¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
Juan Ramón Jiménez: Eternidades (1918).
Queridos lectores:
Llevo tiempo queriendo iniciar un proyecto de escritura ensayística relacionada con las palabras (la historia del lenguaje y de los estudios gramaticales, la sonoridad y estética de algunas voces, el poder de la invención de neologismos, la neurolingüística, etc.).
Inicialmente quería titularlo Sobre los nombres, ya que entendía que una reflexión sobre los sustantivos debía ser la base del libro. Influía en mi decisión el título de un famoso libro en prosa de fray Luis de León: De los nombres de Cristo (1583).
Más tarde me di cuenta de que quizás debería cambiar el título por algo parecido a Sobre las palabras, dado que la mención exclusivamente a los sustantivos podía limitar mucho mi campo de estudio.
A día de hoy aún no he empezado a escribir este ensayo, pero ya he iniciado la recogida de algunas notas, extraídas de lecturas o de películas, relacionadas con dicho tema de trabajo.
Por cierto, estaré muy agradecido a quien tenga la amabilidad de facilitarme alguna referencia para esta tarea, que no tiene fecha ninguna de realización, dado que un ensayo requiere un estudio muy exigente que no debe estar en ningún momento limitado por la prisa.
De las pocas notas que tengo recogidas destaco un texto extraído del libro Los diálogos, de los escritores argentinos Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari, conjunto de ciento dieciocho conversaciones radiofónicas entre ellos en 1984 y 1985, publicadas por la editorial Seix Barral en 2024.
En el diálogo 64 tiene lugar la siguiente (e interesantísima) conversación entre ellos:
(…)
«Jorge Luis Borges: Yo tengo un cuento basado en esa antigua idea: se trata de un poeta celta, al cual el rey le encarga un poema sobre el palacio. Y el poeta ensaya durante tres años, tres veces ese poema. Las dos primeras veces él se presenta con un manuscrito, pero la última vez no, llega sin manuscrito y le dice una palabra al rey; esa palabra no es ciertamente la palabra "palacio", es una palabra que expresa al palacio de un modo más perfecto. Y entonces, una vez que el poeta ha pronunciado esa palabra, el palacio desaparece; porque el palacio no tiene por qué seguir existiendo, ya que ha sido expresado en una sola palabra.
Osvaldo Ferrari: La poesía y la magia.
-Sí. vendría a ser eso, y en otro posible fin, creo que el rey le entrega un puñal al poeta, porque el poeta ha logrado la perfección: ha dado con esa palabra, y no tiene por qué seguir viviendo. Y también porque el hecho de haber encontrado una palabra que pueda suplir a la realidad vendría a ser como una especie de blasfemia, ¿no?; ¿qué es un hombre para encontrar una palabra que pueda reemplazar a una de las cosas del universo?
-Esto que usted ha dicho me ha recordado que, en términos religiosos, se consideraba que los nombres de las antiguas ciudades eran secretos.
-Sí, De Quincey recuerda el caso de Roma, y da el nombre de un romano que fue condenado a muerte y ejecutado por haber revelado el secreto; y luego, De Quincey agrega que ese nombre secreto ha sido tan bien guardado, que no ha llegado hasta nosotros.
-Claro.
-Se entiende que si alguien posee el nombre secreto de Roma, posee a Roma, porque saber el nombre de algo es dominarlo (...)».
Gracias, queridos, por haber llegado hasta aquí. Solo me queda desearles que tengan un buen fin de semana.
Yo lo pasaré buscando palabras que hablen de otras palabras. Aunque, ahora que bien lo pienso, ¿no tendría que buscar solo -sólo, únicamente- una sola palabra que expresase ese libro de un modo más perfecto?
Gracias por aguantarme un día más. Un cordial saludo.

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