanto, de los franceses y también de los japoneses en materia de debate pero, desde luego, quizás debamos empezar a pensar en la idea de evitar las banderías, las facciones que nos enfrentan, nos dividen e impiden que este país avance y progrese de una vez por todas.

       No tengamos miedo al diálogo sanador y de buena fe, porque en él intentaremos llegar a la verdad.

       Aunque sea nueve décadas después.


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