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TIEMPO DE CARNAVAL

 


Maravillosa actuación en las semifinales del COAC de Una chirigota en teoría, en especial a partir del minuto 25:30.


Queridos lectores:

 

Parece que hemos ido olvidando que el cine y la literatura tienen su origen en manifestaciones artísticas orales.

El cine, por ejemplo, es una derivación de los espectáculos teatrales.

La novela, el ensayo, la poesía o el teatro, a su vez, proceden de una larga tradición, originada en los albores de la civilización, de contar historias, manifestar opiniones, expresar sentimientos y establecer conflictos mediante el diálogo.

El cine y la literatura son en el fondo agudezas fosilizadas, congeladas, recreadas. Son un divino engaño, un conjunto maravilloso de falsas apariencias de réplicas reales, graciosas o irónicas, en un presente que supuestamente une al creador, a los intérpretes y al público en un solo lugar.

Hoy vamos al teatro y, cinco minutos antes de que empiece la representación, ya se nos ha avisado varias veces por megafonía de que tenemos que apagar nuestros teléfonos móviles.

Es lógico, por otra parte. Si no lo hiciésemos, la labor de los actores sería muy complicada.

Se ha producido un maravilloso refinamiento del público que, por otro lado, nos ha hecho olvidar épocas pretéritas (no muy alejadas en el tiempo) en las que el público protestaba airadamente o se reía a carcajada limpia de los espectáculos, impidiendo -por ejemplo- el ritmo necesario de oleaje de chistes y risas que sustenta toda obra teatral cómica.

Sin embargo, todavía pervive un teatro en una ciudad andaluza en el que al público se le otorga una gran presencia en la diversión.

Hablo del Gran Teatro Falla de Cádiz, que, en enero y febrero, antes de la Cuaresma, acoge el COAC (Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas), el más importante de España.

En prácticamente un mes de actuaciones, concursan cientos de agrupaciones de cuatro modalidades (cuartetos, chirigotas, coros y comparsas) durante cuatro fases: preliminares, cuartos de final, semifinales y final.

Es más desconocida una modalidad que está fuera del COAC: el romancero de carnaval.

Es un concurso en dos fases (semifinales y final). Al concurso de romancero se presentan distintos romancistas.

El romancista (o romancero, según el habla de Cádiz) lleva un disfraz (o tipo) y va recitando un texto rimado, normalmente en romances -es decir, en versos octosílabos-, en el que va contando sus aventuras y desventuras. Es un reducto de los antiguos romances de ciego que aún recuerdan quienes nacieron en la década de los años cuarenta y cincuenta, historias truculentas de crímenes y desamores en verso que, tras la actuación del romancista, se vendían en pliegos de cordel.

Todas estas agrupaciones actúan luego en las calles de Cádiz, donde se cruzan con las llamadas “ilegales”, grupos carnavalescos que no participan en el concurso oficial.   

Esos días, la ciudad, que recibe cientos de grupos chistosos de toda España, oficiales o ilegales, es un hervidero de creatividad cuyo epicentro es el Teatro Falla, donde el público no es un mero espectador de las funciones, sino un actor más.

Esos días, allí todo el mundo entiende que la fiesta del Carnaval es una representación artística basada en la risa colectiva de todos, tanto de los que suben al escenario como del público, y eso es algo muy serio.

A mí me hace mucha gracia comprobar, un año tras otro, que no se extingue ese manantial de humor carnavalesco entre el público del Falla.

Es un humor grueso, soez a veces, pero de una frescura, una naturalidad y una espontaneidad asombrosas en una sociedad como la actual, en la que la creatividad está sujeta a muchos convencionalismos y a muchos límites.

Allí en Cádiz, por cierto, muchos de los intérpretes tienen motes populares que, curiosamente, llegan a todos los rincones de la aldea global, pues Internet lleva los chistes locales de la ciudad a cualquier lugar del planeta.

Esos días no me pierdo el concurso desde mi casa de Sevilla. Cómodamente instalado en ella, entro en el canal de YouTube de Onda Cádiz y me dejo llevar por la mencionada unión entre el público y los grupos.

Esa comunión entre los de arriba y los de abajo del escenario (salvando las muchas distancias) es la versión andaluza de las palmas del público en el Concierto de Año Nuevo de la orquesta filarmónica de Viena en la sala Musikverein.

Desde luego, muchas diferencias sí hay entre uno y otro espectáculo, pero el fin es el mismo: pasar buenos ratos, reírse, disfrutar, tocar las palmas en una deliciosa comunión de gracia y no perder pie en ningún momento en la escala de esta vida maravillosa.   

¡Ole, ole y ole! ¡Y a quien no diga “ole” que se le seque la hierbabuena!       

 


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