A todas las víctimas
de la tragedia ferroviaria
del pasado 18 de enero en Adamuz
¡Ay mi jaca valerosa!
¡Ay que la muerte me espera,
antes de llegar a Córdoba!
Córdoba.
Lejana y sola.
Federico García Lorca.
La vida es un tren de vía angosta que a veces descarrila.
Todas las estaciones de paso están llenas de gestos de amor apenas inapreciables por los viajeros: el de un joven que amablemente coloca la maleta de una anciana en el compartimento del equipaje; el de una mujer que se dispone a ver en su pantalla la serie del momento, la de una inspectora de policía sueca que resuelve impactantes crímenes; el de un escritor que se pelea con la tecnología para poder publicar a tiempo el texto de la semana en su blog...
Son gestos amorosos y distraídos,
apenas conscientes. Al contemplarlos en los demás, vemos pasar el mundo como
desde un tren que recorre las vías de la vida: la señora mayor que se dirige a
Huelva para despedirse de su cuñado, que se apaga irremediablemente en el
hospital; la mujer que se dirige a Córdoba después de pasar en Madrid el fin de
semana con su marido; el escritor que, tras unos intensos días de charlas,
intenta inútilmente en silencio, una vez más, dar sentido al caos de la
existencia...
Son millones de gestos, apenas
inapreciables, apenas inadvertidos que, de pronto, quedan congelados en un
segundo.
Luego llega la oscuridad: los golpes,
la caída de las maletas, los móviles sin dueño que suenan inútilmente, la sangre,
el dolor, el desvanecimiento...
... y los héroes que esperan a
los renacidos con brazos de hierro para acogerlos.
Vecinos de Adamuz, vuestros
gestos de ayuda nos iluminarán por mucho tiempo.
Vuestro dolor es el nuestro.
Vuestra esperanza, también.

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