Al Real Betis Balompié
Queridos lectores:
Hace más de veinticinco años que soy diabético. No es ningún dato
extraordinario para nadie salvo (quizás) para quien les habla. Tampoco fue
ningún hecho noticiable que el pasado 28 de enero, cuando estaba a punto de entrar
en mi instituto, cayese un árbol detrás de mí, justo en el sitio por el que
acababa de pasar cuatro segundos antes. Mientras lo cortaban, días después,
alguien llegó a contar sesenta y nueve anillos en el interior de su corteza.
Son estas (la del cuarto de siglo siendo
doblemente bético y la de haber sobrevivido a la caída de aquel pino añoso)
marcas personales que a uno se le graban en el rincón cerebral del ¡Ay!
Allí tengo también el recuerdo de una lejana tarde de mi infancia en que estuve
a punto de precipitarme al vacío desde una barra de hierro húmeda y resbaladiza
que no podía agarrar bien con mis manitas de intrépido explorador y, sobre
todo, el de aquel almuerzo en el piso de mis padres en El Portil en el que un
trozo de ternera con tomate se me quedó en la glotis y por culpa del cual casi
me asfixio si no lo hubiesen impedido los manotazos en la espalda que me dio mi
madre.
El rincón del ¡Ay!… Mezcla de nudos
neuronales de recuerdos de sustos pasados y de anticipaciones de los que
pudiesen venir.
Me recuerdo a partir de una determinada
edad como un joven aprensivo, hipocondríaco, que veía males futuros en
molestias sin trascendencia alguna. El debutar en la diabetes con 29 años me
quitó tanta tontería porque, a partir de entonces, no tuve más remedio que
concentrarme en vigilar los niveles de mi glucosa, como si no pudiera sufrir
los embates de otros males, como si tener controlada la glucemia en mi sangre
pudiese librarme de otras desgracias que pudiesen acaecerme.
Hace unos días leí una crónica del partido de
tenis disputado por el español Carlos Alcaraz y el alemán Alexander Zverev en
una de las semifinales del Open de Australia.
Me gusta leer esas crónicas deportivas de
prensa que son el reducto de las antiguas historias épicas.
Épico fue desde luego el partido, resuelto finalmente
a cinco sets en más de cinco horas.
En la crónica, el periodista señalaba con
frialdad objetiva que, en un determinado descanso del enfrentamiento, Zverev se
pinchó insulina, casi como cuando Franz Kafka apuntó en su diario, el 2 de
agosto de 1914, “Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui
a nadar”.
Carlos Alcaraz, con gran pundonor,
consiguió darle la vuelta al marcador adverso del último set con un parcial
final de 5-1. Había 28º de temperatura y un 46% de humedad.
Sin embargo, para mí tuvo muchísimo mérito
que el número 4 del mundo, diabético desde los 4 años, pudiese haber llegado
tan lejos.
El calor afecta muy negativamente a un
diabético, especialmente si está haciendo un gran esfuerzo como ese: le hace
perder sudor, fluidos y electrolitos, lo cual supone un aumento de la
concentración de los niveles de glucosa en sangre.
Zverev tiene que monitorizarse
continuamente en los descansos para conocer si su glucosa está bajando (con lo
que tiene que tomar geles de glucosa) o subiendo (con lo que tiene que
inyectarse entonces insulina), casi siempre con éxito, pero no siempre.
Hay veces, cuando el control de la glucosa no
es efectivo, en las que se siente en la pista más lento, por lo que sus respuestas
no son tan rápidas como suelen serlo cuando la glucosa está en valores
normales. Es entonces cuando su atención a la bola baja y, por el contrario, aumenta
el riesgo de lesionarse.
A la diabetes la llaman el tigre dormido,
ya que sus efectos sobre el organismo no se aprecian a simple vista y, en el
caso de que la enfermedad no esté bien controlada, puede traer complicaciones
con el paso del tiempo.
También se ha relacionado esta enfermedad
con un globo: tenerla es como estar todo el día haciendo tu vida normal pero
intentando al mismo tiempo que un globo azul, unido a ti para siempre, se
mantenga permanentemente a la altura adecuada.
Ole tú, Alexander Zverev. Que tu pundonor siga
animando a los chavales diabéticos de tu fundación.
Y que nunca, nunca, nunca se te caiga un
pino en la cabeza.
Aunque, como dicen en México, “no está pa
ti aunque te pongas y está pa ti aunque te quites”.
El mío tenía sesenta y nueve años de edad y
no estaba para mí.

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